Jefe, ¡te odio! Creo Capítulo 19
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Capítulo 19

Ignorarla.

Eso era precisamente lo que Adrian Langford llevaba haciendo los últimos días.

Bueno, en realidad no la ignoraba. Simplemente se había limitado a cumplir con sus funciones como jefe. Ni más ni menos.

Ya no la llamaba a su despacho por cualquier tontería, no le encargaba tareas que no le correspondían ni esperaba que estuviera disponible a todas horas.

Cuando terminaba su jornada, podía marcharse sin que apareciera una urgencia de última hora.

Y si necesitaba algo, se lo pedía con una educación y una consideración que Ruby habría agradecido enormemente durante los últimos dos años.

Era, exactamente, lo que llevaba tanto tiempo reclamándole.

Y la estaba sacando de quicio.

Porque Adrian no solo había empezado a respetar sus horarios y sus responsabilidades. También había dejado de buscar cualquier excusa para acercarse a ella, de provocarla con sus comentarios y de mirarla de aquella manera que últimamente conseguía que se olvidara hasta de cómo respirar.

Ahora se comportaba como un jefe ejemplar.

Un jefe ejemplar al que Ruby empezaba a tener unas ganas terribles de mandar a la mierda.

Y lo peor era que, bien pensado, tenía toda la lógica del mundo.

Adrian lo había intentado. Y no le había funcionado. Ruby seguía queriendo irse. Así que había hecho lo que hacía con cualquier operación que no salía rentable. Cerrarla y pasar a la siguiente.

Ya no tenía ningún motivo para seguir mirándola de aquella manera.

Y eso a ella le jodía. Mucho.

Que era absurdo, porque era exactamente lo que había pedido.

Si alguien conseguía entenderla, que se lo explicara, porque ella ya no se entendía a sí misma.

—Ruby…

Ruby levantó la cabeza, agradeciendo que alguien la sacara de sus pensamientos antes de que terminara perdiendo definitivamente la cordura.

—Dime.

Patricia Collins estaba sentada al otro lado del escritorio, con una libreta abierta y el ceño ligeramente fruncido mientras examinaba la agenda de Adrian.

Le resultaba extraño tenerla allí.

Aquella misma mañana, Linda le había comunicado que Patricia sería su sustituta y que debía encargarse de ponerla al día antes de marcharse el viernes. Ruby había dado por hecho que Adrian elegiría a Victoria Hayes, la candidata que tanto parecía haberlo impresionado durante las entrevistas.

Pero no. Había elegido a Patricia, aquella mujer de sonrisa amable y madre de dos niños que había descartado el puesto al enterarse de las exigencias del horario.

Y allí estaba ahora, tomando notas mientras Ruby le explicaba las funciones que llevaba dos años desempeñando y que, dentro de apenas unos días, dejarían de ser su responsabilidad.

—Aquí pone que el señor Langford tiene una reunión con los inversores de Londres a las ocho. ¿Siempre empieza tan temprano?

—Normalmente, sí. Aunque eso no significa que tú tengas que hacerlo. Solo tienes que comprobar que la documentación esté preparada el día anterior.

Patricia anotó algo en su libreta.

—Perfecto. Es que quería asegurarme de haberlo entendido bien. Adrian me dijo que mi horario sería de ocho y media a cuatro y media, salvo que necesitáramos ajustarlo algún día.

Ruby dejó de mover el ratón.

—¿Adrian?

—El señor Langford —se corrigió Patricia, sonriendo—. Me pidió que lo llamara por su nombre.

Por supuesto que se lo había pedido.

—Ah, sí. Es muy cercano —respondió Ruby con una seriedad admirable—. Sobre todo, cuando se le atasca la impresora. Es uno de los pocos momentos en los que nos trata como a seres humanos.

Era ironía, por supuesto, porque ese hombre jamás había tocado una impresora.

Patricia soltó una carcajada.

—Ha sido encantador desde el primer momento. Me llamó personalmente para hacer la entrevista y, la verdad, no me lo esperaba. Mucho menos después de haberme retirado del proceso de selección.

—Yo tampoco —reconoció Ruby—. Pensaba que el horario era un problema para ti.

—Lo era. No puedo dejar a mis hijos en el colegio por la mañana y recogerlos por la tarde si tengo que estar aquí hasta las siete.

Pero me explicó que estaba reorganizando el puesto y que no esperaba que trabajara fuera de mi jornada salvo alguna excepción justificada.

Incluso me dijo que, si surgía alguna urgencia, intentaríamos resolverla sin que tuviera que cancelar mis compromisos familiares.

Ruby la miró, incrédula.

—¿Te dijo todo eso?

—Sí.

Dos malditos años esperando que aquel hombre comprendiera que sus empleados tenían una vida fuera de la oficina, y ahora resultaba que podía organizar horarios razonables, respetar compromisos familiares y hablar de conciliación sin sufrir una reacción alérgica.

—Me alegro de que las cosas estén cambiando.

—Yo también.

Patricia sonrió con tanta ilusión que Ruby sintió una punzada de vergüenza por haberse molestado siquiera con aquella situación.

La mujer no tenía ninguna culpa de nada. Se había presentado a un puesto de trabajo y había conseguido unas condiciones que le permitían seguir disfrutando de sus hijos. Ruby debería alegrarse por ella.

Y se alegraba. De verdad.

Lo que le jodía era que Adrian hubiera necesitado que ella presentara su dimisión para darse cuenta de que podía comportarse como un ser humano razonable.

—Bueno —dijo, recuperando su sonrisa—, vamos a continuar, que todavía tengo que enseñarte dónde guarda los contratos, cómo se organizan las reuniones del consejo y qué hacer cuando decide cambiar toda la agenda con quince minutos de antelación.

Patricia levantó el bolígrafo.

—¿Eso ocurre a menudo?

Ruby miró hacia el despacho acristalado.

Adrian estaba hablando por teléfono, completamente ajeno a la conversación.

—Esperemos que también haya decidido corregir esa costumbre.