Jefe, ¡te odio! Creo Capítulo 26
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Capítulo 26

Sal no dijo nada.

No le preguntó qué le pasaba, ni si estaba bien, ni si quería que llamara a alguien. Se limitó a seguir dándole la vuelta a una hamburguesa en la plancha, como si una mujer llorando a moco tendido a esas horas de la noche fuera lo más normal del mundo.

A lo mejor lo era. A lo mejor en Hell’s Kitchen pasaba todos los días.

Al cabo de un rato, apareció junto a la mesa con un servilletero de metal y lo dejó delante de ella.

Ruby sacó una servilleta. Luego otra. Luego cinco más.

—Gracias —consiguió decir.

Sal ya se había vuelto a la barra.

Ruby se sonó la nariz con un ruido muy poco elegante y se quedó mirando la ventana empañada. Fuera seguía lloviendo. En el cristal se reflejaba ella, con el rímel corrido, el pelo pegado a la cara y la nariz roja como un tomate.

—Mírate —murmuró—. Treinta años. Una dimisión, semanas de vida recuperada, un baño de sales, un cuenco torcido y una cita con un tío que llama a su perro Satoshi. Y has acabado aquí, llorando.

Se le escapó otro sollozo. Sacó otra servilleta.

—Y él ni siquiera está.

Al cabo de un momento, Sal volvió a aparecer. Esta vez dejó sobre la mesa un vaso alto, frío, con una pajita de rayas.

Un batido de vainilla.

Ruby se lo quedó mirando.

—Yo no he pedido esto.

Sal se encogió de hombros y volvió a la plancha.

Ruby cogió el batido con las dos manos. Estaba helado, dulce y espeso, y sabía exactamente como se había imaginado que sabría la noche que vio a Adrian pedirlo.

Ruby se rio. Una risa rota que se le mezcló con las lágrimas.

Lo echaba de menos.

Ya está. Ya lo había pensado. Ya no podía desdecirse.

Lo echaba de menos a él. No al jefe.

Bueno, quizás al jefe un poco también, aunque le jodiera reconocerlo.

Pero no al hombre que le daba órdenes a todas horas.

Bueno… alguna que otra orden tampoco había estado tan mal, ahora que lo pensaba.

Ni al que se olvidaba de que las personas necesitaban comer y dormir.

Bueno…

¡Joder! ¡Qué complicado era echar de menos a alguien sin encontrarle alguna virtud!

A él. Lo echaba de menos a él. Al que se comía hamburguesas de madrugada porque no podía dormir.

Al que se había visto una película de moda para entenderla.

Al que le había preguntado si le había hecho daño con una auténtica expresión de miedo.

Al que se había marchado cuando ella se lo pidió, aunque ahora daría cualquier cosa porque no lo hubiera hecho.

Al que había acusado de usarla. Porque era más fácil creer que la había utilizado que aceptar que quizás sentía algo por ella.

Porque, si la había utilizado, podía marcharse primero. Pero si lo que había entre ellos era real…

Entonces podía perderlo. Y eso dolería.

—Joder —susurró, con la frente apoyada en las manos—. Joder, joder, joder.

Sal apareció otra vez. En esta ocasión, con un plato. Lo dejó sobre la mesa sin ninguna ceremonia.

Una hamburguesa. Sin queso, sin bacon, con una hoja de lechuga y una rodaja de tomate.

La de Adrian.

Ruby levantó la vista hacia Sal.

—¿Por qué me pones esto?

Sal no contestó. Se quedó un momento de pie junto a la mesa, con el trapo al hombro, mirando la calle por la ventana. Y entonces habló.

—Lleva años viniendo solo.

Ruby se quedó muy quieta.

—La única vez que vino acompañado fue contigo.

Y se volvió a la barra.

A Ruby le dio un vuelco el corazón. Se quedó mirando aquella hamburguesa durante un buen rato. Luego cogió el cuchillo y el tenedor, la cortó por la mitad y se comió una mitad entera, despacio.

Era una hamburguesa sosa. Sin gracia, sin queso, sin nada.

Y era la mejor que había comido en su vida.

Cuando terminó, se acercó a la barra para pagar. Sal le cobró solo el batido.

—¿Y la hamburguesa?

—Invita la casa.

—Sal…

—La casa —repitió él, sin levantar la vista de la plancha.

Ruby se puso el abrigo, todavía húmedo. Ya tenía la mano en el pomo cuando se dio la vuelta.

—¿Viene mucho últimamente?

Sal no contestó.

—No le digas que he estado aquí —dijo entonces Ruby.

La campanilla sonó cuando Ruby salió a la calle.