Jefe, ¡te odio! Creo Capítulo 25
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Capítulo 25

Pues allí estaba.

El restaurante era un italiano pequeño de Williamsburg, con manteles de cuadros rojos, velas metidas en botellas de Chianti y un camarero con bigote que parecía sacado de una película de los años cincuenta.

Era bonito. Romántico, incluso.

Ruby se sentó en la mesa del fondo y miró el reloj.

Las ocho en punto.

Las ocho y cinco.

A las ocho y doce apareció Bradley.

Era alto, rubio, con una sonrisa muy blanca y una chaqueta de punto que probablemente había costado más que el alquiler de Ruby.

No estaba mal. Claire no había mentido.

—¡Ruby! Perdona el retraso. Estaba cerrando una operación. Ya sabes cómo es esto.

—Lo sé perfectamente.

—Claire me ha hablado muchísimo de ti. Dice que eres la persona más organizada que conoce.

—Claire exagera.

—¿Y es verdad que trabajabas para Adrian Langford?

Ruby levantó la vista de la carta.

—Trabajaba. En pasado.

—¡Qué fuerte! —Bradley se sentó y se apoyó en la mesa, muy interesado—. Ese tío es una leyenda. Lo sigo en LinkedIn.

—Él no tiene LinkedIn.

—Bueno, sigo a su empresa.

El camarero se acercó para tomarles nota. Pidieron una burrata con tomate para compartir y dos platos de pasta. Después, rellenó la copa de Ruby, que ya se había terminado la primera mientras esperaba a Bradley, y sirvió el vino de él.

—Porque me dedico al bitcoin, ¿lo sabías?

El temporizador mental comenzaba a contar.

Le explicó qué era la cadena de bloques, aunque Ruby no se lo había preguntado. Sacó el móvil para enseñarle un gráfico de una moneda que se llamaba Dogecoin y tenía la cara de un perro.

—¿Sabes cómo se llama mi perro? —le preguntó, muy emocionado.

—Ni idea.

—Satoshi. Como el creador del bitcoin. ¿Lo pillas?

—Lo pillo.

—Ahora en serio —dijo Bradley—. Hablemos de ti. ¿Qué tal era trabajar para Langford?

—Intenso.

—Me lo imagino. —Bradley se inclinó un poco más sobre la mesa—. Oye, y ahora que ya no trabajas allí… ¿Seguís teniendo buena relación?

Ruby frunció el ceño.

—¿Por qué lo preguntas?

—Por nada. Curiosidad. —Bradley sonrió con todos los dientes—. Es que tengo un proyecto. Un fondo de criptoactivos sostenibles. Con impacto social. Y creo que a alguien como Langford le encajaría muchísimo. Si pudieras conseguirme diez minutos con él, aunque fuera en un café…

Así que era eso.

No le había hecho preguntas porque le interesara ella. Le había hecho preguntas porque ella era una puerta. La asistente de Adrian Langford. El atajo para llegar a la planta cuarenta y dos sin pasar por Recursos Humanos.

Y Ruby se quedó mirando a aquel hombre de chaqueta de punto, con su perro llamado Satoshi y su fondo de criptoactivos con impacto social, y se dio cuenta de una cosa.

Así era como se sentía que te usaran.

Exactamente así. Esa sensación fría en el estómago, ese darse cuenta de que la persona que tienes delante te mira y no te ve a ti, sino lo que le puedes conseguir.

Ese hombre sí la estaba usando.

Adrian nunca, ni una sola vez, la había hecho sentir así.

Ni en el cine, cuando apareció en la butaca de al lado y le robó palomitas. Ni en el diner , cuando le limpió la salsa de la comisura de los labios. Ni en la ópera, cuando le ofreció la mano en la oscuridad sin pedirle nada a cambio. Ni siquiera aquella noche, contra la pared del salón.

Nunca.

Y, sin embargo, había conseguido convencerse de que él también la había utilizado.

La había cagado.

—¿Ruby? —Bradley agitó una mano delante de su cara—. ¿Estás bien?

—Sí. Perfectamente.

—Entonces, ¿qué me dices? ¿Me consigues ese café?

Ruby se marchó sin esperar a que llegara la comida.

Ruby no supo muy bien por qué no cogió un taxi. Necesitaba despejarse.

Echó a andar por Bedford Avenue, sin rumbo fijo, con las manos en los bolsillos del abrigo y la cabeza llena de cosas que no quería pensar. Bajó al metro casi por inercia y cogió la línea L hacia Manhattan, lejos de casa, hasta la última parada, la Octava Avenida.

Allí, en lugar de dar media vuelta, hizo transbordo a la línea E en dirección norte, sin preguntarse por qué. Se bajó en la calle 50.

Hacía frío y empezaba a lloviznar, una de esas lluvias finas que no parecen gran cosa hasta que te calan los huesos. Ruby echó a andar hacia el oeste, hacia la Novena Avenida.

Al doblar la esquina, levantó la vista y reconoció el letrero de neón al que le faltaba la ese.

«al’s».

Se quedó parada en la acera, con el corazón golpeándole las costillas.

No recordaba haber tomado la decisión de ir allí. Pero tampoco podía seguir fingiendo que había terminado delante de aquel restaurante por casualidad.

A través del cristal empañado se veía la barra, los taburetes de vinilo rojo y el reservado junto a la ventana.

Él no estaba.

Pues claro que no estaba. ¿Qué esperaba? ¿Que estuviera allí sentado, esperándola, como en una película?

Ruby empujó la puerta de todos modos. La campanilla sonó encima de su cabeza.

Detrás de la barra, Sal levantó la vista de la plancha. Se la quedó mirando un momento. A ella, al pelo mojado, al abrigo empapado, a los ojos que empezaban a ponérsele rojos sin que pudiera hacer nada por evitarlo.

Luego volvió a la plancha.

—Él no está —dijo.

Ruby se sentó en el reservado de vinilo rojo y se echó a llorar como no lloraba desde que tenía siete años.