Capítulo 18
El viernes Ruby recibió el aviso de Recursos Humanos justo cuando terminaba de revisar unos documentos.
«La señorita Bennet ha comunicado que no podrá asistir a la entrevista por motivos personales. Reprogramaremos si sigue interesada».
No había tenido tiempo de reaccionar al correo cuando sonó el intercomunicador de su escritorio.
—Ruby, ¿puedes venir a mi despacho?
Adrian estaba sentado detrás de su escritorio, con un correo abierto en el ordenador y una expresión que no auguraba nada bueno.
—¿Querías verme?
—Sí. Cierra la puerta, por favor.
—Qué formal. ¿Me vas a despedir antes de que termine mi contrato? Porque sería un detalle precioso.
—Ruby, ¿puedes cerrar la maldita puerta?
¡Joder! Es que ya lo tenía al límite.
Ella obedeció y se volvió hacia él.
—Bien. ¿Qué ocurre?
Adrian entrelazó las manos sobre la mesa.
—Al parecer, una de las candidatas decidió que no quería continuar con el proceso después de hablar contigo.
—¿Patricia? Sí, es una pena. Parecía una mujer encantadora.
—Olivia Morgan también expresó ciertas dudas sobre la disponibilidad que requiere el puesto.
—Una mujer sensata.
Adrian entornó los ojos.
—Ruby.
—Adrian.
—¿Qué les has dicho?
—La verdad.
Adrian se pellizcó el puente de la nariz y soltó un suspiro de resignación.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
Ruby frunció el ceño.
—¿Qué estás insinuando?
—Nada —respondió él, cansado, aunque ambos sabían perfectamente que sí estaba insinuando algo.
—¿Me estás reprochando que sea sincera? Porque creía que la honestidad era uno de los valores fundamentales del Grupo Langford. Lo pone en la página tres del manual del empleado. Lo redacté yo.
—No te estoy reprochando que seas sincera.
Te estoy preguntando por qué, los últimos días, hay candidatas que han salido de aquí convencidas de que trabajar conmigo equivale a ingresar voluntariamente en un campo de trabajos forzados.
—Adrian se recostó en la silla y la observó—. ¿Las estás espantando?
Ruby abrió la boca, escandalizada.
—¡Por supuesto que no! Me han hecho preguntas y yo he respondido. ¿Qué querías que les dijera? ¿Que aquí salimos todos cogidos de la mano mientras cantamos canciones sobre el maravilloso equilibrio entre la vida personal y laboral?
—Me habría conformado con que no las aterrorizaras antes de que pudiera entrevistarlas.
—Pues a lo mejor deberías contratar a alguien a quien no le importe sacrificar su vida social.
Adrian se quedó callado.
Ruby también.
Aquello había sonado bastante menos gracioso de lo que pretendía.
—¿Eso es lo que crees que te he hecho? —preguntó él finalmente—. ¿Crees que llevo dos años obligándote a sacrificar tu vida por esta empresa?
—Creo que llevas dos años sin darte cuenta de cuánto me estabas pidiendo. Que no es exactamente lo mismo.
Adrian apretó la mandíbula.
—Soy perfectamente consciente de que te he exigido demasiado, Ruby.
¡Claro que lo sé! —Adrian se levantó de la silla y rodeó el escritorio, acercándose a ella—.
Pero jamás te he puesto una maldita pistola en la cabeza para obligarte a hacer nada.
Así que pregúntate tú también por qué demonios me seguías el ritmo.
¿Por qué hacías siempre más de lo que te correspondía?
Era incapaz de contener la frustración que sentía.
—¿Por qué aceptabas quedarte hasta cualquier hora, cancelar tus planes y renunciar a tu vida personal?
Se detuvo a escasos centímetros de Ruby. Estaban tan cerca que casi se rozaban, pero ninguno hizo ademán de apartarse.
—¿Por qué, si tanto me reprochas ahora, no me paraste los pies antes?
Estaba tan cerca que Ruby podía distinguir cada matiz de aquellos malditos ojos grises. Y, por si no tuviera suficiente con estar furiosa, su cuerpo había decidido recordarle lo mucho que le gustaba tenerlo a esa distancia.
Joder. Lo que le faltaba.
—¿Me estás echando la culpa? —preguntó, sin saber si estaba más enfadada con él o con la reacción de su propio cuerpo ante su cercanía.
—¡No! Te estoy diciendo que no era consciente de todo lo que estabas sacrificando porque nunca me lo dijiste.
¡Siempre tenías todo resuelto, Ruby! Te pedía algo y lo hacías.
Te preguntaba si podías encargarte de otra cosa y también lo hacías.
¡Incluso te adelantabas a lo que necesitaba sin que tuviera que pedírtelo!
¿Cómo demonios iba a saber que estabas llegando a tu límite si jamás me dijiste que no?
Porque si le decía que no, a lo mejor dejaba de ser imprescindible. Y eso no pensaba confesárselo ni a él ni a nadie.
—Porque eras mi jefe, Adrian. ¡Mi jefe! No un amigo al que pudiera mandar a la mierda cada vez que me pidiera un favor.
—¡Como si no me mandaras a la mierda cada vez que te da la gana!
Ruby apretó los labios, furiosa.
Adrian tuvo la gran idea de mirar su boca.
¿Y si la besaba? ¿Conseguiría que se callara de una maldita vez? ¿Le respondería ella con la misma pasión que aquella noche, cuando parecía incapaz de apartarse de él?
Cómo deseaba comprobarlo.
¡Maldita mujer!
—Esto es desesperante —continuó Adrian, soltando una risa amarga—.
¡Tú eres desesperante! Un día vienes, así, de buenas a primeras, y me dices que quieres marcharte, que necesitas recuperar tu vida y que estás harta de trabajar para mí.
Y ahora que intento encontrar a alguien que te sustituya, ¡tampoco te parece bien!
¿Qué se supone que debo hacer? ¿Cerrar la empresa cuando te vayas?
—No seas dramático, Adrian. Sin mí solo tendrás que aprender a organizarte las reuniones, contestar tus correos y recordar que las personas necesitan comer de vez en cuando. Estoy segura de que sobrevivirás —replicó con un sarcasmo que ni siquiera intentó disimular.
—Qué tranquilizador. Pero preferiría contratar a alguien que se encargara de todo eso.
—Pues contrátalo. Yo no te lo estoy impidiendo.
—No, claro. Simplemente estás consiguiendo que las candidatas reconsideren sus decisiones profesionales antes de que pueda terminar de entrevistarlas.
—Qué exagerado. Victoria parecía encantadísima con la oportunidad.
—Victoria es una buena candidata. De hecho, probablemente la más preparada de todas.
Ruby dejó de sonreír.
—Ah, sí. Victoria. Muy preparada.
—Tiene experiencia, excelentes referencias y habla cuatro idiomas. ¿Tienes algún problema con ella?
—Ninguno. Es encantadora. Y parece que a ti también te ha encantado.
Adrian ladeó ligeramente la cabeza.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Nada. Que habéis conectado muy bien. Profesionalmente, por supuesto.
Él la observó durante unos segundos. Después, una sonrisa empezó a dibujársele en la cara.
—Un momento, Ruby, ¿estás celosa?
Ella soltó una carcajada tan exagerada que Adrian tuvo que contener la suya.
—¿Perdona? ¿Celosa yo? ¿De una mujer que quiere ocupar el puesto del que intento escapar? Por favor, Adrian. Tienes un concepto de ti mismo verdaderamente preocupante.
—Solo he preguntado.
Y había rezado para que así fuera.
Pero no se tocó el pendiente, así que Adrian creyó que decía la verdad.
No se le ocurrió pensar que, quizás, ni la propia Ruby sabía lo que sentía.
—Pues deja de preguntar tonterías y contrata a quien te dé la gana. Si quieres a Victoria, estupendo. Seguro que os lleváis fenomenal. Podéis hablar en cuatro idiomas sobre lo maravilloso que es trabajar hasta la madrugada.
—No sabía que te interesaran tanto sus idiomas.
—¡No me interesan sus malditos idiomas!
Adrian puso los ojos en blanco.
—Ya…
Ruby lo fulminó con la mirada.
—¿Hemos terminado?
—Sí. A partir de ahora Linda se ocupará de recibir a los candidatos. Tú puedes continuar con tus tareas habituales.
—Perfecto. Así no tendré que preocuparme por espantar a ninguna de tus futuras asistentes.
—Te lo agradecería enormemente.
—De nada, señor Langford. Siempre encantada de colaborar.
Ruby se dirigió hacia la puerta, pero Adrian la detuvo antes de que saliera.
—Por cierto, Ruby.
—¿Qué?
—Victoria también ha preguntado por las condiciones laborales.
—¿Y?
—Le han parecido razonables.
Ruby lo miró con una expresión asesina.
—Pues espero que sea igual de razonable cuando la llames un domingo porque no encuentras tus malditos gemelos.
—Eso solo ocurrió una vez.
—Porque después te compré otros seis pares idénticos.
—Tranquila, pronto eso ya no formará parte de tus funciones.
Ruby salió del despacho dando un portazo.
Y Adrian por fin comprendió lo que tenía que hacer a partir de ese momento.