Jefe, ¡te odio! Creo Capítulo 9
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Capítulo 9

El sitio que conocía Adrian resultó ser un diner de la Novena Avenida, en pleno Hell’s Kitchen, con un letrero de neón al que le faltaba una letra. En lugar de «Sal’s», en la fachada ponía «al’s».

Ruby se detuvo en la acera, miró el local y después a Adrian, como si estuviera esperando que le dijera que se había equivocado de dirección.

—¿Aquí?

—¿Algún problema?

—Ninguno. Es que esperaba un restaurante con un nombre en francés y un camarero que me mirara mal por no saber pronunciarlo.

—Eso es los martes.

Adrian empujó la puerta antes de que Ruby pudiera decidir si estaba bromeando y una campanilla anunció su llegada.

Dentro olía a cebolla a la plancha, café recalentado y fritanga de la buena, de esa que se te queda impregnada en el pelo hasta el día siguiente.

Había mesas de madera, reservados de vinilo rojo y música de los ochenta, además de una barra donde un par de clientes cenaban sin levantar la vista de sus platos.

—Vale —admitió ella, mirando a su alrededor—. Empiezo a pensar que tienes buen gusto para algo que no sean los trajes.

—Intentaré que no se me suba a la cabeza.

Detrás de la barra, un hombre de más de setenta años, con el pelo blanco recogido en una coleta, un delantal lleno de manchas y un tatuaje de ancla en el antebrazo, levantó la vista de la plancha.

Tenía cara de no haber sonreído desde la guerra de Vietnam.

Y, teniendo en cuenta los años que aparentaba, tampoco era descartable que la hubiera vivido en primera persona.

—Langford.

—Sal.

—¿Lo de siempre?

—Lo de siempre.

Ruby se quedó con la boca abierta.

—¿Tienes un «lo de siempre» en un diner de Hell’s Kitchen?

Ella, que le reservaba restaurantes, organizaba sus comidas de trabajo y conocía de memoria sus alergias, sus manías y el punto exacto al que le gustaba la carne, no tenía ni idea de que aquel sitio existía.

Al parecer, Adrian Langford tenía una vida gastronómica clandestina de la que su asistente no había sido informada.

Sal se fijó entonces en ella y la examinó con cierta curiosidad.

—¿Y la señorita?

—Una hamburguesa con todo —contestó Ruby antes de que Adrian pudiera abrir la boca—. Con queso, bacon y cualquier otra cosa que tenga por ahí y que pueda meterse entre dos panes. Patatas fritas también. Y aros de cebolla, si tienen.

—Tenemos.

—Perfecto. Y un refresco de cola.

—¿Tamaño?

—Grande, por supuesto.

Sal la observó un instante más y asintió lentamente, con algo que, tratándose de aquel hombre, bien podía interpretarse como una muestra de respeto.

—Tu reservado está libre —dijo Sal.

Ruby se quitó el abrigo, lo dejó a su lado y se acomodó en el banco de vinilo.

—Explícame esto.

—¿El qué?

—Esto. —Ruby señaló a su alrededor—. ¿Desde cuándo vienes aquí?

—Desde hace años.

—¿Y cómo conociste este sitio?

—Marcus me lo recomendó.

Ruby levantó las cejas.

—¿Y tú hablas con Marcus de hamburguesas?

—En ocasiones mantengo conversaciones sobre asuntos que no son de trabajo, Ruby.

Ella dejó escapar una risita.

—Perdona, es que cuesta imaginárselo. ¿De qué más habláis? ¿Del tiempo? ¿De fútbol? ¿De los sueños que teníais de pequeños?

—Principalmente del tráfico.

—Ah, eso ya me cuadra más —respondió ella, asintiendo con toda la seriedad del mundo.

Adrian no tuvo más remedio que reírse.

—Lo siento, es que no te imagino comiendo en un sitio así.

—¿Y dónde me imaginas?

—En restaurantes donde el camarero te explica durante diez minutos de qué granja viene la zanahoria y luego te cobra cuarenta dólares por ponerla en un plato.

Adrian arqueó una ceja.

—¿Cuarenta?

—Perdona. Sesenta. Había olvidado que eres rico. —Ruby echó otro vistazo al local, todavía intrigada—. ¿Y cuándo vienes, si se puede saber? Porque yo controlo todas tus comidas, todas tus cenas y casi todos tus desayunos.

Adrian tardó un momento en contestar.

—Cuando no duermo.

—Casi siempre, entonces —dijo Ruby, que conocía bien sus problemas de insomnio—. ¿Vienes solo?

Adrian enarcó las cejas y Ruby se apresuró a levantar una mano, como si pudiera retirar la pregunta antes de que él tuviera tiempo de interpretarla.

—Lo siento. Era simple curiosidad, no es que quiera saber nada de tu vida privada.

Para nada. ¿Por qué iba a querer saber con quién salía Adrian Langford a cenar de madrugada?

Aquello no era una cita y, por tanto, no tenía el menor interés en averiguar si él había llevado antes a otras mujeres a aquel mismo reservado. Ni cuántas.

Porque aquello no era una cita.

Ruby no sabía muy bien qué demonios era, pero una cita seguro que no.

Era… una continuación inevitable de los acontecimientos. Exactamente. Y no cambiaba nada de nada.

Bueno, tal vez cambiaba un poco su manera de verlo.

Porque aquella noche Adrian estaba diferente.

Llevaba el pelo más despeinado de lo habitual, vestía de manera informal y parecía mucho más relajado, como si, al quitarse el traje y la corbata, también se hubiera desprendido de buena parte de su insoportable personalidad.

Casi parecía otro hombre.

Pues claro que no era otro. Era Adrian Langford, su jefe. El mismo arrogante del que llevaba tiempo intentando deshacerse. Que ahora estuviera sentado frente a ella, con un jersey que le sentaba indecentemente bien y una expresión mucho menos severa, no cambiaba absolutamente nada.

—Sal es buena compañía —comentó Adrian, sacándola de sus pensamientos.

Por fortuna. Porque su cerebro estaba empezando a meterse en terrenos bastante poco recomendables.

—Sal no ha dicho más de diez palabras desde que hemos entrado.

—Por eso.

Por alguna razón, aquello le pareció a Ruby una de las cosas más tristes que había oído en mucho tiempo.

Adrian, que pasaba el día rodeado de gente y tenía dinero suficiente para cenar en cualquier restaurante de Nueva York, encontraba agradable la compañía de un hombre con el que apenas necesitaba hablar.

Antes de que pudiera decidir qué pensar de aquello, Sal apareció con dos platos y los dejó sobre la mesa sin demasiadas ceremonias.

El de Ruby era una auténtica montaña. Una hamburguesa enorme, con el queso fundido desbordándose por los lados, varias tiras de bacon que sobresalían del pan y una generosa ración de patatas fritas acompañada de tantos aros de cebolla que casi necesitaban su propio plato.

Ruby no perdió el tiempo. Cogió la hamburguesa con ambas manos, calculó por dónde podía darle el primer mordisco sin desmontarla y hundió los dientes en ella.

Se le escapó un gemido de satisfacción.

—Madre mía —murmuró, todavía masticando.

Sal, que había permanecido junto a la mesa esperando el veredicto, levantó una ceja.

—¿Buena?

Ruby alzó el pulgar, demasiado ocupada disfrutando del primer bocado para responder. El hombre esbozó algo que, en su caso, podía considerarse una sonrisa de oreja a oreja y regresó detrás de la barra.

Adrian, por su parte, había pedido una hamburguesa mucho más sencilla, sin queso ni bacon, con una hoja de lechuga y una rodaja de tomate. Y, junto al plato, tenía un enorme batido de vainilla.

Ruby miró el batido. Después lo miró a él.

—¿Un batido de vainilla?

—¿Qué tiene de malo? —preguntó Adrian, con un tono ligeramente defensivo.

Ruby sonrió. Había algo francamente divertido en descubrir que aquel hombre, capaz de intimidar a una sala llena de ejecutivos con solo levantar una ceja, parecía dispuesto a defender su batido como si le hubieran cuestionado una decisión empresarial.

—Nada. —Cogió un aro de cebolla—. Es que llevo dos años creyendo que te alimentabas de café solo y del sufrimiento de tus competidores.

—Los domingos, sí.

Ruby soltó una carcajada. Joder, si hasta tenía sentido del humor. Aquella noche estaba resultando mucho más desconcertante de lo previsto.

Decidió dejar de darle vueltas y volvió a atacar la hamburguesa.

Adrian, en cambio, se entretuvo observándola.

No podía decirse que Ruby comiera con especial elegancia, pero tampoco parecía importarle demasiado. Sujetaba la hamburguesa con las dos manos, cerraba los ojos al saborear algún bocado especialmente bueno y se inclinaba sobre el plato para evitar que el queso terminara en su jersey.

En un momento dado, una hebra de queso fundido quedó colgando del pan y ella la recogió con el dedo antes de llevársela a la boca, tan concentrada en su cena que ni siquiera reparó en que Adrian había dejado de prestar atención a la suya.

Nunca la había visto disfrutar de algo con tan pocas reservas. Y, aunque habría sido incapaz de explicar qué tenía de interesante contemplar a una mujer comiéndose una hamburguesa, descubrió que tampoco le apetecía apartar la mirada.

Entonces Ruby se manchó de salsa.

—Tienes salsa —le advirtió, señalándose vagamente un lado de la boca.

Ruby cogió una servilleta y se limpió por el lado contrario.

—¿Ya?

—No. Al otro lado.

Ella se pasó la servilleta por la mejilla.

—¿Ahora?

—Tampoco.

Adrian volvió a señalarse los labios, pero lo hizo con tan poca precisión que no consiguió aclararle nada. Por alguna razón, estaba más pendiente de la boca de Ruby que de indicarle dónde tenía la maldita salsa.

Ruby lo miró por encima de la hamburguesa, empezando a perder la paciencia.

—Adrian, ¿quieres decirme dónde demonios tengo la salsa o vas a esperar a que me despelleje la cara?

Adrian alargó la mano por encima de la mesa sin pensárselo y le limpió la comisura de los labios con el pulgar.

Y los dos se quedaron inmóviles.

Fue apenas un segundo, aunque a ninguno de los dos se lo pareció.

Adrian tenía el pulgar todavía junto a la boca de Ruby, que había dejado de masticar y lo miraba con los ojos ligeramente abiertos, sorprendida por un gesto que ninguno de los dos consideraba normal.

Él reparó demasiado tarde en lo que acababa de hacer. En lo suaves que eran sus labios, en lo cerca que tenía la cara y en que, si no retiraba la mano inmediatamente, corría el riesgo de hacer alguna otra estupidez.

Apartó el pulgar y se lo limpió con una servilleta, dedicándole a aquella operación una concentración completamente desproporcionada.

—Ya está.

—Gracias —murmuró Ruby.