Capítulo 9 #3
La situación se complicó cuando Ruby decidió que necesitaba probar las patatas de Adrian.
—Son las mismas —señaló él.
—Eso dices tú.
Sin esperar permiso, estiró la mano y cogió una de su plato. La probó, reflexionó unos segundos y asintió.
—Vale. Son las mismas.
—Qué alivio.
—Pero las tuyas están más crujientes.
—Ruby…
—Dame otra, que voy a comprobarlo.
Adrian apartó el plato unos centímetros.
—¿Siempre eres así?
—¿Así cómo?
—Insoportable.
Ruby abrió mucho los ojos.
—Perdona, ¿me estás llamando insoportable tú a mí?
—Es posible.
Ruby se echó a reír y Adrian volvió a acercarle el plato, resignado a perder unas cuantas patatas si con ello conseguía que siguiera mirándolo de aquella manera.
¿Y qué manera era aquella, exactamente?
No habría sabido explicarlo. Tenía algo que ver con cómo se le achinaban los ojos al reírse, con aquella sonrisa que parecía reservar para los momentos en los que se olvidaba de que él era su jefe y, sobre todo, con la naturalidad con la que lo miraba.
Sin estar pendiente de lo que él pudiera pedirle, sin prepararse para llevarle la contraria y sin aquella expresión de resignación que tan bien conocía.
Como si Ruby estuviera disfrutando de su compañía.
Idiota, ¿no?
Sí, debía de ser bastante idiota para sentirse tan satisfecho porque su asistente se estuviera divirtiendo durante una cena.
Pero lo verdaderamente preocupante era descubrir que conseguir otra de aquellas sonrisas empezaba a importarle mucho más que conservar las patatas de su plato.
Y que, por alguna razón que todavía no se atrevía a examinar demasiado, tampoco le importaría quedarse sin el resto de la cena si con ello conseguía que la noche durase un poco más.
Las puertas del ascensor se abrieron en la planta de Ruby y ambos salieron al pasillo. Adrian llevaba las manos en los bolsillos del abrigo y ella rebuscaba las llaves en el bolso.
El taxi esperaba abajo. Adrian le había pedido al conductor que aguardara unos minutos mientras la acompañaba hasta su apartamento, a pesar de que Ruby había insistido en que podía subir perfectamente sola.
Y ahora estaban los dos frente a su puerta, sin saber muy bien qué hacer.
—No era necesario que me acompañaras —dijo ella, sacando por fin las llaves—. Al menos, no hasta aquí.
—Lo sé.
Ruby asintió y miró la cerradura. Podía abrir, despedirse y dar por terminada aquella noche tan extraña. Era lo que correspondía hacer.
Sin embargo, seguía allí, con las llaves en la mano y Adrian a menos de un metro, esperando algo que ni siquiera habría sabido identificar.
—Lo de hoy… —empezó—. No significa nada.
—Lo sé.
—Que hayamos ido al cine, cenado juntos y todo eso. No quiero que pienses que he cambiado de opinión.
—No lo pienso.
—Sigo queriendo irme, Adrian.
—Lo sé, Ruby.
Había contestado en voz baja, sin apartar los ojos de ella.
Y lo peor era que no parecía enfadado ni dispuesto a discutir.
Se limitaba a mirarla con una expresión que Ruby ya había visto aquella tarde, en su despacho, justo antes de que le fallaran todas las respuestas ingeniosas que llevaba dos años perfeccionando.
Adrian dio un paso hacia ella, lo suficiente para que Ruby tuviera que levantar un poco la cabeza. Seguía sin tocarla, pero la cercanía hizo que se le acelerara el pulso de una manera francamente ridícula.
—Me alegra que lo tengas claro —murmuró ella.
—Clarísimo.
Una mentira considerable.
Adrian bajó la mirada hacia su boca y volvió a levantarla. Esta vez Ruby no tuvo que preguntarse si lo había imaginado.
—Entonces, ¿puedo hacer algo que tampoco signifique nada?
Ruby tragó saliva.
—¿Como qué?
Adrian sonrió apenas, pero no se acercó más.
—Creo que lo sabes.
Sí. Lo sabía. Y, por desgracia para su dignidad, llevaba pensando en ello desde que aquel hombre le había limpiado la salsa de la comisura de los labios en el diner.
Y desde muchísimo antes.
—Adrian… —susurró.
—Dime que no y me marcho.
Ruby debería haberlo dicho. Tenía una dimisión presentada y dos años de motivos para querer perderlo de vista. Cualquier mujer con un mínimo de sentido común habría abierto la puerta y le habría deseado buenas noches.
Pero, al parecer, el sentido común de Ruby había decidido tomarse el día libre.
—No diré que no.
Adrian levantó una mano y le rozó la mejilla con los dedos, dándole tiempo para apartarse.
Ruby no lo hizo. Adrian acortó la distancia que quedaba entre ellos y, cuando sus labios se encontraron, ambos comprendieron que llevaban toda la noche esperando aquello.
El primer beso fue suave, casi cauteloso. Duró apenas unos segundos, los suficientes para que Adrian se separara un poco y la mirase, como si necesitara asegurarse de que no acababa de cometer un error monumental.
—No, esto no significa nada —murmuró Ruby antes de agarrarlo por las solapas del abrigo para volver a besarlo.
Podían seguir repitiéndose que aquello no significaba nada, que solo eran dos adultos dejándose llevar y que al día siguiente todo seguiría exactamente igual. Podían inventarse todas las excusas que quisieran.
Pero los dos sabían que estaban mintiendo.