Capítulo 4
Adrian no conseguía quitarse la pregunta de la cabeza.
¿Cómo se le devolvía la vida a alguien?
La había abordado como abordaba cualquier operación complicada. Primero, reunir información; después, analizarla; por último, actuar. Un método sencillo que nunca le había fallado.
Hasta ahora. Porque se había quedado atascado en el primer paso.
¿Qué sabía, en realidad, de Ruby?
Sabía que tomaba el café con leche de avena.
Sabía que tenía dos tonos de rojo para las carpetas.
Para qué servía cada uno, ni idea. Sabía que llevaba tiempo en guerra con el vecino por culpa de una lavadora, porque una tarde se dejó en la impresora una tabla con los pros y los contras de comprarse una nueva.
La última columna se titulaba «¿Me odiará el vecino?
». Adrian la había leído entera antes de dejársela en la mesa sin decir nada.
Lo que no sabía era quiénes eran los Sundas.
Ni que hacía cerámica. Ni que quería un gato.
Dos años con ella a tres metros, y todo lo que sabía de Ruby lo había aprendido sin levantarse de la silla.
No era un dato que le gustara.
—Adrian, ¿tienes un minuto?
A media mañana, Linda, de Recursos Humanos, asomó la cabeza por la puerta con una carpeta apretada contra el pecho y la cara de quien entra en la jaula del león sin saber si el león ha desayunado.
Era una mujer de unos cuarenta años, menuda, con una melena rubia a la altura de la mandíbula y unas gafas de montura fina que se subía con el dedo cada vez que algo la ponía nerviosa.
Es decir, cada vez que tenía que entrar en aquel despacho.
Esa mañana se las subió tres veces antes de llegar a la mesa.
—Depende —dijo Adrian.
Linda tomó aire.
—Verás, es que me ha llegado un documento. De Ruby. Y no sé muy bien cómo… —Carraspeó—. Es una dimisión.
—Lo sé.
—Ah. —Linda se desinfló un poco—. Claro. Ya lo sabes.
—Me la ha dado esta mañana.
—Es que no me lo esperaba. Nadie se lo esperaba. Con lo bien que lo ha llevado siempre todo, con todo lo que te… —Se calló de golpe—. Quiero decir que es una pérdida enorme para la empresa.
—Termina la frase, Linda.
Linda se puso roja hasta las orejas.
—Nada, jefe. Que Ruby es muy buena en su trabajo.
—¿Y?
—Y que tiene mucha paciencia.
Adrian se la quedó mirando en silencio. Linda se subió las gafas por cuarta vez.
No hacía falta preguntar con quién.
—El caso —siguió ella, a toda prisa— es que me ha pedido que te la traiga para que la firmes.
—No.
Linda parpadeó.
—Pero… es una dimisión. En realidad no hace falta que tú…
—Tiene quince días de preaviso, ¿no?
—Sí.
—Pues tráemela dentro de quince días.
Linda abrió la boca y volvió a cerrarla.
—Lo que tú digas —murmuró antes de escabullirse.
En cuanto la puerta se cerró, Adrian volvió a lo importante.
¿Cómo demonios se le devolvía la vida a alguien? ¿Se podía, siquiera?
Quizás no. Pero podía intentarlo. Eso era lo que le había prometido a Ruby, ¿no? Intentarlo.
Frunció el ceño.
¿Desde cuándo se conformaba él con intentarlo?
En diez años de negocios, nadie le había pagado nunca por intentar nada. Le pagaban por resultados. Y él jamás se había conformado con menos.
Lo averiguaría.