Jefe, ¡te odio! Creo Capítulo 6
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Capítulo 6

Ruby empezó a sospechar que Adrian Langford se había propuesto convertirse en el jefe del año.

No le había pedido ningún informe de última hora, ni una llamada urgente, ni una presentación que necesitara para ayer. Se había limitado a trabajar en su despacho, atender un par de llamadas y, para desconcierto de Ruby, dejarla trabajar en paz.

Qué considerado por su parte.

Lástima que hubiera necesitado una carta de dimisión para descubrir que su asistente también tenía derecho a salir de la oficina antes de que cerraran los supermercados.

Ruby no se hacía ilusiones. Sabía perfectamente a qué venía aquel repentino cambio de comportamiento. Adrian creía que, si empezaba a tratarla como a una persona con vida propia, conseguiría que reconsiderara su decisión.

Pues iba listo.

Recogió los documentos de su mesa, apagó el ordenador y se levantó. Estaba metiendo un brazo en la manga del abrigo cuando le vibró el móvil en el bolsillo.

Resopló y miró hacia el despacho, hacia quien estaba segura de que era el culpable.

El culpable no la miraba. Estaba muy concentrado en la pantalla de su ordenador. Claro que sí, para no parecer culpable.

¿Qué iba a mandarle ahora? Lo raro habría sido que la dejara marcharse sin un anexo cinco, un informe urgente o un «¿Dónde está el dosier de Milán?».

Sacó el móvil del bolsillo. Un correo de Adrian Langford.

¡Si es que lo sabía!

Lo abrió con un suspiro tan lastimero que bien podría haber pasado por un sollozo.

No había asunto. Solo un archivo adjunto y una línea.

«Fila 7, butaca 11».

Ruby abrió el archivo.

Era una entrada de cine. Una sola. El diablo viste de Prada 2 , en una sala del Upper West Side que, por lo visto, la reponía esa misma semana. Para la sesión de esa misma tarde.

Se quedó mirando la pantalla del móvil, con un brazo dentro del abrigo y el otro fuera, como un espantapájaros a medio montar.

Luego volvió a mirar hacia el despacho.

Adrian seguía sentado a su mesa, leyendo algo en el ordenador, como si no acabara de mandarle nada a nadie.

Ruby terminó de ponerse el abrigo, cruzó el pasillo en cuatro zancadas y abrió la puerta del despacho sin llamar.

Adrian ni siquiera levantó la cabeza cuando la vio entrar.

—¿Sí, Ruby?

Ella cerró la puerta y avanzó hasta su escritorio, sujetando el móvil entre dos dedos como si contuviera pruebas de un delito.

—¿Qué es esto?

Adrian levantó la vista.

—Un teléfono.

—No empieces —le advirtió—. Te estoy hablando de la entrada para el cine.

—Ah. Eso. Pues una entrada para el cine, como bien has deducido.

—Ya sé que es una entrada para el cine.

—Entonces, ¿qué preguntas?

Ruby suspiró profundamente, dándose por vencida.

—¿Qué estás haciendo, Adrian?

—Ahora mismo, revisando un informe.

—Sabes perfectamente a qué me refiero.

Él se recostó en la silla.

—¿No querías ver esa película?

—Sí.

—¿No me dijiste que ya no estaba en cartelera?

—Sí, pero…

—Pues resulta que todavía la proyectan en un cine del Upper West Side. No todos los días, por lo visto. Solo un par de sesiones esta semana.

Ruby abrió la boca y volvió a cerrarla.

¿Desde cuándo sabía Adrian Langford cuántas sesiones tenía una película? Aquel hombre no iba al cine. Probablemente pensaba que las palomitas eran una empresa que cotizaba en Wall Street.

—¿La has buscado tú?

—No, Ruby. La entrada ha aparecido por generación espontánea en mi ordenador.

Ella apretó los labios.

—No hace falta que seas desagradable.

—Me has hecho una pregunta bastante evidente.

—¡Porque no entiendo qué estás haciendo!

Adrian enarcó las cejas.

—Estoy intentando devolverte una de las cosas que me pediste.

Ruby lo contempló durante unos segundos, incrédula.

—Yo no te pedí nada. No confundas las cosas.

—Dijiste que querías ver esa película y que no habías podido hacerlo, entre otras tantas cosas.

—¡Te estaba poniendo ejemplos para…!

—Pues he empezado por ese —la interrumpió.

Ruby se pasó una mano por la frente.

Estupendo. ¡Maravilloso!

Le había contado todo aquello para que entendiera por qué se marchaba y el muy idiota había decidido tomárselo como una lista de tareas pendientes.

—Adrian, escúchame bien, porque no pienso repetirlo. No te conté todas esas cosas para que fueras tachándolas de una lista. Te las conté para que entendieras por qué me marcho.

—Lo entendí.

—No, no lo entendiste. Si lo hubieras entendido, no estaríamos teniendo esta conversación.

—Ruby…

—No puedes devolverme esos dos años. No puedes darme las vacaciones que no disfruté, ni llevarme a los conciertos que me perdí, ni hacer que visite los lugares a los que nunca pude ir. No puedes retroceder el tiempo, Adrian. Y, por mucho dinero que tengas, tampoco puedes comprarlo.

—Ya lo sé.

—Entonces, ¿a qué viene todo esto?

—No quiero que te vayas, Ruby. Y lo sabes.

Ruby se quedó mirándolo, sin saber muy bien qué contestar. Había esperado otra discusión, alguna oferta disparatada o uno de esos argumentos con los que Adrian conseguía darle la vuelta a cualquier situación. Pero no aquello.

Por suerte, llevaba dos años sobreviviendo a aquel hombre y sabía recuperarse de sus golpes bajos.

—Pues llegas tarde.

—Me lo han dicho hoy más de una vez.

Adrian se levantó de la silla, rodeó el escritorio y se sentó sobre el borde, a poca distancia de ella. Ruby siguió sus movimientos con la mirada, preguntándose a qué venía aquel repentino interés por acortar distancias.

—No puedo devolverte los dos años que has perdido. Eso lo tengo claro. Pero puedo intentar compensarte por todos esos momentos. O, al menos, por una parte de ellos. Es lo que me pediste.

—No te lo pedí como una condición, Adrian. Era…

—Voy a intentarlo —la interrumpió.

Ruby negó con la cabeza, incrédula.

—¿De verdad vas a intentar devolverme mi vida?

Adrian asintió.

—Todo —aseguró—. El cine. Vermont. Los conciertos. La cerámica de los jueves…

Lo dejó ahí, esperando su reacción.

—No puedes…

—Las citas —añadió, deteniéndose en la palabra un segundo más de lo necesario.

Ruby lo vio venir. Como se ve venir el taxi que va directo al charco, demasiado tarde para apartarse.

No. No iba a decirlo. No podía ser tan descarado.

Adrian le sostuvo la mirada, y Ruby vio el momento exacto en que decidía que ya no tenía nada que perder.

—Y el sexo.

Lo dijo con el mismo tono que había usado para la cerámica. Como un punto más del orden del día.

Exactamente como se lo había soltado ella.

A Ruby se le olvidó respirar.

¿El sexo? ¿Había dicho el sexo? ¿En voz alta?

Vale, sí. El tema lo había sacado ella. Dos veces, para ser exactos. Con intereses de demora y todo. Pero una cosa era soltarlo ella, para escandalizarlo, y otra muy distinta que él lo recogiera del suelo y se lo devolviera como quien devuelve un contrato firmado.

¡Cómo se atrevía!

Tenía que mandarlo a la mierda. Eso era exactamente lo que tenía que hacer.

En lugar de eso, hizo algo mucho peor. Mirarlo. Y no precisamente a la cara.

Tenía las mangas de la camisa remangadas hasta los codos y se apoyaba con las manos en el borde de la mesa, a ambos lados de las caderas. Bajo la piel se le marcaban los tendones y aquellas venas que no tenían ningún derecho a resultar tan interesantes.

Ruby calculó, con una precisión que la alarmó, lo poco que le costaría a aquel hombre rodearle la cintura con esos brazos y levantarla del suelo.

Y sentarla en la mesa.

Otra vez la dichosa mesa.

Tenía la boca seca. Tragó saliva.

¿Otra vez los antebrazos? ¿En serio? Una vez podía pasar por un despiste, pero dos veces ya era un patrón. ¿Desde cuándo tenía ella un fetiche con los antebrazos? ¿O es que estaba perdiendo definitivamente la cabeza?

Lo segundo. Sin duda, lo segundo.

Aunque lo primero tampoco pintaba nada bien.

Levantó rápidamente la vista hasta su rostro y lo fulminó con la mirada, como si pudiera culparlo de todos aquellos pensamientos indecentes que, por supuesto, él había tenido la desfachatez de provocarle.

—¡Pero ¿qué dices?! —exclamó, escandalizada.

Y tenía razones de sobra para estarlo.

Adrian lo sabía.

De hecho, él mismo estaba bastante escandalizado consigo mismo.

Porque aquello no había sido más que un farol. Una provocación lanzada sin pensar demasiado en las consecuencias. En ningún momento había considerado seriamente la posibilidad de…

Bueno, vale. Sí que la había considerado. Más veces de las que estaría dispuesto a reconocer, incluso bajo tortura.

Pero una cosa era imaginarse a Ruby en su cama y otra muy distinta que ella llegara a enterarse.

Lo único que pretendía era hacerle entender que estaba dispuesto a pagar el precio que hiciera falta con tal de mantenerla a su lado.

Lo que no había previsto era aquella reacción.

¿Acababa de lamerse los labios mientras le miraba los brazos?

¿Y después se había mordido el inferior?

¿Qué demonios estaba pensando aquella mujer?

Y, ya puestos a preguntar, ¿qué demonios le pasaba a su polla?

Porque parecía haberse tomado aquella conversación bastante más en serio que él.

Cuando sus miradas volvieron a encontrarse, Adrian terminó de lanzar el órdago.

—Si me dejas —matizó él, con la voz extrañamente ronca.

Y bastante hacía con poder hablar. Su imaginación, que ya había demostrado tener muy poca vergüenza, acababa de ofrecerle una imagen de Ruby arrodillada frente a él, con aquellos labios rojos rodeándole la polla mientras lo miraba desde abajo y…

¡Joder!

¿Ese hombre le estaba mirando la boca? ¿A ella?

Ruby parpadeó, desconcertada.

Pero ¿qué demonios estaba pasando allí?

Fuera lo que fuese, tenía que ponerle fin antes de que alguno de los dos cometiera una estupidez.

Así que hizo lo más sensato que se le ocurrió.

Salió corriendo sin mirar atrás.