Capítulo 11
Cuando Ruby salió del edificio, Adrian estaba esperándola junto al coche, con una mano en el bolsillo del abrigo y el móvil en la otra.
Había llegado cinco minutos antes de lo acordado y había conseguido contener el impulso de avisarla inmediatamente, un ejercicio de paciencia que, en su opinión, merecía algún tipo de reconocimiento.
Levantó la cabeza al oír abrirse la puerta del portal.
Y se olvidó del teléfono. Y, durante un instante, hasta de respirar.
Ruby llevaba un vestido rojo.
¿El famoso vestido rojo?
Tenía que ser aquel, el mismo que había comprado para ir al cine y que había terminado quedándose en el armario, esperando una ocasión especial para estrenarlo.
Y allí estaba, por fin, ajustándose a su figura de una manera que estaba poniendo seriamente a prueba la capacidad de concentración de Adrian.
La había visto con vestidos otras veces, por supuesto. Pero aquella noche era diferente. Ruby no llevaba una carpeta bajo el brazo ni estaba pendiente de su agenda.
Y había elegido aquel vestido para salir con él.
Bueno, para ir a la ópera con él. Según Ruby, existía una diferencia fundamental entre ambas cosas.
Adrian estaba empezando a encontrarla bastante difícil de apreciar.
Llevaba el pelo suelto, cayéndole sobre los hombros en suaves ondas que se movían a cada paso. Tampoco iba especialmente maquillada. Un poco de color en las mejillas, los ojos discretamente resaltados y los labios pintados de rojo, a juego con el vestido.
Adrian se preguntó cuánto tiempo tardaría en estropearle aquel pintalabios si volvía a besarla.
Calzaba unos zapatos planos, elegantes y sencillos, que combinaban perfectamente con el conjunto.
Aquello no lo sorprendió. Si había algo que sabía de Ruby, aparte de su habilidad para discutir con él sin perder la sonrisa, era que los tacones no figuraban entre sus grandes pasiones.
Los utilizaba en determinadas ocasiones por obligación, pero se los quitaba en cuanto tenía oportunidad, y Adrian la había visto más de una vez regresar de algún evento empresarial con los zapatos en una mano y una expresión de absoluto odio hacia la persona que los había inventado.
En una mano llevaba un pequeño bolso y, sobre el antebrazo, un abrigo que todavía no se había puesto.
No había demasiados adornos, ni joyas llamativas, ni nada que pareciera elegido para impresionar. Y tal vez por eso mismo Adrian encontraba el conjunto todavía más atractivo.
Ruby seguía pareciendo Ruby, solo que aquella noche no estaba detrás de un escritorio ni tenía intención de recordarle que llegaba tarde a una reunión.
Estaba caminando hacia él.
Con aquel maldito vestido rojo.
—¿Qué? —preguntó ella al acercarse, algo desconcertada por la forma en que la miraba.
Adrian negó ligeramente con la cabeza, todavía incapaz de encontrar una respuesta que no lo dejara en evidencia.
Ruby bajó la mirada hacia su vestido, comprobando que todo estuviera en su sitio, y volvió a mirarlo.
—¿Qué pasa?
Años dirigiendo empresas y negociando contratos millonarios para terminar perdiendo el habla delante de una mujer con un vestido rojo.
—Nada —consiguió responder por fin.
Una respuesta brillante.
—Adrian, me has estado mirando raro desde que he salido del portal. Si tengo algo mal puesto, prefiero enterarme ahora.
—No tienes nada mal puesto —respondió—. Estás…
—¿Es demasiado? ¿Es eso? —lo interrumpió ella, volviendo a mirarse el vestido—. Porque puedo subir a cambiarme. Tengo otro que quizás sea más…
Ruby levantó la cabeza y lo examinó detenidamente, como si acabara de reparar en lo elegante que iba él.
Sus ojos recorrieron la corbata, descendieron por el pecho, se detuvieron un instante en la cintura y continuaron bajando antes de regresar, con una lentitud absolutamente innecesaria, hasta su rostro.
Adrian sintió que el pantalón empezaba a quedarle considerablemente más incómodo.
Joder.
Como siguiera mirándolo así, iba a tener que meter una mano en el bolsillo para recolocarse discretamente la erección que empezaba a crecer.
—¡No! —exclamó.
Aquel «no» iba también por la erección, aunque esa parte de su anatomía parecía bastante menos dispuesta que Ruby a obedecer sus órdenes.
Ruby parpadeó.
—¿No?
—No, no necesitas cambiarte —aclaró, recuperando como pudo la compostura—. El vestido es perfecto. Estás…
Volvió a mirarla.
Grave error.
El rojo le favorecía de una manera indecente.
—Preciosa —terminó—. Eso era lo que quería decir.
Entre otras muchas cosas que, por su propio bien, decidió guardarse.
Como que estaba sexy como el demonio. Que aquel vestido debería venir acompañado de una advertencia sanitaria. O que, si seguía mirándolo de aquella manera, corrían el riesgo de perderse el primer acto porque él iba a necesitar unos cuantos minutos para recordar por qué habían salido de casa.
Y eso sin entrar en las ganas que acababan de darle de besarla hasta dejarle el pintalabios completamente arruinado.
No. Definitivamente, preciosa era una palabra mucho más prudente.
Ruby sintió que le ardían las mejillas.
—Gracias —murmuró.
—De nada.
Y el muy desgraciado todavía sonreía.
Ruby habría querido decirle que dejara de hacerlo, pero tenía un problema bastante más urgente. Acababa de descubrir que le gustaba muchísimo que Adrian la mirara de aquella manera.
Y que, si era sincera consigo misma, había elegido aquel vestido precisamente porque esperaba conseguirlo.
Eso no es verdad, se defendió Ruby mentalmente.
Lo es.
—Tú también estás bastante bien —concedió.
Adrian arqueó una ceja.
—¿Bastante bien?
—No te vengas arriba. Llevas toda tu vida practicando cómo ponerte un traje. Alguna ventaja tenías que sacar.
Él sonrió, y Ruby tuvo que hacer un esfuerzo para no sonreír como una idiota.
—¿Nos vamos? —preguntó él, abriéndole la puerta del coche.
—Por favor. Antes de que sigas mirándome así.
Adrian no se movió.
—¿Así cómo?
Ruby se arrepintió inmediatamente.
—Como si estuvieras valorando si el vestido cumple tus exigencias de calidad.
Él bajó los ojos hacia la prenda y volvió a mirarla.
—Las supera ampliamente.
—¡Adrian!
Esta vez él se rio abiertamente.
Ruby entró en el coche negando con la cabeza, aunque no pudo evitar sonreír mientras se acomodaba en el asiento. Había conseguido salir de casa convencida de que aquella noche iba a comportarse como una mujer adulta, razonable y perfectamente capaz de controlar sus emociones.
Llevaba menos de cinco minutos con Adrian y ya estaba haciendo el ridículo.
Adrian estaba empezando a arrepentirse de haber llevado a Ruby a la ópera.
No porque la representación fuera mala. Todo lo contrario. La música era extraordinaria, las voces conseguían ponerle la piel de gallina incluso a alguien tan poco dado a emocionarse como él y la puesta en escena era espectacular.
El problema era que había llevado a Ruby a disfrutar de una noche inolvidable, no a llorar como si acabaran de comunicarle una desgracia familiar.
Al principio había sido una lágrima discreta, de esas que una persona podía fingir que eran consecuencia de una pestaña traicionera.
Después había venido otra. Y otra más.
Y, a aquellas alturas, Adrian empezaba a temer que la mujer sentada a su lado terminara deshidratándose antes de que bajara el telón.
—Ruby… —susurró, inclinándose ligeramente hacia ella.
—Chist.
Adrian cerró la boca.
Esperó unos segundos, pero cuando Ruby volvió a secarse una lágrima, decidió intentarlo otra vez.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Porque llevas un rato…
—Adrian, no hables —lo interrumpió ella en un susurro apremiante, sin apartar los ojos del escenario.
Él obedeció.
Durante aproximadamente medio minuto.
—Pero ¿qué te pasa?
Ruby se volvió hacia él con los ojos llenos de lágrimas y una expresión de indignación absoluta.
—¡Que la ama! —exclamó en un susurro desesperado.
Adrian parpadeó.
—Ya lo sé.
—¡Pues entonces!
—¿Entonces qué?
—¡Que es precioso, joder! ¡Y triste! ¡Y cállate, que me estoy perdiendo la ópera!
Adrian apretó los labios para no reírse.
Ruby volvió la atención al escenario, todavía indignada, y se secó otra lágrima con los dedos.
Adrian la observó de reojo.
Después miró el escenario.
Y volvió a mirarla.
Aquello era desesperante. No podía hablarle, no llevaba pañuelos y empezaba a sospechar que, si intentaba consolarla, Ruby lo acusaría de interrumpir uno de los momentos más importantes de su existencia.
Así que hizo lo único que se le ocurrió. Deslizó la mano sobre el reposabrazos que los separaba y dejó los dedos junto a los de ella.
Ruby bajó la mirada.
—¿Qué haces? —susurró.
—Nada.
—Eso no es nada.
—Estoy ofreciéndote la mano, Ruby.
Ella lo miró un instante, todavía con las mejillas húmedas.
—Pues haber empezado por ahí en vez de interrogarme.
Adrian estuvo a punto de reírse otra vez.
—Lo tendré en cuenta.
Ruby movió la mano hacia la suya y él, sin pensárselo dos veces, entrelazó sus dedos con los de ella.
Notó cómo Ruby se tensaba inmediatamente. Durante unos segundos, él temió que apartara la mano, que decidiera recordarle una vez más que aquello no era una cita.
Pero no lo hizo.
Al contrario. Cuando la música volvió a intensificarse, Ruby apretó suavemente su mano.
Adrian respondió a aquella presión y sintió que algo se le aflojaba en el pecho. Sonrió sin apartar la vista del escenario.
Qué absurdo. Ahora resultaba que le bastaba con cogerla de la mano para sentirse como un adolescente enamorado.
Un momento.
¿Enamorado?
Joder. Eso sí que no.