Jefe, ¡te odio! Creo Epílogo
100%

Epílogo

Ruby llevaba veinte minutos intentando cerrar una caja.

Veinte minutos, dos rollos de cinta adhesiva y una cantidad de insultos que habrían hecho sonrojarse a un camionero.

—¡Me cago en…!

La caja se abrió por abajo.

Otra vez.

Ruby contempló cómo tres libros, un secador y una zapatilla aterrizaban sobre el suelo de su apartamento.

—Maravilloso.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó Adrian, que se disponía a bajar otra caja.

—¡No!

Llevaban varias semanas juntos y Adrian ya había descubierto una cosa muy importante. Que Ruby era perfectamente capaz de organizarle la vida, pero que, cuando se trataba de la de ella, la cosa era muy diferente.

¡Si no sabía cerrar ni una caja!

La mudanza había sido idea de ambos. Bueno, más exactamente, Adrian le había propuesto vivir juntos y Ruby había tardado cuarenta y cinco minutos en aceptar.

Cuarenta de ellos los había dedicado a explicarle por qué no pensaba convertirse en una de esas mujeres que abandonaban su vida para instalarse en el ático de un millonario.

Adrian la había escuchado con paciencia. Después le había preguntado si quería un cajón para sus cosas.

Ruby había dicho que necesitaba un armario entero.

Y un escritorio.

Y espacio para sus proyectos.

Y, por supuesto, para la albahaca. Y para Pimienta, la gata atigrada de la protectora, que llegaría en cuanto terminaran la mudanza.

Adrian había aceptado todas las condiciones.

Ahora Ruby tenía un trabajo a media jornada que podía realizar desde casa, mientras estudiaba Diseño de Moda y Gestión Empresarial.

Al final no había enviado la solicitud a la revista del Soho. Había descubierto que no quería ser Andy Sachs.

Quería montar su propia firma.

Todavía no sabía cuánto tardaría en conseguirlo, ni cuántas colecciones tendría que dibujar antes de que alguien quisiera comprarle algo. Pero iba a intentarlo.

Adrian opinaba que podía dedicarse a estudiar sin tener que trabajar. Ruby opinaba que su cuenta bancaria no necesitaba un patrocinador con apellido Langford.

Habían discutido sobre aquello. Varias veces.

Y, sorprendentemente, el mundo no se había acabado.

Ruby se agachó para recoger los libros. Debajo de uno encontró un sobre blanco, algo arrugado, con el logotipo del Grupo Langford.

Lo reconoció antes de darle la vuelta.

Era el sobre que Linda le había entregado el último día de trabajo, con toda la documentación de su liquidación.

Había pasado semanas olvidado encima del aparador, entre las llaves y una factura de la luz, porque Ruby, que durante dos años había archivado hasta el último papel de Adrian, no se había sentido capaz de abrir nada que llevara aquel logotipo.

Por lo visto, había terminado dentro de una caja durante la mudanza sin que ella se diera cuenta.

Estuvo a punto de tirarlo a la caja del reciclaje, pero lo abrió. Por si acaso.

Dentro había varias hojas. Un certificado de empresa, unos documentos sobre su liquidación y una copia de su carta de dimisión.

Ruby sonrió al verla. Aquella carta. La había escrito con una satisfacción que todavía recordaba perfectamente.

Entonces vio la firma de Adrian. Y la fecha. El día después de su cumpleaños.

Ruby dejó de sonreír. Se acercó a la ventana para leerla mejor.

Repasó la fecha una vez más.

Se sentó despacio en el borde del sofá.

Todo aquel tiempo había creído que Adrian seguía intentando convencerla de que se quedara. Había pensado que todo lo que hizo formaba parte de aquellas condiciones absurdas que ella misma le había impuesto.

Pero él ya había aceptado su marcha. Lo había hecho al día siguiente, después del cine. Desde entonces sabía que la perdería como asistente.

Y aun así había querido estar con ella.

Ruby se quedó mirando el documento hasta que oyó la puerta.

—La última caja ya está en el coche —anunció Adrian, entrando en el salón.

—¿Firmaste mi dimisión al día siguiente de que te la presentara? ¿Antes de ir a la ópera?

Adrian miró el papel que sostenía.

—Sí.

Ruby parpadeó.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

Adrian no contestó inmediatamente.

Ruby volvió a mirar la firma.

—Joder, Adrian. Me dejaste creer que estabas haciendo todas aquellas cosas por mis estúpidas condiciones para quedarme.

Él sonrió ligeramente. Después le quitó con suavidad los papeles de las manos y los dejó sobre una caja.

La cogió de la mano y la hizo levantarse para estrecharla entre sus brazos.

—Ya confiabas en mí. Solo tenías que darte cuenta.

Le dio un largo beso que les arrancó un gemido a los dos.

—Y yo también tenía que confiar en ti —reconoció él—.

Mientras te esperaba, tuve miedo de estar equivocado, de estar haciéndolo mal y alejándote más de mí.

Pero viniste a buscarme y confirmaste lo que pensaba.

Que había algo entre nosotros más allá de nuestros miedos. Y que no sería tan fácil separarnos.

Él tenía razón. Entre ellos siempre había habido algo.

Quizás no amor, al principio, pero sí una conexión. Una confianza.

Algo que no tenía explicación.

O tal vez sí la tenía.

Estaban hechos el uno para el otro. Y ya.

—¿Dónde quedó el jefe insoportable? —bromeó ella, para no llorar.

—Estoy deseando volver a ser tu jefe —bromeó Adrian.

—Pues vas listo. Prefiero quedarme teletrabajando en el ático.

Por una vez, iba a dedicar su capacidad para organizarlo absolutamente todo a construir algo suyo.

Adrian resopló.

Ruby sonrió con malicia.

—Y te puedo esperar desnuda en la cama cuando llegues.

A Adrian le cambió la cara.

—Cada día —le advirtió, antes de volver a besarla—. Te quiero —murmuró contra sus labios, prolongando el beso.

—¿Me querrás cuando gane más dinero que tú con mi empresa de moda?

Adrian soltó una risa.

—Será una competencia feroz.

—No te rías. Hablo en serio.

—Yo también. Estoy deseando verte intentarlo.

—¿Y cuando tenga una oficina más grande que la tuya?

—Imposible.

—¡Adrian!

—La mía tiene cuarenta y dos plantas, Ruby.

—Pues compraré cuarenta y tres.

Él se echó a reír.

—Entonces tendré que felicitarte.

Ruby lo observó con una sonrisa.

—Te echo de menos allí —reconoció él—. Me gustaría verte a todas horas.

Pero entendía que no se trataba de él, sino de ella. Ruby necesitaba cumplir sus sueños, construir algo propio, y él estaría siempre a su lado para ayudarla a conseguirlo.

Eso sí, seguía molestándola con asuntos del trabajo bastante más de lo que debería. Patricia era excelente, pero no era Ruby, y Adrian aprovechaba cualquier excusa para llamarla, incluso por cosas que podía resolver perfectamente solo.

Ruby lo sabía y protestaba, pero acababa ayudándolo. Ya no por obligación, sino porque quería. Aunque amenazaba con cobrarle cada consulta.

—A mí me gustaría que no trabajaras hasta las doce de la noche. Todos tenemos problemas —bromeó ella.

—Hace semanas que no salgo de la oficina después de las seis.

Sobre todo, porque no soportaba pasar tantas horas separado de ella.

Lo odiaba.

Quién le iba a decir a Adrian Langford que él, el hombre que antes no encontraba motivos para abandonar su despacho, acabaría contando los minutos para llegar a casa.

—Lo sé. Estoy orgullosísima de ti. —Ahora fue ella quien lo besó—. Te quiero —susurró sobre sus labios.

—Yo más. Ven aquí —murmuró él.

—Ya estoy aquí.

—Más cerca.

Ruby le rodeó el cuello con los brazos.

—Qué mandón eres, Langford.

—Y tú hablas demasiado, Sutter.

—Pues tendrás que encontrar la manera de callarme.

Adrian sonrió. Aquella sonrisa.

La que Ruby ya conocía lo bastante bien como para saber que estaba a punto de meterse en problemas.

—Se me ocurre una.

La besó.

Primero despacio, apenas un roce de labios que le hizo contener la respiración. Después con más intensidad, atrayéndola contra su cuerpo lo suficiente para que Ruby notara, sin ninguna posibilidad de equivocarse, lo excitado que estaba ya.

Ella sonrió contra sus labios, le hundió los dedos en el pelo y tiró suavemente.

Adrian dejó escapar un sonido ronco contra su boca.

—Adrian…

—¿Qué?

—Tenemos una mudanza que terminar.

Él le mordió suavemente el labio inferior.

—Pues tendrá que esperar.

La levantó en brazos. Ruby soltó un grito, se agarró a sus hombros y entrelazó las piernas alrededor de su cintura.

—Creía que tenías ganas de tenerme en tu cama —ronroneó ella mientras él le lamía el cuello.

—Nuestra cama —la corrigió él después de morderla suavemente—. Y te tendré en ella toda la vida.

Porque Adrian no pensaba dejar marchar a aquella mujer nunca.

Y ella no querría irse. De eso se encargaría él, como venía haciendo desde que estaban juntos.

Ya la iba conociendo lo suficiente para saber qué hacer cuando a ella le entraba el miedo.

Exactamente lo que estaba haciendo en aquel momento.

—No me quejaré —gimió Ruby.

—Pero ahora vamos a despedirnos de esta.

La dejó sobre la cama.

—Mmm… —ronroneó ella, abriendo las piernas.

Él sonrió. Una sonrisa lenta y pecaminosa.

—Joder, cariño. —Adrian se colocó encima de ella—. ¿Tienes una idea de cuánto te quiero?

Ruby sonrió.

Sí, se hacía una idea. Porque, si él sentía aunque solo fuera la mitad de lo que ella sentía por él, debía de quererla una barbaridad.

FIN