Capítulo 16
Otra maldita noche sin dormir.
Lo cual, teniendo en cuenta sus antecedentes, tampoco debería haber sido tan grave, ¿no?
Pues lo era. Porque antes, cuando conseguía dormir, aunque fueran pocas horas, al menos descansaba.
Ahora ni siquiera eso.
Se pasaba la noche dando vueltas en la cama, repasando una y otra vez lo ocurrido en el apartamento de Ruby, sin encontrar una explicación que tuviera el menor sentido.
No había sido una buena noche. Ni un buen domingo. En realidad, no había tenido un solo momento de tranquilidad desde que aquella mujer lo echó de su casa sin darle siquiera la oportunidad de entender qué demonios había pasado.
¡Ni siquiera antes! ¿A quién pretendía engañar? Desde el maldito momento en que Ruby presentó aquella dimisión, su vida se había convertido en un auténtico desastre.
Con lo bien que estaban antes…
Dentro de ella estabas mejor.
¡Joder!
¿Ahora también tenía que soportar que su propia cabeza le recordara aquello? Como si no llevara dos días intentando quitarse de encima el recuerdo de Ruby entre sus brazos.
—¿Te encuentras bien, jefe? —preguntó Marcus, sacándolo de aquella discusión con la parte de su cerebro que, por lo visto, había decidido amargarle la existencia.
—Perfectamente.
Marcus lo observó por el retrovisor con una expresión que indicaba que no se había creído ni una palabra.
—Me alegro.
—¿Por qué?
—Porque tienes una cara espantosa.
Adrian levantó la vista del móvil y lo fulminó con la mirada.
—Gracias, Marcus. Siempre es un placer empezar la semana con tus observaciones.
—De nada, jefe. Aunque, si me permites decirlo, quizás deberías intentar dormir un poco más. Y dejar dormir a los demás, ya puestos. Que la otra madrugada me tuviste media hora al teléfono para no contarme absolutamente nada.
Adrian negó con la cabeza y volvió a consultar la pantalla.
Nada.
Ruby no le había contestado a ninguno de los mensajes que le había enviado.
Había conseguido que aquella mujer respondiera correos a las cuatro de la madrugada durante dos años y ahora no era capaz de arrancarle ni un miserable «estoy bien».
Tenía su gracia.
Una gracia de mierda, pero la tenía.
Ruby entró en el despacho con una carpeta bajo el brazo, la tablet en la otra mano y sin su café. Ni siquiera se molestó en cerrar la puerta.
—Buenos días, señor Langford. Harrison ha pedido retrasar la reunión hasta mañana, el presupuesto de marketing sigue pendiente de aprobación y estos son los contratos que tenías que haber firmado el viernes.
Si conseguimos que les dediques cinco minutos de tu apretadísima agenda, quizás hoy podamos evitar una catástrofe empresarial.
Adrian levantó la vista del ordenador.
—Buenos días a ti también, Ruby. Mi fin de semana ha sido estupendo, gracias por preguntar —respondió con una ironía imposible de disimular.
—Me alegro. —Dejó la carpeta sobre la mesa—. Entonces supongo que vendrás descansado y con ganas de trabajar.
—¿Qué tal el tuyo?
—Maravilloso —mintió descaradamente—. ¿Firmas aquí, por favor?
Adrian ni siquiera miró el documento.
—¿Así que vas a seguir haciendo esto?
—¿Conseguir que firmes contratos? Me temo que sí. Todavía es mi trabajo.
Adrian dejó el bolígrafo sobre la mesa. Desde que había entrado en el despacho, Ruby no había hecho otra cosa que mirar la carpeta, la tablet o cualquier rincón de la habitación que no fuera su cara.
Y empezaba a estar hasta los cojones.
—Mírame —ordenó.
Ruby continuó revisando los documentos.
—Estoy bastante ocupada, Adrian. Si no te importa…
—Joder, Ruby, haz el puto favor de mirarme cuando te hablo.
Ella alzó finalmente la cabeza, con las cejas enarcadas y una expresión que habría bastado para intimidar a cualquiera.
A cualquiera menos a un Adrian que llevaba días perdiendo la paciencia.
—¿Contento? ¿Necesitas algo más o podemos volver al maravilloso mundo de los contratos?
—Gracias —suspiró él, aunque no había nada de agradecimiento en su tono—. Llevo dos días intentando hablar contigo y me estás tratando como si hubiera cometido un delito. ¿Podrías explicarme, por lo menos, qué demonios he hecho?
—¿Aparte de sacar a relucir nuestra vida privada en horario laboral? Nada. Hoy estás siendo un jefe ejemplar.
—Ah, claro. Ahora resulta que te preocupa muchísimo separar el trabajo de tu vida privada.
Ruby lo fulminó con la mirada.
—Cuidado, Adrian.
Él comprendió que se había pasado, pero tampoco estaba de humor para seguir esquivando el asunto.
—No era eso lo que quería decir.
—Pues te ha salido estupendamente.
—Ruby, por favor. Estoy intentando hablar contigo y no haces más que esquivarme. Me estás volviendo loco.
—No te preocupes, muy pronto dejaré de volverte loco. Si me dejas marcharme, claro. Y si no se te ocurre otra de tus maravillosas ideas para convencerme de que me quede. Aunque reconozco que la última ha sido bastante original.
—¿La última?
Adrian se quedó inmóvil cuando lo entendió.
—Espera… ¿Me estás diciendo que crees que me acosté contigo para conseguir que retiraras tu dimisión?
Ruby apartó la mirada, pero ya era demasiado tarde para dar marcha atrás.
Adrian no podía creérselo. ¿Así que de eso iba todo?
Joder, mira que le había dado vueltas a la cabeza durante el fin de semana, buscando una explicación para la actitud de Ruby, pero jamás se le habría ocurrido que pudiera pensar semejante cosa de él.
Un carraspeo hizo que ambos volvieran la cabeza hacia la puerta.
Linda, de Recursos Humanos, estaba allí, visiblemente incómoda. Como para no estarlo, después de lo que acababa de escuchar.
—Adelante, Linda. Dime —la invitó Adrian, intentando disimular su irritación.
Linda entró en el despacho y se detuvo junto a Ruby, a quien dirigió una mirada fugaz antes de hablar.
—Buenos días, Adrian. Disculpa la interrupción, pero quería confirmar que mantenemos las entrevistas.
—Sí, por supuesto.
—¿Entrevistas? —preguntó Ruby.
Linda la miró, sorprendida.
—Para cubrir tu puesto, Ruby. Hoy empezamos con la primera y seguiremos el resto de la semana.
Ruby volvió lentamente la cabeza hacia Adrian.
—Ah. Así que ya estás buscando a mi sustituta.
El tono de Ruby lo desconcertó. ¿Ahora también le molestaba aquello? Lo acababa de acusar de acostarse con ella para impedir que se marchara y, cuando descubría que estaba buscando a alguien para ocupar su puesto, parecía ofendida.
Estuvo a punto de echárselo en cara. De preguntarle si necesitaba alguna prueba más de que no estaba intentando retenerla.
Pero ¿por qué demonios tenía que defenderse de semejante acusación? No pensaba rebajarse a justificar sus intenciones, y mucho menos delante de Linda.
Además, ¿qué esperaba Ruby que hiciera? ¿Que se quedara sin asistente? ¿Que cerrara la maldita empresa tras su marcha?
Adrian apretó la mandíbula. Si seguía intentando encontrarle sentido a las reacciones de aquella mujer, acabaría perdiendo la cabeza.
Así que, por una vez, decidió no entrar al trapo y se dirigió a Linda.
—Seguimos con lo previsto, Linda.
—Perfecto, Adrian. Te aviso cuando llegue la primera candidata.
Cuando la puerta se cerró, Ruby dejó escapar una risita amarga.
—Bueno, pues parece que ya tienes todo organizado. Espero que alguna sea capaz de soportarte.
Adrian se pasó una mano por el pelo, exasperado.
—¡¿Se puede saber qué te pasa ahora?! —exclamó, perdiendo los papeles.
—Que estoy deseando que llegue mi último día. ¡Eso es lo que me pasa!
Y salió del despacho sin darle oportunidad de responder. Y dando un portazo.
Adrian se quedó mirando la puerta, incrédulo.
—¡Me cago en la puta! —maldijo, dejándose caer en la silla.
Tenía entrevistas que hacer, una montaña de trabajo pendiente y la desagradable sensación de que acababa de perder una discusión sin entender siquiera cuáles eran las malditas reglas.