Jefe, ¡te odio! Creo Capítulo 3
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Capítulo 3

De vuelta al despacho…

—No la acepto.

Ruby se quedó mirándolo, esperando a que añadiera algo.

Él se limitó a acomodarse en la silla, como si destruir el documento le hubiera ahorrado el trámite de discutir su contenido.

—¿Perdón?

Adrian sabía que lo había oído perfectamente. Solo estaba dándole la oportunidad de rectificar.

Él no pensaba aprovechar la oportunidad.

—Tu dimisión. No la acepto —repitió innecesariamente, a su parecer.

—Te he oído. Estoy dándote la oportunidad de decir algo menos estúpido.

—¿Hoy estás siendo generosa con los insultos? Me has llamado cosas peores.

Dictador, arrogante, prepotente, déspota, tirano, mandón, insoportable, engreído… Y alguna que otra cosa que mejor no reproducir.

—Y puedo volver a hacerlo, si te empeñas.

—No lo dudo.

—Entonces deja de darme motivos, Adrian.

—Claro, Ruby. Eres tú quien tiene que dármelos.

—Es una dimisión. No tengo que darte nada. Yo dimito —se señaló con el dedo— y tú la tramitas —añadió, señalándolo a él.

—En este caso, no. Tú no me das una razón válida y yo no tramito nada.

—Adrian…

—Ruby… —replicó él, imitando su tono—. Dime, ¿a qué viene eso?

—¿Lo de insultarte? Hombre, pues no sé. Te lo has ganado.

Adrian puso los ojos en blanco.

Ruby conocía perfectamente aquel gesto. Significaba que estaba perdiendo la paciencia, algo que no ocurría demasiado a menudo.

Aunque con ella hacía bastantes excepciones.

—Me refiero a esa estupidez que has traído contigo —aclaró Adrian—. Y suelta el bolso, por el amor de Dios, que no te lo voy a robar.

Ruby ni siquiera se había dado cuenta de que lo estaba sujetando con tanta fuerza. Aflojó los dedos.

—Siéntate —le ordenó él.

—Estoy bien de pie.

Adrian levantó una ceja. Solo una.

Ruby también dominaba aquel lenguaje. Una ceja levantada era el primer aviso. Las dos eran una advertencia de que más le valía no seguir tocándole las narices.

De momento solo había levantado una, así que todavía estaban a tiempo de evitar una discusión.

Y como Ruby no tenía intención de empezar una guerra por una silla, dejó el bolso en una de las dos situadas frente al escritorio, se quitó el abrigo y lo colocó encima. Después se sentó en la otra.

En el borde, eso sí. No fuera a pensar Adrian que tenía intención de quedarse mucho tiempo o que había cambiado de opinión respecto a su dimisión.

—No vas a marcharte sin que hablemos primero.

—Para eso he venido. Si hubiera querido ahorrarme la conversación, te habría enviado un correo.

—También podrías haberme dicho que había un problema antes de entregarme tu dimisión.

—Y tú podrías haber esperado a oírme antes de romperla, pero aquí estamos.

Ruby se cruzó de brazos.

—Dimito, señor Langford. No es una propuesta. Tienes quince días para buscarme sustituta.

Señor Langford.

Adrian tenía un diccionario de Ruby, y en dos años le había dado tiempo de sobra a completarlo. Si lo llamaba Adrian, todo iba bien. Si lo llamaba «jefe», con retintín, le estaba perdonando algo. Si lo llamaba «señor Langford» a solas, alguien iba a salir mal parado.

Y normalmente era él.

—¿Motivos? —preguntó Adrian.

—En una dimisión, los motivos no importan.

—En esta, sí. ¿Quién?

—¿Quién qué? —preguntó, desubicada.

—¿Quién te ha ofrecido más?

Por supuesto. Para Adrian Langford, el mundo se dividía entre las cosas que tenían precio y las cosas a las que todavía nadie se lo había puesto, y si alguien se marchaba era porque otro había pujado más alto.

—Nadie.

—Ruby. —Había una advertencia en su voz.

—Bueno, miento. —Sacó el móvil del bolsillo del abrigo, buscó el mensaje y lo dejó sobre la mesa, girado hacia él—. Esta noche me han hecho una oferta. A las doce y un minuto, nada menos. Léela, que no lleva anexos.

Adrian bajó la vista y leyó.

—¿Una clínica dental?

—La primera en felicitarme. Cumplo treinta años, y lo primero que me ha dicho el mundo es que llevo veintiséis meses sin hacerme una limpieza. Desde antes de trabajar para ti. Haz la cuenta, que a ti los números se te dan bien.

Adrian no necesitaba hacer ninguna cuenta.

Tampoco necesitaba que nadie le recordara qué día era.

A las once y cincuenta y ocho de la noche anterior había abierto un correo nuevo, había escrito «Feliz cumpleaños» y lo había borrado.

Luego lo había vuelto a escribir con el nombre de Ruby detrás y también lo había borrado, porque un «Feliz cumpleaños, Ruby» a medianoche parecía algo, y él no le escribía a su asistente nada que pareciera algo.

A la tercera había probado con «Muchas felicidades», que sonaba a tarjeta de tía abuela, y a las doce y tres, harto de sí mismo, le había mandado el anexo cuatro.

No pensaba contárselo. Antes muerto.

—Pide cita —dijo, devolviéndole el móvil—. Tómate la mañana.

—Qué generoso. ¿Y cuándo, exactamente? Mi agenda es la tuya, así que dímelo tú.

—Entre los alemanes y la comida con el fondo de Boston tienes una hora libre.

—Esa hora es para leer el anexo cuatro.

—¿No lo has leído?

—No.

Adrian la miró como si acabara de anunciarle que la Reserva Federal había cerrado por vacaciones.

—Lo abriste a las doce y cuatro. Me llegó la confirmación.

—Lo abrí. Abrir y leer no es lo mismo. Tú abres mis informes todos los días y los lees los jueves.

Adrian decidió que aquello no merecía respuesta, sobre todo porque no tenía ninguna.

—Te subo el sueldo —dijo entonces.

—¿Cuánto?

—Un treinta por ciento.

—Que sea un cincuenta. Así podré permitirme un apartamento más grande en el que no vivir.

Adrian apretó la mandíbula.

—Más vacaciones.

—Tengo doce días pendientes del año pasado. Si me das más, voy a tener que empezar a coleccionarlos.

—Podrías cogerlos cuando quisieras.

—Como cuando me fui a Cancún, ¿no? Qué vacaciones tan bonitas. Todavía tengo las fotos, casi todas de la pantalla del portátil.

Él se pasó una mano por el pelo oscuro, un gesto que solía indicar que empezaba a sentir que estaba perdiendo la batalla.

—Contrataré a alguien que te ayude.

—Estupendo. ¿Y quién le va a enseñar a hacer mi trabajo?

—Tú, evidentemente.

—¿Y quién hará el mío mientras tanto?

Adrian abrió la boca y volvió a cerrarla.

Ruby esperó un momento, por si estaba preparando alguna respuesta brillante, pero no hubo suerte.

—No necesito más dinero, ni más vacaciones que no voy a poder disfrutar, ni a alguien a quien enseñar a trabajar para ti —dijo—. Y tú no necesitas entender por qué me voy.

—Oh, créeme que lo necesito.

Por supuesto. Porque Adrian Langford tenía que entenderlo todo, decidirlo todo y, si era posible, salirse siempre con la suya.

—No puedes aparecer un día y decirme, de buenas a primeras, que te vas.

Adrian iba a decirle que tampoco podía ignorar sus mensajes ni rechazar sus llamadas, pero decidió no echar más leña al fuego.

Aunque eso no significaba que se le hubiera olvidado. Se lo tenía guardado.

—¿Qué quieres, Ruby?

—No quiero nada.

Y, mientras lo decía, se llevó la mano al pendiente izquierdo.

Adrian miró la mano. Luego la miró a ella, a los ojos.

Ruby era capaz de mentirle a un senador sin que le temblara la voz y de sostenerle la mirada a un inversor furioso sin pestañear, pero tenía un punto débil, y estaba en las manos. Cada vez que decía algo que no era verdad, se tocaba el pendiente. El izquierdo, casi siempre, porque era zurda.

Adrian lo había descubierto en una cena con unos inversores de Toronto, cuando ella les juró que el salmón estaba buenísimo y estuvo a punto de arrancarse la oreja.

Desde entonces era la entrada más valiosa de su diccionario de Ruby.

Ruby siguió la dirección de su mirada y bajó la mano de golpe.

Mierda. La había pillado.

Tenía aquella manía desde pequeña. Su madre decía que sabía si había roto un plato antes de que abriera la boca, solo por cómo se toqueteaba la oreja. Pero su madre la había tenido nueve meses dentro y la había criado treinta años.

Adrian Langford no.

¿Cómo demonios lo sabía él?

—Algo habrá.

Ruby pensó un momento antes de hablar.

—Quiero mi vida, Adrian.

—¿Qué?

—Mi vida. Eso es lo que quiero. La que tenía antes de que todo empezara a girar alrededor de ti. Quiero que me la devuelvas.

Adrian parpadeó.

Una vez.

Dos.

Una señal inequívoca de que se le acababan de fundir los plomos. Algo insólito en un hombre que siempre tenía respuesta para todo.

Pero aquella mujer lo había dejado completamente fuera de juego.

¿Que le devolviera su vida? Ni que la tuviera guardada en un cajón.

Además, ahí estaba ella, vivita y coleando. Y dando por culo, para más inri.

Ruby le sostuvo la mirada como si acabara de hacerle una petición perfectamente razonable.

—¿Cómo pretendes que haga eso? —preguntó al fin.

—No lo pretendo. Sé que no puedes. Ergo… —Hizo un gesto con la mano hacia la papelera, donde habían terminado los restos de su carta de dimisión.

Adrian frunció el ceño.

—No me estás dando opciones, Ruby.

—Porque no estoy negociando contigo. Estoy dimitiendo.

Bueno, eso sería si él se lo permitía.

Y no pensaba hacerlo.

—¿Y qué es exactamente lo que quieres que te devuelva? —preguntó Adrian.

Ruby soltó un suspiro.

—No podrás hacerlo.

—Eso lo decidiré yo. Pero no pienso negociar en inferioridad de condiciones. Porque, créeme, Ruby, saldrías perdiendo.

Y no era un farol. Ruby lo sabía muy bien. Había presenciado demasiadas negociaciones como para poner en duda aquella afirmación.

—¿De verdad quieres saberlo?

Adrian asintió.

—Muy bien. Pues toma nota.

Iba a enterarse.

Adrian se inclinó hacia delante, apoyó los antebrazos sobre el escritorio y entrelazó los dedos, sin apartar la mirada de Ruby. Llevaba las mangas de la camisa remangadas hasta los codos.

Ella siguió el movimiento y, por un instante, se distrajo contemplando aquellos brazos fuertes, con las venas ligeramente marcadas bajo la piel.

Había que reconocer que el muy desgraciado tenía unos antebrazos estupendos.

Ruby levantó la mirada hacia su cara. En fin, a lo que había venido.

—Devuélveme febrero. Un fin de semana en Vermont, en una casa con chimenea y jacuzzi, alquilada entre seis y pagada por adelantado. Un día antes decidiste que tenía que acompañarte a Chicago.

—El cliente adelantó la reunión. —Tenía muy buena memoria.