Julia Gulliver y las Mareas del Imposible Capítulo 1 — El acuse de recibo
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Julia Gulliver y las Mareas del Imposible

Julia Gulliver y las Mareas del Imposible

Por Soledad Vega Altamar

© inepub.com

Capítulo 1 — El acuse de recibo

En una oficina de objetos perdidos hay una sola norma que importa de verdad: a los noventa días, lo que nadie reclama deja de pertenecer a quien lo perdió y pasa a pertenecer a quien lo guarda.

Yo llevaba siete años guardándolo casi todo.

Paraguas tristes, una dentadura postiza, un canario disecado, una pierna ortopédica y la urna de un tal Eustaquio que llevaba cuatro años en mi estante sin que viniera nadie a buscarlo.

Le quitaba el polvo los lunes y le daba los buenos días.

No me juzguéis. Pasáis ocho horas al día con un señor en una caja y ya veremos quién le da los buenos días a quién.

La mañana en que se me empezó a torcer la vida para siempre arrancó como todas las demás: con un señor reclamando algo que, técnicamente, ya no era suyo.

—Un paraguas —dijo, plantado en el mostrador con el sombrero en las manos—. Negro. Mango de madera. Lo perdí en el ferri.

—¿Cuándo?

—En febrero.

Miré el calendario. Miré al señor. Volví a mirar el calendario, por darle emoción.

—Estamos en junio, caballero.

—¿Y?

—Que han pasado más de noventa días. Según el reglamento, su paraguas dejó de ser suyo hace seis semanas. —Me apoyé en el mostrador—. Ahora mismo, legalmente, ese paraguas es mío.

El hombre puso cara de funeral.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Quiere decir que podría abrirlo yo los días de lluvia y pensar en usted con cariño.

—Fui al estante de los paraguas, descolgué uno negro de mango de madera que se abría regular y se lo planté delante—.

Pero como soy más blanda que el pan de molde, tenga.

Lléveselo. Y la próxima vez, no pierda las cosas en febrero, que en febrero pierde todo el mundo y se me llena el almacén.

Se fue tan contento, agitando el paraguas como un niño con bandera.

Es lo que tiene mi oficio: la gente entra hundida porque ha perdido algo y se va flotando porque lo recupera.

Yo me quedo en medio, devolviendo cosas, que es una manera discreta de devolverle a la gente trocitos del día que creían perdidos.

Lo que no se me había ocurrido en siete años era que un día iban a mandarme a mí, por correo, lo que se suponía que era para toda la vida.

—Gulliver, paquete —dijo Nieves, asomando media cabeza por la puerta del almacén con la boca llena de magdalena—. Certificado. Con acuse de recibo y todo. —Tragó—. Mira qué fino el novio.

—Exnovio.

—Eso aún no lo sabemos.

—Lo sabemos hace dieciséis días, Nieves.

Nieves llevaba veintidós años en la dársena cuatro y se sabía el final de todas las historias antes del principio.

Era de esas mujeres que ven entrar a una pareja por la puerta y te dicen, por lo bajini, cuál de los dos va a dejar al otro y en qué estación del año.

Conmigo había acertado. No se lo perdonaba.

Dejó el paquete en el mostrador con un cuidado exagerado, como quien posa una bomba que le ha cogido cariño, y se quedó.

—¿No te vas? —dije.

—Ni loca.

—Tengo trabajo.

—Yo también. Mi trabajo ahora mismo eres tú. —Se cruzó de brazos—. Ábrelo.

Era un paquete pequeño. Acolchado. En la casilla del remitente, escrito a máquina, estaba su nombre completo: los dos nombres y los dos apellidos, perfectamente mecanografiados, por si yo —que iba a casarme con él en menos de dos semanas— pudiera confundirlo con otro hombre que también me mandara paquetes certificados.

No había ninguno. Pero él era así de cuidadoso. Por eso me iba a casar con él.

Iba.

—Mecanografió su nombre entero —dije, pasando el dedo por las letras—. Los dos apellidos. Para el cartero.

—Qué detalle.

—Por si me lío con todos los exnovios que me mandan anillos certificados.

—Ese hombre —dijo Nieves— le tiene más respeto al servicio de correos que a ti. Y mira que correos funciona regular.

Lo abrí de pie, porque sentarse es admitir cosas.

Dentro había una cajita forrada de terciopelo azul, de ese azul de las cosas que se compran para durar siempre. Y dentro de la cajita, el anillo. Y debajo del anillo, doblada en tres, una nota a máquina.

Nieves y yo nos quedamos mirando el papelito como se mira una araña en el techo del dormitorio: sabiendo que hay que hacer algo y rezando para que lo haga el otro.

—Léela tú —le dije, y se la pasé, porque hay cosas que duelen menos si las dice otro con voz de telediario.

Nieves se puso las gafas. Carraspeó. Adoptó una pose de locutora de informativo de las nueve que en otro momento me habría hecho llorar de risa.

—"Querida Julia" —empezó, y ya ahí torció el gesto—. "Lo he pensado mucho y creo que es mejor para los dos no seguir adelante. Te devuelvo el anillo, que es tuyo. Te deseo de corazón toda la felicidad del mundo."

Silencio.

—¿Ya está? —pregunté.

—Ya está.

—¿No pone nada más? ¿Una posdata? ¿Un "espero que sigamos siendo amigos"? Algo a lo que poder odiar con detalle.

—Nada. —Nieves le dio la vuelta al papel, como si detrás fuera a haber una explicación mejor—. Espera. Sí hay algo.

—¿Qué?

—La firma.

—¿Y?

—Dos iniciales.

Levanté la cabeza.

—Dos iniciales.

—Dos iniciales, Julia.

Me reí. No porque tuviera gracia, sino porque la otra opción era peor y yo estaba en el trabajo.

El hombre se había tomado la molestia de mecanografiar su nombre entero para el cartero, para que constara, para que no hubiera errores en el reparto.

Y a mí, que había elegido vestido y discutido el menú y aguantado a su madre tres navidades, me había firmado con dos letras, como quien rubrica el albarán de un pedido que no sabe muy bien de quién es.

—Toda la felicidad del mundo —repetí—. Toda. De corazón.

—De corazón el muy… —Nieves se mordió la lengua, miró a Eustaquio en su estante como pidiéndole permiso a un muerto para hablar mal de un vivo, y lo soltó—: Hijo de su madre.

—Nieves.

—Lo es. Con acuse de recibo y todo. —Se quitó las gafas—. Una se deja por teléfono, como las personas decentes. O por la aplicación esa, si eres un cobarde moderno. Pero ¿certificado? ¿Para que tengas que firmar tú que lo has recibido? Eso no es dejar a una mujer. Eso es notificarle un embargo.

Tenía razón, que era lo peor de Nieves: que casi siempre la tenía.

Cogí el libro de registro. Lo abrí por la primera página en blanco, mojé el bolígrafo y me quedé con la mano en el aire, porque no sabía en qué categoría iba un anillo así.

No era un objeto perdido: sabía perfectamente de quién venía.

No era un objeto encontrado: sabía perfectamente dónde estaba el hombre que tendría que haberlo querido, probablemente cenando tan tranquilo, sin un anillo y sin una boda y sin una mujer firmándole acuses de recibo.

Y reclamarlo no podía reclamarlo nadie, porque el único con derecho era el mismo que me lo había devuelto.

Siete años aprendiendo a numerar lo que la gente suelta. Y lo único que no supe clasificar fue lo mío.

Lo anoté donde anoto lo que no encaja. Estante 9, al lado de Eustaquio. Categoría: pendiente.

—Pendiente —leyó Nieves por encima de mi hombro—. Eres lo peor.

—Soy funcionaria.

—Es lo que digo.

Pasaron tres semanas.

Tres semanas en las que seguí yendo a la dársena cuatro a las ocho menos cuarto, abriendo la persiana, dándole los buenos días a Eustaquio y devolviéndole a la gente sus paraguas con una sonrisa profesional.

La gente describe lo que ha perdido con una precisión que parte el alma —"verde, mango de madera, se abre regular"—, como si describiéndolo bien se lo merecieran más.

Yo se lo daba. Se iban felices. Y yo me quedaba con el anillo en el estante 9, mirándolo de reojo al cerrar.

Lo pesé una noche, por hacer algo con las manos. Tres gramos y medio. La cosa más ligera que me había roto nunca.

Nieves intentó animarme a su manera, que consistía en traer cosas.

Un martes me trajo flores con una nota que ponía "de parte de nadie, para que te acostumbres".

Otro día, una caja de magdalenas. Otro, el teléfono de su primo el del taller, "que no es guapo pero es fiel, que es lo que hay que buscar a tu edad".

Le dije que a mi edad lo que había que buscar era que te dejaran de dejar.

Se rió. Pero al irse, esa noche, me apretó la mano un segundo de más, y eso de Nieves valía por un abrazo de cualquier otra.

Y una de esas noches —la tercera semana, un martes, me acuerdo porque las flores de "parte de nadie" todavía aguantaban en un vaso— hice la cuenta de mi propia norma.

El anillo había llegado en martes. Noventa días después, según la única ley que yo respetaba, dejaría de ser de él y pasaría a ser mío.

No quise esperar. Hay cosas que no quieres que sean tuyas ni aunque te toquen.

No quería levantarme un día y descubrir que aquel anillo era oficialmente mío, archivado a mi nombre, formando parte de mi inventario como Eustaquio o el canario disecado.

Bastante coleccionaba ya lo que otros abandonaban; no pensaba coleccionarme también el abandono.

Así que decidí devolverlo. No a él —a él ya no le devolvía ni los buenos días—. Al único sitio que recibe lo que sea sin pedir explicaciones, sin hacerte firmar y sin plazos.

El mar guarda lo que se le da. Es la oficina de objetos perdidos más grande del mundo. Y no llama a los noventa días.

Cogí el ferri de las once y media. El último. El que va medio vacío porque a esas horas ya nadie quiere ir a ningún sitio, solo volver de alguno.

Conté seis pasajeros, por costumbre; cuento las cosas, es mi enfermedad.

Una señora con dos bolsas de la compra, dormida antes de zarpar, con la cabeza dándole golpecitos contra el cristal a cada ola.

Dos adolescentes besándose como si el barco no fuera a atracar jamás, como si la vida entera cupiera en ese trayecto de veinte minutos.

Un revisor que no revisaba nada. Un hombre de uniforme que no era de la naviera —azul oscuro, con más botones de la cuenta— y que levantó la vista cuando subí y me miró un segundo de más.

No un segundo de los de "vaya, una mujer".

Un segundo de los de "ya sabía yo que vendrías".

Le sostuve la mirada porque a mí los hombres que miran de más no me amedrentan, me dan ganas de cobrarles entrada.

Él volvió a lo suyo, que era un libro gordo con pinta de registro.

Y yo, la sexta, con el anillo en el bolsillo del abrigo y la nota de tres líneas envuelta alrededor, porque me pareció que las dos cosas debían viajar juntas hasta el final.

Subí a cubierta. No había nadie. El viento de mar me despeinó con esa grosería que tiene el viento de mar, que te trata igual te estén dejando o te estés casando.

La terminal se fue quedando atrás, amarilla y ordenada, con sus dársenas numeradas, y por un instante distinguí mi oficina: la única ventana sin luz de toda la fila.

—Buenas noches, Eustaquio —dije, por si acaso. Por si los muertos oyen mejor desde el agua.

El mar estaba raro. Quieto de un modo que no le había visto nunca, como una mesa a la que alguien le hubiera pasado un trapo.

Según el horario clavado en la pared de mi oficina, la marea estaba bajando.

Tenía que estar bajando. Llevaba siete años cruzando aquella bahía a todas horas y me sabía las mareas como me sabía mis estanterías, y aquella, a las once y media de un martes, estaba bajando.

No estaba bajando.

Saqué el anillo. Le quité la nota, la doblé otra vez en tres y me la guardé, porque tirar el papel me dio no sé qué; el papel no tenía la culpa de nada, el papel solo había hecho de mensajero. Sostuve el anillo entre dos dedos, encima del agua negra.

Tres gramos y medio.

—Para ti —le dije al mar—. Que tú sí que no devuelves las cosas.

Y abrí los dedos.

El mar, en lugar de tragárselo, vino a por él.

No fue una ola. Las olas suben, bajan y avisan, hacen ruido, traen espuma, tienen modales.

Esto fue el agua entera levantándose de golpe, sin espuma, sin ruido, una pared lisa y negra que creció por el costado del ferri como crece un número en una columna que alguien va sumando muy deprisa. Subió hasta la barandilla. La pasó.

El anillo se quedó un instante flotando a la altura de mis ojos, brillando, suspendido en aquella pared de agua como si tampoco él entendiera nada, como si me preguntara, las dos cosas a la vez, qué pintábamos los dos allí arriba a esas horas.

No me dio tiempo a contestarle.

Lo último que pensé, antes de que el agua me cubriera la mano, y luego el brazo, y luego entera, sin prisa, con una educación espantosa, como quien recoge despacio una mesa que ya nadie va a usar, fue que el mar me estaba archivando igual que archivaba yo en el estante 9 lo que llevaba demasiado tiempo sin que viniera nadie.

Como un objeto.

No reclamado.