Jefe, ¡te odio! Creo Capítulo 13
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Capítulo 13

Durante un rato, ninguno de los dos se movió.

Adrian seguía con la frente apoyada en el hombro de Ruby, respirando contra su piel, con el corazón golpeándole las costillas como si acabara de subir las cuarenta y dos plantas de la torre Langford por la escalera.

Ella tenía los brazos alrededor de su cuello y los dedos todavía enredados en su pelo.

Y entonces, poco a poco, dejaron de estarlo.

Adrian lo notó antes de entenderlo. Notó cómo los dedos de Ruby se soltaban de su nuca, cómo sus brazos resbalaban hasta sus hombros y cómo sus piernas, que un momento antes lo rodeaban como si no pensaran soltarlo nunca, aflojaban la presión.

La bajó al suelo con cuidado. En cuanto sus pies tocaron el suelo, Ruby se escurrió de entre sus brazos y empezó a tirar del vestido hacia abajo con las dos manos, sin mirarlo.

—Vete —dijo cuando encendió la luz.

Adrian se quedó con la mano a medio camino de la cremallera del pantalón.

—¿Perdón?

—Que te vayas.

Lo dijo sin levantar la voz y sin levantar la vista, concentrada en alisarse la falda del vestido como si fuera lo más importante que tenía que hacer aquella noche.

Adrian sintió que algo se le encogía en el estómago.

Lo primero que pensó, lo único que su cabeza fue capaz de pensar, fue que le había hecho daño. Había sido brusco. Mucho. Le había mordido el cuello, la había aplastado contra la pared, había perdido el control como no lo había perdido en toda su vida.

—¿Te he hecho daño?

—No.

—Ruby, mírame. —Le cogió la cara entre las manos—. Si te he hecho daño…

Ella se apartó.

—No me has hecho daño.

Al menos, no de esa manera , pensó Ruby.

Adrian le miró las manos. No se había tocado el pendiente. Decía la verdad. No le había hecho daño.

Eso tendría que haberlo tranquilizado. Pero no lo hizo, porque si no era eso, entonces no tenía ni idea de qué le pasaba.

Hasta que cayó en la cuenta.

No habían usado preservativo. Él, que llevaba uno en la cartera desde los diecisiete años, había perdido la cabeza de tal manera que ni siquiera se había acordado.

Normal que se enfadara. Tenía toda la razón del mundo.

Y la culpa era solo de él.

—Estoy limpio —dijo.

—No es…

—Te juro que estoy limpio —la interrumpió—. Te enseñaré los últimos análisis. No he estado con nadie desde hace meses. Y nunca, jamás, había estado con nadie sin… —Se pasó una mano por el pelo—. Joder, Ruby, nunca había perdido así la cabeza.

—¡Joder, Adrian, que no es eso! —estalló ella.

—¡Entonces qué es, maldita sea! —gritó él, perdiendo también los nervios. Se dio cuenta enseguida y bajó la voz—. Ruby… Mierda, lo siento.

Dio un paso hacia ella. Ruby retrocedió otro.

—Adrian, vete.

—No. —Negó con la cabeza—. No me voy a ir así. Vamos a hablar. Por favor.

Alargó la mano hacia ella.

Y Ruby volvió a poner distancia entre los dos.

—No me toques.

—Ruby…

—Vete, Adrian.

Adrian buscó algo en su cara. Cualquier cosa. Una pista, una grieta.

No encontró ninguna.

—Hace un minuto… —empezó.

—Ya sé lo que ha pasado hace un minuto. Estaba ahí.

—Entonces dime qué ha cambiado.

—Cierra al salir —fue todo lo que dijo ella antes de entrar en una habitación y cerrar la puerta.

Adrian se quedó plantado en mitad del salón, mirando la puerta cerrada. Apretó la mandíbula hasta que le dolió.

No lo entendía. Y si había algo que Adrian Langford no soportaba en este mundo era no entender algo.

Hacía apenas cinco minutos, aquella mujer gritaba su nombre como si se le fuera la vida en ello. Y ahora no podía ni mirarlo a la cara. Ni permitía que la tocara.

Lo echaba de su casa como a un fontanero que había terminado el trabajo.

¿Qué demonios había hecho mal?

Furioso con ella, consigo mismo y con el mundo entero, hizo lo único que Ruby le había pedido. Lo único que no le apetecía en absoluto hacer.

Cogió su abrigo del suelo, salió y cerró la puerta.

Con bastante más fuerza de la necesaria.

Sentada en el suelo del baño, con la espalda apoyada en la bañera, Ruby oyó cerrarse la puerta de la calle.

Y solo entonces se permitió respirar.

Se abrazó las rodillas y cerró los ojos con fuerza, aunque no sirvió de mucho. Detrás de los párpados seguía viéndolo, con aquella cara de no entender nada.

La primera vez en dos años que había visto a Adrian Langford asustado.

Había estado a punto de dejar que se quedara, incluso de pedírselo. De dejar que la abrazara, de llevarlo al dormitorio, de dormirse encima de su pecho como una idiota.

Y por eso lo había echado.

Porque, en cuanto se le pasó el fuego y el corazón volvió a latirle a un ritmo humano, la pregunta llegó sola.

¿Por qué?

¿Por qué un hombre que en dos años no se había fijado en ella, que no le había dado ni los buenos días, que ni siquiera se acordaba de su cumpleaños, de repente le compraba entradas de cine, la llevaba a cenar, la cogía de la mano en la ópera y la miraba como si fuera lo único que existía?

Ruby sabía la respuesta. La había sabido desde el principio.

«¿Y si lo hago?».

Eso le había dicho él. Que lo haría. Que le devolvería la vida, punto por punto, para que se quedara. No le había mentido. No la había engañado. Se lo había dicho a la cara, en su despacho, con todas las letras.

Y lo estaba cumpliendo con la misma eficiencia implacable con la que cerraba cualquier operación.

Y aquella noche, el último punto de la lista. Con intereses de demora.

Ella lo sabía. Lo había sabido todo el tiempo. Era un trato, y el trato lo había propuesto ella, aunque no fuera su intención.

Porque no lo era, ¿verdad?

Claro que no. Ella no le había soltado aquella lista esperando, en el fondo, que él se la tomara como un reto. Sexo incluido.

¡Por supuesto que no!

Pero se había metido tanto en el juego que se le había olvidado.

Se le había olvidado qué buscaba él de verdad.

Había empezado a creerse que todo aquello era para ella. Para Ruby. No para su asistente.

Y se lo había creído la muy tonta.

Se rio. Una risa corta, sin ninguna gracia, que le sonó horrible en el silencio del baño.

Lo más absurdo era que la culpa era suya. Llevaba toda la vida volviéndose imprescindible para que nadie se marchara. Organizar, resolver, anticiparse, estar siempre ahí, para que nadie pudiera permitirse perderla.

Y le había salido tan bien que Adrian Langford estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de no perder a su asistente.

A cualquier cosa.

Incluso a acostarse con ella.

¿Cómo iba a saber ahora si la deseaba a ella o a todo lo que ella hacía por él?

No podía. Y esa duda dolía más que cualquier respuesta.

Porque ella sí lo había deseado. A él. No al jefe, ni al hombre que firmaba las nóminas, ni al que nunca sabía qué carpeta era la roja oscura.

A él.

Al que comía hamburguesas de madrugada porque no podía dormir, al que se había visto una película de moda para entenderla, al que la había mirado en la puerta del portal como si se le hubiera olvidado respirar.

Y si dejaba que se quedara, que la abrazara, que se durmiera en su cama, acabaría creyéndoselo del todo.

Se convencería de que también la deseaba a ella.

Y el día que descubriera que no, que solo había sido otro punto tachado de una lista, que el trato se había cumplido y ella se había quedado por la razón equivocada…

No. Eso no.

Ruby apoyó la frente en las rodillas.

Ella sabía cómo terminaban las historias con hombres para los que era imprescindible. Lo había aprendido con siete años, mirando una puerta que no volvió a abrirse.

Esta vez, por lo menos, la puerta la había cerrado ella.