Capítulo 2 #2
—Felicidades, guapa. Y manda a tu jefe a paseo, no te merece.
La señora del carrito asintió con vehemencia.
Ruby no supo si reírse o echarse a llorar. Optó por lo primero, porque llevaba rímel y no pensaba entrar en la planta cuarenta y dos con cara de haber llorado. Ni de broma.
La cafetería de la esquina de la Sexta Avenida con la calle 52 estaba abierta, como siempre, y con una cola que llegaba a la calle.
Llevaba dos años entrando allí todas las mañanas. Dos años pidiendo dos cafés. El suyo, con leche de avena. Y el de él, solo, sin azúcar, a la temperatura del núcleo terrestre.
Aquella mañana pasó de largo.
Estaba a punto de cruzar la calle cuando le sonó el móvil. En la pantalla apareció el nombre de Adrian, y Ruby, por primera vez en dos años, rechazó la llamada sin pensárselo dos veces.
Que se buscase la vida.
Y el café, también.
Earl Washington tenía sesenta y cuatro años, una barriga que el uniforme de seguridad contenía a duras penas, una calva reluciente rodeada de pelo gris que casi siempre ocultaba bajo la gorra reglamentaria y unas gafas que solía llevar en la punta de la nariz para poder mirar a la gente por encima de ellas.
Llevaba vigilando el vestíbulo de la torre Langford desde antes de que el edificio tuviera wifi. Y, sobre todo, desde antes de que se llamara así.
Hacía cinco años que Adrian Langford lo había comprado y le había puesto su nombre, que es lo que suelen hacer los hombres como él con las cosas que compran.
Earl conocía a todo el mundo. Sabía quién llegaba tarde, quién se iba antes de hora, quién tenía un lío con quién en el departamento de contabilidad y quién robaba yogures de la nevera de la planta veintitrés.
No lo contaba. Earl era una tumba. Una tumba con muy buena memoria.
También era el custodio oficial de la porra de la planta cuarenta y dos.
La porra se organizó el mismo día en que Ruby empezó a trabajar, y tenía su explicación.
Durante sus primeros años en Nueva York, Adrian había tenido como asistente a la señora Patterson, una mujer de sesenta y tantos años que había trabajado para los directivos más temidos de Wall Street antes de llegar a él y a la que nada en este mundo era capaz de alterar.
Cuando esta se jubiló, después de dos años y medio aguantándolo, dejó una caja de bombones en cada mesa de la planta cuarenta y dos y una nota que decía «Suerte».
Todos entendieron enseguida a qué se refería.
En los meses siguientes pasaron por aquella mesa tres asistentes.
Una había durado siete semanas. Otra, cuatro. La tercera salió a comer el segundo día y no volvió nunca.
Así que, cuando apareció Ruby, casi todos apostaron a que no pasaría del mes. El más optimista, uno de contabilidad con fama de iluso, le dio ocho semanas.
Linda, la de Recursos Humanos, le dio tres.
Dos años después, el sobre seguía en el cajón de Earl, engordando de mes en mes con las apuestas de los nuevos y la vergüenza de los viejos.
—Buenos días, Ruby. —Earl se llevó dos dedos a la gorra—. Y felicidades.
Ruby se paró delante del mostrador y sonrió. Era la primera sonrisa de verdad de toda la mañana.
—Gracias, Earl.
—Treinta, ¿eh? —Earl la miró por encima de las gafas—. No los aparentas. Y no lo digo por quedar bien, que a mi edad ya no me queda nadie en este edificio a quien impresionar.
—A mí me impresionas todos los días.
—Eso es porque tienes buen gusto. —Earl se cruzó de brazos sobre la barriga, satisfecho.
Ruby rio. Apoyó los codos en el mostrador y bajó la voz.
—Earl, ¿cuánto hay en la porra?
Earl miró a un lado y a otro, como si fueran a confesarse un crimen. Luego abrió el cajón muy despacio y echó un vistazo al sobre.
—Cuatrocientos doce dólares —susurró—. Y un vale para un spa que puso Linda, la de Recursos Humanos, porque no llevaba efectivo. ¿Por qué lo preguntas?
Ruby sacó un billete de veinte de la cartera y lo dejó sobre el mostrador.
—Apúntame.
Earl miró el billete y luego la miró a ella. Durante unos segundos no dijo nada, y Ruby vio cómo le cambiaba la cara a medida que lo iba entendiendo.
—¿A qué?
—A que me voy en quince días.
—¿Que te vas? —Earl bajó tanto la voz que casi no se le oyó—. ¿Del edificio? ¿De la empresa?
—Hoy presento la dimisión.
—¿Por qué? ¿Te han ofrecido algo mejor? ¿Te mudas? ¿Estás enferma? —Earl frunció el ceño, alarmado—. ¿Te ha hecho algo ese hombre?
—Nada que no lleve haciéndome dos años, Earl. Ese es el problema.
Earl se quedó callado, asimilándolo, y a Ruby le sorprendió lo triste que parecía.
Ella le llevaba un donut de chocolate todos los viernes, porque él decía que su médico se lo había prohibido y que, por tanto, sabía mucho mejor, y él le guardaba el periódico del día y le avisaba cuando el presidente del consejo subía sin cita para que le diera tiempo a cerrar la puerta.
—¿Y él ya lo sabe? —preguntó Earl al fin.
—Se lo voy a decir ahora.
Earl resopló.
—Pues no te lo va a poner fácil.
—No puede impedírmelo.
—Ruby, con todo el respeto, en cinco años no he visto a ese hombre soltar nada. Ni el móvil, ni el periódico, ni un «buenos días». —Negó despacio con la cabeza—. ¿Y crees que te va a soltar a ti?
Ruby no supo qué contestar a eso, así que empujó un poco el billete de veinte hacia él.
—Tú apúntalo.
El hombre suspiró.
—No sé si es legal apostar en tu propia porra.
—Tampoco es legal comerse un donut a escondidas de tu médico, y aquí estamos.
Earl rio. Cogió el billete, sacó un bolígrafo del bolsillo de la camisa y escribió en el reverso del sobre, con aquella caligrafía de colegio de monjas que tenía.
«Sutter. Quince días. 20$».
Luego se quedó un momento pensativo, con el bolígrafo en el aire. Se sacó la cartera del bolsillo trasero del pantalón, extrajo otro billete de veinte y lo metió también en el sobre. Debajo de la apuesta de Ruby añadió otra línea.
«Washington. Se queda. 20$».
Ruby lo miró, indignada.
—¿Apuestas contra mí?
Earl guardó el sobre en el cajón y cerró con llave.
—Ese hombre no va a dejar que te vayas. Ya lo verás.
—Pues vas a perder veinte dólares.
—Y tú, el spa —suspiró profundamente—. Si al final te vas, avísame antes, ¿eh? Que quiero despedirme como Dios manda.
Ruby asintió, y cruzó el vestíbulo hacia los ascensores sin mirar atrás. Si se daba la vuelta, a lo mejor dejaba de estar tan segura.
No se dio la vuelta.
Y lo que pasó después, ya lo sabemos.