Capítulo 9 #2
Se volvió hacia la ventana y se quedó contemplando la Novena Avenida como si acabaran de inaugurar allí la octava maravilla del mundo.
Tenía las orejas rojas y un calor bastante más comprometedor extendiéndose por el cuerpo, aunque aquello último pensaba negarlo incluso bajo tortura.
Adrian dio un sorbo al batido. Uno muy largo, como si la vainilla pudiera ayudarlo a recuperar las facultades mentales que acababa de perder.
Fue Ruby quien rompió el silencio, decidida a recuperar una conversación en la que hasta hacía un momento había sabido desenvolverse perfectamente.
—Ahora te toca a ti.
—¿Me toca qué? —preguntó Adrian antes de darle un mordisco a su hamburguesa.
—Contarme algo de tu vida. Yo ya te he contado lo de mi padre, lo de Frank y hasta que quería ser Andy Sachs. Y de ti no sé prácticamente nada.
Adrian terminó de masticar, bebió un poco de su batido y lo dejó sobre la mesa.
—¿Qué quieres saber?
—No sé. Sorpréndeme. Algo que no sepa de ti.
Él se quedó pensativo.
Llevaba tanto tiempo limitando sus conversaciones personales a lo estrictamente necesario que, de repente, no tenía muy claro por dónde empezar.
Y tampoco entendía por qué estaba considerando contarle a Ruby cosas que rara vez mencionaba delante de nadie.
—Mi padre trabajaba dieciséis horas al día —dijo finalmente.
Ruby lo observaba con atención.
—Tenía una empresa de seguros. No era especialmente grande, pero era suya, y vivía para ella.
Se perdió todas mis funciones del colegio, todos mis partidos de rugby y casi todos mis cumpleaños.
Siempre había una reunión, un cliente o un viaje que no podía aplazarse.
—Adrian cogió una patata de su plato y la sostuvo distraídamente entre los dedos—.
Mi madre pasó años cenando sola, hasta que terminó cansándose.
—¿Se divorciaron?
—Cuando yo tenía doce años. Mi madre se casó después con un profesor de música, ya jubilado.
Ahora viven en Surrey, él cocina fatal y consigue hacerla reír incluso cuando se le quema la cena.
Voy a verlos por Navidad. Es una de las pocas ocasiones del año en las que me toman el pelo por prácticamente todo lo que digo.
El año pasado, además, cometí el error de cenar en Nochebuena con mi padre y su novia nueva, y mi madre todavía se ríe de mí por eso.
Ruby recordó aquellas visitas. Las había anotado en la agenda de Adrian durante los dos últimos años, procurando dejarle libres las fechas y organizando los desplazamientos como cualquier otro compromiso.
Nunca se le había ocurrido preguntarle cómo lo pasaba allí. Aunque, claro, tampoco había tenido ningún motivo para hacerlo.
Era su asistente, no su confidente.
—¿Y tu padre?
—Sigue trabajando dieciséis horas al día. —Adrian dejó la patata en el plato—. Hablamos un par de veces al año. Siempre me pregunta por la empresa.
—¿Y nunca por ti?
Adrian no respondió enseguida. Se limitó a encogerse ligeramente de hombros, como si aquella ausencia de interés fuera una costumbre tan antigua que ya no mereciera la pena cuestionarla.
Ruby lo observó en silencio. Conocía al Adrian que daba órdenes, al que revisaba personalmente los contratos y al que parecía incapaz de marcharse de la oficina mientras quedara una sola cosa pendiente.
No se había parado a pensar que pudiera existir alguna razón para que aquel hombre se exigiera tanto.
—Mi madre dice que me parezco mucho a él —añadió Adrian.
—¿Y tú qué dices?
—Que tiene razón.
Lo dijo sin dramatismo, con la misma tranquilidad con la que habría reconocido un error en un informe. Después volvió a coger su hamburguesa, dando a entender que no tenía mucho más que añadir.
Ruby bajó la mirada hacia su plato.
De repente, aquel «No quiero que te vayas» de esa misma tarde adquirió un significado que no había considerado.
Pensó en un niño acostumbrado a esperar a un padre que siempre tenía algo más importante que hacer, y se preguntó si Adrian habría aprendido demasiado pronto que, para conseguir la atención de alguien, primero tenía que volverse imprescindible.
Aunque también podía estar imaginándose cosas. Una conversación sobre padres ausentes no le daba derecho a ponerse a analizar la infancia de su jefe como si acabara de sacarse un título de Psicología por correspondencia.
Y, desde luego, no pensaba empezar a compadecerlo. Bastantes problemas tenía ya.
—Bueno, ¿y qué querías ser de pequeño? —preguntó, decidida a llevar la conversación hacia terrenos menos delicados—. No, espera, ¡déjame adivinar! Querías ser inspector de Hacienda. De esos que disfrutan encontrándole un centavo de diferencia a una declaración.
Adrian se recostó contra el respaldo y torció la boca en una mueca de fingida ofensa que Ruby encontró de lo más graciosa.
¿Graciosa?
Ruby, por el amor de Dios. Que ese hombre te haga gracia no significa que tengas que empezar a encontrarle encantadora hasta la manera de poner morritos.
—No recuerdo haber querido ser nada en particular —respondió él.
—¡Venga ya! No me lo creo.
—Es verdad —insistió Adrian antes de darle otro mordisco a su hamburguesa.
—Todos los niños quieren ser algo. Astronautas, veterinarios, cantantes, bomberos… Yo quería trabajar en una revista de moda. ¿Tú nunca quisiste ser otra cosa?
Adrian dejó de masticar un instante. No era una pregunta difícil, al menos en apariencia, pero hacía tanto tiempo que nadie le preguntaba algo semejante que tuvo que rebuscar entre recuerdos a los que llevaba años sin prestar atención.
—Bueno, puede que sí… —admitió finalmente—. Me gustaba construir cosas.
Ruby parpadeó, sorprendida.
—¿Como qué?
—Edificios. De pequeño dibujaba planos. Podía pasarme horas diseñando rascacielos imposibles y calculando cuántas plantas tendrían.
—¿En serio?
—En serio.
Adrian bajó la mirada hacia su plato con una sonrisa algo cohibida, como si acabara de confesarle una afición infantil particularmente vergonzosa.
Joder, ¡pero si era adorable!
No, Ruby. No. Por ahí no.
—¿Y qué pasó? —preguntó, procurando recuperar el sentido común.
Adrian se encogió de hombros.
—Descubrí que se me daban mejor los negocios.
—Eso no responde a mi pregunta.
Él la miró por encima del vaso.
—Te estás volviendo muy exigente.
—Llevo dos años aprendiendo del mejor.
Adrian sonrió, pero no respondió enseguida, y Ruby tampoco insistió. Había aprendido a reconocer cuándo alguien no quería seguir hablando de un tema, incluso si aquel alguien era su jefe y estaba acostumbrado a exigir explicaciones hasta por la desaparición de un clip.
—Supongo que terminé haciendo lo que se esperaba de mí —admitió él al cabo de un momento.
Ruby lo observó con más atención.
—Vaya. Entonces tenemos algo en común.
—¿El qué?
—Que ninguno acabó donde pensaba.
Adrian sostuvo su mirada. La diferencia, pensó, era que Ruby todavía parecía lamentar de vez en cuando el camino que no había tomado, mientras que él llevaba tanto tiempo recorriendo el suyo que apenas recordaba que alguna vez hubiera existido otro.
La conversación fue derivando hacia asuntos menos personales y, durante un rato, se dedicaron a comentar la comida y a discutir si los aros de cebolla necesitaban más salsa.
Ruby sostenía que sí y Adrian opinaba que estaban bien como estaban, aunque terminó utilizando la salsa extra que ella había pedido. Eso sí, sin reconocer en ningún momento que le gustaba más.