Jefe, ¡te odio! Creo Capítulo 7
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Capítulo 7

Las siete menos cuarto.

No pensaba ir. Por supuesto que no.

¿Quién se creía Adrian Langford para decidir cuándo, dónde y a qué hora tenía que ir ella al cine? ¿Con qué derecho le compraba una entrada, se la mandaba sin consultarle y daba por hecho que iba a presentarse allí como una niña obediente?

Ni de coña.

Arrogante. Eso es lo que era. Un arrogante de manual, de los que creen que el mundo funciona con un chasquido de dedos y una tarjeta de crédito sin límite.

Y tan arrogante…

Porque, encima, había tenido la desfachatez de decirle que se quería acostar con ella.

Bueno. Bueno, bueno. A ver. Las cosas no habían sido exactamente así. Técnicamente, había sido ella la que le había pedido que le devolviera el sexo, con intereses de demora y todo, y él solo había dicho que, si lo dejaba, sí.

Que para el caso era lo mismo, ¿no?

No. No era lo mismo. Era peor.

Porque eso significaba que Adrian Langford estaba dispuesto a lo que fuera con tal de que no se marchara. A lo que fuera. A mandarle entradas de cine, a felicitarle el cumpleaños con dos años de retraso y a meterse en su cama, si hacía falta, como quien firma una cláusula más del contrato.

¿Tan imprescindible era? ¿Tanto miedo le daba quedarse sin asistente que era capaz de venderse así?

Aunque no la deseara.

Porque no la deseaba, claro que no. Eso estaba clarísimo. En dos años, Adrian Langford no había hecho absolutamente nada que le diera a entender lo contrario. Ni una mirada de más, ni un comentario fuera de lugar, ni un roce casual en el ascensor.

Nada.

La trataba con la misma pasión con la que trataba la cafetera italiana.

Bueno. Salvo aquella mirada a la boca de esa misma tarde, sentado en el borde del escritorio.

Pero eso no contaba. Seguro que se lo había imaginado.

¡Pues claro que se lo había imaginado!

Ruby se dejó caer de espaldas sobre la cama, todavía envuelta en la toalla, con el pelo mojado empapando la almohada. Había salido de la ducha hacía diez minutos y seguía allí tumbada, como si alguien le hubiera robado la capacidad de decidir qué ropa ponerse.

Giró la cabeza hacia el armario.

Lo había dejado abierto. Ella, que cerraba los cajones con la cadera de camino a cualquier sitio, había dejado la puerta del armario abierta de par en par.

Y ahí estaba, colgado al fondo, con la etiqueta todavía colgando de la manga.

El vestido rojo.

Se lo había comprado para el estreno, en una tienda de la Quinta Avenida que no se podía permitir, después de probárselo tres veces y de mirarse en el espejo del probador como hacía años que no se miraba.

Le quedaba bien. Le quedaba muy bien, en realidad.

Ajustado donde tenía que ajustarse, con la espalda un poco al aire y un escote que no era escandaloso, pero tampoco pedía perdón por existir.

Ruby se quedó mirándolo un buen rato.

La película que llevaba veinte años esperando. En una sala de verdad, con la pantalla enorme, el sonido envolvente y el olor a palomitas. No en el sofá, ni en el móvil, ni con un portátil abierto al lado por si acaso.

Ya que se iba a ir de todos modos, ¿no podía, al menos, aprovechar la entrada? La entrada y la película. Y lo que quisiera aprovechar.

Bueno. Todo no.

Se mordió el labio.

Y se dio cuenta de que se estaba mordiendo el labio pensando en él, que era justo lo que no tenía que hacer.

Se incorporó de golpe, con la toalla a punto de escurrírsele.

No. No iba a ir. Si iba, Adrian Langford pensaría que había ganado. Que bastaba con mandarle un correo para que ella hiciera lo que él quería. Que se podía comprar su tiempo, su tarde y su vestido rojo con una entrada de cine que, encima, había pagado con la tarjeta de la empresa, seguro.

Ni hablar.

Se levantó, cerró el armario de un portazo y se fue a buscar el pijama.

Aquella noche, Ruby pensaba quedarse en casa. Sola. Con el pelo mojado, una mascarilla de esas que dejan cara de asesina de película de terror y una tarrina de helado entera para ella sola.

Era su vida. Y por fin iba a hacer con ella lo que le diera la gana.

El cine no estaba completamente lleno, pero había gente.

Y no, no vamos a entrar en detalles sobre cómo una mujer que había decidido pasar la noche en casa con una mascarilla de asesina de película de terror y una tarrina de helado había acabado allí.

Baste decir que Ruby tenía sus motivos y que ninguno de ellos implicaba haber cambiado de opinión sobre su dimisión.

Encontró la fila siete sin problema y la butaca once, en el centro, justo donde le gustaba sentarse. Ni demasiado cerca, para no tener que mirar la pantalla como quien mira el techo de la Capilla Sixtina, ni demasiado lejos, para no perderse ni un detalle.

Se sentó y se quitó el abrigo, dejando al descubierto unos vaqueros y un jersey de punto gris.

No, no llevaba el vestido rojo. Seguía colgado en el armario, con la etiqueta puesta, esperando una ocasión que no hubiera organizado Adrian Langford.

Dobló el abrigo con cuidado y lo dejó en la butaca de al lado, la doce, que estaba vacía. Encima colocó el bolso.

Luego se acomodó con un cubo de palomitas tamaño familiar, saladas y con mantequilla extra, porque si iba a aprovechar la tarde, la iba a aprovechar bien, y un refresco XXL.

Lo colocó en el portavasos de su izquierda, se puso las palomitas sobre las rodillas y se recostó en la butaca con un suspiro que le salió de lo más hondo.

Más de dos años sin sentarse en un cine.

Y no había mirado el móvil ni una sola vez. Bueno, una. Pero solo para apagarlo.

Las luces se apagaron y la pantalla se iluminó con el primer anuncio, uno de un perfume en el que una mujer corría por una playa a cámara lenta sin que nadie supiera muy bien de qué huía.

Ruby se metió un puñado de palomitas en la boca y sonrió en la oscuridad.

Fue entonces cuando alguien se detuvo junto a su butaca.

—Perdona, ¿está libre?

Vaya suerte la suya.

Con medio cine vacío, aquel desconocido había tenido que sentarse precisamente a su lado.

Ruby odiaba a esa clase de gente que, pudiendo elegir entre un montón de butacas libres, decidía instalarse junto a otra persona.

¿Qué necesidad había? ¿Tan difícil era dejar un asiento de separación?

—Sí, sí, perdone —murmuró Ruby, sin apartar los ojos de la pantalla, mientras recogía a tientas el abrigo y el bolso de la butaca doce y los trasladaba a la diez, que también estaba vacía.

El desconocido se sentó a su lado. Olía bien. A madera y a algo cítrico, como a limón. Un olor caro, de esos que no se compran en el aeropuerto.

Un olor que le resultaba familiar.

Ruby se quedó muy quieta, con una palomita a medio camino de la boca. Luego giró la cabeza despacio, muy despacio, como en las películas de miedo cuando la protagonista ya sabe lo que va a encontrarse detrás.

Adrian Langford estaba sentado en la butaca doce, con el abrigo todavía puesto y la vista clavada en la pantalla, como si fuera lo más normal del mundo.

—¿Qué haces tú aquí? —susurró Ruby.

Buena pregunta.

De hecho, Adrian llevaba haciéndose exactamente la misma desde que había entrado en aquella sala y todavía no había encontrado una respuesta que no lo dejara como un completo imbécil.

Porque él mismo se había dicho que no debía ir. Se lo había repetido durante toda la tarde, incluso mientras compraba aquella segunda entrada que, por supuesto, no tenía ninguna intención de utilizar. La había comprado por si acaso.

¿Por si acaso qué?

Mejor no profundizar.

Después se había convencido de que podía acercarse al cine únicamente para comprobar si Ruby había aceptado su invitación. Entraría, echaría un vistazo, se aseguraría de que estaba allí y se marcharía antes de que ella pudiera verlo.

Un plan sencillo, discreto y perfectamente razonable, salvo por el pequeño detalle de que no tenía absolutamente nada de razonable presentarse en un cine para comprobar si tu asistente había utilizado una entrada que le habías regalado.

Pero Adrian había decidido pasar por alto aquel detalle.

Entonces la vio. Y descubrió que no quería marcharse.

—Adrian —insistió Ruby, bajando todavía más la voz—. Te he preguntado qué haces aquí.

Él se volvió hacia ella y, antes de contestar, se desabrochó el abrigo. Se lo quitó con cierta dificultad, procurando no darle un codazo, y lo dobló sobre las rodillas, tomándose todo el tiempo del mundo para una operación que normalmente habría resuelto en dos segundos.

Cualquier cosa con tal de ganar unos instantes y encontrar una explicación medianamente convincente.

—He venido a ver una película —respondió finalmente.

Muy convincente, sí señor.

Ruby lo miró como si acabara de confirmar todas sus sospechas sobre el estado de su salud mental.

—Adrian…

—Tenías tantas ganas de verla que me dio curiosidad.

—¿TÚ? —La exclamación le salió bastante más alta de lo que pretendía. Carraspeó y bajó la voz—. ¿ El diablo viste de Prada 2 ?

—No pensaba empezar por la segunda —respondió Adrian, acomodándose en la butaca tras dejar el abrigo en la silla de al lado—. Esta tarde he visto la primera, entre dos reuniones.

—¿Que has visto la primera?

—Me ha parecido muy instructiva. La directora de la revista es una gestora excelente.

Ruby tosió tan fuerte que la señora de la fila de delante se volvió para dedicarle una mirada de pocos amigos.

—Shhh —le dijo Adrian, sin apartar los ojos de la pantalla.

—No me mandes callar.

—Va a empezar.

Ruby lo fulminó con la mirada, pero él ni siquiera se dio por aludido. Al cabo de unos segundos, sin embargo, Adrian volvió la cabeza y reparó en su ropa, recorriéndola con la mirada desde el moño deshecho hasta las zapatillas que solía reservar para los domingos.

—No te has puesto el vestido rojo.

—Esto no es un estreno. Y tú no eres mi cita.

—Lo sé.

Y, con toda la tranquilidad del mundo, Adrian Langford alargó la mano y cogió un puñado de palomitas de su cubo, como si llevara toda la vida haciéndolo.

Ruby todavía estaba procesando semejante atrevimiento cuando él cogió también su refresco XXL del portavasos de la izquierda y lo trasladó al que había entre ambas butacas, a la derecha de Ruby.

—Desde aquí llegamos los dos —explicó, satisfecho con su solución.

Ruby se quedó mirando el refresco. Después, las palomitas. Y, finalmente, a aquel hombre que acababa de instalarse a su lado, apropiarse de sus provisiones y comportarse como si compartir bebida con ella fuera la cosa más natural del mundo.

Dos años trabajando para Adrian Langford y jamás lo había visto compartir ni un bolígrafo.

Y ahora pretendía compartir pajita.

Aquello sí que era una película de terror.