Julia Gulliver y las Mareas del Imposible Capítulo 6 — La cerrajería de las mitades
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Capítulo 6 — La cerrajería de las mitades

Esta vez no me desperté en la arena. Abrí los ojos ya de pie, escurriendo agua de mar, plantada delante de una puerta cerrada como quien llega a una cita a la que no recuerda haber dicho que sí.

Era una puerta roja, de madera buena, con una cerradura grande de hierro en el centro.

Sin pomo. Sin timbre. Sin buzón. Nada por donde proponerse entrar salvo el ojo de la cerradura, que me miraba a la altura del pecho con la chulería de saber algo que yo no sabía.

Empujé. Empujé otra vez, con el hombro, con la maleta de ariete.

La puerta siguió siendo, con una paciencia ofensiva, una puerta.

A mi lado, contra la pared, ya estaba la maleta. Bueno, la otra maleta, la que me seguía; la de ariete la había soltado.

—Buenos días a ti también —le dije.

La calle era toda igual: puertas y puertas en cuesta, de colores distintos —azules, verdes, una amarilla chillona—, todas con su cerradura grande en el centro y ninguna con pomo.

Y en cada umbral, alguien esperando. Sentados en escalones, de pie con las manos en los bolsillos, algunos con una sillita plegable, todos con la misma cara de llevar mucho ahí.

Después de la ciudad del alba, reconocía la postura: era gente esperando algo que no terminaba de llegar. Cambiaba el decorado, no el deporte.

Aquí, eso sí, había luz de día normal, casi insultante después de tanto gris. Un sol corriente, de los que no piden permiso a nadie.

—¡Usted es nueva! —me gritó un hombre desde el umbral de enfrente. Tenía en la mano un manojo de llaves, treinta o cuarenta, ensartadas en una anilla del tamaño de un plato—. Se le nota en que empuja. Aquí no se empuja, señora. Aquí se prueba.

—¿Se prueba el qué?

—La llave. —Levantó el manojo, orgulloso, y tintinearon todas a la vez—.

Mire, el sistema es sencillo: una lleva su cerradura puesta, ¿ve?

, y otra persona, por ahí, lleva su llave.

El asunto es dar con esa persona y que su llave abra tu cerradura.

Entonces ya estás completo. Llevo nueve años probando.

—Nueve años probando llaves.

—Nueve años, sí. Pero tengo muy buenas sensaciones con la del martes. —Separó una del manojo, una pequeña, dorada—. Esta entra hasta la mitad. Hasta la mitad, ¿eh? Eso antes no me pasaba con ninguna. Voy progresando.

—Le entra hasta la mitad y eso le parece progreso.

—A mi edad, hija, la mitad es una fortuna. —Y se volvió a su umbral, a seguir probando, tan contento con su martes.

Lo dejé con sus sensaciones y subí hacia la plaza, porque cuando un sitio no tiene ningún sentido, lo primero es encontrar la oficina, que es donde el sinsentido al menos está mejor ordenado y hay alguien a quien preguntarle por las normas para luego saltármelas.

La encontré sin esfuerzo. Edificio de piedra, escalones gastados, un rótulo de bronce: CERRAJERÍA MUNICIPAL DE LAS MITADES. Y debajo, en letras más pequeñas, lo que de verdad importaba: REGISTRO DE LLAVES.

Dentro olía a metal y a aceite, y había, del suelo al techo, ficheros.

Miles de cajones de madera con etiquetas escritas a mano, ordenados por un sistema que reconocí en el acto porque era pariente cercano del mío.

Tuve el impulso, feo y profesional, de ponerme a curiosear cajones.

Me contuve. Tras el mostrador, una mujer de unos sesenta pasaba fichas con un dedal de goma en el pulgar, sin levantar la vista, con la devoción de quien lleva décadas poniéndole orden a las medias personas y no piensa parar por una recién llegada.

—Apellido —dijo, antes de que yo abriera la boca.

—¿Cómo sabe que venía a darle mi apellido?

—Todos vienen a darme su apellido. Es lo único que traéis entero. —Seguía sin mirarme—. Apellido.

—Gulliver.

Sacó una ficha en blanco de un cajón, sin buscar, como quien saca un pañuelo.

—Cerradura asignada: la roja del número once.

Ya la conoce; lleva media hora empujándola.

—Mojó un sello en un tampón gastado—. Le abro expediente de emparejamiento.

Su misión es localizar al portador de su llave.

—Estampó—. Puede probar llaves ajenas en su tiempo libre, faltaría más, pero abrir una cerradura que no es suya con una llave que no es suya es delito.

—¿Y todo el mundo lo hace?

—Todo el mundo lo hace. —Por fin levantó la vista, sin inmutarse—. Por eso está prohibido. Si la gente no lo hiciera, ¿para qué íbamos a prohibirlo? Las prohibiciones son un piropo a las costumbres.

Tenía respuesta para eso. Me la guardé, porque la mujer me caía bien y no quería estropearlo el primer día.

—Una duda —dije—. ¿Qué pasa si el portador de mi llave no aparece nunca?

—Entonces se queda usted en su umbral, como los demás. —Volvió a sus fichas—. Aquí nadie está completo solo, señorita Gulliver. Es la primera norma de la isla. Una lleva su cerradura, el otro lleva tu llave, y hasta que no se juntan, una es media cosa. Media puerta. Media persona.

—Qué romántico.

—Es duro —concedió—. Pero es el sistema, y funciona desde antes que yo, así que algo bueno tendrá.

—¿O algo cómodo? —dije—. Que no es lo mismo. Yo vengo de una ciudad donde la gente llevaba cuarenta años esperando un amanecer porque esperar no dolía. A lo mejor aquí pasa parecido. A lo mejor lo de "media persona" es un cuento muy práctico para no tener que mirarse entera.

La registradora detuvo el dedal un segundo. Solo un segundo. Luego siguió.

—Es usted de las que empujan —dijo, y no sé por qué ya me lo esperaba.

Miré los miles de cajones mientras pensaba qué contestarle.

Cada uno guardaba una llave, y cada llave era el complemento exacto de una cerradura que vivía en el pecho de un desconocido, en un umbral cualquiera de aquella cuesta.

El archivo más triste que había visto, y mira que venía yo de uno donde la gente envejecía en balcones con la mano en el aire.

—¿Y el divorcio? —pregunté, porque siempre pregunto lo que no me conviene, es mi manera de hurgarme la muela.

La registradora dejó el dedal sobre el mostrador. Despacio. Como quien deja un cuchillo encima de la mesa para que se vea que lo deja.

—El divorcio es limar la llave —dijo—. Se trae aquí, se mete en el torno, y se le quitan los dientes que encajaban.

—Señaló con la barbilla hacia una puerta del fondo, de la que salía, en ese mismo momento, un chirrido fino de lima sobre metal—.

Ahí atrás. Una llave limada ya no abre nada.

Ni siquiera lo que abría antes. No hay vuelta.

Por eso la gente se lo piensa mucho antes de venir; limar es para siempre, y aquí casi todo es para siempre.

El chirrido siguió un rato, paciente, metódico. Y se cortó. Hubo un silencio, de esos que pesan. Y en el silencio, alguien al fondo —una voz de hombre que no vi— le dijo a quien fuera que se acababa de limar la llave:

—Ya está. Lo siento.

Tres palabras.

Y se me puso la piel del brazo de gallina, porque las dijo con una cortesía que conocía demasiado bien. La del que hace daño con buenos modales, sin levantar la voz, deseándote lo mejor mientras te quita lo único que tenías. La del que te firma tres líneas y dos iniciales.

—¿Quién es ese? —pregunté, y me salió más bajo de lo que pretendía.

—El cerrajero. Corta las llaves nuevas y lima las viejas. —La registradora bajó la voz, como si la confidencia fuera otra ficha que archivar—. No salga a buscarlo. Está siempre ocupado y no es de conversación, ese hombre. Lleva aquí más que yo y no le he sacado tres frases seguidas.

—Pues a lo mejor es que usted no le tararea la canción adecuada —dije, sin pensar.

Me miró raro. No le hice caso.

—Y una cosa más —añadió, volviendo a sus fichas—: no le pida que le abra nada. Es lo único que no hace, el hombre. Cortar, corta. Limar, lima. Pero abrir, no abre. Dice que abrirle a alguien la puerta es quitarle el trabajo de encontrar su propia llave. Y que entonces la pierde antes.

—¿Que pierde el qué?

Pero la registradora ya había vuelto del todo a su mundo de cajones, y yo había aprendido, en las islas que llevara, que en aquel sitio cuando alguien deja una frase a medias es porque la otra mitad la tiene un desconocido en un umbral cualquiera, esperando a que llegue yo a probar.

Me di la vuelta para salir.

Y entonces la vi.

En la pared del fondo, apartada, había un panel distinto a todos los demás.

Sin cajones: solo clavos, cientos, en filas ordenadas, y de cada clavo colgaba una llave con una etiqueta de borde negro.

Encima, un letrero pequeño, escrito con peor letra que el resto, como hecho de mala gana: LLAVES NO RECLAMADAS.

Lo entendí sin que me lo explicaran, porque yo tenía un panel igual en la dársena cuatro, solo que el mío era de paraguas y dentaduras y urnas.

Eran las llaves de los que se habían ido —de la isla, del mundo, de donde se vaya uno— antes de que apareciera el portador de su cerradura.

Mitades que nunca encontraron su mitad. Gente que se quedó a medias para siempre.

Iba a apartar la vista. Mirar mucho rato un panel así es un lujo que no me permito ni en mi propia oficina, porque una empieza a imaginarse las historias y se le hace de noche por dentro.

No pude apartarla. Porque entre todas aquellas llaves huérfanas, en el tercer clavo de la cuarta fila, había una que conocía.

No sabía de qué. No la había visto en mi vida, estaba segura.

Pero igual que no había oído jamás la nana y la reconocí entera, igual que no conocía al hombre del farol y me miró como quien retoma una conversación a medias, aquella llave pequeña, de hierro viejo, con la cabeza en forma de algo que la herrumbre no me dejaba leer, me removió por dentro, en el sitio exacto donde guardo lo que no sé clasificar, la certeza absurda y total de que esa llave era mía. O lo había sido. O iba a serlo.

—Esa no se toca —dijo la registradora, sin levantar la vista, como si me hubiera crecido un ojo en la nuca—. Esas son de los que ya no vienen.

—¿Y si alguien viniera? —pregunté, sin apartar la mirada del tercer clavo—. ¿Y si el portador llegara tarde? Muy tarde, pero llegara.

—Aquí —dijo ella, pasando la ficha siguiente con su dedal de goma— todo el mundo llega tarde. Es lo más normal del mundo llegar tarde. Lo raro es llegar.

Me quedé mirando la llave del tercer clavo, cuarta fila, un rato más largo del que me permito.

Y, al fondo, el torno volvió a chirriar. Y la voz del hombre que no había visto se puso otra vez a tararear, bajito, para sí mismo, mientras trabajaba, una musiquilla de cuatro notas que yo conocía de una habitación con una lámpara baja y una colcha de cuadros.

La misma de siempre.

La de la playa, la del farol, la de mi madre.

Él.

Otra vez él, cortando llaves para todo el mundo en una isla donde, por lo visto, mi mitad llevaba colgada de un clavo, sin reclamar, esperándome desde antes de que yo supiera que la había perdido.