Jefe, ¡te odio! Creo Capítulo 2
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Capítulo 2

La noche antes…

Ruby cumplía treinta años.

La primera en felicitarla, a las doce y un minuto de la madrugada, fue su clínica dental.

«¡Feliz cumpleaños, Ruby! En Shine Smile te deseamos un día lleno de sonrisas. Te recordamos que tu última revisión fue hace veintiséis meses. ¡Pide cita!».

Ruby se quedó mirando el móvil, tumbada en el sofá, con el portátil todavía encendido sobre el estómago y una caja de comida tailandesa fría en la mesita.

Pensó que tenía que haber un error. Que el sistema de la clínica se había vuelto loco y estaba mandando mensajes al azar a pacientes con las encías perfectamente al día.

Luego hizo la cuenta. Con los dedos.

Pues no, no era un error. La última vez que se había sentado en el sillón del dentista todavía no trabajaba para Adrian Langford.

No podía creérselo.

La segunda felicitación llegó a las doce y tres. Ah, no, que no era una felicitación. Era un correo de su jefe, con el asunto «Anexo 4» y una sola línea: «Revísalo antes de las ocho».

Ni un «hola». Ni un «buenas noches, que descanses». Y mucho menos un «feliz cumpleaños».

No es que ella esperase que su jefe, el hombre con el que pasaba catorce horas al día, seis días a la semana y siete en temporada alta, se acordara de su cumpleaños.

¡Para nada! Del anterior tampoco se había acordado, ¿no? Y no pasaba nada. Al fin y al cabo, ¿por qué iba a acordarse? Ni que ella fuera alguien importante en su vida.

En su vida personal, quería decir. Ni en la empresa tampoco.

Nadie era imprescindible para nadie.

Ruby se incorporó en el sofá, dejó el móvil y el portátil sobre la mesita, cogió la caja de pad thai y los palillos, y empezó a comer.

Frío, aquello estaba malísimo. Detalle sin importancia alguna para la historia.

Lo importante era otra cosa. A su jefe no le iba a hacer ni pizca de gracia que apareciera a la mañana siguiente sin haberse leído el anexo cuatro. Ni ese ni ningún otro. Porque no pensaba hacerlo.

Por primera vez desde que trabajaba para el Grupo Langford, no iba a hacer su trabajo.

Ruby llevaba dos años siendo la asistente personal de Adrian. Sobre el papel, le organizaba la agenda.

En la práctica, le organizaba la vida.

Decidía quién podía hablar con él y quién no. A quién dejar pasar y a quién mandar a paseo, siempre con una educación exquisita.

También sabía qué corbatas se ponía Adrian cuando quería impresionar y cuáles cuando quería intimidar. Las de intimidar ganaban por goleada.

Ruby nunca dejaba pasar la ocasión de comentárselo. Un «¿A quién vamos a asustar hoy?» o un simple «Bonita corbata, jefe», con el retintín justo para que él no supiera si era un cumplido o una amenaza.

Por la mañana, con los alemanes, seguro que estrenaba una nueva. Pues esta vez se iba a quedar sin comentario.

En definitiva, Ruby lo hacía bien. Rematadamente bien. Y ese era el problema.

Porque cuando eres buena en algo, la gente se acostumbra. Y cuando la gente se acostumbra, deja de preguntarse lo que te cuesta.

A Ruby, aquellos dos años le habían costado vacaciones, citas canceladas por mensaje, un curso de cerámica y la boda de una amiga de la universidad.

También una albahaca, que en paz descanse.

Y, al parecer, una limpieza dental.

La lista completa era bastante más larga. Y bastante más deprimente.

Aun así, no era una lista muy dramática, si se miraba con frialdad. Nadie había muerto, salvo la albahaca, y nadie la había maltratado. Adrian Langford nunca le había gritado de verdad ni le había faltado al respeto, le pagaba bien y le había subido el sueldo dos veces sin que ella se lo pidiera.

Y, ya que estaba reconociéndole las virtudes, tampoco podía negar que el muy desgraciado tenía el descaro de estar buenísimo.

Metro noventa, moreno, con unos ojos grises que parecían permanentemente ocupados juzgando la incompetencia ajena y una mandíbula que habría quedado estupendamente en un anuncio de perfume.

Una auténtica injusticia de la naturaleza. Con aquel carácter, lo mínimo habría sido que también fuera feo.

Porque era insoportable. Insufrible, exigente y adicto al trabajo hasta un punto que debería estar tipificado como enfermedad.

No dormía, y como él no dormía, daba por hecho que los demás tampoco.

Vivía por y para el Grupo Langford, y lo poco que le quedaba de vida fuera de la oficina lo dedicaba, por lo visto, a meterse en líos de faldas que, oh, sorpresa, a veces también le tocaba solucionar a ella.

Como aquella exnovia que se presentó un domingo a las siete de la mañana en el vestíbulo de su edificio con una caja llena de camisas y un mechero, y por la que Ruby tuvo que levantarse de la cama, ponerse el vestido azul marino, porque había conversaciones que no se podían tener en chándal, y cruzar media ciudad en taxi.

Mirándolo así, a lo mejor no le pagaba tan bien, ¿no?

Aunque, si era sincera consigo misma (y Ruby podía tener muchos defectos, pero si de algo presumía era de no mentirse jamás), la culpa no era del todo de su jefe.

En su mayor parte sí, ojo. Que nadie se atreviera a santificar a ese hombre.

Pero no toda. Ella también había puesto de su parte.

Y eso tenía una explicación. Una explicación con acento británico.

El padre de Ruby era de Brighton, Inglaterra. Llegó a Nueva York con veinticuatro años y una mochila, decidido a «encontrarse a sí mismo». En lugar de eso, se encontró a la madre de Ruby, que era de Queens y no se había perdido en su vida.

Le puso Ruby porque decía que ella era su joya.

Siete años después, la joya se quedó en un apartamento de Queens mientras él volvía a Inglaterra a seguir buscándose.

Al parecer, no se había encontrado del todo.

No volvió a llamar. Ni por Navidad, ni por sus cumpleaños, ni siquiera el día de su graduación.

De él le quedaron tres cosas. Un apellido que todo el mundo escribía con una sola t y que, desde que su madre volvió a casarse, solo llevaba ella en toda la familia.

Un radar infalible para detectar cuándo un hombre estaba a punto de largarse.

Y una tendencia patológica a volverse imprescindible, con la esperanza de que así nadie se fuera.

No funcionaba. Se iban igual. Pero al menos se iban con la agenda organizada.

Y eso era precisamente lo que había hecho con Adrian Langford, organizarle la vida hasta el punto de olvidarse de la suya.

A la una y diez Ruby tenía escrita la carta de dimisión. La metió en un sobre y lo dejó encima del bolso, para no olvidarlo.

Como si pudiera olvidarlo.

E hizo algo que llevaba dos años sin hacer. Apagó el móvil.

Por la mañana, la línea F del metro iba hasta arriba de gente. Ruby viajaba de pie, apretujada entre un señor que leía el Wall Street Journal doblado en ocho y una adolescente que se pintaba la raya del ojo con un pulso envidiable, incluso con los frenazos del vagón.

No sabía cómo lo hacía; ella apenas conseguía mantener el equilibrio.

Entonces le sonó el móvil.

Mamá.

—¡Cumpleaaaaños feliiiiz…! —berreó Gloria en cuanto descolgó.

La gente que tenía alrededor se volvió para mirarla.

Ruby intentó bajar el volumen. No sirvió de nada. Su madre ya había cogido carrerilla y no había botón en el mundo capaz de pararla.

—¡Cumpleaaaaños feliiiiz…!

El señor del periódico la miró por encima de sus ocho pliegues. La adolescente se quedó con el lápiz de ojos a medio camino.

—¡Te deseamos todos…! ¡Cumpleaños feliiiiz!

Un tipo con casco de obra, agarrado a la misma barra que Ruby, empezó a dar palmas. Lo siguieron cuatro personas más y hasta una señora con un carrito de la compra se animó a cantar.

Ruby quiso morirse.

—Gracias, mamá —murmuró avergonzada—. Me has felicitado tú y la mitad del vagón.

La ignoró.

—¿Todavía en el metro?

—Hoy llego tarde.

—No tendrías ni que ir. Ruby, hija, el día del cumpleaños no se trabaja. Es la ley.

—No es la ley.

—Pues debería serlo. Y tú deberías mandar a tu jefe a paseo de una vez.

—En eso estoy, mamá.

Al otro lado de la línea hubo un silencio. Su madre tardó un momento en entenderlo.

—¡¿Vas a dimitir?! —exclamó.

El de la obra dejó de aplaudir y la señora del carrito se acercó medio paso, por si acaso se perdía algo.

—¿No es eso lo que me dices siempre que tengo que hacer? —Ruby bajó la voz, aunque a esas alturas ya no servía de mucho—. ¿Por qué pareces tan escandalizada?

—Escandalizada no, hija. Sorprendida. Pero para bien. —Su madre soltó un suspiro tan largo que Ruby casi pudo sentirlo a través del teléfono—. Llevo dos años encendiéndole velas a san Judas Tadeo, el de las causas imposibles.

—Gracias por la confianza.

—De nada. —Hizo una pausa—. Te he hecho la tarta de zanahoria. La he metido en el congelador. Al lado de la del año pasado.

Su madre tenía dos tartas de cumpleaños suyas en el congelador.

Una de ellas, con un año de antigüedad. Como un fósil.

—Por si un día vienes —añadió su madre.

No fue un reproche. Gloria Brennan no sabía hacer reproches.

Había sacado adelante a Ruby sola durante años, trabajando de noche como enfermera en el hospital de Elmhurst y viviendo en un apartamento cuyos radiadores estaban siempre estropeados.

Hasta que Frank se cruzó en su camino. Un fontanero de Queens con un bigote espantoso y un corazón enorme que terminó convirtiéndose en su marido.

Con él, la vida se volvió un poco más fácil. Incluso pudieron mudarse a un apartamento donde la calefacción funcionaba de verdad.

—El domingo voy, mamá.

—Nos comeremos las dos tartas. Ahora tenemos dos cosas que celebrar.

—La del año pasado tendrá escarcha.

—Pues la escarcha también. ¡Frank! ¡La niña viene el domingo! —gritó Gloria, apartándose el teléfono de la boca. Aunque no lo suficiente.

Ruby se separó el móvil de la oreja antes de que su madre la dejara sorda.

—¡Dile que le preparo su lasaña favorita! —oyó gritar a Frank de fondo.

—¡Dice Frank que te prepara la lasaña!

—Lo he oído, mamá. Creo que lo ha oído todo el vagón.

—¡Y que no se le ocurra faltar! —añadió Frank.

—¡Que no se te ocurra faltar!

Ruby sonrió.

—Dile que allí estaré. Os quiero.

—Y nosotros a ti, hija. Muchísimo. Nos vemos el domingo.

Cuando colgó, el de la obra le guiñó un ojo.