Jefe, ¡te odio! Creo Capítulo 22
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Capítulo 22

La fiesta había terminado y la planta cuarenta y dos iba recuperando poco a poco el silencio. Los últimos empleados se dirigían a los ascensores, comentando todavía la inesperada tarde libre, mientras Ruby volvía a su mesa para coger la caja con sus cosas.

Resultaba extraño ver la oficina tan vacía. Estaba tan acostumbrada al ruido de los teléfonos y las conversaciones que hasta sus propios pasos parecían hacer demasiado ruido.

Patricia fue la última en marcharse. Se acercó a su mesa con el abrigo puesto y el bolso al hombro, y le dio un abrazo un poco torpe, de esos que se dan cuando todavía no se conoce lo suficiente a alguien, pero se le aprecia igual.

—Gracias por todo, Ruby. De verdad.

—De nada. Y cuídamelo.

Lo dijo sin pensar.

Patricia la miró un segundo, y luego sonrió.

—Al despacho, quieres decir.

—Al despacho. Claro.

Cuando las puertas del ascensor se cerraron detrás de Patricia, Ruby se quedó sola.

Miró hacia el despacho acristalado. Estaba vacío. Adrian se había marchado justo después del brindis, sin pasar por su mesa, sin decirle nada más.

A Ruby le habría gustado saber dónde estaba.

No. No le habría gustado. Le daba exactamente igual.

Fue a coger la caja. Y se detuvo.

Encima de sus cosas, entre la taza de Linda y la libreta de su primer año, había una pequeña maceta de cerámica blanca. Dentro, una albahaca de hojas verdes y abundantes, con aquel olor que Ruby ya casi había olvidado.

No llevaba nota. Ni tarjeta, ni nombre, ni nada.

No le hacía falta.

En aquella oficina solo había una persona que sabía que la albahaca de Ruby se había muerto por abandono. Se lo había contado ella misma, en aquel despacho, delante de su mesa, el día de su cumpleaños.

El día que dimitió.

Pasó los dedos por una de las hojas y notó que se le humedecían los ojos.

¿Qué era aquello? ¿Una despedida? ¿Una disculpa? ¿El último punto de la lista, tachado en silencio para dar el trato por cerrado?

—Serás cabrón… —murmuró.

Metió la silla bajo la mesa y se quedó un momento de pie, mirando a su alrededor. Allí había trabajado, discutido, reído y perdido la paciencia más veces de las que sería capaz de contar. Le había costado muchísimo llegar hasta aquel viernes.

Y ahora le estaba costando marcharse.

Sus ojos volvieron, sin poder evitarlo, al despacho vacío.

—Adiós, jefe —murmuró.

Cogió la caja con sus cosas y los regalos de sus compañeros, y se dirigió a los ascensores antes de que se le escaparan las lágrimas.

Earl la estaba esperando en el vestíbulo. De pie, con la gorra en una mano y un sobre en la otra.

—Ruby.

—Earl. —Ella dejó las cosas en el suelo, rebuscó en el bolso y sacó una bolsita de papel—. Es viernes.

Earl miró dentro. Un donut de chocolate.

—Mi médico te va a denunciar.

—Que se ponga a la cola.

Earl se rio, pero la risa se le quebró a medio camino y tuvo que carraspear. Luego bajó la vista hacia la caja, hacia las hojas verdes que asomaban entre la taza y la libreta, y levantó las cejas por encima de las gafas. No dijo nada.

Luego le tendió el sobre de la porra.

—Has ganado. La única de todo el edificio que acertó. —Se encogió de hombros—. Yo he perdido veinte dólares, pero eso ya lo sabíamos.

Ruby cogió el sobre. Pesaba más de lo que esperaba.

Le dio la vuelta y repasó las apuestas escritas en el reverso. Dos años de nombres, de nuevos y de viejos, de gente que ni siquiera trabajaba ya allí.

«Sutter. Quince días. 20$».

«Washington. Se queda. 20$».

«Reed. Antes del próximo viernes. 20$».

Y más abajo:

«Langford. Se queda. (Que Dios nos pille confesados). 500$».

Ruby se quedó mirando aquella línea.

—¿Adrian apostó? ¿A que me quedaba?

—Sí. Le dije que no podía, que era información privilegiada. No me hizo ni caso.

Ruby no contestó.

Había apostado a que se quedaba. Y una hora antes, delante de toda la planta, había levantado una copa por su futuro y le había deseado suerte en todo lo que emprendiera.

No tenía ningún sentido.

O sí. Claro que lo tenía. Había apostado cuando todavía creía que podía convencerla. Cuando todavía le compensaba intentarlo.

Luego había perdido. Y Adrian Langford sabía perder dinero sin pestañear.

Lo que no entendía era la albahaca.

—No entiendo a ese hombre —dijo en voz baja.

Earl le puso una mano en el hombro.

—Nadie lo entiende. Pero esto es lo que querías, ¿no?

—Claro que sí.

—Ya. —Earl no apartó la mirada—. ¿Y entonces por qué tienes esa cara?

Ruby no supo qué contestar.

Tras darle un abrazo de oso y prometer que se mantendrían en contacto, Ruby recogió la caja, cruzó la puerta giratoria y salió.

Bueno, pues ya estaba. Era libre.

Ahora solo le faltaba averiguar qué demonios se suponía que tenía que hacer con tanta libertad.