Capítulo 21
Llegó el día.
La planta cuarenta y dos estaba como siempre. Las mesas ocupadas, los teléfonos sonando y alguien discutiendo con la impresora del fondo, que llevaba años escogiendo los peores momentos para dejar de funcionar.
—¡Te juro que como vuelvas a atascarte te tiro por la ventana! —amenazó una voz desde la zona de administración.
Ruby sonrió.
Algunas cosas nunca cambiaban.
—¡Abre la bandeja dos, Michael! —gritó sin detenerse—. ¡Y deja de meterle veinte folios de golpe!
—¡Gracias, Ruby!
—¡A partir del lunes te cobro las consultas!
Un par de compañeros se echaron a reír mientras ella continuaba hacia su escritorio. Allí la esperaba una pequeña caja de bombones con una nota escrita a mano.
«Para que no te olvides de nosotros. Aunque, después de aguantarnos dos años, entenderíamos que lo intentaras».
Ruby reconoció la letra de una de las chicas de contabilidad y sonrió. Estaba a punto de abrir la caja cuando alguien apareció a su lado.
—Esos bombones no son para desayunar —le advirtió Linda.
—Entonces deberíais haberlos dejado aquí después de las doce.
—¿Ya estás incumpliendo las normas en tu último día?
—¿Qué vais a hacer? ¿Despedirme?
Linda soltó una carcajada.
—No me tientes, Sutter. Todavía quedan unas horas y quiero que me firmes todos los documentos antes de que desaparezcas.
—Qué romántico. Yo también voy a echarte de menos.
Linda le dio un abrazo que Ruby no esperaba.
—Fuera de bromas, vamos a echarte muchísimo de menos.
Ruby le devolvió el abrazo, sorprendida por la emoción que le produjo escuchar aquello.
—Vosotros podéis llamarme cuando queráis —respondió al separarse—. Siempre que no sea para preguntarme dónde se archiva un contrato.
—¿Ni siquiera uno pequeñito?
—Especialmente los pequeñitos.
Linda se rio y regresó a su departamento, dejándola frente al escritorio que había sido suyo durante dos años.
Ruby dejó el bolso en la silla y pasó una mano por la superficie de la mesa. Conocía cada cajón, cada marca y hasta el maldito ruido que hacía la bandeja inferior cuando la abría demasiado deprisa.
Había pasado tanto tiempo deseando dejar aquel puesto que apenas se había detenido a pensar en cómo sería hacerlo.
Pues habrá que empezar por el principio, pensó, mientras cogía la caja de cartón que había llevado para guardar sus pertenencias.
Empezó por el primer cajón, donde guardaba una cantidad absurda de bolígrafos, pósits y otros objetos que había ido acumulando sin darse cuenta.
Encontró una barra de labios que había dado por perdida, tres sobres de azúcar que no recordaba haber guardado y unas gafas de sol que había tenido que comprarle a Adrian a toda prisa durante un viaje de negocios, cuando él rompió las suyas.
Las gafas, por supuesto, nunca habían llegado a sus manos. Adrian había aparecido al día siguiente con otras nuevas y Ruby terminó quedándose con aquellas, aunque le sentaban fatal.
Se las puso y se miró en el reflejo de la pantalla apagada del ordenador.
Parecía una agente del FBI que hubiera perdido una apuesta.
—Preciosas —murmuró antes de quitárselas y meterlas en la caja.
Continuó con el segundo cajón, donde guardaba cajas de clips, grapas, gomas elásticas, algunas carpetas y varias libretas.
Entre ellas encontró una pequeña libreta que ya no utilizaba.
Al abrirla, descubrió varias anotaciones de su primer año en la empresa, entre ellas una lista titulada «Cosas que Adrian Langford debería aprender a hacer solo».
Ruby soltó una carcajada.
En primer lugar, figuraba prepararse un café. Le seguían buscar sus propios documentos y comprender que los domingos también existen.
Había llegado a escribir diecisiete puntos antes de abandonar la lista, probablemente porque se había quedado sin tiempo. O sin tinta, que tampoco habría sido extraño teniendo en cuenta la cantidad de cosas que aquel hombre era incapaz de hacer sin ella.
Cerró la libreta con una sonrisa y la guardó junto al resto de sus pertenencias.
Después abrió el último cajón. Allí encontró algunas fotografías de las fiestas de Navidad, una felicitación de cumpleaños firmada por sus compañeros y una taza que Linda le había regalado con la frase «No me hables hasta que haya tomado café».
Aquella sí que había sido una compra acertada.
Ruby contempló durante unos segundos los objetos que había ido colocando en la caja. Resultaba curioso que dos años de su vida cupieran en un recipiente de cartón que apenas pesaba nada.
Estaba decidiendo si merecía la pena llevarse también una planta artificial que llevaba meses acumulando polvo sobre la estantería cuando alguien la interrumpió.
—Ruby, perdona que te moleste. —Patricia, siempre tan correcta—. Estoy revisando los contactos de proveedores y hay un número que no coincide con el que aparece en la base de datos.
—A ver.
Patricia le mostró la página y Ruby señaló una anotación.
—Ese es el antiguo. Lo cambiaron hace tres meses. El correcto está en la ficha de la empresa, dentro del apartado de contactos administrativos.
—¡Ah! Lo estaba buscando en contactos generales. Gracias, ahora lo corrijo.
—Y comprueba también la dirección de facturación. Cambiaron de sede hace poco.
—Lo haré. Por cierto, quería decirte algo.
Ruby alzó la vista.
—¿He olvidado explicarte alguna cosa? Porque, si es así, todavía tenemos unas cuantas horas y puedo prepararte otro documento.
—¡No! —Patricia se echó a reír—. Al contrario. Quería darte las gracias por todo lo que me has enseñado estos días. Me has facilitado muchísimo la incorporación y sé que no debe de ser sencillo dedicar tus últimas jornadas a formar a otra persona.
Ruby se quedó un momento sin saber qué responder.
—Bueno, es mi trabajo. O lo era, al menos.
—Ya, pero eso no significa que todo el mundo se hubiera tomado tantas molestias. Espero estar a la altura.
Ruby sonrió.
—Lo estarás, Patricia. Eres buena en lo que haces. Y, por lo que he visto, tienes bastante paciencia, que aquí viene estupendamente.
—Gracias.
—Si alguna vez tienes dudas, pregunta. Y no te empeñes en resolverlo absolutamente todo tú sola. Para eso hay más departamentos en esta empresa.
Patricia asintió.
—Prometido.
Cuando se alejó, Ruby la siguió con la mirada durante unos segundos.
Era una buena mujer. Inteligente, agradable y perfectamente capaz de desempeñar su trabajo. Sus compañeros parecían haberla acogido bien y ella ya empezaba a moverse por la oficina con soltura.
Ruby debería sentirse satisfecha de haber dejado todo en buenas manos.
Y lo estaba.
Aunque todavía resultara extraño ver a otra persona acercarse al despacho de Adrian con una carpeta bajo el brazo.
Miró hacia allí por puro reflejo. A través del cristal distinguió a Adrian sentado frente al ordenador, concentrado en una llamada. Llevaba una camisa blanca con las mangas remangadas y aquella expresión seria que Ruby conocía demasiado bien.
Apartó la mirada antes de que él la sorprendiera observándolo.
No pensaba pasar su último día pendiente de lo que hacía Adrian Langford. Sobre todo, porque él tampoco parecía prestarle la más mínima atención.
A media mañana, Linda apareció junto a su mesa con una expresión sospechosamente inocente.
—Ruby, necesito que me acompañes a la sala de reuniones. Hay un asunto que quiero revisar contigo antes de que te marches.
—¿Ahora? Estoy terminando de recoger mis cosas.
Lo que había empezado como una tarea de apenas unos minutos se había prolongado durante buena parte de la mañana.
Resultaba absurdo, pero cada vez que intentaba guardar algo, aparecía alguien con una consulta, un documento que revisar o un problema de última hora.
A ese paso, llegaría el lunes y seguiría allí, con la caja a medio llenar y resolviendo los problemas de una empresa en la que ya no trabajaba.
—No tardaremos mucho, te lo prometo.
Ruby la observó con desconfianza. Suspiró y dejó sobre la mesa el objeto que estaba a punto de guardar. Después siguió a Linda hacia la sala de reuniones, protestando por lo poco que estaban respetando su inminente jubilación laboral.
Linda abrió la puerta de la sala de reuniones y la invitó a pasar.
—Adelante.
Ruby entró mientras todavía protestaba.
—Como esto sea otro formulario de salida, te advierto que ya he firmado suficientes papeles como para comprarme una casa con todos ellos y…
—¡SORPRESA!
Ruby dio un respingo tan grande que casi tropezó con Linda.
La sala estaba llena de gente.
Sobre la mesa habían dispuesto bandejas de comida, refrescos, una enorme tarta y varios paquetes envueltos en papel de regalo. Había globos de colores, una pancarta colgada entre las ventanas y, junto a ella, un cartel que decía:
«¡POR FIN ERES LIbrE, RUBY!».
Debajo, alguien había añadido a mano:
«Aunque no sabemos qué vamos a hacer sin ti».
—¡Me cago en…! —Se llevó una mano al pecho mientras todos estallaban en carcajadas—. ¡Pero ¿vosotros estáis locos?!
—¡Feliz jubilación anticipada! —gritó Michael desde el fondo.
—¡Michael, tengo treinta años!
—¡Pues por eso! ¡Aprovecha mientras puedas!
Ruby miró a su alrededor, completamente desconcertada. Había compañeros de distintos departamentos, algunos con los que apenas coincidía y otros a los que veía prácticamente todos los días. Incluso habían acudido empleados de otras plantas.
Hasta Earl y Marcus estaban allí.
—Pero… ¿cuándo habéis preparado todo esto?
—Durante toda la semana —respondió Linda.
—¿Y yo no me he enterado?
—Patricia ha sabido mantenerte ocupada.
Ruby se volvió hacia su sustituta y la miró con fingido reproche, pero terminó sonriendo.
Si es que no podía odiarla. La muy condenada era un encanto.
Linda se acercó a Ruby y le pasó un brazo por los hombros.
—Queríamos despedirte como te mereces. Has hecho mucho por todos nosotros.
Ruby contempló los regalos, la tarta y las caras sonrientes que la rodeaban.
Maldita sea.
No iba a llorar. Se había prometido que no lo haría.
Pero cuando Priya, la chica de contabilidad con la que había compartido infinidad de almuerzos apresurados, se acercó para abrazarla, Ruby empezó a sospechar que sus posibilidades de cumplir aquella promesa eran prácticamente nulas.