Capítulo 27
Adrian había descubierto muchas cosas en las últimas semanas.
Había descubierto que la cafetera italiana de seis mil dólares necesitaba que la descalcificaran cada tres semanas, y que el botón para hacerlo estaba escondido detrás de un menú en italiano que había tenido que traducir con el móvil.
Había descubierto dónde estaban los clips. Y las grapas. Y que existían dos tonos de rojo para las carpetas porque Ruby los había elegido así, y que Patricia los respetaba con una devoción casi religiosa.
—¿Por qué dos rojos? —le preguntó a Patricia una tarde.
—Ni idea. Ruby me dijo que no los tocara.
—Y no los tocas.
—Ni loca. —Patricia lo miró por encima de la libreta—. Le tengo bastante más miedo a ella que a ti.
Adrian estuvo a punto de sonreír. No lo consiguió.
Había descubierto que podía salir de la oficina a una hora decente. Lo había hecho todas las tardes, puntualmente, para que Patricia también pudiera irse. Y había descubierto que no tenía ni la menor idea de qué hacer con todas aquellas horas.
—¿A casa, jefe? —le preguntaba Marcus cada tarde.
—A casa.
Y en casa no había nada. Un ático enorme y silencioso con vistas a Central Park, una nevera vacía y una cama en la que no conseguía dormir más de dos horas seguidas.
Dormía todavía menos que antes. Lo cual, teniendo en cuenta sus antecedentes, tenía bastante mérito.
Había descubierto que se sabía de memoria las canciones de los Sundas. No porque las escuchara, por supuesto. Solo las ponía de vez en cuando, por las noches, mientras contestaba correos.
Una media de once veces al día, según la aplicación del móvil, que tenía la desagradable costumbre de llevar la cuenta.
Y había descubierto que no podía pasar por delante de la mesa de Ruby sin mirarla.
Patricia la había ido cambiando poco a poco.
Había puesto fotos de sus hijos, un cactus y un calendario de gatos.
Pero, en el borde de la pantalla del ordenador, seguía pegado un pósit amarillo con una letra pequeña y redonda que Adrian habría reconocido en cualquier parte.
«Si estás leyendo esto, Adrian, deja las carpetas como estaban».
Joder, la echaba de menos.
Una noche, a las tres de la madrugada, cuando ya no pudo más, le escribió un mensaje.
«¿Cómo estás?».
Lo borró. Ella le había dejado muy claro que estaba deseando perderlo de vista.
«¿Riegas la albahaca?».
Lo borró también. Demasiado patético.
«Te echo de menos».
Ese ni siquiera llegó a escribirlo entero.
Se había jurado que no iría a buscarla. Que, si Ruby no confiaba en él, no había nada que hacer. Que no podía estar con alguien que, a la primera oportunidad, pensaba lo peor de él.
Se lo repetía cada noche, en el ático, en el coche, en la oficina, delante de aquel pósit amarillo.
Y cada noche, cuando ya no soportaba el silencio de su casa, cogía el abrigo y se marchaba al único lugar de Nueva York que siempre había considerado suyo. Hasta que una noche llevó allí a Ruby y, desde entonces, tampoco podía entrar sin acordarse de ella.
Y se sentaba donde siempre. Y pedía lo de siempre.
Y miraba la puerta. Por si acaso…
Aquella noche no iba a ser una excepción.
Adrian entró en el diner pasada la una de la madrugada.
Llevaba el abrigo empapado, porque no se había molestado en coger un paraguas, y la corbata guardada en el bolsillo.
—Sal.
—Langford.
Caminó hacia su mesa de siempre, junto a la ventana.
Y se detuvo.
En la mesa había un servilletero de metal casi vacío. Un montón de servilletas arrugadas. Un vaso alto con los restos de un batido de vainilla y una pajita de rayas. Y un plato con media hamburguesa sin queso, cortada con cuidado por la mitad.
Qué curioso. Alguien había pedido exactamente lo mismo que él.
¿Y Sal no había recogido la mesa?
Sal lo recogía todo en cuanto alguien se levantaba. Era el hombre más ordenado de todo Hell’s Kitchen.
Adrian volvió a mirar el plato. El batido. Las servilletas.
Y entonces lo entendió.
Sintió que el aire se le escapaba de golpe de los pulmones.
Se volvió hacia la barra.
—Ha estado aquí.
No dijo quién. No hacía falta.
—¿Cuándo?
Sal le dio la vuelta a una hamburguesa en la plancha. No levantó la vista.
—Hace un par de horas.
—¿Estaba…? —No supo cómo terminar la pregunta—. ¿Cómo estaba?
Sal miró el montón de servilletas arrugadas.
—¿Estaba llorando?
Sal lo miró a él.
—¡¿Por qué demonios estaría llorando?!
Sal no dijo nada.
Adrian se quedó de pie en mitad del diner , con el abrigo chorreando sobre las baldosas, pensando. Sabía dónde vivía ella. Podía estar allí en veinte minutos.
Podía llamarla. Podía ir. Podía plantarse en su portal y preguntarle qué demonios había ido a hacer llorando a su diner a aquellas horas.
Podía preguntarle por qué se había comido solo media hamburguesa (menudo desperdicio) y por qué había pedido un batido de vainilla cuando a ella le gustaba el refresco XXL.
Y, sobre todo, por qué no lo había llamado.
No lo hizo.
Adrian se quitó el abrigo empapado y lo dejó en el banco de enfrente.
Un momento después, Sal llegó con lo de siempre.
—Me ha pedido que no te dijera que había estado aquí.
Adrian levantó la vista.
—¿Y por qué me lo has dicho?
Sal se encogió de hombros.
—No le dije que no lo haría.
Y ahí fue cuando Adrian, por primera vez, sintió algo que llevaba semanas sin permitirse sentir.
Esperanza.