Capítulo 29
Adrian empujó la puerta del diner pasada la una de la madrugada, como cada noche.
No llovía. Hacía frío y la Novena Avenida estaba casi vacía. Venía de su ático, de dar vueltas en la cama, de mirar el techo y el móvil. Venía, como todas las noches, porque no se le ocurría ningún otro sitio al que ir.
La campanilla sonó encima de su cabeza.
—Sal.
Sal no contestó.
Adrian levantó la vista, extrañado. Sal siempre contestaba.
Pero, aquella noche, Sal tenía la vista clavada en el reservado de la ventana. El suyo.
Adrian se quedó clavado en el suelo.
Ruby estaba sentada en el banco de vinilo rojo, con las manos alrededor de una taza de café que hacía rato que había dejado de humear.
Llevaba el pelo suelto, un jersey rosa y la cara de alguien que no ha dormido en días.
Estaba más guapa que nunca.
Delante de ella, en el lado de la mesa que solía ocupar él, había un plato con una hamburguesa sin queso, con una hoja de lechuga y una rodaja de tomate.
Y un batido de vainilla.
Ruby levantó la vista. Sus ojos se encontraron.
Durante un momento, ninguno de los dos se movió. Sal tampoco. La hamburguesa que tenía en la plancha empezó a quemarse y a Sal, que no había quemado una hamburguesa desde 1987, le dio exactamente igual.
—Se te va a enfriar —dijo Ruby al fin, señalando el plato con la barbilla.
Adrian no contestó. No podía.
Llevaba demasiado tiempo imaginándose aquel momento. Lo que diría, lo que haría, cómo la miraría.
Y ahora que la tenía delante, no le salía absolutamente nada.
Se acercó al reservado, se quitó el abrigo, lo dejó en el banco y se sentó frente a ella.
Ruby lo miró. Él la miró.
—Hola —dijo ella.
—Hola.
Silencio. Detrás de la barra, Sal sacó por fin la hamburguesa quemada de la plancha y la tiró a la basura sin dejar de mirarlos de reojo.
Ruby tomó aire.
—Entendería que no quisieras escucharme…
—Habla —la interrumpió él.
No había pretendido sonar tan brusco. Pero llevaba mucho tiempo esperando una explicación y, ahora que Ruby estaba allí, tenía miedo de que cambiara de opinión y se marchara antes de dársela.
Ella soltó el aire que llevaba conteniendo desde que había entrado por aquella puerta.
—Fui una imbécil contigo.
Adrian no dijo nada, porque, en fin, un poco sí que lo había sido.
Joder, se moría de ganas de tocarla. De alargar la mano, apartarle aquel mechón de la cara y comprobar que estaba allí de verdad.
Pero no lo hizo.
Ruby jugueteó con la servilleta que tenía junto a la taza.
—Mi padre se marchó cuando yo tenía siete años —continuó—. Eso ya te lo conté.
—Me acuerdo.
—Lo que no te conté es que pasé años pensando que, si hubiera sido una niña mejor, se habría quedado. Más buena. Más lista. Más… lo que fuera.
Soltó una risa breve, sin humor.
—Y mírame. Treinta años y todavía intentando que todo el mundo me necesite. Tiene narices.
Adrian intentó imaginarse a Ruby con siete años, esperando una llamada que nunca llegó, preguntándose qué había hecho mal.
Hubiera querido decirle que no tenía nada que ver con ella. Que aquel hombre había sido un imbécil y que ninguna niña debería tener que ganarse el derecho a que su padre se quedara.
Pero la dejó continuar.
—Contigo fue fácil —prosiguió—. Me necesitabas para todo. Para las reuniones, los viajes, los contratos… Hasta para encontrar unos malditos clips.
—Ya sé dónde están —murmuró Adrian.
Ruby levantó la vista, sorprendida.
Por primera vez desde que se había sentado, sonrió de verdad.
—Estoy orgullosísima de ti.
Adrian sonrió también.
—El caso es que sabía cómo conseguir que me necesitaras —continuó ella—. Lo que no sabía era qué hacer cuando empezaste a tratarme como algo más que tu asistente. O cuando yo empecé a verte como algo más que mi jefe.
Ruby tragó saliva.
—Porque entonces ya no se trataba de necesitarme. Y tú podías hacerme daño. Muchísimo. Podías cansarte de mí, cambiar de opinión, irte… Y yo no sabía cómo evitarlo.
—Nunca quise irme, Ruby.
A Ruby se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Compré las entradas del cine porque era lo que tú querías —dijo Adrian—.
Pero no me senté a tu lado por ninguna lista.
Ni nada de lo que pasó entre nosotros tuvo que ver con tus condiciones para quedarte.
¿Quería que te quedaras? Sí. —Hizo una pausa—.
Pero no a cualquier precio. Y mucho menos fingiendo sentir algo que no sentía. Supongo que no supe demostrártelo.
Ruby negó con la cabeza, secándose las lágrimas.
—Hicieras lo que hicieras, yo habría encontrado la manera de evitar que aquello fuera a más. Soy yo la que tiene el problema, Adrian. No tú. Y no te equivoques, no he venido a buscar excusas para lo que hice…
—¿Entonces por qué has venido? —la interrumpió él.
—Porque he descubierto que puedo vivir sin ti.
Adrian sintió una punzada en el pecho. No era exactamente lo que esperaba escuchar.
—He recuperado mi vida, Adrian. He vuelto a ver a mis amigos, a hacer cosas que me gustan, a pasar tiempo con mis padres. He ido a cerámica, al teatro, al karaoke… Hasta he tenido una cita.
Adrian tensó ligeramente la mandíbula. Aquello tampoco se lo esperaba.
Ruby advirtió el gesto y estuvo a punto de sonreír.
—Tranquilo. Se llamaba Bradley y creo que habría preferido cenar contigo.
Adrian arqueó una ceja.
—El caso es que tengo todo el tiempo del mundo —siguió Ruby—. Y me sigue faltando algo.
—¿Trabajo?
Ella negó con la cabeza.
—Tú.
Adrian sintió que no podía respirar.
—No mi jefe —añadió ella—. Tú.
Joder. Iba a darle algo.
Había tenido esperanzas desde que Sal le contó que había estado allí. Y luego se había obligado a quitárselas de la cabeza.
A lo mejor había vuelto al diner porque le gustaba el sitio.
A lo mejor ya ni se acordaba de él.
—Te echo de menos —dijo Ruby—. Pero, por favor, no quiero que te sientas incómodo ni en ningún compromiso, y perdóname por ser tan egoísta otra vez y venir a contártelo, pero…
Se quedó con la frase a medias, porque Adrian se había levantado, le había cogido la mano y la había hecho ponerse de pie.
—Dilo —le pidió, cogiéndole la cara entre las manos.
—¿Que diga qué?
Lo tenía tan cerca que no podía pensar.
—Que me quieres.
—Yo no he dicho eso —negó ella, muy deprisa.
Y, mientras lo decía, se llevó la mano al pendiente.
Adrian bajó la vista hacia aquella mano. Luego la cogió con suavidad y la apartó de la oreja.
—¿Segura? —Le acarició el labio con el pulgar—. Yo creo que sí.
—¿Tú me quieres? —preguntó ella, en voz muy baja.
—¿Tú qué crees?
—No lo sé —reconoció, temerosa de equivocarse otra vez.
Pero sí lo sabía, por cómo la miraba.
Eso era adoración, ¿verdad?
—Tendré que demostrártelo, entonces. ¿Vas a dejar que lo haga? ¿Sin salir corriendo ni echarme a patadas otra vez? Porque puedo luchar contra lo que sea por nosotros, Ruby, pero no puedo luchar contra ti.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por las mejillas de Ruby.
—Lo intentaré.
Adrian soltó un gruñido de frustración, aunque sus manos fueron de lo más delicadas al secarle las lágrimas con los pulgares.
—Tendré que conformarme con eso, por ahora. Haré que confíes en mí, Ruby. Y que no vuelvas a dudar de nosotros.
¿De verdad Adrian acababa de hablar de los dos como si fueran una pareja? ¿Como si existiera algo entre ellos que mereciera la pena defender?
Ahora era ella la que apenas podía respirar.
—Adrian…
—¿Puedo besarte? Esta vez, sabiendo los dos que significa algo.
—Para mí lo significa todo —dijo Ruby antes de agarrarlo por el jersey y besarlo.
—Quiero ir despacio, pero no sé si podré —gimió Adrian.
Estaba sobre ella, en su cama. En la de él.
Su ático quedaba bastante más cerca que Brooklyn y, con las ganas que tenían de volver a tocarse, ninguno de los dos estaba dispuesto a esperar mucho más.
Además, la quería allí. Necesitaba tenerla allí, en su casa, en su cama, entre unas sábanas que quería que olieran a ella.
Abandonó su boca para descender por su cuello. Le lamió la clavícula y siguió bajando hasta sus pechos, acariciándolos y besándolos con una lentitud que arrancó a Ruby un gemido.
—¿Y no podemos ir despacio la próxima vez? —rogó ella.
Adrian se rio contra su piel y levantó la cabeza para mirarla.
Tenía los ojos nublados de deseo, el pelo suelto desparramado sobre la almohada y la piel encendida.
Joder, qué preciosa era.
Iba a decirle que no. Que necesitaba saborear cada centímetro de su cuerpo, recuperar el tiempo perdido y disfrutar de ella sin prisas, como no había podido hacer la primera vez.
Pero Ruby tenía otros planes.
Cogió su miembro y lo guio hasta la entrada de su sexo.
Adrian estuvo a punto de correrse con aquel simple contacto.
—Cariño… El condón —le recordó. No supo ni cómo consiguió decirlo, porque la sangre ya había dejado de regarle el cerebro—. Además, tenemos que hablar de eso.
Era un asunto que todavía tenían pendiente.
—No vamos a usarlo —contestó ella—. Sé que estás limpio. Era tu asistente, ¿recuerdas? Te pedía yo las citas del médico. Y te archivaba los resultados. Todos.
Adrian resopló.
¿Cómo demonios no había pensado en aquello?
—Y tomo la píldora —añadió Ruby.
Adrian se incorporó un poco, apoyándose en las palmas de las manos para mirarla.
—Tampoco pasaría nada si no la tomaras. Tendríamos un bebé.
—¡Adrian! —Ella le dio un golpe en el brazo, aunque la carcajada que se le escapó le restó toda seriedad al gesto—. ¿Estás loco?
—Por ti —respondió él sin vacilar, antes de inclinarse para besarla de nuevo.
Al separarse, le secó con el pulgar una lágrima solitaria que se deslizó por su mejilla.
—¿Es demasiado? —preguntó él en voz baja.
Ruby negó con la cabeza.
—No sé ni cómo ni cuándo ha pasado esto —confesó él, acariciándole la mejilla—. Y, sinceramente, me da igual. No necesito entenderlo todo, Ruby. Solo sé que lo que siento por ti es real, que quiero vivirlo y que no pienso echarme atrás por miedo a lo que pueda pasar. No quiero perderte.
Ella lo miró durante unos segundos, con los ojos brillantes y una sonrisa temblándole en los labios.
—Estoy aquí —susurró.
Solo dos palabras.
Dos palabras que, en cualquier otra circunstancia, podrían haber pasado inadvertidas, pero que allí, entre los dos, tenían el peso de una promesa.
Porque Ruby no le estaba diciendo simplemente que quería estar con él. Le estaba diciendo que había decidido quedarse. Que no iba a salir corriendo a la primera dificultad, que no volvería a dejar que sus miedos decidieran por ella ni a desperdiciar más tiempo negando lo que sentía.
Y Adrian lo entendió.
Lo vio en la forma en que ella lo miraba, en sus dedos aferrados a él y en aquella sonrisa que no necesitaba explicación.
La besó de nuevo, despacio. Y sin apartar los ojos de los suyos, entró en ella poco a poco, con una delicadeza que contrastaba con las ganas que tenía de perder el control.
Si existía el cielo, tenía que parecerse mucho a aquello.
Y, si el infierno consistía en pasar la eternidad lejos de Ruby Sutter, más le valía empezar a ganarse un sitio en el primero.
Pensaba portarse bien.
Muy bien.
Aunque, teniendo en cuenta lo que estaba a punto de hacerle…
Porque tenía toda la intención de hacerla gritar.
De placer, por supuesto.