Jefe, ¡te odio! Creo Capítulo 20
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Capítulo 20

Ruby terminó de revisar los últimos documentos pendientes y se dirigió al despacho de Adrian. Entró sin avisar, como siempre, con una carpeta bajo el brazo y la satisfacción de haber dejado todo organizado.

Adrian estaba sentado detrás de su escritorio, repasando unos informes con Patricia, que permanecía a su lado tomando notas. Ambos parecían tan concentrados en lo que estaban haciendo que ninguno levantó la cabeza hasta que Ruby empezó a hablar.

—Ya he dejado preparados los documentos para la reunión de mañana —anunció—. También he actualizado la agenda, enviado las confirmaciones que faltaban y revisado los contratos de Harrison. Está todo en la carpeta compartida, aunque he dejado una copia impresa por si la necesitas.

Por costumbre, había mirado a Adrian al hablar, pero fue Patricia quien respondió.

—¡Perfecto! Muchas gracias, Ruby. No te preocupes, yo me encargo de todo lo demás.

Ruby parpadeó.

Ah. Estupendo.

Ahora también tenía que rendirle cuentas a su sustituta.

—Bueno, todavía queda comprobar que los informes financieros coincidan con los datos del último trimestre —señaló, volviéndose hacia Adrian—. Había pensado revisarlos antes de…

—Ya lo hemos comprobado —intervino Patricia, muy sonriente—. Adrian me ha explicado dónde encontrar los datos y está todo correcto.

Cuánta confianza, ¿no?

—Ah. Bien. Entonces…

—Puedes marcharte —intervino Adrian, sin levantar la vista del informe que estaba leyendo.

Ruby se quedó inmóvil.

—¿Perdón?

—Patricia se encargará de lo que queda pendiente. Estás liberada de tus obligaciones por hoy.

Ruby miró el reloj. Todavía faltaba bastante para que terminara su jornada.

—Pero aún no es mi hora de salida.

—Lo sé. No hace falta que te quedes si ya has terminado.

—Todavía podría revisar la documentación del consejo o adelantar los informes de la próxima semana.

—Patricia y yo nos ocuparemos de eso mañana.

Ruby apretó un poco más la carpeta.

—También está pendiente la confirmación de Harrison.

—Precisamente estábamos hablando de eso.

—Ya. Pero…

Adrian levantó por fin la mirada.

—Has hecho un trabajo excelente. Pero Patricia tiene que empezar a familiarizarse con esos asuntos. Para eso está aquí.

Dicho así, hasta parecía razonable.

Qué poca vergüenza.

—Has hecho más que suficiente por hoy.

Ruby lo observó durante unos segundos, esperando encontrar alguna señal de que estaba tomándole el pelo.

Nada.

Ni una sonrisa burlona. Ni una insinuación. Ni siquiera aquella maldita expresión de superioridad que tantas veces había tenido ganas de borrarle de la cara.

Adrian hablaba completamente en serio.

—Bueno, pues… —Ruby miró a Patricia, después a Adrian y finalmente a la carpeta que llevaba en las manos—. Supongo que eso es todo.

—Gracias por tu ayuda, Ruby —respondió Patricia—. De verdad, me estás facilitando muchísimo las cosas. Mañana podemos repasar juntas lo que falte.

—Sí. Claro.

Por supuesto que podían.

Incluso podían hacerle un bonito lazo a su puesto de trabajo antes de entregárselo definitivamente.

Adrian ya había regresado a los informes.

—Bien, Patricia, necesitaré que confirmes con Harrison si finalmente asistirán a la reunión los tres representantes o solo dos.

—Claro, Adrian. ¿Quieres que lo haga ahora?

—Sí, por favor. Así podremos cerrar la agenda antes de mañana.

—Perfecto. ¿Y preparo también las copias de los contratos?

—Tres serán suficientes.

Ruby seguía allí, de pie, con la carpeta entre las manos.

Era fascinante.

Absolutamente fascinante.

Durante dos años, Adrian Langford había sido incapaz de decidir cuántas copias necesitaba de un documento sin consultárselo antes. Y ahora estaba organizando reuniones, distribuyendo tareas y dando instrucciones a otra persona con una naturalidad insultante.

Lo peor era que Patricia parecía comprenderlo todo a la primera. No preguntaba veinte veces dónde estaban las cosas, no se equivocaba con los nombres y, por lo visto, tampoco necesitaba que Ruby estuviera detrás de ella supervisando cada movimiento.

Una profesional competente.

Qué desgracia.

—Estupendo —interrumpió Ruby, con una sonrisa tan falsa que debería haber necesitado licencia para utilizarla—. Pues nada. Ya que tenéis todo tan maravillosamente controlado, os dejo trabajando.

Patricia levantó la cabeza.

—¡Hasta mañana, Ruby! Y muchas gracias por todo.

—De nada. Para eso estamos.

Adrian apenas alzó la vista.

—Hasta mañana.

Ella esperó un segundo. Solo uno. Por si acaso añadía algo más.

Pero Adrian ya estaba señalando una cifra en el informe que Patricia sostenía.

—Hasta mañana, señor Langford —respondió, marcando deliberadamente las dos últimas palabras.

Él se limitó a asentir.

Ruby salió del despacho y cerró la puerta con una delicadeza que no reflejaba en absoluto sus ganas de dar un portazo.

¿Se podía saber qué coño acababa de pasar?

¿La había mandado a casa? ¿A ella? ¿Ruby Sutter?

¿La misma mujer a la que había llamado un domingo porque no encontraba sus malditos gemelos?

¿La que había tenido que cancelar cenas, cumpleaños y hasta citas médicas porque al señor Langford se le ocurría que algo era urgentísimo cinco minutos antes de terminar su jornada?

Pues sí, la había mandado a casa.

Ruby regresó a su escritorio, dejó la carpeta sobre la mesa y comenzó a recoger sus cosas con movimientos bastante menos delicados de lo habitual.

Era exactamente lo que quería.

Un jefe que respetara su horario, que delegara sus responsabilidades y que entendiera que no tenía por qué pasar cada minuto de su existencia pendiente de él.

Y ahora lo tenía.

¡Felicidades, Ruby! ¡Enhorabuena por conseguir que Adrian Langford se comporte como un ser humano funcional!

Solo había necesitado presentar su dimisión, discutir con él media docena de veces y acostarse con el muy cabrón.

La última parte, desde luego, no había figurado en sus planes.

Metió el móvil en el bolso y miró involuntariamente hacia el despacho acristalado. Adrian estaba sonriendo por algo que acababa de decir Patricia.

Ruby entrecerró los ojos.

Ah, fantástico. Encima se lo estaban pasando bien.

¿Y de qué coño se reían tanto? ¿De los informes financieros? ¿De las reuniones con Harrison? ¿Había desarrollado Adrian de repente un sentido del humor compatible con la contabilidad?

Apartó la mirada antes de que alguno de los dos la descubriera espiándolos.

No estaba celosa. Ni molesta porque Patricia estuviera haciendo su trabajo.

Y mucho menos porque Adrian pareciera perfectamente capaz de sobrevivir sin ella.

Lo que estaba era…

Bueno, no tenía ni puñetera idea de lo que estaba.

Se colgó el bolso al hombro y se dirigió al ascensor. Cuando las puertas se abrieron, entró y pulsó el botón de la planta baja con más fuerza de la necesaria.

Era temprano, tenía el resto del día libre.

Podía ir de compras, dar un paseo, llamar a sus amigos o sentarse tranquilamente en una terraza a tomarse algo sin estar pendiente del teléfono.

Dos años soñando con algo tan sencillo como aquello. Y ahora que lo había conseguido, lo único que le apetecía era volver al despacho de Adrian y preguntarle qué demonios le pasaba.

Ruby apoyó la cabeza contra la pared del ascensor y cerró los ojos.

Pero ¿qué coño le pasaba?

Empezaba a pensar que necesitaba ayuda profesional.

Y, ya puestos, un trasplante de cerebro.

Una vez que Ruby se marchó, Adrian dejó el bolígrafo sobre la mesa y soltó el aire que llevaba un buen rato conteniendo.

Le había costado un esfuerzo sobrehumano no levantar la vista cuando ella entró. Y uno todavía mayor dejarla marcharse sin buscar cualquier excusa para retenerla unos minutos más.

Pero era lo que había decidido hacer. Y pensaba cumplirlo, aunque tuviera que arrancarse la lengua a mordiscos.

—¿Seguimos? —preguntó Patricia, pasando a la siguiente página del informe.

—Mañana —respondió Adrian, levantándose de la silla para recoger su abrigo del perchero—. Por hoy hemos terminado. Puedes irte a casa, Patricia.

Ella consultó el reloj, sorprendida.

—¿Seguro? Todavía quedan algunas cosas pendientes.

—Y mañana seguirán ahí. No creo que vayan a escaparse durante la noche.

Patricia soltó una carcajada.

—Bueno, visto así… Muchas gracias, Adrian. La verdad es que me viene estupendamente para hacer algo con los niños.

—Entonces, no los hagas esperar.

Patricia no necesitó que se lo dijera dos veces. Cerró la carpeta, recogió sus cosas y se despidió con una sonrisa.

Adrian esperó a que saliera antes de mirar hacia el escritorio vacío de Ruby.

Aquello de hacer lo correcto estaba resultando una auténtica mierda.