Jefe, ¡te odio! Creo Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

—Y mis amigos me mandaron treinta y siete fotos del jacuzzi. En una habían escrito mi nombre en el vaho del cristal, con una carita triste al lado.

—El hotel también tenía jacuzzi.

—Sí, y piscina, gimnasio y spa. Me habría encantado conocerlos, pero estaba demasiado ocupada trabajando para ti.

Adrian recordaba aquel vuelo. Ruby se había pasado todo el trayecto con la frente pegada a la ventanilla, y él había pensado que le gustaba el paisaje. Ahora sabía que se estaba despidiendo del jacuzzi.

—¿Tiene que ser Vermont?

—¿Perdón?

—Que si tiene que ser Vermont o… —se interrumpió al ver la cara que le puso Ruby.

Una cara que conocía perfectamente. La que ponía cuando estaba considerando seriamente destriparlo y hacerse un collar con sus tripas.

—Devuélveme el concierto de despedida de los Sundas, que…

Adrian negó con la cabeza y levantó una mano, interrumpiéndola.

—¿Los qué?

Ella lo miró con una mezcla de lástima e incredulidad.

—Adrian, de verdad, tienes que empezar a escuchar algo que no sean las noticias económicas.

—Escucho música, Ruby.

—¿La de espera cuando llamas al banco?

Adrian entrecerró los ojos.

—¿Vas a explicármelo o no?

—Los Sundas. Un grupo de Brooklyn, dos discos buenos, uno regulero y el amor de mi adolescencia.

Era su concierto de despedida, tenía las entradas desde hacía cinco meses y acabé viéndolo en las historias de Instagram de mis amigos, desde aquí, a las once de la noche, porque necesitabas una presentación para el día siguiente.

Pues iba a estar complicado el asunto, sí.

—Devuélveme El diablo viste de Prada 2 .

Llevaba veinte años esperando la segunda parte.

Tenía nueve años cuando vi la primera en un cine de Queens que ya ni existe, y me la sé de memoria.

La segunda parte se estrenó en mayo. Había quedado con mis amigos para ir a verla el día del estreno y cenar después.

Incluso me compré un vestido rojo para la ocasión.

—¿Te compras ropa para ir al cine? —preguntó Adrian, sinceramente sorprendido.

—Teniendo en cuenta que salir de esta oficina y ver la luz del sol se ha convertido en un acontecimiento extraordinario, sí, Adrian, me compro ropa para ir al cine.

¡Toma zasca! Y de los buenos.

—Pero lo compré para nada —continuó ella—.

Porque a las siete de la tarde me pediste que revisara las condiciones de un contrato.

Cuando salí de aquí, mis amigos ya estaban pidiendo la cuenta.

Y luego, entre una cosa y otra, quitaron la película de los cines sin que me diera tiempo a verla.

El vestido sigue en el armario, con la etiqueta puesta.

—¿Y no has podido…? —Adrian estuvo a punto de preguntarle si no había tenido ocasión de estrenarlo en otro momento, pero la expresión de Ruby le aconsejó que no terminara la frase—. No, supongo que no.

—No, no he podido. Ni estrenar el vestido ni ver la película.

—Ya estará en alguna plataforma. Podrías haberla visto.

—¿Me estás proponiendo que vea sola, en el sofá, la película que llevo veinte años esperando? ¿Con el vestido rojo puesto, para amortizarlo?

Adrian decidió que aquella pregunta no necesitaba respuesta, sobre todo porque cualquier respuesta iba a empeorarlo.

—Quiero volver a cerámica los jueves —continuó Ruby—. Tengo un cuenco a medias desde septiembre del año pasado que, a estas alturas, ya no es un cuenco, es un fósil.

—No te imaginaba haciendo cerámica.

—¿Y por qué tendrías que imaginar nada? Si no me conoces.

¡Segundo zasca del día!

—Quiero ir a soplar las velas con mi madre y mi padrastro este fin de semana. ¿Sabes que el año pasado tampoco pude ir y que mi madre todavía tiene la tarta guardada en el congelador?

—No pensarás comerte eso —dijo él, horrorizado.

—¡Pues claro que me la comeré! Quiero comer tarta, salir a cenar, ir al teatro…

¿Sabes cuánto hace que no voy? ¿La ilusión que me haría ver una ópera?

¿Las ganas que tengo de viajar sin estar pendiente del puto móvil?

¡Si hasta meterme en una bañera llena de agua caliente, con sales, y quedarme allí hasta arrugarme como una pasa me parece un plan maravilloso!

Ruby apenas se detuvo para respirar. Ahora que había empezado, no podía parar.

Porque, joder, eran demasiadas las cosas que había dejado de hacer durante aquellos dos años.

—Quiero cocinar. ¡Hace tanto que no cocino! Quizás adoptar un gato… —Suspiró—. Un perro no, porque no tendría tiempo para cuidarlo, pero un gato… Y quiero tener citas.

Adrian frunció el ceño.

—¿Citas? —repitió, convencido de que debía de haber oído mal.

—Citas, Adrian. Con hombres. Aunque sean malas. Aunque me hablen de criptomonedas y quieran pagar el agua a medias. Quiero tener citas para aburrirme.

—No entiendo por qué querrías una cita mala.

—Porque sería mía.

Adrian no contestó.

—Ah, y la albahaca —añadió Ruby.

—¿Qué albahaca?

Ahora sí que se había perdido del todo.

—Mi albahaca. Murió en mayo. Por abandono.

—Eso no es culpa mía —se defendió rápidamente.

—¿La regaste tú? ¿No? Pues ya está.

Adrian abrió la boca para defenderse de un homicidio botánico, pero Ruby no tenía intención de dejarle hablar.

—Ah, y casi se me olvida lo más importante. —Ruby levantó un dedo, como quien añade el último punto del orden del día—. El sexo.

Silencio.

En cuanto la palabra se le escapó, Ruby deseó poder atraparla al vuelo y volver a metérsela en la boca.

¿Se puede saber qué haces? Has venido a dimitir, no a confesarte.

Había cosas que ese hombre no necesitaba saber, y su vida íntima, o la ausencia absoluta de ella, encabezaba la lista.

Por la cara de horror que puso Adrian, él tampoco tenía el menor interés en enterarse.

Fue esa cara la que la enfadó.

Y el arrepentimiento se le pasó de golpe.

A la mierda. ¿No había insistido tanto en saber por qué se iba? Pues que se aguantara.

—Quiero que me devuelvas todo el sexo que he perdido en estos dos años.

Kamikaze, sí. Pero una kamikaze con puntería.

—Con sus intereses de demora —remató—, que de eso tú sabes un rato.

Que se escandalizara. Que se pusiera rojo, que se atragantara, que llamara a Recursos Humanos si quería. Si él estaba incómodo escuchándolo, más incómoda estaba ella, que llevaba dos años con las piernas tan cerradas que, a ese paso, iban a tener que abrírselas con una palanca.