Capítulo 3 #3
Adrian no era ningún mojigato. Había oído de todo en aquel despacho. Amenazas, súplicas y algún que otro insulto bastante creativo, casi todos salidos de esa misma boca. Pero aquello lo dejó clavado en la silla.
¿El sexo? ¿Le estaba reclamando el sexo como si fuera una factura pendiente?
¿Y cómo pretendía que se lo devolviera? ¿En efectivo? ¿A plazos?
Porque no estaría insinuando que tenía que encargarse él personalmente del reembolso. ¿O sí?
No. Imposible. Absurdo. Aunque, bien mirado, no se lo había exigido a la empresa. Se lo había exigido a él. Con nombre y apellidos.
Y con intereses de demora.
Ese fue su error, pensarlo. En cuanto la idea asomó la cabeza, su imaginación, que llevaba años comportándose como un jefe ejemplar, decidió cogerse el día libre.
Se sorprendió mirándole la boca. Esa boca pintada de rojo que tantas veces lo había puesto a parir y que, de repente, le parecía mucho más interesante ocupada en otra cosa.
De la boca bajó a la cintura que le ceñía el vestido azul marino, y calculó, con una precisión que lo alarmó, que le cabría perfectamente entre las manos.
Y, ya puestos a perder la cabeza, le entraron unas ganas absurdas de quitarle una a una las horquillas de aquel moño tan tirante. Solo para ver cómo le caía el pelo sobre los hombros. Solo para comprobar si, despeinada, seguía siendo igual de insoportable.
Adrian apartó la mirada de Ruby y la fijó en el vaso de agua caliente que descansaba sobre su escritorio, intentando recuperar la compostura. Porque una cosa era que su asistente hubiera perdido la cabeza y otra muy distinta que él se pusiera a imaginar cómo compensarla por dos años de abstinencia.
—Esa es la lista. La versión corta. No puedes devolvérmela, ¿verdad?
Adrian no dijo ni que sí ni que no. La verdad era que, en aquel momento, dudaba mucho que pudiera emitir sonido alguno sin parecer un gato al que acababan de pisarle la cola.
Así que consideró que lo más prudente era mantener la boca cerrada. Otra vez.
Y eso, para alguien que siempre tenía una réplica para todo, no dejaba de ser sorprendente.
Ruby suspiró, se levantó de la silla y recogió el abrigo y el bolso. Y, de paso, el vaso de agua caliente que seguía a la izquierda del teclado, justo donde le tenía prohibido dejar cualquier cosa que pudiera derramarse.
—Acepta mi dimisión, Adrian —dijo antes de encaminarse hacia la puerta.
Ya había hablado más de lo que pretendía y explicado mucho más de lo que le debía. Le había dejado claro que no existía aumento de sueldo ni oferta capaz de compensar todo lo que había perdido.
Y no pensaba seguir discutiendo el precio de una decisión que ya había tomado.
—¿Y si lo hago?
Ruby ya tenía la mano en el picaporte. Se giró despacio.
Adrian estaba de pie, con las manos apoyadas en el escritorio, y la miraba como miraba los contratos antes de firmarlos, buscando la letra pequeña.
—¿Si haces qué?
—Devolverte tu vida —dijo—. O intentarlo, al menos.
Ruby se rio. No pudo evitarlo. Le acababa de dejar la dimisión sobre la mesa y él ya estaba preparando la contraoferta.
—Claro. ¿Y el sexo también entra en el paquete?
Lo dijo con sorna. Lo dijo para zanjar la conversación. Lo dijo, sobre todo, sin pensar.
Y Adrian no se rio.
No frunció el ceño ni le soltó una de esas réplicas cortantes que siempre tenía a punto. Se limitó a ladear la cabeza, apenas un poco, como si la pregunta mereciera consideración.
Ruby notó cómo el calor le subía por el cuello.
Pero ¿qué le pasaba esa mañana? Ya había sacado el tema una vez, que ya era una de más, y ahora volvía a la carga como si no tuviera otra cosa en la cabeza. Cualquiera habría pensado que lo estaba provocando. Que, en el fondo, lo que quería era que él…
No.
Era su jefe. El hombre que le mandaba correos a las once de la noche con el asunto «Urgente».
Y ella era una profesional seria con un plan de pensiones y el vestido azul marino de las ocasiones importantes; y las profesionales serias no se imaginaban a su jefe aflojándose la corbata.
Ni desabrochándose el primer botón de la camisa.
Ni apartando de un manotazo todos los papeles de esa mesa…
¡No!
Ruby enderezó la espalda.
—Recursos Humanos tiene una copia de mi dimisión, Adrian. —Le salió una voz admirablemente firme—. Fírmala.
Y cerró la puerta antes de que él pudiera contestar.
Recorrió el pasillo hasta su mesa con la cara ardiendo y la dignidad intacta. Más o menos.
Acababa de colgar el abrigo y el bolso en el perchero cuando le vibró el móvil.
Adrian.
Claro. No había podido aguantarse. Ruby desbloqueó la pantalla preparada para cualquier cosa. Un recordatorio de la reunión de las once, un «Tenemos que hablar», un último intento de tocarle las narices antes del café.
Leyó el mensaje. Lo volvió a leer. A la tercera, se dio cuenta de que estaba conteniendo la respiración.
«Feliz cumpleaños».
Nada más. Ni un emoji, ni una exclamación.
Ruby se quedó mirando las dos palabras.
Así que ahora se acordaba. Ahora que dimitía, al señor Langford le entraban unas ganas irrefrenables de felicitarla.
Qué casualidad. Qué oportuno. Qué Adrian Langford.
Porque aquello no era una felicitación. Era una jugada. El primer movimiento de una partida en la que Ruby no pensaba participar.