Jefe, ¡te odio! Creo Capítulo 17
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Capítulo 17

La primera candidata apareció por los ascensores con una carpeta de cuero bajo el brazo, un traje azul marino impecable y una sonrisa de esas que parecían anunciar que estaba dispuesta a revolucionar el mundo empresarial.

Ruby la observó acercarse a su mesa.

Estupendo. Justo lo que necesitaba aquella mañana.

—Buenos días —saludó la mujer—. Soy Olivia Morgan. Tengo una entrevista con el señor Langford.

—Buenos días, Olivia. Soy Ruby Sutter, su asistente actual. Puedes sentarte aquí mientras le aviso.

—¡Encantada! —Olivia le estrechó la mano con entusiasmo—. Muchas gracias por recibirme. La verdad es que estoy un poco nerviosa. Nunca he trabajado para alguien tan importante.

Ruby sonrió con una profesionalidad admirable, teniendo en cuenta que estaba a punto de presentarle a la mujer que posiblemente se quedaría con su puesto.

Pero era eso lo que quería, ¿no?

—No te preocupes. Adrian es un hombre como cualquier otro. Come, duerme… Bueno, lo de dormir está por confirmar.

Olivia soltó una risita.

—He oído que es bastante exigente.

—¿Exigente? No, qué va. Solo espera que seas capaz de resolver tres crisis empresariales antes del desayuno y que sepas distinguir cuándo su «no es urgente» significa «lo necesito inmediatamente».

La sonrisa de Olivia vaciló.

—Ah. ¿Y eso ocurre a menudo?

—Depende de lo que entiendas por «a menudo». ¿Tú qué tal llevas el estrés?

Olivia miró su carpeta.

—Bastante bien, creo.

—Estupendo. ¿Y las llamadas fuera del horario laboral?

—Bueno, supongo que alguna emergencia puede surgir…

—Por supuesto. Lo complicado es que Adrian y el resto de la humanidad tenemos conceptos bastante diferentes de lo que constituye una emergencia. Una vez me llamó a las dos de la madrugada porque necesitaba confirmar el segundo apellido de un inversor.

—¿A las dos de la madrugada?

—Sí. Pero no te preocupes, que después me dio las gracias.

Olivia dejó de sonreír.

—¿Y las vacaciones?

—Ah, las vacaciones. —Ruby suspiró con nostalgia—. Tengo recuerdos maravillosos de las mías. Sobre todo de la pantalla del portátil en Cancún. La conexión a internet era estupenda.

—Pero tendrás días libres, ¿no?

—Por supuesto. Adrian respeta muchísimo los días libres. Siempre que no surja nada importante.

—Ya…

Ruby ladeó la cabeza.

—¿Tienes pareja?

Olivia parpadeó, desconcertada.

—Sí. ¿Por qué?

—Por nada. Es conveniente que sepas desde el principio que, si te llama Adrian, tendrás que cancelar algún que otro plan. A mí me ha pasado con cumpleaños, cenas, vacaciones… Pero bueno, eso siempre se puede recuperar.

—Claro…

—Y otra cosa. ¿Duermes bien?

—Sí.

—Qué suerte.

Ruby no había mentido ni una sola vez.

Bueno, puede que hubiera dramatizado un poco. Pero tampoco podía decirse que estuviera inventando nada.

Y, sin embargo, cuando vio que Olivia comenzaba a revisar nerviosamente su currículum, sintió una satisfacción que no tenía absolutamente nada que ver con su profesionalidad.

—Bueno, supongo que será cuestión de acostumbrarse —dijo Olivia, intentando recuperar el entusiasmo.

—Esa es la actitud —respondió Ruby con una sonrisa.

Pulsó el intercomunicador.

—Señor Langford, Olivia Morgan está esperando para la entrevista. ¿Puede pasar?

—Sí, Ruby. Gracias.

Olivia se levantó, se alisó la chaqueta y respiró hondo.

—Deséame suerte.

—Toda la del mundo. De verdad.

Y no mentía. En el fondo, Ruby no tenía nada contra aquella mujer. Parecía simpática, estaba preparada y no tenía ninguna culpa de que su posible futuro jefe fuera un auténtico dolor de cabeza.

La acompañó hasta el despacho, abrió la puerta y la dejó pasar.

Adrian se levantó para saludarla.

—Señorita Morgan. Encantado de conocerla.

—El placer es mío, señor Langford.

—Tome asiento.

Ruby estaba a punto de cerrar la puerta cuando oyó la siguiente pregunta.

—Antes de empezar, señorita Morgan, ¿tendría algún inconveniente en atender llamadas de trabajo fuera del horario habitual?

Olivia se quedó inmóvil.

Ruby también.

Desde luego, aquel hombre tenía un talento extraordinario para facilitarle las cosas.

Al día siguiente, Victoria Hayes apareció con unos pantalones beige, una blusa de seda, una melena rubia perfectamente peinada y una sonrisa tan deslumbrante que Ruby se preguntó si acababa de salir de una campaña de publicidad de dentífricos.

—Buenos días. ¿Ruby Sutter?

—La misma.

—Soy Victoria Hayes. ¡Encantada! La señorita Whitmore —se refería a Linda— me ha dicho que podía presentarme directamente aquí.

—Por supuesto. Toma asiento. El señor Langford está terminando una llamada.

Victoria se sentó, dejó el bolso sobre las rodillas y contempló el despacho acristalado.

—Vaya. Así que ese es Adrian Langford.

Ruby levantó la vista del ordenador.

—Eso parece.

—En las fotografías parece mayor.

—Debe de ser porque en ellas no se aprecia todo su encanto natural.

Victoria soltó una carcajada.

—No, en serio. Es bastante atractivo, ¿no crees?

Ruby dejó de teclear.

Ah… Así que íbamos por ahí.

—Supongo que depende de tus gustos. Si te gustan los hombres autoritarios, obsesionados con el trabajo y que creen que dormir es una pérdida de tiempo, es prácticamente el candidato perfecto.

—Bueno, yo hablaba más bien de su aspecto físico.

—Ah. Tiene ojos, nariz y una cantidad razonable de pelo. Bastante completo, sí.

Victoria volvió a reírse.

—Eres divertidísima. Me encanta.

Ruby le dedicó una sonrisa.

A ella, en cambio, empezaba a caerle bastante peor.

—¿Está casado? —preguntó Victoria, bajando la voz.

Ruby la miró por encima de la pantalla.

—¿Vienes a una entrevista de trabajo o a un programa de citas?

—¡Ay, no! —Victoria se llevó una mano al pecho—. No me malinterpretes. Solo preguntaba por curiosidad.

—Pues no, no está casado. Y, antes de que preguntes, tampoco lleva un cartel luminoso con su estado sentimental.

Victoria sonrió, aparentemente encantada con la respuesta.

—Interesante.

Ruby apretó los dientes.

Sí, claro. Interesantísimo.

Pulsó el intercomunicador con algo más de fuerza de la necesaria.

—Adrian, la candidata está esperando.

—Que pase, por favor.

Ruby acompañó a Victoria hasta el despacho. Esta se alisó el pelo antes de entrar y le dedicó a Adrian una sonrisa que, en opinión de Ruby, enseñaba una cantidad completamente innecesaria de dientes.

—Señor Langford, qué placer conocerlo.

—Igualmente, señorita Hayes. Tome asiento.

Ruby cerró la puerta. Con suavidad. Una suavidad admirable, dadas las circunstancias.

Volvió a su escritorio y abrió un correo. Después otro. Y otro más.

No consiguió leer ninguno.

Porque cada vez que levantaba la cabeza veía a Victoria sonriendo al otro lado del cristal.

¿De qué demonios se reía tanto?

Adrian no era tan gracioso.

Ruby lo sabía perfectamente. En dos años apenas le había oído hacer cuatro bromas.

Y estaba bastante segura de que dos habían sido involuntarias.

Cuando Victoria salió del despacho, parecía bastante satisfecha.

—Ha ido genial —le confesó a Ruby—. El señor Langford es mucho más encantador de lo que esperaba.

—Qué suerte has tenido.

—Creo que hemos conectado muy bien.

Ruby levantó lentamente la mirada.

—¿Conectado?

—Profesionalmente, quiero decir.

—Claro. Profesionalmente.

Victoria recogió su bolso y se despidió con una sonrisa.

—Ojalá volvamos a vernos pronto.

Ruby la observó entrar en el ascensor.

—Ojalá —murmuró.

Mentira cochina.

El miércoles le tocó el turno a Patricia Collins. Era una mujer de unos cuarenta años, de cabello castaño cortado a la altura de los hombros y aspecto impecable. Tenía una amplia experiencia como asistente ejecutiva, buenas referencias y dos hijos pequeños.

También tenía una pregunta que, por desgracia, Ruby sabía responder demasiado bien.

—Perdona, antes de empezar, ¿podrías decirme si el horario es flexible? En la oferta hablan de disponibilidad, pero no especifican demasiado.

Ruby levantó la cabeza.

—¿Flexible en qué sentido?

—Bueno, para poder recoger a mis hijos del colegio algunos días. En mi anterior empresa podía organizarme siempre que tuviera el trabajo terminado.

Ruby dejó el bolígrafo.

Vaya. Aquello sí era importante.

—Te voy a ser sincera, Patricia. Aquí el horario es flexible, pero no necesariamente a tu favor.

—¿Cómo dices?

—Que puedes entrar a las ocho y salir a las ocho. O entrar a las ocho y salir a las diez. Depende del día.

—Ah. ¿Y no hay posibilidad de organizarse con antelación?

—Por supuesto. Yo organizo la agenda de Adrian con semanas de antelación. Luego él la cambia.

—¿Muy a menudo?

—Digamos que mi calendario tiene más tachones que un cuaderno de primaria.

Patricia miró su carpeta.

—Ya veo.

Ruby sintió una punzada de culpabilidad.

Aquella mujer no estaba preguntando por capricho. Tenía dos hijos y necesitaba saber si podría recogerlos del colegio sin que su jefe considerara aquello una falta de compromiso profesional.

—Mira, Patricia, no quiero asustarte. Adrian es exigente, pero también paga bien y sabe reconocer el trabajo bien hecho. Lo que ocurre es que no siempre entiende que los demás tengamos una vida fuera de esta oficina.

—¿Y tú cómo te organizas?

Ruby sonrió.

—Ese es precisamente el motivo por el que están buscando sustituta.

Patricia le agradeció la sinceridad y se marchó sin llegar siquiera a entrevistarse con Adrian.

Ruby se quedó mirando el ascensor. Esta vez no sintió ninguna satisfacción.

Porque Patricia acababa de recordarle por qué había decidido marcharse. Quería recuperar su vida. Una vida en la que el trabajo no estuviera siempre por delante de todo lo demás.