Capítulo 4 — El sereno que no toca
Abajo, en mitad de la calle vacía, había un hombre con un farol. Y el hombre tarareaba.
Tarareaba mi musiquilla. La de la playa, la de la habitación con la lámpara baja.
La que yo había archivado como ruido para no archivarla como otra cosa.
La cantaba entera, sin saltarse un compás, sin una vacilación, con la naturalidad de quien lleva siglos cantándole a una calle vacía y ha dejado de esperar que alguien le responda desde un balcón.
Tendría que haberme quedado donde estaba. Tenía silla, manta, una vela que no debía apagar y un turno —el tres mil novecientos cuatro— que me garantizaba que no iba a pasarme nada interesante en lo que me quedara de existencia, que en aquella ciudad era mucho.
Bajé los cuatro pisos.
Dejé la vela encendida arriba, porque apagarla tenía mala fama y yo, de momento, solo quería bajar a fastidiar a un desconocido, no a renunciar a nada.
Bajé preguntándome qué hacía yo bajando a hablar con un hombre que tarareaba la nana de mi madre, que es exactamente el tipo de pregunta que una nunca se contesta a tiempo, y que cuando se la contesta ya está abajo, en la calle, con el desconocido delante.
Cuando llegué, había dejado de tararear.
Estaba junto a una garita de sereno, con el farol en una mano y, en la otra, una cuerda.
La cuerda subía por la fachada hasta una espadaña, donde colgaba una campana grande, verde de no sonar, con esa pátina que solo da el silencio de muchos años.
Él la miraba como se mira a un perro al que se quiso mucho y se murió: con cariño y con culpa, las dos cosas a la vez.
Uniforme viejo, de paño, los botones bien puestos a pesar de todo.
Una cicatriz le partía la ceja izquierda en dos mitades que no acababan de coincidir.
Y tenía unos ojos grises. De ese gris que no se decide.
El gris exacto del minuto antes del amanecer que aquella ciudad llevaba cuarenta y un años sin estrenar.
Esos ojos se posaron en mí. Y no me miraron como se mira a una desconocida que aparece de noche en una calle. Me miraron como se mira a alguien que llega tardísimo a una cita que se concertó hace mucho.
—Llega usted tarde —dijo.
—Acabo de llegar.
—Ya. Aun así.
Me detuve a una distancia prudente, la que se guarda con los objetos cuya categoría todavía no sabes: ni tan cerca que parezca que confías, ni tan lejos que parezca que huyes.
—¿Es usted el que toca la campana? —pregunté.
—Soy el que no la toca.
—Eso es como ser el portero que no para los penaltis.
—Es exactamente eso. —Y por un segundo se le movió algo en la cara, algo que en otro hombre habría sido el principio de una sonrisa y en él se quedó a medio camino, como si sonreír también necesitara un permiso que no le habían dado—.
La campana es del alba. Cuando amanezca, la toco, y la ciudad puede querer.
Primero el alba, después la campana, después el amor. En ese orden.
—¿Y el problema?
—El problema es el orden. —Miró el cielo, parado en su gris de siempre—. El alba no viene.
—Pues tóquela y a ver qué pasa.
Me miró como si hubiera dicho una barbaridad pequeña, de esas que dan más pena que escándalo.
—No se toca una campana de amanecer sin que amanezca. Sería mentir. —Señaló con el farol los balcones de la cuesta, las velas, las manos tendidas de Remedios y Aurelio allá arriba—. Y a esta gente ya le han mentido bastante con la hora.
—¿Y prefiere que se pasen otros cuarenta años con la mano en el aire a riesgo de mentirles un ratito?
—Prefiero no ser yo quien les mienta. —Lo dijo sin soberbia, casi cansado—. Es lo único que puedo elegir en este oficio. A quién no le miento.
Tenía respuesta para eso, pero me la guardé, porque era buena y no quería gastarla la primera noche.
Eché un vistazo a la garita por dentro, que es lo que hago cuando una conversación se me pone cuesta arriba: miro las cosas, que las cosas no me llevan la contraria.
Y se me fue el santo al cielo, porque aquella garita tenía el desorden tierno de los sitios donde alguien pasa demasiadas horas solo.
Un cabo de vela. Una baraja a la que le faltaban cartas.
Una taza sin asa con el borde mellado. Un banquito gastado justo en el centro, donde se sienta siempre el mismo.
—Vive usted aquí —dije.
—Espero aquí. Es distinto.
—¿Espera qué? Porque, mire, de esperas voy servida esta noche.
—Lo mismo que usted. —Dejó el farol en el suelo—. Que amanezca.
Y entonces, colgando de un clavo junto a la puerta, la vi. Una etiqueta de equipaje. De cartón, con su ojal y su cordón, exactamente igual que las que yo rellené a miles en la dársena cuatro, las que se le atan a una maleta para que vuelva a su dueño.
Esta no decía de quién era. Solo tenía una letra, escrita a mano, con una caligrafía antigua que ya nadie enseña:
A.
La descolgué sin pedir permiso. Es un defecto profesional: donde hay una etiqueta huérfana, mi mano va sola, como va sola la lengua a la muela que duele.
—Eso no es suyo —dijo él.
—Tampoco es suyo. ¿De quién es?
—Ni idea. Lleva ahí desde antes que yo.
—Entonces, según las normas de mi gremio, ahora es mía. —Me la guardé en el bolsillo, junto al anillo—. Lo que nadie reclama pasa a quien lo guarda. Y esta etiqueta lleva más de noventa días huérfana, se lo digo yo, que de plazos sé un rato.
—Lo sé —dijo.
Y ahí estaba otra vez. El "lo sé" del que sabe, no del que supone. El mismo tono con el que el funcionario de la playa había escrito "Gulliver" sin pedirme que lo deletreara.
—¿Cómo que lo sabe? —Me giré—. ¿Sabe que de plazos sé un rato?
—Sé bastantes cosas de usted. —Recogió el farol, incómodo, como quien se da cuenta de que ha dicho de más—. No me pregunte cómo. No sabría contestarle.
—No nos conocemos —dije, con la voz que uso para informar a un cliente de que su paraguas ha cumplido plazo y ya no es suyo: amable y definitiva.
—No —concedió—. No nos conocemos.
—Entonces deje de mirarme así.
—Lo intento.
—Pues inténtelo más fuerte.
—No me ayuda usted nada, la verdad. Se planta en mi calle, me descuelga las etiquetas y me pide que no la mire. Es mucho pedir.
Casi sonreí yo también. Casi. Y me di cuenta de que estábamos los dos haciendo equilibrios sobre ese "casi", uno enfrente del otro, en una calle vacía, y de que la ciudad entera, con sus velas y sus permisos caducados y sus dos viejos con la mano en el aire, parecía estar conteniendo la respiración a ver quién de los dos se caía primero del "casi" al "sí".
No se cayó ninguno. Todavía no tocaba. Pero lo apunté, donde apunto lo que pienso reclamar más adelante.
—Una pregunta de las mías —dije, para bajarme del alambre—. ¿Cuánto lleva esperando para tocar esa campana?
—El tiempo que haga falta.
—¿Y cuánto es eso? En años. Deme un número, que con los números me defiendo.
Abrió la boca. La cerró. Y por primera vez en toda la conversación, la cara de reconocerme se le descompuso en otra cosa: una búsqueda hacia dentro de sí mismo que volvía con las manos vacías.
—No sabría decirle el año —dijo al fin, y lo dijo despacio, descubriéndolo a la vez que lo decía—. Los pierdo. Es lo primero que se pierde.
—¿Lo primero antes de qué?
—Buenas noches, señorita Gulliver.
—No le he dicho mi apellido.
Silencio. Uno de esos silencios que valen por tres páginas y que no pienso rellenarle yo.
Recogió el farol del todo, se ajustó la gorra y se dispuso a seguir su ronda de anunciar una hora que no cambiaba nunca a una ciudad que no le hacía caso.
Dio dos pasos calle abajo. Se detuvo. Y sin volverse del todo, con la cuerda muerta de la campana rozándole todavía el hombro, dijo lo único que llevaba toda la conversación intentando tragarse:
—No debería acordarme de usted —dijo, como quien comunica un error de archivo, con esa cortesía suya que dolía más que un grito—. Y me acuerdo.
—¿Acordarse de qué? Si no nos conocemos.
—De todo —dijo—. Esa es la avería.
Y siguió andando, farol en mano, dejándome sola en mitad de la calle empedrada con una "A" de cartón en el bolsillo, una nana en la cabeza y la sensación clarísima, incómoda, que no se me iba a quitar en muchas islas, de que aquel hombre y yo teníamos una conversación pendiente desde mucho antes de que yo supiera que él existía.
Subí a mi balcón. La vela seguía encendida. Y por primera vez en mi vida de mujer práctica que archiva lo que duele en el cajón del fondo, no pude clasificar lo que sentía bajo ninguna etiqueta sosa.
Lo dejé sin etiqueta. Categoría: pendiente.
Como el anillo. Como casi todo lo que de verdad importa.