Capítulo 23
—¡Por Ruby! ¡Primera noche de libertad condicional!
Theo alzó su cerveza y los demás lo imitaron entre risas y vítores. Ruby se unió al brindis con una sonrisa.
El Mulligan’s estaba lleno, como todos los viernes, y ellos ocupaban su mesa de siempre.
Seis personas completamente distintas que llevaban años soportándose, queriéndose y discutiendo por auténticas estupideces.
—¡Y por Ellen! —añadió Theo con sus rizos despeinados, los ojos verdes y una camiseta que seguramente había elegido a oscuras—. Que por fin ha decidido volver a la civilización.
La mujer con el pelo castaño cortado a la altura de la mandíbula y una mirada despierta que no dejaba escapar nada le tiró una servilleta.
Theo la esquivó con una agilidad sospechosa para un hombre que se pasaba las noches viendo documentales de pulpos con su gato.
—Idiota —refunfuñó Ellen.
—Una pregunta —dijo Theo, dejando la jarra en la mesa—. ¿Esto va a ser así a partir de ahora? ¿Nos vamos a ver todas las noches? Porque mi gato empieza a preguntarme si tengo otra familia.
—Pues dile que se acostumbre —respondió Ruby—. Llevo dos años sin poder quedar con vosotros cuando me da la gana y pienso recuperar el tiempo perdido.
—Estupendo. ¿Y quién va a pagar todas esas cenas? Porque yo no cobro lo suficiente para mantener dos hogares.
—Tranquilo, Theo. Esta noche invito yo.
—¿Tú? —Sean levantó la cabeza—. ¿Desde cuándo te ha dado por derrochar? —preguntó el chico alto, de pelo oscuro y siempre impecablemente vestido, incluso para ir a tomar unas cervezas.
Ruby sonrió y sacó del bolso el sobre de la porra.
—Desde que he ganado una apuesta.
Lo abrió encima de la mesa. Los billetes de dos años de apuestas se desparramaron entre las alitas y los posavasos, y Sean, que llevaba toda la vida trabajando en un banco, los contó con la vista en diez segundos.
—Aquí hay más de mil dólares.
—Mil ciento setenta y dos. Y un vale para un spa.
—¡¿Mil ciento setenta y dos?! —Theo se llevó las manos a la cabeza—. ¡Joder, Ruby! ¡Deberías dimitir más a menudo!
Claire cogió el sobre y le dio la vuelta para leer las apuestas.
—Sutter, quince días… Washington, se queda… —La chica rubia de ojos azules levantó la vista, con los ojos muy abiertos—. Langford, se queda. ¡¿Quinientos dólares?!
—¿Tu jefe apostó quinientos pavos a que te quedabas? —preguntó Theo.
—Mi exjefe.
—¿Y has ganado tú?
—He ganado yo.
Theo se quedó mirando los billetes un segundo. Luego cogió uno de cien y lo levantó como si fuera una copa.
—Pues entonces, ¡esta ronda la paga Adrian Langford!
—¡Por Adrian Langford! —corearon todos.
Ruby se rio y levantó la jarra con los demás.
Si la cerveza le supo un poco amarga, no se lo dijo a nadie. Ni siquiera a sí misma.
—Bueno —dijo Maya en la tercera ronda, sacando una libreta del bolso con la solemnidad de una notaria—. Esto hay que organizarlo.
—¿El qué?
—Tu vida, Ruby —respondió la mujer con una larga, negra y lisa melena, los labios pintados de rojo y esa elegancia que conservaba incluso después de tres cervezas—. Tienes dos años de cosas pendientes y, si no las apuntamos, vas a terminar pasando los días en pijama viendo programas de reformas.
—Eso suena maravilloso.
—Eso suena a depresión. —Maya destapó el bolígrafo—. Venga. Propuestas.
—Karaoke los jueves —dijo Theo—. Como antes.
—Los jueves tengo cerámica.
—¿Todavía? —Ellen la miró, asombrada—. ¿El cuenco ese?
—A estas alturas, el cuenco ese es patrimonio histórico.
—Karaoke los miércoles, entonces —concedió Theo—. Y que conste que lo hago por ti, porque los miércoles echan mi programa de pulpos.
—¿Otro? ¿Cuántos programas de pulpos hay?
—Más de los que crees, Sean. El mundo de los cefalópodos es fascinante.
Maya lo apuntó todo. Karaoke los miércoles. Cerámica los jueves. Comida con su madre los domingos.
—El spa —dijo Claire, señalando el vale que seguía encima de la mesa—. ¿A quién se lo vas a regalar?
—A nadie. Es mío. Lo he ganado yo.
—Pues entonces vamos todas.
—Es individual.
—Entonces vamos todas a mirarte desde la sala de espera.
—Eso es lo más triste que he oído en mi vida —dijo Sean.
—Y Vermont —añadió Ellen, quitándole el bolígrafo a Maya para subrayarlo dos veces—. En febrero. La misma casa, el mismo jacuzzi, las mismas seis personas.
—Y esta vez, si tu jefe te manda a Chicago, te juro que voy yo y lo tiro al lago Michigan —dijo Maya.
—Ya no tengo jefe.
—Pues mejor. Así no hace falta tirar a nadie.
Ruby se rio tanto que se le saltaron las lágrimas, y por un momento no supo muy bien si eran solo de risa.
—Y ahora lo más importante —anunció Claire, con un brillo peligroso en los ojos—. Las citas.
—No.
—Sí.
—Claire, no.
—Tengo un compañero de trabajo perfecto para ti. Se llama Bradley. Es encantador, tiene un perro y un piso en Williamsburg.
—¿A qué se dedica? —preguntó Sean con desconfianza.
Claire dudó un segundo.
—A las criptomonedas.
Toda la mesa estalló en carcajadas.
—¡Ni de broma! —dijo Ruby—. Ni de broma, Claire.
—¡Dijiste que querías citas, aunque fueran malas!
Ruby se tapó la cara con las manos.
¡Para qué les había contado nada!
—Una cita —insistió Claire, juntando las manos como si rezara—. Solo una. Si es horrible, no vuelvo a sacar el tema en mi vida.
—Eso no te lo crees ni tú.
—Una.
Ruby miró a Claire.
—Vale —suspiró—. Una. Y si me habla de bitcoins más de diez minutos, me voy.
—¡Trato hecho!
Maya lo apuntó en la libreta: «Cita con Bradley. Diez minutos de bitcoins máximo».
Theo pidió otra ronda. Sean intentó explicar qué era exactamente una criptomoneda y nadie le hizo caso.
Ellen contó que en Seattle había llovido tanto que le habían salido hongos en las botas.
Claire enseñó fotos de su perro disfrazado de calabaza.
Y Maya acabó, como siempre, con las patatas de todo el mundo.
Ruby se rio toda la noche.
Era su primera noche de libertad. Tenía a sus amigos, lo que le quedaba de la porra, un vale para un spa, un viaje a Vermont en febrero y toda una vida por delante.
Volvió a casa pasadas las dos, con los pies doloridos de tanto andar y la garganta ronca de tanto reírse, convencida de que acababa de empezar la mejor época de su vida.
Encendió la luz del salón.
La albahaca la esperaba en el alféizar, donde la había dejado al llegar, con las hojas abiertas hacia la ventana.
Ruby se quedó mirándola un momento más de la cuenta.
Luego apagó la luz y se fue a dormir.