Capítulo 24
Se despertó a las seis menos cuarto, sin despertador, con el corazón acelerado y la mano ya estirada hacia la mesilla para comprobar si había correos de Londres.
Se quedó con el móvil en la mano.
—No hay correos de Londres, Ruby —se dijo en voz alta—. Ya no hay correos de Londres. Ni anexos. Ni nadie esperando su café a las siete y media.
Dejó el móvil en la mesilla. Lo volvió a coger. Lo volvió a dejar.
—Duérmete.
No se durmió.
Desayunó sentada, eso sí. Tortitas con sirope de arce y fresas, y café recién hecho en la cafetera que llevaba dos años cogiendo polvo en la encimera.
Puso dos tazas sin darse cuenta. La suya, con leche de avena. Y la otra, solo, sin azúcar, tan caliente que echaba humo.
Se quedó mirando la segunda taza.
—Genial —murmuró—. Ahora le preparas el café a un fantasma.
Él no habría probado las tortitas, por supuesto. Habría dicho que el azúcar por la mañana era una pérdida de productividad. Y luego, cuando creyera que ella no lo miraba, le habría robado una fresa del plato.
Ruby tiró el café por el fregadero y se terminó las tortitas sin ganas.
Por la tarde se dio un baño. Uno de verdad, con sales de lavanda, música y una copa de vino, y se quedó en el agua hasta que se le arrugaron los dedos como pasas.
—Lo he hecho —le dijo al techo del cuarto de baño—. ¿Lo ves? Me he arrugado como una pasa y el mundo no se ha acabado.
El techo no contestó. Y a Ruby le fastidió darse cuenta de que no era al techo a quien se lo estaba diciendo.
Intentó imaginarse a Adrian Langford metido en una bañera con sales de lavanda. No pudo. Lo más parecido que conseguía era imaginárselo con el portátil sobre las rodillas, contestando correos a Londres desde el agua.
Se hundió hasta que el agua le tapó las orejas y dejó de oír sus propios pensamientos.
El miércoles fue al karaoke y desafinó como no había desafinado en su vida. Cantó cuatro canciones de los noventa, una detrás de otra, con Theo gritando «¡otra!» desde la primera fila.
En mitad de la cuarta vio a Adrian.
No estaba allí, claro, pero lo vio igual. En la barra, con una copa en la mano y esa cara de estar calculando cuánto le costaba cada minuto.
«Cantas fatal», le habría dicho.
Ruby cantó más alto.
Volvió a cerámica e hizo un cuenco nuevo. Le salió torcido, más alto por un lado que por el otro.
Adrian habría odiado aquello, mancharse las manos para hacer algo que no servía para nada.
Volvió a la protectora del Bronx.
—¡Dos años sin aparecer, desgraciada! —Dolores la abrazó hasta dejarla sin aire—. Coge una escoba.
Ruby cogió una escoba. Barrió pelos de perro, pelos de gato y pelos de cosas que no supo identificar. Acabó sentada en el suelo de la sala de los gatos con una gata atigrada dormida en el regazo. Se llamaba Pimienta y, según Dolores, tenía un carácter de mil demonios.
Ruby se enamoró en diez minutos.
Pensó en qué habría dicho Adrian si la hubiera visto así, llena de pelos de la cabeza a los pies.
Nada, seguramente. Habría levantado una ceja. Una sola.
Y ella le habría dado con la escoba en la cabeza.
También comió en casa de su madre y soportó el interrogatorio de rigor.
—¿Estás comiendo bien?
—Sí, mamá.
—Te veo más delgada.
—Como perfectamente.
—¿Y duermes bien?
—Sí…
—¿Has conocido a alguien?
—No, mamá.
—¿Y el de la puerta del armario?
—Mamá…
—Solo pregunto.
Frank, en cambio, no le preguntaba nada. Se limitaba a mirarla de vez en cuando por encima del bigote, con aquella cara de fontanero que ha visto muchas tuberías y sabe reconocer una que gotea, aunque no se vea el agua.
Pasó otra semana.
Ruby fue al teatro con Ellen y a una exposición con Maya. Leyó tres novelas seguidas. Intentó hacer la lasaña de Frank y le salió tan mal que acabó pidiendo comida tailandesa.
Tenía la vida que había pedido. Toda.
También tenía un alquiler que pagar.
Una tarde se sentó con el portátil, una hoja de cálculo y una taza de té, porque había cosas que no se le olvidaban por mucho que dimitiera.
—A ver —murmuró, tecleando—. El finiquito ya está en el banco. Ahorros… —Se quedó mirando la cifra—. Vaya.
Tenía bastante más de lo que esperaba. Era la parte buena de pasarse dos años sin vida, que no te daba tiempo a gastarte el sueldo.
—Unos meses —se dijo—. Puedes aguantar unos meses. No toda la vida, Ruby. Unos meses.
Así que se puso a mirar ofertas. Y ofertas, precisamente, no le faltaban.
En Wall Street se había corrido la voz. La asistente de Adrian Langford estaba libre, y media ciudad quería quedarse con ella. Le escribieron cazatalentos, fondos de inversión, bufetes de abogados y un par de directivos que la conocían de haberla visto resolver alguna que otra crisis.
Ruby aceptó algunas entrevistas, porque era lo sensato.
—Buscamos a alguien con disponibilidad absoluta —le explicó, muy orgulloso, el director de un fondo de inversión de Midtown—. ¿Tiene alguna pregunta?
—Sí. ¿Dónde guarda usted sus contratos?
El hombre se quedó en blanco.
—Pues… mi asistente lo sabía.
—Adiós.
La siguiente entrevista tampoco empezó demasiado bien.
—¿Estaría dispuesta a acompañarme en viajes de última hora? —le preguntó la socia de un bufete de abogados—. A Chicago, sobre todo.
Ruby se levantó.
—Muchas gracias por su tiempo.
—Pero si no hemos terminado.
—Yo sí.
El tercero fue el peor.
Era el director de una firma que llevaba años compitiendo con el Grupo Langford por los mismos inversores europeos, y no se molestó en disimular por qué la había llamado.
—Seré sincero, señorita Sutter. Me encantaría quitarle a Langford su mano derecha. —Sonrió como quien acaba de cerrar una operación—. Le pagaré más de lo que le pagaba Langford. Y aquí no tendrá que aguantar a un tirano obsesionado con el trabajo. Todo el mundo sabe cómo trata a su gente.
Ruby dejó la taza sobre la mesa muy despacio.
—No es un tirano.
El hombre parpadeó.
—¿Perdone?
—Es exigente. Mucho. A veces, insoportable.
—Ruby no fue capaz de parar—. Pero es justo.
Y, en cuanto al sueldo, permítame que dude que pueda pagarme más.
El señor Langford es muy generoso en ese aspecto, reconoce el trabajo bien hecho.
Y cuando se da cuenta de que se ha equivocado, cambia.
Que es más de lo que puede decir la mayoría de la gente que conozco.
Se hizo un silencio incómodo en el despacho.
—Bueno —carraspeó el hombre—. Veo que le tiene usted mucho aprecio.
Ruby recogió su bolso.
—Lo que le tengo es respeto. Y usted acaba de demostrar que no tiene ninguno.
Salió de aquel edificio con las mejillas ardiendo y se detuvo en mitad de la acera, rodeada de gente con prisa.
—Pero ¿tú qué haces? —se preguntó en voz alta. Un señor con un maletín la miró de reojo y apretó el paso—. Acabas de defenderlo. A él. Delante de un desconocido. Al hombre al que acusaste de usarte.
Llevaba semanas comparándolos a todos con él.
Adrian ya no estaba en su vida. Lo había sacado ella, con sus propias manos.
Pero estaba en ella. En todo lo que hacía, en todo lo que pensaba y en todo lo que echaba de menos sin querer admitirlo.
Y no como jefe.
Eso era lo que más miedo le daba.
Esa noche abrió el portátil para mirar más ofertas y, sin saber muy bien cómo, acabó en la web de una revista de moda del Soho que buscaba una asistente editorial.
Pagaba la mitad que Adrian, el horario era de nueve a cinco y no pedía disponibilidad absoluta.
Pedía organización, capacidad para resolver problemas y saber trabajar bajo presión.
Por un segundo, pensó en escribirle. «He visto una oferta en una revista de moda, como Andy Sachs». Él lo entendería. Era la única persona en el mundo, aparte de su madre, que sabía lo de Andy Sachs.
Cerró el portátil de golpe, como si la hubieran pillado haciendo algo indecente.
Mejor se iba a dormir…
Pero no tenía sueño.
Ella, que durante dos años se había dormido en cuanto tocaba la almohada, de puro agotamiento, ahora se pasaba las noches dando vueltas en la cama.
—La una —murmuró una noche, mirando el móvil—. Genial.
Las tres.
Estupendo.
—Las cinco menos cuarto. —Se tapó la cara con la almohada—. Esto es culpa suya.
Se le pasó por la cabeza que, a aquellas horas, él estaría en un reservado de vinilo rojo en Hell’s Kitchen, comiéndose una hamburguesa sin queso y bebiéndose un batido de vainilla porque no podía dormir.
—Fantástico —le dijo al techo—. Ahora el insomnio también se contagia.
Otra noche escribió un mensaje.
«¿Estás despierto?».
—Demasiado obvio.
Lo borró.
«Gracias por la albahaca».
—Dos semanas tarde, Ruby.
Lo borró también.
«Te echo de menos».
Ese lo borró tan deprisa que casi se le cae el móvil encima de la cara.
Al menos la albahaca crecía.
Ruby la regaba cada mañana, antes del café. La había colocado en una maceta más grande, convencida de que así crecería mejor, y la giraba cada pocos días para que le diera el sol por igual.
A veces, incluso, le hablaba.
—Buenos días —le dijo una mañana, mientras le echaba agua.
La albahaca no contestó, porque era una albahaca.
—¿Qué? No me mires así.
Seguía sin contestar.
—No pienso escribirle, si es lo que estás insinuando.
—Dejó la regadera en la encimera—. Ni llamarlo.
Ni preguntarle a Marcus cómo está. Que seguro que está perfectamente.
Es Adrian Langford, por el amor de Dios.
Ese hombre podría sobrevivir a un apocalipsis nuclear con tal de llegar puntual a una reunión.
La albahaca siguió sin decir nada.
—Y tampoco pienso buscarlo en internet a las tantas de la madrugada. Tengo cosas mejores que hacer.
Silencio.
—Vale. Una vez —admitió Ruby—. Dos, como mucho. Pero fue por curiosidad, no porque me importe lo que haga con su vida.
En las fotos de la última gala benéfica salía solo, con un traje oscuro y aquella cara de estar calculando cuánto le costaba cada minuto que pasaba allí. Sin ninguna Victoria a su lado. Sin nadie. Tenía ojeras, y Ruby, que lo conocía mejor que nadie, supo enseguida que llevaba semanas sin dormir.
Había estado a punto de ampliar una de las fotografías.
Bueno, la había ampliado.
Y se había quedado mirándola más tiempo del que estaba dispuesta a reconocer.
—Está claro que sigue siendo un adicto al trabajo —murmuró—. Eso no va a cambiar nunca.
Miró la albahaca.
—Y no, no estoy preocupada por él. Antes de que empieces.
La planta guardó silencio.
—Me alegra que estemos de acuerdo.
En ese momento le sonó el móvil.
Claire: ¡¡Recordatorio!! Mañana a las ocho. Bradley. Restaurante italiano en Williamsburg. Ponte guapa. Y no te escapes por la ventana del baño, que te conozco.
Ruby se quedó mirando el mensaje.
—La cita —le dijo a la albahaca—. Se me había olvidado por completo.
La albahaca no se lo creyó. Ella tampoco.
Ruby: Diez minutos de bitcoins máximo.
Claire: ¡Eso es un sí! ¡Te quiero!
Ruby dejó el móvil sobre el sofá y se quedó un rato mirando por la ventana.
Una cita con un hombre. Aunque fuera mala.
Era de lo poco que le quedaba de la lista.
Y era, con diferencia, lo que menos le apetecía hacer.