Capítulo 10
Ruby llevaba ocho minutos mirando un contrato sin enterarse de una sola palabra.
Uno de esos documentos que normalmente revisaba casi por inercia, comprobando fechas, importes, nombres y anexos, y asegurándose de que no faltara ninguna firma ni hubiera algún error capaz de provocar un desastre cuando llegara a manos de su jefe.
Dos años trabajando para aquel hombre le habían enseñado a detectar problemas antes incluso de que se produjeran, una habilidad bastante útil cuando tu jefe consideraba cualquier equivocación una ofensa personal.
Pero aquella mañana no conseguía pasar de la segunda página.
Y eso que ya había superado el momento que más temía. Aquella mañana, Ruby se había limitado a llevarle el café, dejarlo sobre su escritorio y salir del despacho antes de que pudiera surgir cualquier conversación que no tuviera que ver con el trabajo.
Y sí con lo ocurrido la noche anterior.
Joder, tenía un problema. Un problema que tenía treinta y cinco años, metro noventa, unos ojos grises que deberían estar prohibidos por alguna normativa de seguridad laboral y una boca que, hasta la noche anterior, Ruby había conseguido considerar únicamente una herramienta para darle órdenes.
Había besado a Adrian Langford.
¡Después de haber comido aros de cebolla!
Dos veces.
¡Las dos con sabor a cebolla!
Y la segunda había sido por iniciativa propia, porque, al parecer, después de treinta años de existencia, había decidido dejar de pensar con la cabeza y empezar a tomar decisiones con las hormonas.
No había pegado ojo en toda la noche. Se había acostado convencida de que estaba demasiado cansada para pensar en nada y, sin embargo, cada vez que cerraba los ojos volvía a encontrarse en el pasillo de su edificio, con las llaves en la mano y Adrian tan cerca que todavía podía recordar el olor de su colonia.
Había repasado el primer beso, el segundo y hasta aquellos segundos entre uno y otro, cuando él la había mirado esperando que fuera ella quien decidiera qué hacer.
Y había decidido besarlo otra vez.
¡Qué necesidad!
A las tres de la madrugada seguía despierta, intentando convencerse de que no había ocurrido nada extraordinario. Dos adultos solteros se habían besado después de pasar una noche agradable.
Ocurría todos los días. En Nueva York probablemente estaría ocurriendo en aquel mismo instante en miles de portales, ascensores y rellanos, sin que nadie considerara necesario convocar una reunión de emergencia.
La diferencia era que la mayoría de aquellas personas no tenían que presentarse a trabajar al día siguiente para organizarle la agenda a la otra.
Ni habían terminado la noche con una mano entre las piernas, teniendo que aliviarse solas porque un par de besos las habían dejado tan excitadas que resultaba imposible conciliar el sueño.
Sí, aquello también había pasado. Y Ruby habría preferido arrancarse una muela sin anestesia antes que reconocerlo delante de nadie.
Odiaba a Adrian Langford. Lo odiaba por haberle comprado aquella entrada de cine, por aparecer a su lado como si fuera lo más normal del mundo y por llevarla después a cenar, donde había cometido la imperdonable estupidez de resultar divertido, atento y hasta agradable.
Lo odiaba por hacer que empezara a verlo de otra manera, por besarla en la puerta de su apartamento y, sobre todo, por conseguir que fuera ella quien lo agarrara del abrigo para besarlo otra vez.
Como si no hubiera tenido suficiente con perder la cabeza una vez.
Pero lo que más la enfurecía era haber terminado en su cama, sola, imaginando lo que habría pasado si lo hubiera invitado a entrar.
Porque, joder, había deseado a su jefe. Había deseado que la tocara, que volviera a besarla y que no tuviera ninguna prisa por marcharse.
No. Lo deseaba. En presente. Y esa era la parte verdaderamente preocupante.
Ruby levantó la vista del contrato y miró hacia el despacho de Adrian. Seguía vacío. Había salido hacía un buen rato sin decirle a dónde iba, algo bastante poco habitual en un hombre que consideraba imprescindible que ella conociera hasta el último movimiento de su agenda.
En unos días dejaría de ser su asistente. Ya era hora de acostumbrarse a que su paradero no fuera asunto suyo.
Aunque aquello no impedía que llevara toda la mañana pendiente de su regreso.
—Ruby, ¿tienes los informes?
Ruby dio un respingo.
Adrian acababa de aparecer junto a su mesa, con la chaqueta puesta y una carpeta en la mano.
Llevaba las mangas de la camisa perfectamente abrochadas bajo los puños de la chaqueta y aquella expresión de absoluta normalidad que resultaba bastante ofensiva, teniendo en cuenta que ella apenas había pegado ojo por su culpa.
—¿Los informes? —repitió brillantemente.
—Los de los nuevos inversores. Tenemos una reunión dentro de una hora.
—Sí, claro. Los tengo aquí.
Adrian asintió.
—Tráemelos al despacho, por favor. Quiero revisarlos antes de la reunión.
—Ahora voy.
Ruby se quedó contemplando cómo se marchaba mientras pensaba que él le había hablado con absoluta normalidad.
Tal vez, para él, los besos no hubieran significado absolutamente nada.
La idea le produjo una molestia tan inmediata como injustificada.
Porque eso era precisamente lo que ella había dicho. Que no significaban nada. Que seguía queriendo marcharse. Y él había estado de acuerdo.
Así que estupendo.
Maravilloso.
¿A qué venía entonces aquella indignación porque Adrian Langford estuviera respetando exactamente lo que ella le había pedido?
Ruby cogió los documentos, se alisó el jersey y se dirigió al despacho. Antes de entrar, se detuvo para comprobar su reflejo en el cristal de la puerta.
Un momento… ¿Por qué demonios estaba mirándose el pelo?
Al verla entrar, Adrian levantó la cabeza.
Y Ruby cometió el error de mirarlo a los ojos.
Porque una cosa era contemplarlo desde su escritorio, protegido por unos cuantos metros de distancia y una puerta de cristal, y otra muy distinta tenerlo delante, a solas, sabiendo perfectamente cómo sabía su boca.
Adrian tampoco apartó la mirada enseguida.
—Buenos días —dijo ella, por decir algo.
Cruzó el despacho y dejó los documentos delante de él, procurando concentrarse en cualquier cosa que no fueran sus labios.
Adrian había dormido poco. Bastante menos de lo habitual, lo cual ya era decir en un hombre que consideraba cuatro horas de sueño una concesión extraordinaria a las necesidades del cuerpo humano.
Después de dejar a Ruby en su apartamento había vuelto a casa en el taxi, había subido a su ático, se había quitado el abrigo y había permanecido un buen rato de pie junto a las ventanas, mirando las luces de Manhattan sin ver absolutamente nada.
Porque no conseguía dejar de pensar en ella.
En la manera en que le había sonreído durante la cena, en sus conversaciones mientras paseaban y, sobre todo, en cómo lo había agarrado por las solapas del abrigo para besarlo.
Aquello último le estaba dando bastantes problemas.
Había besado a muchas mujeres. No era un adolescente y tampoco iba a fingir que no sabía lo que era desear a alguien.
Pero jamás había pasado tantas horas recordando un beso, intentando averiguar en qué momento exacto había perdido el control de una situación que, hasta no hacía mucho, consideraba perfectamente manejable.
Y ahora Ruby estaba allí, a menos de un metro de él, con el pelo recogido y aquella expresión profesional que utilizaba cuando necesitaba concentrarse en su trabajo.
Adrian miró los documentos.
La alternativa era seguir mirando su boca.
—He revisado las modificaciones que enviaron anoche —comentó ella—. Hay dos puntos que convendría aclarar antes de la reunión.
—¿Cuáles?
Ruby se inclinó ligeramente sobre el escritorio para señalar un párrafo.
Adrian siguió la dirección de su dedo y procuró prestar atención a lo que decía.
Lo consiguió durante aproximadamente cinco segundos, hasta que ella se acercó un poco más para pasar la página y un mechón de pelo se le escapó del recogido.
Olía a su champú. El mismo olor que había percibido cuando la besó.
Joder.
—¿Adrian?
Él levantó los ojos.
—¿Sí?
—Te estoy preguntando si quieres que incorpore la modificación.
—Sí. Por supuesto.
Ruby lo miró con sospecha.
—¿Cuál de las dos?
Adrian bajó la vista al documento.
Había dos modificaciones.
Naturalmente.
—La que consideres más adecuada.
Ella entrecerró los ojos.
—¿Desde cuándo?
—¿Desde cuándo qué?
—¿Desde cuándo dejas que decida una modificación contractual sin discutirla contigo durante veinte minutos?
Adrian se recostó en la silla.
—Confío en tu criterio, Ruby.
Aquello sí que era preocupante.
—¿Estás enfermo?
Él soltó una risa.
—Que yo sepa, no.
—¿Has desayunado?
—Sí.
—¿Dormido?
Adrian la miró.
—Algo.
Ruby dejó escapar un suspiro.
—Ya decía yo.
Él sonrió y, durante un instante, ambos se quedaron mirándose. Fue una tontería, apenas unos segundos, pero bastó para que el recuerdo de la noche anterior se instalara entre ellos con una falta de discreción francamente vergonzosa.
Ruby se fijó en su boca.
Adrian se dio cuenta. Y entonces cometió el error de sonreír un poco más.
Maldito fuera.
—Sobre lo de anoche… —empezó ella, enderezándose.
—¿Sí?
Ruby había ensayado aquella conversación varias veces durante el trayecto en metro. Había preparado argumentos razonables, establecido límites perfectamente claros y hasta imaginado algunas respuestas por si Adrian intentaba llevarle la contraria.
El problema era que ninguna de aquellas versiones incluía tenerlo delante, mirándola de esa manera.
—Creo que deberíamos comportarnos con normalidad —dijo finalmente—. Somos adultos. Sabemos separar las cosas y no hay ningún motivo para que esto afecte a nuestro trabajo.
—Estoy de acuerdo.
—Bien. Porque sigo teniendo intención de marcharme.
Adrian la observó unos segundos.
—Lo sé.
Otra vez aquellas dos palabras.
Ruby empezaba a cogerles manía.
—No quiero que interpretes lo de anoche como un cambio de opinión.
—No lo hago.
—Ni que pienses que voy a reconsiderar mi dimisión porque…
—Ruby.
—¿Qué?
—Lo he entendido.
Bien…
—¿Necesitas algo más? —preguntó ella.