Capítulo 21 #2
—Te vamos a echar muchísimo de menos —le susurró.
—Y yo a vosotros.
—¡Eh! —protestó Michael desde atrás—. ¡A mí me lo dices a la cara!
—¡Especialmente a ti!
Ruby rio mientras se secaba discretamente el rabillo de un ojo.
—¡Un momento, un momento! —exclamó Linda unos minutos después, golpeando suavemente una copa con una cucharilla—. Antes de empezar con los regalos, creo que alguien debería decir unas palabras.
—¡Que hable Michael! —gritó un compañero.
—¡No! —respondieron varias voces a la vez.
—¡Qué poca confianza tenéis en mí!
—La última vez que diste un discurso terminaste hablando de tu divorcio —le recordó Linda.
—¡Porque fue una experiencia muy enriquecedora!
Ruby se reía cuando vio que algunos compañeros empezaban a mirar hacia la puerta.
Se volvió.
Adrian acababa de entrar.
Llevaba la chaqueta puesta y una mano en el bolsillo del pantalón. Se detuvo junto a Linda, intercambió unas palabras con ella y después dirigió la mirada hacia Ruby.
A Ruby se le borró la sonrisa. La verdad era que no esperaba verlo allí. Después de todo lo ocurrido entre ellos y de la distancia que Adrian había mantenido durante los últimos días, había dado por hecho que se ahorraría asistir a su despedida.
Linda volvió a llamar la atención de los presentes.
—Creo que nuestro jefe también querrá decir algo.
Adrian miró a su alrededor, tomó la copa que le ofrecían y se volvió hacia Ruby.
—Desde luego.
Adrian esperó a que cesaran los últimos murmullos antes de levantar su copa.
—No suelo dar discursos de despedida. Principalmente porque, cuando alguien abandona esta empresa, normalmente prefiero saber quién va a encargarse de su trabajo antes que ponerme sentimental.
Algunos empleados rieron.
—Pero eso ya lo he resuelto, así que…
Ruby apretó los labios y Adrian, al advertir su expresión, sonrió.
—Bromeaba. —Hizo una pausa antes de continuar—. Despedir a Ruby merece que haga una excepción. Y, si para ello tengo que abandonar por unos minutos mi habitual falta de sentimentalismo, creo que todos estaremos de acuerdo en que la ocasión lo merece.
Dirigió una mirada fugaz a Ruby, que seguía observándolo con una mezcla de curiosidad y nerviosismo.
—Hace dos años, Ruby llegó al Grupo Langford y, en menos de una semana, consiguió algo que nadie había logrado antes, cambiar por completo mi manera de trabajar.
—¡Eso es mentira! —intervino Michael desde el fondo—. ¡Sigue siendo un maniático!
Las carcajadas llenaron la sala.
Adrian levantó una ceja.
—Gracias, Michael. Tomaré nota de tu opinión para la próxima evaluación de desempeño.
—¡Era una broma, señor Langford!
—La mía también. Probablemente.
Ruby se rio junto a los demás.
—Como decía, Ruby consiguió poner orden en una oficina que, hasta su llegada, funcionaba más por milagro que por organización.
—¡Eso es quedarse corto! —murmuró Linda.
—También consiguió que las reuniones empezaran puntualmente, que los clientes recibieran respuestas antes de tener tiempo de reclamar y que ningún documento importante desapareciera misteriosamente entre dos departamentos.
Hizo una pausa.
—Y, de paso, encontró tiempo para recordarme, prácticamente todos los días, que mi carácter dejaba bastante que desear.
Las risas volvieron a escucharse.
—¡Porque es verdad! —dijo alguien.
Adrian sonrió.
—No he dicho lo contrario. Pero, bromas aparte, hay algo que quiero decir.
Durante estos dos años, Ruby ha sido una parte fundamental del Grupo Langford.
Su trabajo, su dedicación y su capacidad para resolver problemas que el resto ni siquiera habíamos detectado han marcado una diferencia enorme para esta empresa.
Y creo que hablo en nombre de todos cuando digo que vamos a echarla de menos.
Algunos compañeros asintieron y Linda levantó discretamente su copa.
Adrian volvió a mirar a Ruby.
—Ha sido un privilegio trabajar contigo, Ruby. Sé que, emprendas lo que emprendas a partir de ahora, lo harás extraordinariamente bien. Y espero sinceramente que esta nueva etapa te traiga todo aquello que estás buscando.
Ruby sintió que se le formaba un nudo en la garganta.
Aquello era bonito. Demasiado bonito, incluso.
Pero también sonaba terriblemente definitivo.
—Por Ruby —concluyó Adrian, alzando la copa—. Y por su futuro.
—¡Por Ruby! —repitieron los demás.
La sala estalló en aplausos.
Ruby sonrió y agradeció los abrazos que empezaron a llegarle por todas partes.
Sin embargo, sus ojos buscaron a Adrian entre los compañeros.
Él le dedicó una última sonrisa y bebió un sorbo antes de volverse hacia Linda, que acababa de acercarse para comentarle algo.
Y eso fue todo.
Ni una palabra sobre volver a verse. Ni una insinuación de que quería hablar con ella a solas. Ni siquiera una de aquellas miradas que antes parecían prometerle cosas que ninguno de los dos se atrevía a decir.
Adrian Langford acababa de despedirse de ella para siempre.
Ruby bebió un trago de su copa.
Lo sabía, lo había sabido siempre. Lo único que Adrian quería era que su asistente se quedara. Lo había intentado todo, incluso aquello, y había fracasado. Y ahora que ya no había nada que ganar, la despedía con un discurso precioso, como a cualquier empleada.
Lo que no entendía era por qué, sabiéndolo, le dolía tanto.
—¡Chicos, un momento! —exclamó Linda, alzando la voz por encima de las conversaciones—. ¡El jefe acaba de concedernos el resto del día libre!
Durante un segundo se hizo el silencio.
—¿A todos? —preguntó Michael.
—¡A todos! ¡Así que marchaos antes de que se arrepienta!
La sala estalló en vítores, aplausos y silbidos. Michael levantó los brazos como si acabaran de anunciar que había ganado la lotería.
—¡Retiro todo lo que he dicho de ese hombre! ¡Es el mejor jefe del mundo!
—¡Hace cinco minutos lo has llamado maniático! —le recordó Patricia entre risas.
—¡Y ahora lo llamo generoso! ¡Las personas pueden cambiar de opinión!
Ruby se rio con los demás, aunque por dentro…
Por dentro era otra historia.