Capítulo 5 — La campana
Volví a subir a mi balcón, encendí la vela que no debía apagar y me senté a esperar el alba como todo el mundo.
Aguanté tres horas.
Tres horas es lo máximo que soy capaz de esperar a que un sistema se arregle solo.
Lo aprendí en la dársena cuatro: un paraguas que nadie reclama no se reclama más por dejarlo otro mes en el estante.
Lo único que cambia es que se le acumula polvo encima y, un día, una se acostumbra tanto a verlo ahí que deja de verlo.
Así se pierde la gente las cosas de verdad: no de golpe, sino acostumbrándose.
A la primera hora conté las velas de la calle. Cuatrocientas doce. Las conté porque cuento las cosas, y porque cuatrocientas doce personas esperando lo mismo a la vez impresionan menos si las reduces a un número.
A la segunda hora, la anciana de mi izquierda —la del rojo que ya no fabrican— se quedó dormida sentada, muy recta, sin despeinarse, con la dignidad intacta. Me dieron ganas de taparla con mi manta. No lo hice. En aquella ciudad tapar a alguien a lo mejor también era amar a deshora.
A la tercera hora, enfrente, Remedios seguía con la mano de Aurelio en el aire, turnándose para que ninguno se cansara de no tocarse. A mi alrededor, en algún balcón que no veía, alguien lloraba bajito, con la disciplina de quien lleva décadas llorando sin molestar a los vecinos.
Y yo pensé: de aquí no se va nadie esperando. De aquí se va alguien tocando.
Apagué la vela.
Renunciar tenía mala fama, pero a mí la fama me la habían devuelto por correo certificado tres semanas antes, así que poco me importaba ya lo que pensara una ciudad que llevaba cuarenta y un años con la mano en el aire.
Bajé a la calle. El sereno estaba en su garita, con el farol y la cuerda muerta, exactamente donde lo había dejado horas antes, como si las tres horas no hubieran pasado por él.
Para él, probablemente, no habían pasado.
Cuando uno ha perdido la cuenta de los años, tres horas no son nada; son el cambio que te sobra de un billete que ya no sabes de cuánto era.
—Ha apagado la vela —dijo, mirando hacia mi balcón a oscuras, el único oscuro de toda la cuesta—. No puede apagar la vela.
—¿Me va a multar?
—Le va a pasar algo peor: nada. Que es lo que le pasa a todo el mundo aquí. —Se acercó un paso—. Vuelva arriba, Julia. Encienda la vela. Espere su turno como los demás.
—Mi turno es el tres mil novecientos cuatro. Van por el doce. ¿Sabe cuántos amaneceres tengo que esperar a ese ritmo?
—No me haga la cuenta.
—Ya me la he hecho. Por eso he bajado. —Señalé la cuerda—. Deme eso.
—No.
—Pues me la quedo yo. Se me dan bien las cosas que la gente no reclama, y esa cuerda lleva cuarenta y un años sin que la reclame nadie. Por mis normas, ya es mía.
Puse la mano en la cuerda. Él puso la suya al lado, sin llegar a tocarme —un palmo, siempre un palmo, el de Remedios, el de Aurelio, el de toda aquella ciudad maldita—, y por un segundo nos quedamos los dos así, con la campana muda esperando arriba y nuestras dos manos en la misma cuerda sin rozarse.
—Si la toca sin que haya amanecido —dijo, muy bajo, casi a mi oído—, miente. Le miente a la ciudad entera. A Remedios. A Aurelio. A la señora que se arregla cada noche.
—¿Y si llevan cuarenta y un años con el orden al revés?
—Le sostuve la mirada—. Usted dice: primero el alba, después la campana, después el amor.
¿Y si fuera al revés? ¿Y si el alba no viene precisamente porque la están esperando con la vela puesta, en vez de llamarla a campanazos?
—Apreté la cuerda—. En mi oficina, cuando un paquete lleva demasiado tiempo parado, no se espera a que se mueva solo. Se mueve.
Me miró. Miró la cuerda en mi mano. Miró calle arriba, hacia Remedios y Aurelio, cuarenta y tres años de palmo entre dos manos viejas.
Y en los ojos grises se le encendió algo que no era esperanza —la esperanza la tenían los de los balcones, y mira de qué les servía—, sino otra cosa más rara: el permiso para dejar de tenerla.
—No debería —dijo.
—Ya. Yo tampoco debería acordarme de cómo era el sol, y mírame.
Tiré de la cuerda.
La campana sonó. Un golpe grave, viejo, con cuarenta y un años de herrumbre en la voz, un sonido que no le pedía permiso a nadie y que se oyó hasta en el último balcón de la última cuesta.
Volví a tirar. Sonó otra vez, más limpio, como si se estuviera quitando el óxido a base de doler.
Y a la tercera, el gris del este se rajó por la mitad.
No fue un amanecer bonito. Fue torpe, descarado, de los que entran como entra el agua por una vía, sin la cortesía de los degradados rosados que salen en las postales.
Fue un sol con prisa y mala educación, harto de que lo tuvieran esperando.
Las velas de todos los balcones se apagaron a la vez, cientos, miles, sopladas por el mismo viento de luz, y la ciudad se quedó por primera vez en cuarenta y un años sin esa constelación de pequeñas esperas ardiendo en las ventanas.
Y entonces, por fin, la gente pudo mirarse.
Y ahí, amiga, es donde la cosa se puso interesante. Porque mirarse a la luz no es lo mismo que esperarse a oscuras. Ni de lejos.
En el balcón de enfrente, Remedios bajó la mano por primera vez en cuarenta y tres años, alargó el brazo el palmo que faltaba —que siempre se había podido cruzar, que solo la norma había convertido en abismo— y le tocó la cara a Aurelio.
Él se echó a llorar como un niño y como un viejo a la vez, que son los dos únicos que lloran de verdad, sin vergüenza.
Cuarenta y tres años de palmo, y resulta que se cruzaba en medio segundo.
Siempre se había podido cruzar. Eso es lo que tienen los palmos que pone una norma: que se cruzan en cuanto alguien apaga la vela.
Pero no todo fue así de bonito, y sería deshonesto contároslo como si lo fuera.
Dos balcones más allá, una pareja se miró con la luz nueva y no encontró, en la cara del otro, a la persona que llevaba media vida esperando.
Encontró a un desconocido al que le había guardado el sitio durante cuarenta años.
Se soltaron las manos despacio, sin reproches, con esa cortesía terrible que yo conocía tan bien: la del que devuelve algo deseándote de corazón toda la felicidad del mundo.
Tendría que haber apartado la vista. No la aparté.
Esa la conocía demasiado bien para fingir que no iba conmigo.
En la plaza, el vigía del Gremio salió de su garita abrazado a su libro enorme, miró el cielo abierto por primera vez en su carrera, miró su panel de turnos parado para siempre en el doce, y se sentó en el suelo, sin más, porque su trabajo entero se acababa de romper sin pedirle a él la firma.
Cuarenta y un años guardando un orden, y el orden ya no hacía falta. A nadie le habían preguntado.
Y la anciana de mi balcón —la del rojo que ya no fabrican, la que se arreglaba cada noche por si acaso— se despertó con el primer rayo, se puso de pie muy despacio, se alisó el vestido de pedrería, levantó la barbilla y recibió el amanecer con la cara que llevaba cuarenta años ensayando.
Miré a ver hacia quién corría, a quién buscaba en la calle, qué Aurelio le tocaba.
No buscó a nadie. Resultó que no esperaba a ningún hombre. Resultó que se arreglaba para ella. Llevaba cuarenta años poniéndose guapa por si amanecía, no por si venía alguien. Casi me hace más ilusión que lo de Remedios.
Busqué al sereno.
Estaba a mi lado, y me miraba. La luz nueva le daba de lleno en la cara, esa luz que él no veía desde que perdió la cuenta de los años.
Y bajo ella no me miró como antes, en la penumbra de su garita.
Me miró peor. Me miró como se mira algo que dabas por perdido hace mucho y aparece, de pronto, en un estante ajeno, con el número de otro pegado encima.
—Tendría que haberle hecho caso y quedarme arriba —dije, por romper aquello, que me estaba dejando sin aire.
—Sí.
—Pero usted no me cae lo bastante bien como para hacerle caso.
—Eso —dijo, y casi, casi sonrió— ya lo sabía.
Y abrió la boca para añadir algo. Algo que, por cómo cogió aire, llevaba cuarenta y un años sin decirle a nadie.
No me dio tiempo a oírlo.
El suelo de la plaza se mojó de golpe, sin lluvia, sin ola, sin aviso.
El agua me subió por los tobillos justo cuando, según el horario que ya no servía de nada, le tocaba bajar.
Lisa y negra y puntual como un funcionario que viene a cerrarte la ventanilla en las narices.
La marea. Ya me había recogido dos veces; reconocía el estilo, esa manera educada y total de llevarse las cosas.
Subió hasta las rodillas. El sereno alargó la mano hacia mí —entera, con todos sus dedos, aunque yo entonces no sabía que eso fuera a importar tanto más adelante—, y yo alargué la mía hacia la suya.
Entre las dos manos, otra vez, un palmo.
El agua me cubrió antes de que lo cruzáramos.
Y lo último que me llegó, con la ciudad recién amanecida hundiéndose hacia arriba mientras yo me hundía hacia abajo, no fueron las palabras que no me dio tiempo a oír.
Fue la nana. La tarareaba para que yo la siguiera oyendo mientras el agua se lo llevaba todo, nota a nota, despacio, hasta que el último compás se deshizo en burbujas y dejó de haber sereno, y dejó de haber campana, y dejó de haber, por fin, después de cuarenta y un años, aquel gris.