Capítulo 2 — Expediente 4471
Me desperté en una playa, empapada, con resaca de algo que no era alcohol y un número cosido a la manga del abrigo que yo no me había cosido.
Lo primero que pensé, y no me enorgullezco, fue: por lo menos el mar tuvo el detalle de devolverme entera.
Lo segundo, al palparme el costado, fue que el abrigo seguía puesto, abrochado hasta arriba, con su número y sus bolsillos, y que un mar que se molesta en coserte una etiqueta a la manga mientras te ahoga no es un mar normal.
Pero esa reflexión la dejé para más tarde.
Cuando una se despierta en una playa desconocida, lo urgente no es entender, es contar lo que te queda.
Hice recuento, que es lo que hago cuando el mundo se pone difícil: dos zapatos, los dos míos, los dos puestos. La nota de tres líneas, doblada, en el bolsillo. Y el anillo.
El anillo.
Lo saqué con dos dedos y lo miré a contraluz como se mira a un gato que ha vuelto a casa después de que tú, personalmente, lo soltaras en mitad del campo a kilómetros de distancia.
La noche anterior lo había tirado al mar.
Lo había soltado yo, con mi mano, encima del agua negra, con testigos —bueno, con un mar de testigo—.
Y ahí estaba otra vez, en mi bolsillo, tan pancho, secándose al sol de una playa que no aparecía en ningún mapa.
—Ni tú me quieres —le dije.
El anillo no contestó. Tres gramos y medio de no contestar.
—Increíble. Me deja el novio, me deja el mar y ahora ni el anillo se va cuando lo echo. Esto ya es personal.
Me lo volví a guardar, porque tirarlo otra vez me pareció, francamente, una pérdida de tiempo: ya habíamos visto los dos cómo acababa eso.
Me puse de pie y entonces vi la playa entera, y vale, la playa era el verdadero problema.
Estaba llena de maletas. Iguales a una que tenía a mi lado, de un color que no sé nombrar porque no existe en ningún sitio donde la gente compre cosas.
Plantadas en la arena a distancias demasiado iguales para ser obra de las olas; las olas son muchas cosas, pero ordenadas no son.
Y entre las maletas, repartido con el mismo esmero, un pequeño catálogo de cosas sueltas: un zapato cada pocos metros, siempre el izquierdo.
Una sombrilla cerrada, clavada en la arena como una bandera de rendición.
Un perchero de pie, con tres abrigos colgados y nadie dentro.
Un gramófono mirando al mar, con la trompeta abierta, como esperando a que el mar pidiera una canción.
Era la playa más ordenada y más triste que había visto, y eso que yo trabajaba —trabajo, trabajaba, ya no sé en qué tiempo va mi vida— en un sitio donde la gente abandona urnas con personas dentro.
Me acerqué al gramófono, por curiosidad profesional.
Tenía una etiqueta atada a la manivela. La leí: NO REPRODUCIR.
ESPERA REPARACIÓN SENTIMENTAL. La solté como si quemara.
En mi oficina también teníamos cosas que esperaban una reparación que no iba a venir; lo que no teníamos era el descaro de ponerlo por escrito.
Volví a mi maleta. Tiré de la cerradura.
Nada. Probé los cierres, las correas, el modo bueno, el modo de los lunes a las ocho menos cuarto y hasta el modo de darle un golpe seco con la palma, que es el que funciona con las máquinas de café y los maridos.
La maleta siguió siendo una maleta cerrada con su color imposible por fuera y, supuse, por dentro.
—Genial —dije—. Equipaje que no se abre. La metáfora se cuenta sola.
—No intente abrirla.
Pegué un salto que me dejó medio metro más cerca del mar.
Detrás de mí había un hombre de uniforme.
No de naviera: un uniforme azul oscuro, con botones de más y galones que no significaban ningún rango conocido.
Llevaba un libro de registro bajo el brazo, gordo, del tamaño de los que yo usaba para los objetos de todo un año, y un sello ya destapado en la mano, como quien va por la vida con el arma fuera de la funda.
Lo conocía. Era el del ferri. El hombre de uniforme que no era de la naviera y que me había mirado un segundo de más.
—Usted iba en mi barco —dije.
—Yo voy en muchos barcos. —Abrió el libro por una página con seis nombres apuntados y trescientas casillas vacías—. Apellido.
—Primero dígame dónde estoy.
—Apellido —repitió, con la paciencia infinita del funcionario que sabe que el tiempo juega de su lado.
Reconocí la táctica porque es la mía. Suspiré.
—Gulliver.
Lo escribió sin pestañear. Sin pedirme que lo deletreara, sin el "¿con dos eles?
", sin el "¿como el de los viajes?" que llevo soportando desde el colegio.
Veinte años deletreando "Gulliver" en todas las recepciones, consultas y ventanillas de mi vida, y el primero que no me lo hizo repetir fue un funcionario de una playa que no figura en los mapas.
Eso me dio más miedo que la marea. La marea, al menos, no sabía cómo me apellidaba.
—Número.
—Cuatro mil cuatrocientos setenta y uno. Por lo visto. —Me señalé la manga—. Aunque le aviso de que yo no me lo he cosido, así que como queja formal conste que esto es allanamiento de abrigo.
—Procedencia.
—Una oficina de objetos perdidos. ¿Le suena el chiste? Porque podríamos ser de la competencia. —Señalé su libro—. Usted apunta gente, yo apunto paraguas. Es básicamente lo mismo con menos lluvia.
No le sonó el chiste. Estampó el sello en una casilla, luego en el dorso de mi mano —una marca borrosa, azulada, que no llegué a leer y que escocía un poco—, y cerró el libro con el ruido seco de quien cierra un tema.
—¿Dónde estoy? —insistí.
—No estoy autorizado a decirlo.
—¿Qué es este sitio?
—Su tránsito.
—¿Y eso cuánto dura?
—Lo que dure.
—Qué útil. ¿Y puedo volver a casa?
—Por protocolo —dijo, guardándose el sello en un bolsillo interior— no contesto preguntas que empiecen por "puedo".
Lo miré. Él me miró. Y ahí pasó una cosa pequeña que no supe leer entonces: el hombre me sostuvo la mirada un instante de más, igual que en el ferri, como si esperara que yo dijera algo concreto, una contraseña, una pregunta que él sí pudiera contestar.
No la dije, porque no la sabía. Reconozco a un compañero de gremio cuando lo tengo delante: aquel hombre llevaba toda una vida diciéndole "no" a la gente con educación, y se le notaba el oficio igual que a mí se me nota el mío en cómo cuento a la gente al subir a un barco.
—¿Y la maleta? —probé, cambiando de tema, que es lo que hago cuando una pregunta no me funciona—. ¿Por qué no se abre?
—Se abrirá ella. —Se ajustó la gorra—. Una cosa, antes de irme. Lo que pierda aquí, piénselo dos veces. Esto no es como su oficina. Aquí el plazo no corre a su favor.
—¿A favor de quién corre?
Pero ya no estaba.
No se fue andando. No dio media vuelta ni se alejó por la playa. Simplemente dejó de estar, en mitad de una frase mía, igual que deja de estar un paraguas que colocas en el estante un lunes y no vuelves a mirar hasta que un día caes en que ya no está y no sabes desde cuándo.
—Para que luego digan que la grosera soy yo —le dije a la playa.
La playa, como el anillo, no contestó. Empezaba a notar un patrón en mis interlocutores.
A unos pasos había un cartel de chapa, comido por la sal, sujeto a dos postes torcidos.
Me acerqué, porque donde hay un cartel hay normas, y donde hay normas hay alguien a quien fastidiar leyéndoselas del revés.
Arriba, en letras que un día fueron doradas y ahora eran del color de las cosas que llevan mucho a la intemperie: OFICINA DE NAUFRAGIOS SENTIMENTALES.
Y debajo, una lista numerada, con esa caligrafía de funcionario que escribe igual una bienvenida que una sentencia:
1. Bienvenido al tránsito. Su expediente ha sido abierto. No haga usted nada. 2. El tránsito termina cuando su expediente queda saneado. Lo decide la Oficina. 3. Conserve su número en lugar visible. 4. La maleta es reglamentaria. No intente abrirla. Se abrirá ella. 5. Las mareas son obligatorias.
Las leí todas. Me detuve en la primera.
—"No haga usted nada" —dije en alto—. La única instrucción de mi vida que me han dado pensando en mí. Lástima que sea la que peor se me da.
Y la cinco la leí dos veces, porque tenía su gracia.
—"Las mareas son obligatorias." Pues como en mi barrio el toque de queda, pero mojado. —Miré el agua, lisa y paciente, que ya me había recogido una vez—. Tomo nota. Asistencia obligatoria. Yo siempre tan bien recibida.
Cogí la maleta, porque dejarla me pareció más trabajo que cargarla —pesaba poco, lo cual, en una maleta que no se abre, era casi un insulto: ni siquiera tenía la decencia de pesar como si dentro hubiera algo mío—, y eché a andar tierra adentro.
El cemento se hizo camino, y el camino se hizo cuesta, y la cuesta subió entre tapias bajas hacia unas luces.
Ventanas encendidas. Faroles. Muchos, demasiados para ninguna hora razonable, como si en aquel sitio fuera siempre la hora de esperar a alguien que no llega, y todo el mundo hubiera dejado una luz puesta por si acaso.
Y entonces el viento me trajo, desde alguna de aquellas ventanas, una musiquilla.
Cuatro notas. Cinco.
Me paré en seco en mitad de la cuesta.
La conocía. La conocía de un sitio muy concreto: de una habitación con una lámpara baja, una colcha de cuadros y una voz que ya no podía cantármela porque hacía años que se había callado para siempre.
Mi madre me cantaba esa nana cuando no quería dormirme, que era casi siempre.
La había enterrado con ella, o eso creía, en el cajón donde guardo lo que no soporto sacar.
Y ahora subía por una cuesta, en una isla sin nombre, silbada por un desconocido al que no veía.
Tenía dos opciones. Reconocerla, y con ella todo lo que venía detrás. O no.
Elegí no. Con la arena todavía pegada a las manos, el número en la manga y el anillo en el bolsillo, decidí allí mismo que aquella musiquilla no era la nana de mi madre, que no significaba nada, que era una coincidencia de cuatro notas como hay miles.
La archivé como ruido.
Es un truco que conozco bien: cuando algo no tiene categoría y duele, le pones la etiqueta más sosa que encuentres y lo metes en el cajón del fondo. No lo resuelve. Pero te deja seguir andando.
Y seguí subiendo hacia las luces, que es lo que hace una cuando lo único que le queda en la vida es la cuesta que tiene delante y una musiquilla a la espalda que ha jurado no oír.