Jefe, ¡te odio! Creo Capítulo 12
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Capítulo 12

Ruby no sabía muy bien cómo habían terminado cogidos de la mano de camino al coche.

Tampoco sabía por qué habían seguido así durante el trayecto, con Adrian conduciendo con una sola mano y entrelazando los dedos con los suyos en cada semáforo, ni en qué momento habían decidido que soltarse era una idea terrible.

Pero allí estaban.

Frente a la puerta de su apartamento, mirándose como dos idiotas, sin que ninguno pareciera capaz de encontrar algo medianamente inteligente que decir.

—Bueno… —Ruby señaló con el pulgar por encima del hombro, hacia la puerta—. Yo…

—Bien… —Adrian se aclaró la garganta y se llevó una mano a la nuca, un gesto tan poco habitual en él que Ruby estuvo a punto de sonreír.

—Sí…

Ella se mordió el labio inferior.

Y Adrian dejó escapar un gemido ahogado.

Llevaba toda la noche intentando comportarse como un caballero. Había mantenido las manos donde debía (bueno, en parte), había resistido cada una de sus provocaciones y hasta había conseguido sobrevivir a aquel maldito vestido rojo sin cometer ninguna indecencia en público.

Pero verla allí, mirándolo con aquellos ojos y mordiéndose el labio como si no tuviera la menor idea de lo que le estaba haciendo…

—A la mierda —gruñó.

Y hasta ahí llegó su fuerza de voluntad.

Le sujetó la cara entre las manos y la besó con tanta intensidad que a Ruby se le olvidó lo que iba a decir. Se quedó quieta apenas un segundo, lo que tardó en darse cuenta de que no quería estarlo.

Entonces lo agarró por las solapas del abrigo y tiró de él hacia sí, hasta que la espalda de ella chocó contra la puerta.

A partir de ahí, ninguno de los dos intentó contenerse.

Se besaron con la urgencia de quienes llevaban demasiado tiempo deseando aquel momento. Quizás no desde que se conocieron, porque durante buena parte de aquellos dos años Ruby habría preferido estrangularlo, pero sí desde mucho antes de que cualquiera de los dos estuviera dispuesto a reconocerlo.

Adrian la rodeó por la cintura y la atrajo hacia sí, haciendo que Ruby sintiera su erección contra el vientre. Ella respondió rodeándole el cuello con los brazos y pegándose todavía más a él, sin la menor intención de permitir que recuperara la distancia.

—Ruby… —murmuró él contra sus labios.

Y volvió a besarla antes de que pudiera contestar.

—¿Qué? —consiguió preguntar ella, entre un beso y otro.

—Las llaves.

—Las llaves —repitió Ruby, distraída, buscando otra vez su boca.

—Ruby. Hay que abrir la puerta.

Ah. Cierto.

Las llaves.

¿Dónde demonios estaban las llaves?

Ruby tanteó el bolso, luego los bolsillos del abrigo y, por último, miró al suelo. Allí estaban, a sus pies. Se le habían caído en algún momento de aquella demostración de absoluta madurez emocional y ninguno de los dos se había dado cuenta.

Adrian se agachó a recogerlas. Ruby aprovechó esos segundos para intentar recuperar la respiración y una mínima parte de su dignidad.

No recuperó ninguna de las dos.

Él abrió a la primera. Entraron sin despegarse y Adrian cerró la puerta con el pie, sin apartar la boca de la suya. Entre besos y movimientos torpes, consiguieron quitarse los abrigos, que acabaron en el suelo junto al bolso de Ruby.

El apartamento estaba a oscuras. Solo entraba la luz de la calle por la ventana del salón, suficiente para que Ruby distinguiera su cara y, con un poco de suerte, insuficiente para que él se fijara en el desorden del sofá o en los restos de la albahaca, que seguían junto a la ventana.

Aunque, sinceramente, aquella noche tenía preocupaciones bastante más urgentes que una planta muerta.

Como, por ejemplo, sentirlo dentro de ella.

—Quítatelo —gruñó, peleándose inútilmente con la hebilla de su cinturón.

Adrian le apartó las manos y empezó a desabrocharse él mismo el cinturón.

Ruby no esperó a que terminara y le metió la mano bajo la cinturilla del pantalón.

Adrian soltó un gemido ronco, apoyando la frente en la de ella cuando Ruby le agarró el miembro erecto para liberarlo.

—Ruby, por Dios… —Estaba a punto de correrse allí mismo.

—No puedo esperar.

Él tampoco. Ni un segundo más. Le subió el vestido rojo hasta la cintura, y se quedó inmóvil.

—Joder. ¿No llevas bragas?

—Pensé que te habías dado cuenta. —Ruby sonrió contra su boca—. Con todo lo que me has mirado esta noche.

Adrian le sujetó el trasero desnudo con las manos y la cogió en peso.

—Estaba yo para pensar —resopló Adrian. Ella le rodeó la cintura con las piernas—. Llevo desde que te vi con ese maldito vestido con toda la sangre en la polla. No me regaba el cerebro.

Y en ese momento tampoco, porque su erección rozaba el sexo de ella.

Húmedo.

Caliente.

—Pues sigue sin pensar —dijo Ruby—. Y fóllame.

No tuvo que decírselo dos veces. Adrian entró en ella de una sola embestida.

La espalda de Ruby chocó con la pared. Adrian interpuso la mano justo a tiempo para evitar que se golpeara la cabeza y, a la vez, para apoyarse.

—Dios, Adrian…

Él ahogó su gemido mientras volvía a comerle la boca, su cuerpo entrando y saliendo de ella, completamente frenético, poseído.

Completamente desatados.

—Joder, Ruby… —Le mordió el labio, la mandíbula y el cuello. Tan fuerte que seguramente le habría dejado alguna marca.

Pero es que no tenía ningún control en aquel momento.

Joder, aquella mujer lo tenía al límite.

—Voy a correrme —sollozó ella, casi sin poder respirar.

Pero quería más.

Necesitaba más.

Adrian aumentó el ritmo, la sostuvo en peso con uno de sus brazos y deslizó la otra mano entre ambos hasta rozarle el clítoris.

—Vamos a corrernos —murmuró él contra sus labios.

La acarició con tanta destreza que Ruby no tardó en gritar mientras se deshacía por completo. Adrian no necesitó más para dejarse ir y correrse dentro de ella.

Se quedaron allí, temblando, abrazados, apenas iluminados por la luz que entraba desde la calle. Los dos respiraban agitadamente, todavía incapaces de moverse, mientras una misma pregunta les rondaba la cabeza.

¿Qué coño acababa de pasar?