Jefe, ¡te odio! Creo Capítulo 14
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Capítulo 14

Un rato después, sentada en el sofá con el vestido rojo todavía puesto y una manta por encima de las piernas, Ruby sentía que se ahogaba.

Daba igual hacia dónde mirara. La pared del salón. La puerta. El suelo. Los recuerdos se le metían en la cabeza por todas partes y no había manera de echarlos.

Cogió el móvil.

No para escribirle a él. Eso nunca.

Abrió el grupo. Siempre se había llamado «Los de siempre» porque eran amigos desde pequeños y nadie se había molestado en buscar un nombre más original, pero la noche que le mandaron las treinta y siete fotos del jacuzzi alguien lo cambió por «Vermont sin Ruby ?

? ». Y nadie se había molestado en volver a cambiarlo.

Cinco amigos, dos años de mensajes que ella había leído desde aeropuertos y salas de reuniones, y a los que casi nunca había contestado. Lo último que había escrito era un «¡¡Felicidades!!» al cumpleaños de Maya.

De eso hacía ya cinco meses.

Escribió.

Ruby: Hola.

La respuesta llegó en menos de diez segundos.

Maya: ¿¿¿RUBY???

Theo: No me jodas. ¡La desaparecida! Que alguien llame al New York Times .

Maya: Pensé que tu jefe te tenía encadenada a una impresora.

Ruby sonrió por primera vez en toda la noche.

Maya: ¿Estás bien?

Ruby se quedó mirando la pregunta un buen rato. Escribió «sí». Lo borró. Escribió «más o menos». También lo borró.

Ruby: ¿Estáis ocupados?

Pasó un minuto. Dos. Debajo de algunos nombres aparecía y desaparecía el «escribiendo…».

Theo: Estoy viendo un documental sobre pulpos con mi gato. Así que técnicamente sí, pero por ti lo pauso.

Sean: Yo estaba a punto de dormirme. ¿Por?

Theo: Esta mujer no pregunta si estamos ocupados desde hace dos años. Si lo pregunta es porque necesita terapia.

Sean: ¿Terapia? ¿A estas horas?

Theo: Hay terapeutas de guardia. Como los farmacéuticos.

Ellen: Deberíamos mandarte a la mierda por todas las veces que nos has dejado tirados.

Maya: ¡ELLEN!

Theo mandó un sticker. Una señora mayor dándole a alguien con el bolso en la cabeza. Dirigido a Ellen, por supuesto.

Sean: Ellen, por Dios.

Ruby se quedó mirando la pantalla con un nudo en la garganta. Ellen tenía razón. Toda la razón del mundo.

Ellen: Pero no lo vamos a hacer, porque, joder, Ruby, te echamos de menos. Y vamos a estar aquí, aunque nos ignores otros dos años. Así que dinos qué pasa.

Ruby se rio. Y se le escapó una lágrima a la vez.

Ruby: Gracias

Ellen: De nada. Ahora cuéntano s …

Maya: ¿En el Mulligan’s en media hora?

Ruby: Ok

Sean: ¿Ha dicho que viene? ¿Sin excusas? ¿Sin «me ha surgido algo del trabajo»?

Theo: Esto es más grave de lo que pensábamos. Yo tardo diez minutos. Vivo a dos calles.

Ellen: ¿Y tenéis que hacerlo mientras estoy fuera? Que estoy trabajando en Seattle, cabrones, por si no os acordáis. Malditos… Más os vale que, cuando vuelva a casa, me lo contéis todo. Con detalle.

Maya: Yo ya estoy aquí.

Theo: ¿Cómo que ya estás ahí?

Maya: Salí con los del trabajo. Se han ido. Me he quedado con las patatas.

Theo: ¿Y no avisas? Traidora.

Sean: @todos DRAMA. Nos vemos en el Mulligan’s.

Claire: ¿Qué drama? ¿Y cómo habéis conseguido mandar 28 mensajes en el rato que llevo sin mirar el móvil?

Ellen: Lee, coño.

Claire: ¡29! ¡Dejad de escribir, que no me da tiempo a leer!

Ellen: ¡Que leas!

Claire: ¡¡30!! ¡¡QUE OS CALLÉIS!!

Claire: Ah. ¡¡Hola, Ruby!! ¿Eres tú la del drama?

Ruby: El drama es mi jefe.

Hubo un segundo de silencio absoluto en el grupo.

Y luego se armó el caos.

Maya: ¿¿¿QUÉ???

Theo: NO.

Sean: ¿El de los anexos?

Ellen: ¿Qué hizo el capullo?

Claire: ¿El que está bueno?

Theo: ¿Cómo sabes tú que está bueno?

Claire: Salió en Forbes . Tengo ojos.

Maya: RUBY SUTTER, ¿QUÉ HAS HECHO?

Ruby: En media hora os lo cuento.

Mientras, en el otro extremo de la ciudad, Adrian Langford buscaba en la agenda del móvil a alguien a quien llamar.

Trescientos contactos. Y un solo amigo.

—Como me hayas llamado a estas horas para hablar de trabajo, mañana te llevo en metro —gruñó Marcus al cuarto tono—. ¿Qué demonios pasa, jefe?