Capítulo 28
—Duermes fatal.
—Duermo perfectamente, mamá.
Gloria dejó la fuente de pollo asado en el centro de la mesa y se cruzó de brazos.
—Te estás tocando la oreja.
Ruby bajó la mano de golpe.
—Me picaba.
—Te pica desde que tenías seis años y me juraste que no te habías comido las galletas de la despensa. —Gloria se sentó y desplegó la servilleta con un golpe seco—. Tienes unas ojeras que te llegan a las rodillas, hija. Llevo cuarenta años de enfermera. Sé reconocer a alguien que no duerme.
—Treinta y dos.
—Pues treinta y dos. Da igual. Duermes fatal.
La comida transcurrió como todas las de los últimos domingos. Gloria habló de la vecina del cuarto, de la parroquia y de una prima de Florida que se había apuntado a clases de salsa a los setenta y tres años.
Frank asintió en los momentos adecuados.
Y Ruby comió poco, sonrió mucho y miró el móvil tres veces, por si acaso, aunque sabía perfectamente que no iba a haber nada.
—Bueno —anunció Gloria, cuando terminaron—. Me voy a llevarle un trozo del bizcocho de limón que he hecho esta mañana a la señora Kowalski, que está pachucha. Vosotros recoged.
—Mamá, si quieres, voy yo…
—Tú friegas. Que en tu casa seguro que comes de táper y luego lo tiras.
—No como de táper.
—Te estás tocando la oreja otra vez.
Ruby bajó la mano. Gloria cogió el plato con el bizcocho, le dio un beso a Frank y otro en la cabeza a Ruby, y salió por la puerta canturreando algo que se parecía vagamente a un bolero.
La casa se quedó en silencio.
Frank se levantó, se puso el delantal de flores y abrió el grifo.
—Tú secas.
—Yo seco.
Fregaron un rato sin hablar.
—¿Te he contado alguna vez cómo conocí a tu madre? —preguntó Frank de repente.
—Fuiste a arreglar los radiadores.
—Fui a arreglar los radiadores. —Frank asintió, sin dejar de frotar una sartén—. Los del piso viejo. Tú tenías nueve años y te pasaste toda la tarde sentada en el pasillo, mirándome trabajar como si fuera a robar algo.
Ruby rio.
—No me acuerdo.
—Yo sí. Tenías la misma cara que pones ahora cuando no te fías de alguien. —Frank le pasó la sartén—. Tu madre me ofreció un café. Me lo tomé. Y a la semana siguiente volví porque, casualmente, aquel radiador de la cocina necesitaba otra revisión.
—¿De verdad?
—No. —Frank sonrió—. Pero eso tu madre no lo sabía.
Ruby se rio.
—Volví muchas semanas —siguió Frank—. Arreglé todos los grifos de aquel piso. Algunos dos veces. Y un día, por fin, me atreví a invitarla a cenar. Dijo que sí. —Frank cogió un plato—. Y luego dijo que no. Y luego que sí otra vez. Y luego, después de seis meses, me dijo que me fuera.
—¿Mamá te dijo que te fueras?
—Me lo dijo muy clarito. En la puerta de aquel piso, un domingo por la noche.
Me dijo que me fuera antes de que me fuera por iniciativa propia.
Que todos los hombres acababan marchándose, y que prefería que lo hiciera en ese momento, cuando todavía podía soportarlo, que dentro de unos años, cuando ya no pudiera.
Ruby se quedó muy quieta, con el trapo en una mano y un plato en la otra.
De aquel invierno sí se acordaba. Vagamente. Un invierno en el que Frank dejó de venir a arreglar cosas que no estaban rotas. En el que su madre lloraba en el baño con el grifo abierto para que ella no la oyera. Era una niña y no había entendido nada.
—¿Y qué hiciste? —preguntó, con un hilo de voz.
—Me fui.
—¿Te fuiste? ¿Así, sin más?
—Así, sin más. —Frank cerró el grifo y se secó las manos en el delantal—.
Mira, cariño. Yo podía haberme quedado en aquella puerta y haberle jurado mil veces que no me iba a ir.
Podía haberle llevado flores todos los días, haber arreglado todas las tuberías de Queens.
No habría servido de nada. Porque el problema no era yo.
—Frank se apoyó en la encimera y se cruzó de brazos—.
Tu madre no tenía miedo de mí. Tenía miedo de lo que le había hecho otro.
Y eso yo no podía arreglarlo. Por muy buen fontanero que fuera.
Ruby no contestó. No podía.
—Uno puede querer a alguien con todo lo que tiene —siguió Frank—.
Pero no se puede querer por los dos. Si la otra persona no se cree que la quieres, da igual lo que hagas.
Siempre va a encontrar una razón para pensar que te vas a ir.
Así que me fui. Porque me lo pidió. Y porque, si me quedaba, ella iba a pasarse la vida esperando a que me fuera.
—¿Y cómo…? —Ruby tragó saliva—. ¿Cómo acabasteis…?
Frank sonrió. Una sonrisa enorme, debajo de aquel bigote espantoso, que le llenó la cara entera de arrugas.
—Un martes tu madre se presentó en la empresa de fontanería donde yo trabajaba. Con una tarta de zanahoria en las manos. Recién salida del horno, todavía caliente. Había hecho el turno de noche en el hospital, no había dormido nada y tenía una pinta horrible —se rio—. Estaba preciosa.
Ruby estuvo a punto de llorar al escuchar lo enamorado que estaba de su madre.
—Me dijo que era una idiota. Que tenía miedo. Que había confundido lo que podía pasar conmigo con lo que ya le había pasado una vez. Y que, si todavía quería, le gustaría intentarlo. Pero esta vez de verdad.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Nada. Me comí la tarta.
Ruby soltó una carcajada que se le mezcló con algo parecido a un sollozo.
—Y unos meses después le pedí que se casara conmigo.
—No lo sabía —dijo en voz baja.
—Tu madre no lo cuenta. Le da vergüenza. Dice que fue la mayor tontería de su vida. Yo le digo que fue la más valiente.
Sí que fue valiente.
No como ella…
—Frank.
—¿Mmm?
—¿Por qué me cuentas esto ahora?
Frank se quitó el delantal de flores, lo dobló con mucho cuidado y lo dejó sobre la encimera. Luego la miró.
—Por nada. —Le dio un beso en la frente—. Y por todo.
Y se fue al salón a ver el documental de la Segunda Guerra Mundial que no conseguía terminar nunca.
Ruby se quedó sola en la cocina, con el trapo en la mano y la mirada perdida en la ventana.
Ella también había hecho algo así.
Había hecho exactamente lo que llevaba años temiendo que le hicieran a ella. Había echado a Adrian de su casa antes de darle la oportunidad de marcharse por su cuenta. Le había hecho pagar lo que había hecho otro hombre. Uno que se fue a Inglaterra cuando ella tenía siete años y no volvió a llamar.
Pero Adrian no había intentado marcharse.
Había intentado hablar con ella. Explicarse. Y ella no lo había dejado.
Ruby fue al salón. Frank estaba en su sillón de siempre, con el mando a distancia sobre la barriga y los tanques cruzando la frontera de Polonia en blanco y negro.
—Papá —lo llamó.
Frank levantó la cabeza. Y se quedó inmóvil.
Porque Ruby nunca lo llamaba así. Era Frank. Siempre había sido Frank, aunque llevara más de veinte años comportándose como el padre que ella necesitaba.
Frank bajó el volumen de la tele.
—Dime, hija —respondió, con la voz un poco tomada.
Ruby tragó saliva.
—Creo que la he cagado.
Frank la observó unos segundos.
—Pues arréglalo.
Como si fuera tan fácil.
—¿Y si él no quiere escucharme?
Frank se encogió de hombros.
—Pregúntale si quiere hacerlo.