Jefe, ¡te odio! Creo Capítulo 5
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Capítulo 5

Las puertas del ascensor se abrieron al vestíbulo. Adrian esperaba encontrarse a Marcus fuera, con el coche en marcha y la puerta abierta, como siempre.

En lugar de eso, lo encontró apoyado en el mostrador de seguridad, con un café en la mano y muerto de risa con el vigilante.

Marcus Reed era un hombre de unos cincuenta años, grande como un armario empotrado, con la cabeza afeitada y brillante y un traje oscuro siempre impecable, que se movía por el tráfico de Manhattan como si los atascos, los taxis y los peatones suicidas no fueran con él.

También era una de las cuatro personas en el mundo a las que Adrian Langford no impresionaba lo más mínimo. Las otras tres eran sus padres y Ruby.

Marcus llevaba años trasladándolo de un lado a otro de Manhattan.

Conocía sus horarios, sus manías y sus cambios de humor, y tenía la desagradable costumbre de decirle exactamente lo que pensaba.

Sin filtros, sin rodeos y sin el menor interés por conservar las formas cuando consideraba que su jefe estaba haciendo el idiota.

—…veinte a que se va antes del próximo viernes —estaba diciendo Marcus—. Esa chica tiene más carácter que mi suegra.

—Tú apuesta, que luego lloras —contestó el vigilante.

Los dos vieron a Adrian a la vez. Marcus levantó el vaso de café a modo de saludo, sin molestarse siquiera en apartarse del mostrador.

El vigilante se limitó a cerrar un cajón con toda la calma del mundo.

—Hombre, ya era hora —dijo Marcus—. Estaba empezando a pensar que tendría que pedir la jubilación antes de que bajaras.

—Marcus, ¿no deberías estar esperando con el coche?

—Eso estaba haciendo. Esperar. Pero como tú no bajabas, he decidido hacerlo con un café. Mucho más agradable, te lo recomiendo.

Adrian decidió no discutir. Con Marcus, las discusiones solían terminar con alguna observación sobre sus horarios de trabajo, su incapacidad para desconectar o las pocas horas que dormía.

—Buenas tardes, señor Langford —saludó el vigilante.

Adrian se volvió hacia el vigilante y respondió con un leve movimiento de cabeza.

Llevaba años cruzando aquel vestíbulo. Años pasando por delante de aquel mostrador, de aquel hombre, y no habría sabido decir cómo se llamaba.

Bajó la vista a la placa dorada que llevaba prendida en el pecho.

«Earl Washington».

Ruby sí sabía cómo se llamaba. Ruby se paraba a hablar con él. Adrian la había visto más de una vez acodada en ese mismo mostrador, riéndose de algo que Earl le contaba, mientras él pasaba de largo con el móvil pegado a la oreja.

Nunca se había preguntado de qué hablaban.

Ahora sí.

Un hombre que se pasaba el día viendo entrar y salir a todo el edificio lo sabía todo. Quién llegaba tarde, quién se iba antes de hora, quién volvía de comer con los ojos rojos. Información de primera mano, sin filtros. Y a diez pasos de la puerta.

Cualquier analista medio decente habría identificado esa fuente el primer día.

Él había tardado cinco años. Y una dimisión.

—¿Quién se va antes del próximo viernes? —preguntó.

Aunque sabía de sobra de qué hablaban.

Marcus intercambió una mirada divertida con Earl.

—La señorita Sutter —dijo Earl—. Dicen en la planta cuarenta y dos que ha dimitido. Pero usted eso ya lo sabrá, digo yo.

—La gente dice muchas cosas.

—Y casi siempre acierta —contestó Earl.

—Sobre todo cuando la información sale de la propia interesada —añadió Marcus, dando otro sorbo a su café.

Adrian le lanzó una mirada.

—Una pena —dijo Earl—. El año pasado me consiguió un gato para mis nietos, de esa protectora del Bronx donde ayudaba. Se encargó de todo. Hasta me mandó una lista de lo que tenía que comprar.

—¿Ruby ayuda en una protectora? —preguntó Adrian, que no tenía ni idea.

—Ruby colaboraba allí los sábados. Cuando mis nietos empezaron a darme la lata con lo de tener un gato, me puso en contacto con ellos. Un encanto de animal, por cierto. Aunque tiene la mala costumbre de dormir encima de mi cabeza.

—¿El gato o sus nietos? —preguntó Adrian.

—El gato. Mis nietos, por lo menos, tienen la decencia de dormir en sus camas.

Marcus se echó a reír.

—¿Y ya no colabora con la protectora? —preguntó Adrian.

—Hace bastante que no. No tiene tiempo ni para pasarse a saludar a los animales. —Earl lo miró por encima de las gafas—. No sé por qué será.

Marcus asintió, sin molestarse en disimular que estaba de acuerdo.

Adrian sostuvo la mirada del vigilante. Le habría gustado discutir aquella insinuación, pero había algo que le interesaba bastante más.

—¿Algo más que deba saber?

Earl sonrió.

—Muchas cosas. Pero no se las voy a contar gratis.

—No le estoy pidiendo secretos.

—Entonces le diré algo que no lo es, porque lo sabe todo el edificio menos usted. —Earl se inclinó sobre el mostrador—. Que llega tarde, señor Langford. Muy tarde.

—Bastante tarde, sí —asintió Marcus.

Adrian encajó el golpe sin pestañear. Luego señaló el cajón con la barbilla.

—¿Cuánto hay en esa porra?

Ninguno de los dos se inmutó, como si dieran por hecho que el dueño de la torre tenía que acabar enterándose de todo lo que pasaba en ella, desde lo que se decidía en las reuniones hasta lo que se cuchicheaba en los baños.

Y era verdad. Adrian Langford sabía todo lo que pasaba en aquel edificio.

Todo menos lo que de verdad importaba, al parecer.

—Más de lo que usted se cree y menos de lo que va a haber esta tarde, en cuanto se corra la voz.

Adrian se volvió hacia su chófer.

—¿Has apostado, Marcus?

Marcus se encogió de hombros.

—Sí, jefe. Y, antes de que preguntes, no pienso arrepentirme.

—¿Cuánto? ¿Y a qué?

—Veinte dólares. A que se va antes del próximo viernes.

—¿Tan seguro estás?

—Hombre, seguro, seguro… Si lo estuviera, habría apostado cien.

—¿Y por qué crees que va a marcharse?

Marcus dejó el café sobre el mostrador.

—¿Quieres la respuesta educada o la de verdad?

—Sorpréndeme.

—Porque lleva dos años trabajando como una condenada y tú no sabes ni qué hace cuando sale de aquí.

Adrian apretó la mandíbula.

—Le pago muy bien.

—Y yo cobro por conducir, pero eso no significa que tenga que llevarte también a la cama y arroparte por las noches.

Adrian ignoró el comentario.

—¿Y usted, Earl?

—También he apostado veinte dólares, señor.

—¿A qué?

—A que se queda.

Adrian arqueó una ceja.

—¿Y por qué está tan seguro?

—Porque conozco a Ruby. Y porque, si usted fuera tan listo como dicen, ya habría averiguado qué necesita para quedarse.

Adrian decidió que aquel hombre le caía bien. Muy bien. Qué lástima no haberse dado cuenta antes.

—Quiero apostar —dijo, y sacó la cartera.

A Earl se le escapó una carcajada que resonó en todo el vestíbulo.

—Ni hablar. Usted no puede apostar, señor Langford.

—¿Ruby ha apostado?

Earl abrió la boca y la volvió a cerrar. Luego resopló.

Adrian no necesitó más respuesta. Sacó cinco billetes de cien dólares y los dejó sobre el mostrador.

Earl miró los billetes. Luego lo miró a él.

—¿A qué?

—A que se queda.

—Ya hay una apuesta a que se queda. La mía.

—Pues ahora hay dos.

Earl se lo pensó un momento. Luego cogió los billetes, abrió el cajón y sacó el sobre. Escribió algo y le dio la vuelta para que Adrian lo viera.

«Langford. Se queda. (Que Dios nos pille confesados). 500$».

Adrian echó un vistazo al sobre y, sin hacer ningún comentario, se dio la vuelta para marcharse. Ya había dado unos pasos cuando la voz del vigilante lo detuvo.

—Señor Langford…

Adrian se volvió hacia él.

—Esa chica necesita que alguien en esa planta se dé cuenta de que existe para algo más que para organizarle la vida a usted.

Adrian lo miró un momento. Luego asintió y salió a la calle.

Ya en el coche, Marcus lo miró por el retrovisor.

—Quinientos dólares —comentó Marcus mientras arrancaba—. Para alguien que presume de no perder nunca una negociación, has empezado apostando bastante fuerte.

—Conduce, Marcus.

—Eso hago. Hablar y conducir al mismo tiempo. Soy un hombre de muchos talentos.

Adrian decidió ignorarlo.

—¿Te pongo las noticias de la Bolsa, como siempre?

—No.

Marcus levantó la vista hacia el retrovisor.

—Si ni siquiera quieres saber cómo va la Bolsa, lo de Ruby es más grave de lo que pensaba.

Adrian sacó el móvil y empezó a teclear.

—¿Qué buscas? ¿Una sustituta? Porque te advierto que encontrar a otra mujer dispuesta a aguantarte va a llevarte bastante más de quince días.

—No estoy buscando una sustituta.

—Menos mal. Ya estaba pensando en pedir un aumento por tener que aguantarte de mal humor durante los próximos seis meses.

Adrian siguió mirando la pantalla.

—Marcus, ¿te importaría dejarme pensar?

—En absoluto. De hecho, me alegra que hayas decidido probar. Ya iba siendo hora.

Adrian levantó la vista y lo fulminó con la mirada a través del retrovisor.

Marcus sonrió.

—Vale, vale. Me callo. Pero si necesitas ayuda, ya sabes dónde estoy.

—Gracias, Marcus. Pero esto lo hago yo.

Y Adrian Langford, por primera vez en su vida, buscó la cartelera de los cines de Manhattan.