Capítulo 3 — Los balcones de la espera
Llegué a la ciudad de noche, lo cual no significaba nada, porque allí siempre era de noche.
Eso lo entendí enseguida. Lo que tardé más en entender fue por qué todo el mundo estaba asomado al balcón.
Calles estrechas en cuesta, casa tras casa, y en cada balcón una persona —o dos— mirando al este, donde el cielo tenía un color de promesa incumplida: ni de noche del todo ni de día todavía, ese gris del minuto justo antes de que salga el sol, pero congelado.
Como si alguien hubiera pausado el amanecer en el peor momento y se hubiera ido a hacer otra cosa.
Faroles encendidos. Velas en las ventanas.
Y un silencio raro, de mucha gente conteniendo la respiración a la vez.
Y la maleta, claro, esperándome ya en el primer rellano del primer portal.
—Tú otra vez —le dije.
Ni me molesté en sorprenderme. Entre la playa y esto había aprendido que la maleta siempre me esperaba donde yo aterrizara, igual que un objeto bien etiquetado siempre vuelve a su estante: no porque quiera, sino porque le toca.
La cogí del asa y subí, porque no se me ocurría nada mejor que hacer y porque las cuestas, al menos, llevan a alguna parte.
En lo alto había una plaza, y en la plaza una garita con una ventanilla iluminada y un cartel pintado a mano: GREMIO DE VIGÍAS DEL ALBA. Delante, una cola.
Pero no una cola de esas que avanzan. Una cola de gente que llevaba tanto en su sitio que se había traído sillas.
Uno tejía algo larguísimo, un jersey que ya le habría valido a un caballo.
Una señora regaba una maceta con flores que parecían llevar décadas sin decidirse a abrir, igual que el cielo.
Un hombre dormía de pie, apoyado en la espalda del de delante, que lo sostenía sin quejarse, con la solidaridad de quien sabe que mañana le tocará a él dormir y que lo sostengan.
Me puse al final, porque ponerme al final de las colas es lo único que sé hacer sin que me lo expliquen.
—¿Para qué es la cola? —le pregunté a la de la maceta.
—Para el permiso. —Me miró como si le hubiera preguntado para qué sirve respirar—. ¿Usted no tiene permiso?
—No sé de qué permiso me habla.
Se volvió entera, con maceta y todo, y me miró de arriba abajo, con esa mezcla de pena y envidia que los veteranos le reservan a los novatos.
—El de amanecer —dijo—. Aquí no se puede querer a nadie sin permiso de amanecer. Es la ley. Solo se ama al alba. —Señaló el cielo parado en su gris—. Y como el alba no llega, una espera. Yo pedí el mío en el ochenta y dos.
—¿Y va por buen camino?
—Voy por buen camino —dijo, muy digna.
—¿En cuarenta años?
—Cuarenta y uno. —Se ofendió tanto que casi se le cae la maceta—.
Y hay gente que lleva más. Esos de ahí delante, los Pacheco, pidieron permiso antes de la guerra.
Han criado tres hijos esperando, y los tres hijos están ya en su propia cola, en otra plaza.
Aquí el amor es cosa de familias. Se hereda la cola.
—¿Y nadie ha probado a, no sé, querer a alguien sin permiso? Por probar.
La señora se santiguó con la mano libre.
—Eso es amar a deshora —susurró—. Quien ama a deshora se queda a oscuras para siempre. Lo dice el reglamento. Hágame caso y espere su turno como Dios manda, que se le nota que es de las que empujan.
Iba a contestarle que empujar era lo único que sabía hacer sin que me lo explicaran, pero la mujer ya había vuelto a su maceta y a su cielo parado, así que me lo guardé.
Cuando me tocó la ventanilla —tardó poco, porque nadie abandona la cola pero nadie avanza, así que el hueco del final está siempre libre, que es la única ventaja de las colas eternas—, un vigía con visera abrió un libro enorme, primo hermano del que llevaba el funcionario de la playa.
La misma encuadernación. El mismo color que no existe.
Empezaba a reconocer la papelería de aquella Oficina como se reconoce la letra de un acreedor.
—Solicitante.
—Gulliver.
—Estado.
Lo pensé. En la manga llevaba el 4471, que allí no servía de nada. En el bolsillo, el anillo, devuelto ya por dos servicios postales distintos, el de tierra y el de mar.
—Disponible —dije, porque era la palabra más digna que se me ocurrió para "me han dejado a dieciséis días de la boda por correo certificado".
El vigía asintió como si "disponible" fuera una categoría con su cajón propio, y a lo mejor lo era. Mojó un sello, lo estampó en un papelito y me lo tendió por debajo del cristal.
—Turno tres mil novecientos cuatro. Conserve el resguardo. Sin resguardo no hay amanecer.
—¿Y cuándo me toca?
—Eso no lo decide el Gremio. El Gremio guarda el orden.
—Vale, pero ¿por qué turno van ahora mismo?
Consultó, con un respeto casi religioso, un panel de números rojos colgado en la pared, idéntico a los de la charcutería de mi barrio, donde una saca número y espera a que canten el suyo para comprar medio kilo de jamón.
—El último amanecer atendió hasta el turno doce —dijo.
—¿Doce? ¿Y el siguiente cuándo fue?
—No hubo siguiente. El último amanecer fue hace cuarenta y un años. —Lo dijo sin drama, como quien informa de que hoy no hay pan—. Pero la cosa podría cambiar en cualquier momento, así que no se aleje del balcón. Sería una pena que amaneciera y a usted la pillara en el baño.
Doce. Yo tenía el tres mil novecientos cuatro. Hice la cuenta, me dio la risa floja, y decidí no terminarla, que hay cuentas a las que no conviene darles el gusto de salir.
Me asignaron un balcón en la calle de los Prometidos, un cuarto piso con silla, manta y una vela que —me lo dijeron tres veces, una por tramo de escalera— no debía apagar nunca bajo ningún concepto.
La vela era la señal de que el balcón seguía ocupado por alguien dispuesto.
Apagarla era renunciar, y renunciar, en aquella ciudad, tenía la peor fama de todas.
—¿Y si me quedo dormida y se apaga sola? —pregunté al que me subió la manta.
—Entonces es que en el fondo quería apagarla —dijo, y se fue, que es lo que hace la gente cuando te suelta una frase así.
Desde mi balcón se veía el de enfrente, a tres metros escasos.
Dos sillas muy juntas. Dos personas mayores, también muy juntas, con las manos tendidas la una hacia la otra por encima del vacío de la calle, sin llegar a tocarse.
Les faltaba un palmo. Tocarse antes del alba, por lo visto, también estaba prohibido; debía de venir en el mismo reglamento que lo de amar a deshora.
—Remedios y Aurelio —dijo una voz a mi izquierda.
En el balcón de al lado había una anciana sentada muy recta, con un vestido de fiesta de otra época, de los de pedrería que pesan, y la cara maquillada con un esmero que no encajaba con la hora ni con el sitio: los labios de un rojo que ya no fabrican, las cejas dibujadas con pulso de relojera, un toque de colorete puesto con criterio.
—Prometidos en el ochenta y uno —siguió, sin que yo preguntara, con las ganas de hablar de quien lleva mucho callada—.
Pidieron el permiso el mismo día, turnos seguidos, el cuatro y el cinco.
Llevan así desde entonces, con las manos tendidas, por si amanece de repente y les pilla preparados. Bonito, ¿eh?
—Parece incomodísimo.
La anciana se rió. Una risa corta, oxidada, como de cosa que no se usa a menudo y chirría al arrancar.
—Usted es nueva. Se le nota.
—¿En qué? ¿También en que empujo?
—En que contesta. —Sacó una polvera diminuta y se retocó, aunque no se le había corrido absolutamente nada, porque allí no se corría nada, ni el rímel ni el tiempo—.
Los de aquí ya no contestan. Llevan tanto esperando que se les ha gastado la conversación.
Yo me arreglo todas las noches, ¿sabe? Por si acaso.
Una no sabe a qué hora va a salir el sol, y no pienso recibirlo con esta cara de llevar cuarenta años esperándolo.
—¿Y a quién espera usted? —pregunté—. ¿Tiene su Aurelio por ahí?
La anciana cerró la polvera con un clic seco.
—Eso —dijo— es una pregunta de novata. Siéntese y mire el cielo, que es lo que toca.
Me senté en mi silla. Encendí la vela. Dejé la maleta a un lado, ya que insistía en venir a todo, y el anillo en el alféizar, donde lo tenía vigilado, brillando un poco a la luz de la llama como si también él esperara su amanecer.
Y esperé. Con todos los demás. Mirando un este que no cambiaba, en una silla que no era mía, en una ciudad donde el amor necesitaba permiso y el permiso no llegaba nunca.
Aguanté un buen rato. No os voy a mentir: hubo un momento, con la manta hasta la barbilla y la vela calentándome las manos, en que casi le encontré el gusto a aquello.
Esperar es cómodo. Esperar no te rompe. Mientras esperas el alba, nadie te devuelve nada por correo.
Entendí de golpe a la señora de la maceta y a los Pacheco y a Remedios y a Aurelio: no esperaban porque fueran tontos.
Esperaban porque esperar no duele. Lo que duele es lo otro.
Enfrente, en algún momento de la noche que no terminaba, Aurelio empezó a temblar de puro cansancio, con el brazo tendido fallándole.
Remedios, sin bajar el suyo, le dijo bajito que descansara, que ella vigilaba el cielo por los dos un rato.
Él bajó la mano, agradecido. Ella se quedó con la suya en el aire, sola, sosteniendo un palmo de calle vacía con la paciencia de quien lleva media vida sosteniendo exactamente lo mismo y ha hecho de eso su manera de querer.
No aparté la vista. Llevaba siete años mirando hasta el final lo que la gente abandona, aunque doliera, aunque fuera una urna o una pierna ortopédica o dos viejos que se quieren a través de un palmo que nadie les deja cruzar.
Es lo contrario de lo que hizo cierto señor que me escribió tres líneas y firmó con dos letras: él apartó la vista antes de tiempo.
Yo no aparto la vista nunca. Será deformación profesional, o será que soy idiota, que a veces es lo mismo.
Y entonces, abajo, en la calle, alguien empezó a tararear.
Cuatro notas. Cinco.
La misma de la playa. La de la habitación con la lámpara baja y la voz que ya no podía cantármela. La que yo había jurado, con la arena pegada a las manos, archivar como ruido y no reconocer jamás.
La reconocí entera antes de poder evitarlo, de un tirón, hasta el último compás, como se reconoce un olor. Maldita sea. Hay cajones que no cierran por mucho que una empuje.
Me levanté sin haberlo decidido, la manta resbalándome al suelo, llegué a la barandilla y me asomé a la calle.
Y allá abajo, en mitad del empedrado vacío, con un farol en una mano, había un hombre que miraba hacia arriba como si llevara cuarenta y un años esperando que yo me asomara a ese balcón.