Capítulo 10 #2
Adrian estuvo a punto de responder que sí.
Que quería volver a besarla. Que llevaba toda la noche pensando en hacerlo y que tenerla allí, tan cerca, estaba convirtiendo una mañana de trabajo perfectamente corriente en una prueba de resistencia considerablemente más complicada que cualquier negociación que hubiera afrontado.
Pero Ruby acababa de pedirle que se comportaran con normalidad y, por una vez, Adrian Langford tenía intención de respetar lo que ella quería.
Aunque eso implicara dejarla marchar cuando lo que de verdad le apetecía era levantarse de la silla, acercarse a ella y comprobar si aquellos besos habían sido tan buenos como los recordaba.
—No, gracias. Eso es todo.
—Bien…
Ruby se dirigió hacia la puerta. Dio un paso, después otro y un tercero, procurando caminar con la naturalidad de una mujer que no llevaba toda la mañana pensando en besar a su jefe. Llegó hasta la puerta y levantó la mano hacia el picaporte cuando oyó su voz.
—Por cierto, Ruby…
—¿Sí? —respondió Ruby, volviéndose hacia él con una rapidez y un entusiasmo que la traicionaron por completo.
Adrian sonrió. No pudo evitarlo. Había pronunciado su nombre y ella había reaccionado como si llevara varios minutos esperando que volviera a llamarla.
Algo que, dadas las circunstancias, le resultó peligrosamente satisfactorio.
Ruby también pareció darse cuenta de su entusiasmo.
Estupendo. Muy discreta, Ruby. ¿No podías haberte vuelto un poquito más deprisa?
¿Qué iba a pensar? ¿Que no querías marcharte de su despacho? ¿Que estabas esperando que te pidiera quedarte?
¡O algo todavía peor!
Adrian apoyó la espalda en el respaldo de la silla, observándola con una sonrisa que empezaba a costarle disimular. Porque aquella no había sido la primera vez que la sorprendía mirándolo esa mañana.
A través de los cristales del despacho la había descubierto varias veces con los ojos puestos en él.
Y después estaba lo que acababa de ocurrir en su despacho. Las veces que sus ojos habían descendido hasta su boca, la manera en que había perdido el hilo de la conversación cuando él se acercó y aquel esfuerzo tan evidente por demostrar que los besos de la noche anterior no habían significado nada.
Adrian podía ser muchas cosas, pero idiota no era. O, al menos, no tanto como para no darse cuenta de que Ruby estaba teniendo tantas dificultades como él para comportarse con normalidad.
Y aquello, lejos de tranquilizarlo, empeoraba considerablemente su situación.
Porque una cosa era desear a una mujer convencido de que no tenía ninguna posibilidad con ella y otra muy distinta empezar a sospechar que aquella mujer también quería volver a besarlo.
Sobre todo, cuando la tenía delante, a pocos pasos, mirándolo con una mezcla de expectación y nerviosismo que le estaba poniendo a prueba la poca fuerza de voluntad que le quedaba.
—¿Tienes planes para mañana? —preguntó finalmente.
Ruby parpadeó.
—¿Para mañana? ¿Por qué?
—Por saberlo.
A Ruby aquello no le gustó nada. O le gustó demasiado, que era bastante peor.
—Adrian, no me estarás proponiendo una cita, ¿verdad? Porque creo que hemos dejado bastante claro que lo de anoche no significó nada y que no vamos a…
—Hay una representación de ópera mañana por la noche —la interrumpió él—. Recuerdo que querías ir.
Ruby cerró la boca.
Una ópera.
No una cena romántica, ni una invitación a su apartamento, ni ninguna de las cosas que su imaginación acababa de ofrecerle con una rapidez francamente preocupante.
Una ópera.
—¿Qué ópera?
Adrian se lo dijo y Ruby abrió un poco más los ojos. Conocía la obra. Había querido verla desde que se anunció su programación, aunque, por supuesto, había terminado descartando la idea porque ni siquiera sabía a qué hora iba a salir de la oficina.
—¿Y has comprado entradas?
—Todavía no.
—¿Cómo que todavía no? —preguntó Ruby, sorprendida.
Adrian arqueó una ceja.
—¿Esperabas que lo hiciera?
—¡Claro que no! —respondió demasiado deprisa—. Odio que organices las cosas sin consultarme. Es precisamente lo que llevo intentando explicarte desde ayer.
Mientras hablaba, se llevó la mano izquierda al pendiente y empezó a juguetear con él, un gesto tan automático que ni siquiera se dio cuenta de que lo estaba haciendo.
Adrian sí. Por supuesto que se dio cuenta.
Sonrió para sus adentros.
—Entonces he hecho bien en preguntarte —respondió, con una inocencia que no engañaba a nadie.
Ruby soltó el pendiente.
—Exactamente.
Ella se aclaró la garganta.
Tenía que decirle que no. Que dejara de hacer aquello, de intentar devolverle una vida que ya le había explicado mil veces que no podía recuperar.
Una entrada de cine no borraba dos años de planes cancelados, y una noche en la ópera tampoco iba a hacerlo.
Además, ya habían cometido la imprudencia de besarse, y lo último que necesitaba era pasar otra noche con Adrian Langford, descubriendo nuevas cualidades que hasta entonces había tenido la suerte de ignorar.
Tenía que negarse. Con educación, con firmeza y sin dar pie a ninguna discusión.
—El domingo tengo que madrugar —advirtió—. Voy a casa de mi madre y pienso salir temprano.
Magnífico. De todas las maneras posibles de rechazar una invitación, había elegido comunicarle a qué hora tenía que estar de vuelta.
—Lo recuerdo —respondió Adrian.
—Así que nada de alargar la noche hasta las tantas.
Él tuvo que hacer un esfuerzo considerable para no sonreír.
—Como tú quieras.
Ella entrecerró los ojos, desconfiando de aquella facilidad para darle la razón.
—Y esto tampoco es una cita.
—Por supuesto que no.
—Es una ópera.
—Una ópera —confirmó él, muy serio.
Ruby asintió, satisfecha de haber dejado las cosas claras. O de haberlo intentado, al menos, porque empezaba a sospechar que su capacidad para imponer límites se reducía considerablemente cada vez que Adrian le sonreía de aquella manera.
—Y sigo queriendo dimitir.
—Lo sé.
Ruby lo observó un instante, todavía desconfiada, antes de terminar asintiendo.
—Está bien. Me apetece ir.
Adrian sonrió.
—Entonces compraré las entradas.
—Pero nada de decidir también lo que tengo que ponerme.
—Ni se me ocurriría.
Mentira. Se le acababa de ocurrir. Y no porque tuviera intención de elegirle la ropa, sino porque imaginarla con un vestido de noche había llevado a su imaginación a preguntarse cómo sería quitárselo.
Una cuestión que, desde luego, no tenía nada que ver con la ópera.
Ruby abrió por fin la puerta, pero antes de salir volvió la cabeza.
—Y, Adrian…
—¿Sí?
—No sonrías así. No has ganado nada.
Él intentó borrar la sonrisa.
No lo consiguió.
—Como tú digas, Ruby.
Ella salió del despacho negando con la cabeza, aunque la sonrisa que llevaba en los labios tampoco desapareció hasta que llegó a su mesa.
Y Adrian, que había pasado buena parte de la noche preguntándose si volvería a besarla alguna vez, acababa de conseguir que aceptara pasar el sábado con él.
Ahora solo tenía que sobrevivir al resto del viernes sin hacer ninguna estupidez.
Lo cual, visto lo visto, empezaba a ser mucho pedir.