Capítulo 8
Cuando se encendieron las luces, Ruby tenía los ojos brillantes, el cubo de palomitas vacío y una sonrisa que hacía mucho tiempo que no se dibujaba en su rostro.
Adrian, en cambio, estaba serio. Acababa de ver una película entera sin enterarse de casi nada. Y no porque no hubiera prestado atención.
Había prestado muchísima atención. Solo que no a la pantalla.
Fuera hacía frío. Ruby se abrochó el abrigo hasta arriba y echó a andar. Y Adrian, que no había caminado sin rumbo en toda su vida, echó a andar a su lado.
Fue entonces cuando Ruby reparó en que Adrian no llevaba uno de sus habituales trajes de varios miles de dólares. Se había puesto unos vaqueros oscuros, un jersey negro de cuello redondo y un abrigo de paño que llevaba abierto.
Sin corbata, sin camisa blanca y sin aquella apariencia de ejecutivo dispuesto a despedir a alguien antes del desayuno, parecía casi un hombre normal.
Uno extraordinariamente atractivo, por desgracia, pero normal, al fin y al cabo.
Ruby se descubrió mirándolo un segundo más de lo necesario y volvió rápidamente la atención a la calle. Bastante había tenido con sus antebrazos como para empezar ahora con el resto del conjunto.
—¿Te fijaste en el vestuario? —soltó, porque hablar parecía mucho más seguro que dejar a su cerebro pensar por su cuenta—. Es que hay conjuntos que merecerían tener su propio nombre en los créditos.
Estupendo. De todos los temas posibles, había elegido precisamente la ropa. Su cerebro estaba haciendo un trabajo extraordinario.
—¡Y los de Miranda! Esa mujer podría ponerse una bolsa de basura y conseguir que pareciera alta costura.
Ruby hablaba tan emocionada que apenas podía quedarse quieta.
—Me ha gustado, aunque hay cosas que no me han convencido, ¿eh?
Lo de Andy volviendo a Runway , por ejemplo.
Entiendo que tenían que reunir a los personajes, pero después de todo lo que pasó en la primera película…
No sé, me habría gustado que se lo pusieran todavía más difícil.
Y hay algunas decisiones que me han parecido demasiado convenientes. Pero me da igual. ¡Por fin la he visto!
Adrian caminaba a su lado con las manos entrelazadas a la espalda, sin necesidad de intervenir.
Ruby le había hablado de agendas, de vuelos, de cifras y de inversores que no sabían comportarse en una cena.
Le había hablado con eficiencia, con ironía y, a veces, con ganas de estrangularlo.
Pero nunca la había visto tan absorta en algo que no tuviera nada que ver con su trabajo, con las mejillas rosadas por el frío y el moño medio deshecho mientras dibujaba vestidos en el aire.
—Aunque lo mejor ha sido volver a ver a Miranda —continuó Ruby—.
Es que da igual lo que haga esa mujer, tiene una presencia…
Y Meryl Streep, por favor. Podría pasarse dos horas leyendo la lista de la compra y yo pagaría la entrada igualmente.
—Se volvió hacia él—. Por cierto, sigo sin creerme que hayas visto la primera película esta tarde.
—He tenido que adelantar una reunión.
—¿La adelantaste para ver El diablo viste de Prada ?
—No quería llegar sin conocer los antecedentes.
Ella soltó una carcajada tan espontánea que Adrian acabó sonriendo también, aunque no estaba del todo seguro de qué había dicho para hacerle tanta gracia.
—Eres increíble.
—Eso me dicen.
—No siempre como un cumplido.
—También lo sé.
Ruby volvió a reírse, esta vez con ganas.
Adrian la observó mientras recuperaba el aliento, sorprendido al descubrir que nunca había conseguido hacerla reír así. Le había arrancado alguna sonrisa, desde luego, aunque casi siempre a costa de un comentario sarcástico. Pero aquello era distinto.
Y, por extraño que resultara, verla tan despreocupada le produjo una satisfacción que no supo muy bien cómo explicarse.
—Lo que tampoco entiendo es por qué Miranda se empeña tanto en controlar absolutamente todo —retomó Ruby cuando volvieron a caminar—.
Quiero decir, entiendo que quiera salvar la revista y mantener su posición, pero a veces parece incapaz de aceptar que las cosas cambian.
Aunque supongo que cuando llevas tanto tiempo mandando, cuesta bastante reconocer que no siempre tienes razón.
Adrian arqueó una ceja.
—¿Eso último iba por mí?
—¿Por ti? —Ruby se llevó una mano al pecho, fingiendo indignación—. Adrian, por favor. Estamos hablando de una mujer autoritaria, obsesionada con su trabajo y convencida de que el mundo entero debería adaptarse a sus horarios. No sé qué te ha hecho pensar que me refería a ti.
—Ni idea.
—Además, Miranda tiene muchísimo estilo.
—Ah.
—Y no obliga a su asistente a revisar contratos a medianoche.
—Ruby…
—Aunque eso último no puedo asegurarlo. No sabemos qué hará cuando nadie la ve.
Adrian negó con la cabeza, resignado, pero la sonrisa que se le había instalado en la boca no desapareció.
Ruby, satisfecha con haber ganado una discusión que él ni siquiera sabía que estaban manteniendo, siguió explicándole por qué consideraba que algunos personajes habían evolucionado mejor que otros.
Llevaban ya un buen rato caminando cuando ella se dio cuenta de que Adrian apenas había intervenido en la conversación. Lo miró de reojo y descubrió que, en lugar de prestar atención a los escaparates o al tráfico, tenía los ojos puestos en ella.
Ruby se interrumpió a mitad de una frase.
—¿Te estoy aburriendo? —preguntó, un poco avergonzada—. Lo siento, cuando algo me gusta hablo demasiado.
Adrian negó con la cabeza.
—No me estás aburriendo.
Ruby lo miró con cierta desconfianza, como si sospechara que estaba siendo educado por algún motivo que todavía no había descubierto.
—¿Seguro?
—De verdad tenías muchas ganas de verla, ¿no?
Ruby sonrió y asintió.
—Muchísimas. No te imaginas cuánto. —Durante unos pasos pareció distraerse con algún recuerdo—.
La primera la vi con mi madre cuando era pequeña.
Bueno, tampoco tan pequeña. Tendría unos nueve años.
Fuimos a verla un sábado por la tarde y, al domingo siguiente, volvimos a verla.
Mi madre decía que Miranda era una explotadora y que ninguna mujer debería permitir que la trataran así. Yo, en cambio, quería ser Andy.
—La asistente.
—La mismísima Andy Sachs —Ruby se rio—. Aunque, si te soy sincera, lo que más me gustaba era su transformación.
Entrar en aquella revista, conocer a toda esa gente, llevar ropa preciosa…
Me parecía el trabajo más emocionante del mundo.
Durante años estuve convencida de que algún día trabajaría en una revista de moda de Nueva York.
Adrian la miró con interés.
—¿Y por qué no lo hiciste?
Ruby se encogió de hombros y dejó escapar una risita, sin demasiada amargura.
—Porque no siempre se cumplen los sueños, ¿no?
Él la miró un instante antes de responder.
—Supongo que no.
Ruby metió las manos en los bolsillos del abrigo y contempló las luces de los escaparates antes de continuar.
Porque sí, por sorprendente que pareciera, quería seguir hablando. Y no de reuniones, informes o asuntos pendientes, sino de ella misma.
Más sorprendente todavía era que quisiera hacerlo precisamente con Adrian Langford, el hombre del que quería librarse.
—Cuando terminé el instituto tenía unas cuantas ideas bastante bonitas sobre lo que iba a hacer con mi vida.
Algunas incluían vivir en un apartamento enorme, tener un armario lleno de zapatos y trabajar rodeada de revistas.
Pero en casa las cosas eran distintas. Mi madre había trabajado muchísimo para sacarme adelante y, aunque las cosas mejoraron cuando Frank, mi padrastro, llegó a nuestras vidas, tampoco es que nos sobrara el dinero.
Entre los dos se las apañaban bastante bien, pero yo no quería que tuvieran que pagarme una carrera.
Así que busqué algo que pudiera estudiar mientras trabajaba, algo que me permitiera conseguir un empleo estable cuanto antes.
Estudié, trabajé, fui aprendiendo cosas y terminé siendo bastante buena organizándole la vida a gente que no sabe ni dónde ha dejado las llaves.
Él ladeó ligeramente la cabeza.
—¿Va por mí?
—¿Tú qué crees?
Adrian sonrió.
—¿Y tu padre? —preguntó.
En cuanto vio que Ruby bajaba la mirada, se arrepintió.
—Lo siento. No pretendía entrometerme.
—No pasa nada.
—Ruby, no tienes por qué contestar.
Ella levantó los ojos hacia él y le dedicó una sonrisa pequeña, pero sincera.
—De verdad, no pasa nada. Mi padre se marchó cuando yo tenía siete años. Era inglés, conoció a mi madre, se enamoraron y durante una temporada supongo que fueron felices. Luego decidió que tenía cosas mejores que hacer.
Adrian no dijo nada.
—Mi madre nunca hablaba mal de él, ¿sabes? Eso era lo que más rabia me daba de pequeña. Yo quería que me dijera que era un idiota, que no nos merecía, que ojalá se le cayera el pelo. Cualquier cosa. Pero ella siempre decía que los adultos a veces tomaban decisiones que los niños no podían entender.
—Una explicación bastante generosa.
—Mi madre es así. Yo habría preferido la parte de que se le cayera el pelo.
Adrian soltó una risa breve, y Ruby sonrió también.
—Frank llegó unos años después —continuó ella—. Es un buen hombre, de esos que te preguntan si has comido, aunque acabes de levantarte de la mesa. Nunca intentó sustituir a mi padre, pero estuvo ahí para todo lo demás. Y mi madre… Bueno, mi madre se merecía que alguien cuidara de ella por una vez.
—Parece que lo quieres mucho.
—A Frank, sí. A los dos. Mi madre es capaz de llamarme cuatro veces seguidas para preguntarme si estoy abrigada, y Frank todavía me manda vídeos de perros haciendo tonterías como si acabara de descubrir internet.
Siguieron caminando. Adrian se dio cuenta de que habían ido acortando la distancia sin que ninguno de los dos lo decidiera, y de que ahora, de vez en cuando, el hombro de Ruby rozaba su brazo.
Ella no parecía notarlo.
Él no notaba otra cosa.
—¿Sabes qué es lo más absurdo? —añadió Ruby después de unos segundos—.
Que, cuando conseguí mi primer trabajo en una oficina de Manhattan, estaba encantada.
Me parecía que me había convertido en una persona importantísima.
Tenía una tarjeta de acceso, una mesa y hasta una impresora que podía utilizar sin pedir permiso.
—Se rio—. Mi yo de nueve años se habría decepcionado bastante al descubrir que no trabajaba en una revista de moda, pero mi yo de entonces estaba feliz porque podía pagar el alquiler.
—Lo has hecho bien.
Ruby volvió la cabeza.
—¿El qué?
—Tu trabajo. Lo has hecho extraordinariamente bien.
Ella pareció sorprendida. No porque Adrian nunca hubiera reconocido su eficacia, sino porque normalmente lo hacía diciendo que necesitaba que se ocupara de algo todavía más complicado.
—Vaya. ¿Eso era un cumplido?
—Sí.
—¿Sin un «pero» después?
—Sin un «pero».
Ruby lo observó durante un instante, buscando alguna señal de que estuviera bromeando. Como no encontró ninguna, se volvió hacia la calle con una sonrisa que no consiguió disimular del todo.
—Gracias.
Adrian inclinó ligeramente la cabeza, como si aquella respuesta fuera suficiente.
Y lo era.
No necesitaba añadir nada, ni convertir aquel momento en otra negociación sobre su dimisión. Estaba disfrutando de escucharla, de caminar a su lado sin tener que pensar en informes, reuniones o llamadas pendientes.
Habían avanzado un par de manzanas más cuando un ruido bastante poco discreto interrumpió la conversación.
Ruby se detuvo. Su estómago acababa de rugir con una contundencia que habría avergonzado a cualquiera que pretendiera impresionar al hombre que caminaba a su lado.
Ruby ni siquiera se sonrojó.
Y Adrian había compartido suficientes comidas de trabajo con ella para saber que no era precisamente de las que sobrevivían a base de ensaladas.
—Bueno —anunció, llevándose una mano al vientre—, creo que necesito comer algo. Las palomitas estaban buenísimas, pero mi estómago acaba de informarme de que no las considera una cena.
Adrian la miró y terminó soltando una carcajada.
Estaba acostumbrado a salir con mujeres que pedían una ensalada después de asegurar que no tenían demasiada hambre, que apartaban el pan de la mesa y que habrían preferido morirse antes que reconocer que les rugían las tripas en mitad de una cita.
—¿Qué te apetece? —preguntó él.
Ruby abrió la boca para contestar, pero se lo pensó mejor.
Un momento. ¿Desde cuándo estaban dando por hecho que iban a cenar juntos?
Y, sobre todo, ¿no estaría aquello relacionado con la dichosa lista?
—Espera. No tienes que invitarme a cenar, ¿eh? Eso no estaba en la lista —dijo con ironía.
Adrian puso los ojos en blanco.
—Te lo digo en serio. No quiero que empieces a compensarme cada cosa que no he podido hacer estos dos años, porque ambos sabemos que eso no puede ser. He venido al cine porque me apetecía ver la película, no porque haya aceptado ningún trato contigo.
Cuando terminó de hablar, Adrian se limitó a consultar su reloj.
—Si no eliges tú, elegiré yo.
—¿Me has escuchado?
—Perfectamente. Y ahora mismo tengo hambre.
Ruby entornó los ojos. Podría haber seguido discutiendo, desde luego, pero su estómago acababa de dejar bastante clara su postura sobre el asunto y, por una vez, estaba de acuerdo con Adrian en algo.
—Una hamburguesa —decidió finalmente—. Una de verdad, con queso, bacon y patatas fritas. Y si el sitio tiene aros de cebolla, mejor todavía.
Adrian sonrió.
—Conozco un lugar.
—¿Tienen aros de cebolla?
—Creo que sí.
—¿Y no hay que reservar con tres semanas de antelación ni ponerse zapatos de doscientos dólares?
—No.
Ruby asintió, satisfecha.
—Entonces vamos. Pero que conste que sigo enfadada contigo.
—No esperaba menos.
Echaron a andar, pero apenas habían dado unos pasos cuando Ruby levantó un dedo, como si acabara de recordar algo importantísimo.
—¡Ah! Y que quede claro que yo pago lo mío.
—Por supuesto… —respondió Adrian.
Por supuesto que no.
Pero tampoco pensaba discutirlo con ella. Al menos, no todavía.