Jefe, ¡te odio! Creo Capítulo 15
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Capítulo 15

Ruby tenía treinta años, dos años de agenda ajena a sus espaldas, una dimisión presentada y, aquel domingo a la una de la tarde, la firme convicción de que iba a morirse en el rellano del tercer piso de un edificio de Queens.

Porque Gloria no se había movido de Elmhurst, su barrio de Queens, en toda su vida.

Cuando se casó con Frank, él le propuso comprar una casita con jardín en Long Island, y ella le contestó que allí no tenía su parroquia, ni su hospital, ni a su peluquera, ni a la señora Kowalski para criticar a la vecina del segundo.

Así que se mudaron a un piso un poco mejor, a tres calles del de los radiadores, en un edificio con un ascensor que funcionaba seis meses al año.

Aquel domingo no tocaba.

Y después de una hora y cuarto de metro, un transbordo y un vagón que olía a pies, lo de las escaleras le parecía una crueldad innecesaria.

Se detuvo en el descansillo del segundo, se apoyó en la barandilla y cerró los ojos.

Error.

Detrás de los párpados la esperaba el Mulligan’s.

Theo pidiendo la cuarta ronda de chupitos de tequila «para celebrar el regreso de la hija pródiga».

Maya llorando de risa encima de las patatas frías.

Claire, que a las doce y media había jurado que solo se tomaba una, subida a una silla a las tres.

Ellen, desde Seattle, en una videollamada apoyada contra una jarra de cerveza, gritándole «¡te hemos echado tanto de menos, idiota!

» por encima del ruido del bar. Y Sean, con el móvil en la mano y una sonrisa diabólica, cambiándole el nombre al grupo.

El grupo ya no se llamaba «Vermont sin Ruby ? ? ».

Ahora se llamaba «Intereses de demora ? ? ».

Ruby volvió a cerrar los ojos.

Se lo había contado todo. Absolutamente todo. Con detalles. Y, a juzgar por los ciento ochenta y tres mensajes sin leer, sus amigos no tenían ninguna intención de olvidarlo jamás.

Subió el último tramo de escaleras como quien escala el Everest sin oxígeno y llamó al timbre.

La puerta se abrió antes de que terminara de sonar.

—¡MI NIÑA!

Su madre la estrechó entre sus brazos con la fuerza de una enfermera que había levantado a más pacientes de cien kilos de los que podía recordar. Ruby sintió que, si la apretaba un poco más, iba a terminar devolviendo hasta la última gota del tequila de la noche anterior.

—Hola, mamá. Más bajito, por favor.

—¿Más bajito? —Gloria se apartó para mirarla, con las manos en sus hombros—. ¡Pero si estoy hablando normal!

No estaba hablando normal. Gloria no había hablado normal en toda su vida.

Era una mujer de apenas metro sesenta, con el pelo castaño salpicado de canas que se empeñaba en teñirse ella misma y unos ojos color chocolate que Ruby había heredado, junto con su escasa paciencia.

Tenía una voz capaz de competir con la sirena de un camión de bomberos y el extraordinario talento de hacerse oír incluso en una sala de urgencias abarrotada un sábado por la noche.

Gloria entornó los ojos. Le miró la cara, las ojeras, el tono ligeramente verdoso de la piel. Había visto aquella cara miles de veces.

—Tienes resaca.

—No tengo resaca.

—Tienes resaca. —Gloria le puso una mano en la frente, por pura deformación profesional—. ¡FRANK! ¡LA NIÑA TIENE RESACA!

—¡¿CÓMO QUE TIENE RESACA?! —contestó Frank desde la cocina, con el mismo volumen.

—¡QUE TIENE RESACA!

—¡AH, BUENO!

Ruby se apoyó en el marco de la puerta y deseó, con todas sus fuerzas, que el edificio se derrumbara sobre ella.

Frank apareció en el pasillo con un delantal, unas manoplas de horno y el bigote más espantoso de todo Queens. Era un hombre alto y corpulento, de pelo gris y manos grandes, curtidas por treinta años arreglando tuberías.

El bigote, gris y espeso, según Gloria, le daba aire de galán de los setenta y, según todos los demás, de morsa.

Le dio un beso en la frente.

—Felicidades atrasadas, cariño.

—Gracias, Frank.

—¿Dónde estuviste anoche?

—Con mis amigos.

Frank y Gloria se miraron.

—¿Con tus amigos? —repitió Gloria, como si Ruby acabara de decirle que había pasado la noche en la Estación Espacial Internacional—. ¿Los de siempre?

—Los de siempre.

Gloria se llevó las manos a la boca. Por un momento, Ruby pensó que iba a echarse a llorar. En lugar de eso, se volvió hacia el salón, donde, encima del aparador, entre la foto de su boda y una figura de porcelana de un niño con un perro, ardía una vela gruesa con la imagen de un santo barbudo.

—¡Gracias, san Judas Tadeo! —gritó, juntando las manos—. ¡Primero la dimisión y ahora esto! ¡Te pongo otra vela esta tarde!

—Mamá, por favor.

—¡Dos velas!

La sentaron a la mesa. Le pusieron delante un vaso de agua con una pastilla efervescente, que Frank le preparó en silencio y con la mirada solidaria de un hombre que había tenido sus propias resacas, y una porción de lasaña del tamaño de un ladrillo.

Ruby miró la lasaña. La lasaña la miró a ella.

—Come —le ordenó su madre—. La grasa absorbe el alcohol.

—Eso no es verdad, mamá. Eres enfermera. Sabes que eso no es verdad.

—Tú come.

Ruby comió. Y, para su sorpresa, al tercer bocado empezó a sentirse persona. Al quinto, casi humana.

Frank le guiñó un ojo por encima del bigote, como diciendo «te lo dije», aunque no le había dicho nada.

—Bueno —anunció Gloria cuando terminaron, levantándose de la mesa con una solemnidad sospechosa—. Ha llegado el momento.

—¿Qué momento?

—Las tartas.

Ruby palideció.

Gloria colocó las dos tartas sobre la mesa con la ceremonia de quien presenta las joyas de la corona. La de este año, todavía algo fría, pero con buen aspecto. Y, a su lado, la del año anterior.

Era una tarta, técnicamente. Eso no se le podía negar. Pero llevaba doce meses en un congelador, y se notaba. Estaba cubierta por una capa de cristales de hielo tan gruesa que parecía haber pasado el último año en la Antártida.

Alguien, probablemente Frank, había intentado escribir encima con nata «Felices 29», y el hielo había convertido el nueve en algo parecido a un siete.

—Felices veintisiete —leyó Ruby.

—Se ha corrido un poco —admitió Frank.

Gloria clavó treinta velas en la tarta de este año y una vela solitaria y torcida en la del año anterior, porque, según ella, una tarta de cumpleaños sin vela era un bizcocho cualquiera. Frank las encendió todas. Y antes de que Ruby pudiera hacer nada por evitarlo, los dos tomaron aire.

—¡CUMPLEAAAAÑOS FELIIIIZ…!

Ruby cerró los ojos. Le retumbaron las sienes, las muelas y hasta las uñas de los pies.

—¡CUMPLEAAAAÑOS FELIIIIZ…! ¡TE DESEAMOS TOOODOS…! ¡CUMPLEAAAAAÑOOOOOS FEEEEELIZ!

Ruby sopló las velas a la primera. Las treinta y una. Luego se quedó mirando la tarta del año anterior, que la miraba a ella con su escarcha y su siete deforme como una acusación.

Frank le tendió un cuchillo.

Ruby intentó cortarla. El cuchillo rebotó.

Lo intentó otra vez, con más fuerza. El cuchillo se quedó clavado en la escarcha como la espada en la piedra, y ninguno de los tres fue capaz de sacarlo.

—Habrá que esperar a que se descongele —dijo Frank, rascándose el bigote.

—¿Cuánto?

Frank miró la tarta con ojo de fontanero.

—Un par de días. O un martillo.

—¡Frank! —protestó Gloria.

Pero Frank ya se había ido a la cocina. Por el ruido de cajones, Ruby sospechó que iba en serio.

Ruby se echó a reír. Y aquello fue un error, porque le dolía la cabeza como si tuviera dentro una banda de música.

Sin que se diera cuenta, el pañuelo que llevaba al cuello y que no se había quitado en todo el día resbaló unos centímetros.

Gloria dejó de sonreír.

Se acercó. Muy despacio. Con la mirada clínica de quien lleva toda una vida diagnosticando cosas que los pacientes juran que no son nada.

—Ruby.

—¿Qué?

—¿Qué tienes en el cuello?

Ruby se llevó la mano al pañuelo y se lo subió de un tirón.

—Nada.

—Eso no es nada.

—Me di un golpe.

—¿En el cuello?

—Con la puerta del armario.

Gloria cruzó los brazos sobre el pecho. Había oído todas las excusas del mundo en urgencias.

—Hija… Sé distinguir un golpe de un…

—Mamá…

Gloria se volvió hacia la cocina y tomó aire.

—¡FRANK! ¡LA NIÑA TIENE UN…!

—¡MAMÁ!

Tendría que haberse tapado el dichoso chupetón con maquillaje.

Ruby llevaba ignorando el móvil desde que había llegado a casa de su madre. Le había sonado por primera vez nada más entrar y, en cuanto vio el nombre de Adrian en la pantalla, lo metió en el bolso sin abrir el mensaje.

Desde entonces había sonado cuatro veces más.

Cinco mensajes.

Cinco oportunidades de averiguar qué demonios quería decirle el hombre al que había echado de su apartamento la noche anterior.

Podría haberlo silenciado. Por supuesto que podría. Pero tenía configuradas las notificaciones de Adrian para que sonaran siempre, aunque el resto del teléfono estuviera en silencio.

Y no lo había cambiado.

Tampoco había apagado el móvil, que habría sido la forma más sencilla de asegurarse de no escuchar ninguna notificación.

¿Por qué?

Porque era masoca, por eso.

Ahora, en el sofá, con la lasaña asentándose en el estómago y Frank roncando delante de la tele, por fin se atrevió a abrirlos.

Adrian: ¿Ya estás con tu madre y Frank? ¿Has llegado bien?

Ruby sintió una pequeña punzada en el pecho. Se había acordado de que iba a comer con sus padres.

Claro que se había acordado. Adrian Langford podía olvidar que las personas necesitaban dormir, comer y tener vacaciones, pero tenía una memoria irritantemente buena para los detalles que consideraba importantes.

¿Y por qué consideraría eso importante?

Ruby no quería pensar en eso.

Leyó el siguiente mensaje.

Adrian: Ruby, tenemos que hablar.

Ese había llegado diecisiete minutos después.

Adrian: Sobre lo de anoche.

Ruby tragó saliva.

Como si necesitara que se lo recordara para revivir cada maldito segundo de lo ocurrido en su apartamento.

El cuarto mensaje le hizo detenerse.

Adrian: Sobre lo de la protección… Lo siento, de verdad que lo siento. Tenemos que hablar de eso también.

Ruby se pasó una mano por la cara.

No podía culpar únicamente a Adrian de aquello. Los dos se habían dejado llevar, los dos habían sido unos irresponsables y, por mucho que le apeteciera echarle la culpa de absolutamente todo, aquella parte también era responsabilidad suya.

Volvió a mirar la pantalla.

El último mensaje había llegado hacía apenas unos minutos.

Adrian: No quiero agobiarte. Solo necesito saber que estás bien. Por favor, contéstame cuando puedas.

Ruby lo leyó dos veces.

Y una tercera.

Era absurdo que aquellas palabras le provocaran semejante nudo en la garganta. Adrian no estaba haciendo nada extraordinario. Preguntarle si estaba bien después de lo ocurrido era lo mínimo que cabía esperar de un hombre con dos dedos de frente.

Pero le preguntaba por ella.

¿O por su dimisión?

A lo mejor Adrian temía que, después de lo ocurrido, su maravilloso plan para convencerla de que se quedara se hubiera ido al garete.

Joder. Ojalá supiera distinguir cuándo le preocupaba Ruby y cuándo su asistente.

Puso el dedo sobre el teclado. Podía responderle con un simple «estoy bien». Nada más.

Escribió las dos palabras. Y las borró.

«Tenemos que hablar, sí, pero…».

También las borró.

Porque no sabía qué decirle. Ni siquiera sabía qué quería que él le dijera.

Una parte de ella deseaba que Adrian le confesara que lo de la noche anterior había significado algo, que llevaba tiempo queriendo besarla y que nada de aquello había sido una elaborada estrategia para conseguir que retirase su dimisión.

La otra parte tenía un miedo espantoso de escucharlo, porque no sabía si lo creería.

Suspiró y dejó el teléfono sobre las rodillas.

Al otro extremo del salón, Frank dormía profundamente en su sillón favorito, con la televisión encendida en un documental sobre la Segunda Guerra Mundial y el mando a distancia apoyado sobre la barriga. Cada pocos segundos soltaba un ronquido que competía con la voz del narrador.

Gloria apareció con dos tazas de café, miró a su marido y negó con la cabeza.

—Cuarenta minutos diciendo que quería ver ese documental. No ha llegado ni a la invasión de Polonia.

Ruby sonrió, pero no apartó los ojos del móvil.

Su madre dejó las tazas sobre la mesita y se sentó a su lado.

—¿Es él?

Ruby levantó la cabeza.

—¿Quién?

Gloria arqueó una ceja.

—El de la puerta del armario. Ese contra el que, según tú, te diste el golpe en el cuello.

—Mamá…

—¿Qué? Estoy preocupada por la puerta. Debe de tener unos cantos peligrosísimos.

Ruby dejó escapar una risa, a pesar de sí misma.

—No vas a olvidarte de eso, ¿verdad?

—Hija, llevo toda una vida trabajando en urgencias. He visto a gente llegar con objetos metidos en sitios donde jamás deberían haber estado. Créeme, un chupetón no va a escandalizarme.

Frank soltó un ronquido particularmente escandaloso.

—¡Mamá, baja la voz! —siseó Ruby.

Frank se acomodó en el sillón y siguió durmiendo.

—Tranquila —dijo Gloria—. Podríamos organizar una banda de música aquí dentro y no se enteraría.

Ruby volvió a mirar el teléfono.

Su madre siguió la dirección de sus ojos y, esta vez, no sonrió.

—¿Es él quien te está escribiendo?

Ruby tardó unos segundos en responder.

—Sí.

—¿Y por qué no le contestas?

—Porque no sé qué decirle.

Gloria cogió su taza, sopló el café y la observó por encima del borde.

—Bueno, eso ya es más interesante que lo de la puerta del armario.

—Mamá, por favor.

—Está bien, está bien. No voy a hacer bromas. ¿Qué ha pasado?

Ruby suspiró.

—Es complicado.

—¿Está casado?

—¡No!

—Perfecto. Una complicación menos.

—¡Habías dicho que no ibas a hacer bromas!

—No era una broma. Era una pregunta importante.

Ruby se hundió un poco más en el sofá.

—Mamá…

Gloria le puso una mano sobre la rodilla.

—Vale. Ahora sí. Te escucho.

Ruby respiró hondo. Había tantas cosas que contarle que no sabía por dónde empezar.

Así que empezó por el principio.

—Es mi jefe —confesó al fin.

Gloria se quedó inmóvil, con la taza a medio camino de los labios.

—¿Tu jefe?

Ruby asintió.

Su madre dejó la taza sobre la mesa con muchísimo cuidado.

—¿El de las llamadas a las tres de la mañana?

—Ese.

—¿El que te hizo perderte mi cumpleaños porque necesitaba un informe?

—Ese también.

—¿El Adrian Langford?

Ruby cerró los ojos.

—Sí, mamá. Ese Adrian Langford.

Gloria permaneció callada durante unos segundos. Después se volvió hacia el sillón.

—Frank.

—¡No lo despiertes! —suplicó Ruby.

—Frank, despierta. Tenemos una emergencia familiar.

Frank abrió un ojo, sobresaltado.

—¿Qué pasa?

Gloria señaló a Ruby.

—Tu hija se ha acostado con el demonio.

Ruby se tapó la cara con ambas manos. Aquello iba a ser una tarde larguísima.