Jefe, ¡te odio! Creo
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Capítulo 1
Adrian Langford era un hombre de costumbres. De costumbres, de manías y de tocar las narices, aunque él jamás lo habría admitido. Según él, no era maniático, sino organizado, meticuloso y perfeccionista.
Un completo dolor de cabeza, vamos.
Todas las mañanas llegaba a la oficina a las seis y media. No a las seis y treinta y cinco. Ni a las seis y veintiocho. A las seis y media, como si un minuto de diferencia fuera a provocar la quiebra de la empresa.
Leía el Financial Times , comprobaba cómo iban las bolsas europeas, que a esas horas ya estaban en plena sesión, contestaba los correos de Londres y despachaba con dos líneas secas a cualquiera que hubiera tenido la osadía de escribirle algo innecesario durante la noche.
A las siete y media, con la misma puntualidad, tomaba su café. Lo traía Ruby, su asistente personal.
Su mano derecha. Su agenda con piernas.
Y la única persona de todo Manhattan capaz de aguantarlo durante dos años sin haber cometido todavía un delito tipificado en el Código Penal.
Y no porque no hubiera tenido motivos, ojo.
El café no era uno cualquiera. Venía de un local diminuto de la esquina de la Sexta Avenida con la calle 52 que olía a canela y en el que, según Adrian, servían el único café decente de todo Midtown.
El resto del día se bebía sin rechistar lo que saliera de la máquina de la oficina, pero el primero tenía que ser de allí.
Ruby lo llamaba manía. Él lo llamaba criterio.
Ella entraba siempre en el despacho sin llamar, con el vaso de cartón todavía caliente, lo dejaba a la derecha del teclado (nunca a la izquierda, desde la mañana en que él derramó uno encima del teléfono y se pasó media hora hablando con un inversor de Zúrich a través de un auricular que olía a café) y le recitaba la agenda del día antes de que a él le diera tiempo a darle los buenos días.
Que tampoco era algo que él soliera hacer.
Era un sistema que funcionaba. Sobre todo, para él.
Aquella mañana, a las siete y media, Adrian levantó la vista del ordenador. La puerta seguía cerrada.
A las siete y treinta y uno miró el reloj de pulsera, por si iba adelantado. No iba adelantado.
A las siete y treinta y dos llamó a la mesa de Ruby, aunque a través del cristal veía perfectamente que estaba vacía, y lo dejó sonar seis veces, como si el teléfono pudiera materializarla a fuerza de insistir.
A las siete y treinta y cuatro la llamó al móvil. Un tono. Buzón de voz.
Adrian apartó el teléfono de la oreja y miró la pantalla. ¿Le había colgado? ¡¿A él?!
No podía ser. Sería la cobertura. O estaría hablando con alguien y había rechazado la llamada sin mirar. Porque Ruby jamás le colgaba el teléfono. Ni siquiera cuando la llamaba a horas intempestivas para preguntarle algo que, según ella, podía haber esperado perfectamente hasta la mañana siguiente.
Y no era la primera vez que lo ignoraba.
La noche anterior tampoco había contestado a su correo, y eso que Ruby respondía siempre, aunque fuera con un escueto «recibido» a las dos de la madrugada.
Pero aquella noche, nada. Ni a la una, ni a las tres, ni a las cinco menos cuarto, que fueron las veces que Adrian miró el móvil.
No porque estuviera pendiente de ella, por supuesto, sino porque tenía insomnio, que era muy distinto.
A la una y media llegó incluso a coger las llaves del coche para plantarse en su casa y preguntarle qué demonios pasaba. Llegó hasta la puerta del ático antes de darse cuenta de que presentarse en casa de su asistente a esas horas no era, precisamente, lo que haría un hombre razonable.
Y Adrian Langford, aunque cueste creerlo, a veces lo era.
Así que dejó las llaves en el cuenco de la entrada y se fue a la cama a seguir sin dormir.
Sabía que aquel no era un día cualquiera para ella.
Lo sabía de sobra. Tal vez, después de leer el correo, había cerrado el portátil y se había ido a celebrarlo con sus amigas (que no amigos, eso no quería pensarlo).
Unas copas de más, una de esas noches que terminan con los zapatos en la mano y el despertador apagado sin querer.
O a lo mejor se había quedado dormida antes de tener tiempo de responder.
Pero, en cualquier caso, le habría escrito nada más despertarse para disculparse. Ruby era así.
Y no lo había hecho.
Cuando por fin apareciera, más le valía tener una buena explicación y traer el anexo leído, revisado y subrayado en tres colores, como a ella le gustaba.
Durante una milésima de segundo se le pasó por la cabeza despedirla. Llamar a Recursos Humanos y buscar a alguien que contestara los correos a su hora. La idea le duró exactamente lo que tardó en preguntarse cuántas contraseñas, reuniones y compromisos tendría que recordar por sí mismo.
Demasiados, sin duda.
Estaba molesto. Indignado, incluso. Que no preocupado.
Bueno… Un poco preocupado, quizás.
Porque Ruby no llegaba tarde. Nunca. Ni el día de la gran nevada, cuando medio Manhattan se quedó en casa y ella apareció a las siete y veintiocho con las botas empapadas y el café todavía caliente, ni la mañana después de la fiesta de Navidad, cuando el director financiero acabó bailando encima de una mesa y ella, que había organizado la fiesta, fue la última en irse y la primera en volver.
Así que aquello era una anomalía. Y Adrian no soportaba las anomalías.
Una anomalía en una hoja de cálculo era un error. En un balance, un fraude. Y en Ruby Sutter, que tenía un plan B antes incluso de tener un plan A, solo podía significar una cosa.
Problemas.
Pero Adrian Langford no era un hombre que se quedara de brazos cruzados esperando a que los problemas se solucionaran solos. A las nueve tenía la videoconferencia con los alemanes, que en Frankfurt ya estarían volviendo de comer, y necesitaba el dosier.
Si Ruby no venía, él mismo iría a buscarlo.
No podía ser tan difícil.
Salió del despacho y se plantó delante de la mesa de su asistente.
Era la mesa más ordenada que había visto en su vida, lo cual, viniendo de un hombre que alineaba los bolígrafos por tamaño, tenía bastante mérito.
Ni un papel fuera de sitio, ni un clip suelto, ni una mota de polvo. Las carpetas estaban alineadas en una bandeja metálica y clasificadas por colores, cada una con una etiqueta escrita a mano.
Adrian las miró. Verde, azul, amarilla, naranja y dos tonos distintos de rojo.
No tenía ni la menor idea de qué significaba cada color.
Cogió la verde, porque el rojo le pareció demasiado alarmante para esas horas de la mañana, y resultó ser la factura del catering de la junta de octubre.
Probó con la azul, que contenía los billetes de un viaje a Milán que no recordaba haber pedido, y estaba a punto de arriesgarse con uno de los rojos cuando reparó en el pósit amarillo pegado en el borde de la pantalla del ordenador.
Era la letra de Ruby.
«Si estás leyendo esto, Adrian, deja las carpetas como estaban».
Adrian se quedó mirando el pósit un buen rato. Luego miró las carpetas que tenía en la mano.
—No estoy desordenando nada —replicó.
Bueno, tal vez un poco.
Las devolvió a su sitio con mucho cuidado, intentando recordar en qué orden estaban, y se dio por vencido con el dosier.
Ya se lo daría ella cuando llegara. Si es que llegaba.
Frunció el ceño ante su propio pensamiento.
Pues claro que iba a llegar. Él no le había dado permiso para no llegar, ni para llegar tarde, ni para ignorar sus correos, ni para colgarle el teléfono, si es que lo había hecho.
Aunque, visto lo visto, a Ruby parecía haber dejado de importarle bastante lo que él le permitiera o no.
Lo que Adrian necesitaba era un café. Con urgencia.
Cruzó la planta hasta el fondo, donde habían habilitado una pequeña zona de descanso junto a la sala de reuniones.
Allí estaba la cafetera. No una cafetera cualquiera.
Era una máquina italiana de acero cromado que costaba seis mil dólares y que Ruby había elegido en su primer mes de trabajo, después de comparar catorce modelos y leerse los manuales de todos.
Desde entonces era la joya de la planta cuarenta y dos.
Los de contabilidad la trataban con más cariño que a sus propios hijos, y los becarios le hacían fotos para subirlas a Instagram.
Adrian nunca la había tocado. De ella salían los cafés de media mañana y los de la tarde, pero siempre llegaban a su mesa de la mano de Ruby, así que sabía perfectamente a qué sabían, pero no tenía ni la menor idea de cómo se hacían.
Aun así, ¿cómo de difícil podía ser?
Muy difícil, al parecer.
Aquella máquina tenía más botones que la cabina de un avión, una pantalla que le daba los buenos días en italiano y ni uno solo que dijera, simple y llanamente, «café».
Adrian pulsó el que parecía más prometedor. La máquina rugió, le escupió una nube de vapor a la altura de la corbata y, tras un minuto entero de esfuerzo épico, le sirvió un vaso de agua caliente.
Acto seguido, la pantalla se dignó a informarle: «Descalcificación necesaria».
Adrian Langford, que había sobrevivido a dos OPA hostiles, a una inspección de la Comisión de Valores y a la única cena de Navidad que había pasado con su padre y la novia de turno, se quedó allí plantado, vaso en mano, derrotado por un electrodoméstico.
¿Ni siquiera era capaz de prepararse un maldito café?
Vale, sí, Ruby se encargaba de que no le faltara de nada, café incluido. Pero eso no quería decir que dependiera de ella para todo.
Simplemente sabía delegar.
Y delegaba de maravilla. O eso decía él.
Volvió a su despacho con toda la dignidad que le permitía un vaso de agua caliente y, por pura rebeldía, lo dejó a la izquierda del teclado. Justo donde, desde el incidente del teléfono, Ruby le tenía prohibido dejar cualquier cosa que pudiera derramarse.
Luego se sentó, satisfecho.
Eran las siete y cuarenta. Lo sabía porque acababa de mirar la hora, igual que la había mirado a las siete y treinta y nueve.
Cogió el móvil para volver a llamarla, pero se detuvo con el pulgar sobre su nombre. Ya la había llamado hacía unos minutos, y dos llamadas seguidas podían parecer interés.
Dejó el móvil bocabajo, con la firmeza de un hombre que no espera ninguna llamada. Un segundo después, le dio la vuelta.
Bebió un sorbo de agua, por hacer algo, y se quemó la lengua. Lo de la dignidad tampoco estaba saliendo muy bien.
A las siete y cuarenta y uno se abrió la puerta.
—Buenos días.
Solo eso.
Ni «buenos días, jefe», con ese retintín de siempre, ni «¿has dormido algo o has vuelto a pasar la noche abrazado a la Bolsa de Londres?», ni un comentario sobre la corbata, como cada vez que él estrenaba una.
Y él había estrenado una.
Adrian supo enseguida que algo iba mal. Ruby no traía café.
Tampoco se había quitado el abrigo, cosa todavía más rara.
Ruby se lo quitaba siempre en el ascensor, tan rápido que Adrian no recordaba habérselo visto puesto nunca dentro de la oficina.
Aquella mañana, en cambio, lo llevaba abrochado hasta el último botón, como quien no piensa quedarse mucho rato.
Debajo asomaba el vestido azul marino.
Adrian conocía muy bien aquel vestido.
Se lo vio por primera vez un domingo a las siete de la mañana, cuando una exnovia se plantó en el vestíbulo de su edificio de la Quinta Avenida con una caja llena de camisas suyas y un mechero, decidida a montar una hoguera delante del portero.
Él, que era capaz de aguantarle la mirada a la junta directiva más hostil de Wall Street sin pestañear, cogió el teléfono y llamó a Ruby.
—Tenemos un problema.
Era su asistente personal, ¿no? Para Adrian Langford, lo de «personal» abarcaba cualquier problema, tuviera o no que ver con el trabajo.
Ruby llegó media hora después con aquel vestido ceñido a la cintura y unas curvas en las que Adrian no tenía ningún motivo para fijarse.
Aunque, por lo visto, su mirada no había recibido esa instrucción.
Llevaba el pelo castaño recogido en un moño tirante, sin un mechón fuera de sitio, los labios de un rojo que, en opinión de Adrian, le favorecía (antes se cortaría la lengua que decírselo), y esos ojos color chocolate con la desagradable costumbre de mirarlo como si fuera el hombre más insoportable de Manhattan.
Impecable, como si fueran las nueve de un lunes y no las siete y media de un domingo.
Saludó al portero por su nombre, que Adrian ni siquiera conocía, y se llevó a la exnovia a un rincón. Diez minutos después, la mujer se marchaba sin la caja, sin el mechero y, encima, dándole las gracias.
Adrian nunca supo qué le había dicho. Tampoco se atrevió a preguntárselo.
La segunda vez fue meses más tarde, con un proveedor que llevaba semanas negándose a devolver cuarenta mil dólares cobrados de más.
Ruby anunció que se ocupaba ella. A los cuarenta minutos de reunión, el proveedor había aceptado devolver hasta el último centavo.
Hasta pidió disculpas por las molestias.
Desde entonces, para Adrian aquel vestido significaba que alguien iba a salir perdiendo. Hasta ahora, siempre le había tocado a otro.
Ruby miró el vaso de agua caliente que había junto al teclado. Luego lo miró a él.
No dijo nada. No le hizo falta.
—Necesito el dosier de los alemanes —dijo Adrian, porque algo tenía que decir y aquello era lo único que tenía claro.
—Carpeta roja. La oscura, no la clara. —Se detuvo delante del escritorio.
Y él había descartado el rojo por alarmante.
Ruby abrió el bolso, sacó un sobre y lo dejó encima de la mesa, justo en el sitio donde cada mañana dejaba el café. Ni un centímetro a la izquierda. Ni uno a la derecha.
Luego dio un paso atrás y entrelazó las manos delante del cuerpo. Como quien espera un veredicto. O como quien acaba de dictarlo.
Adrian no necesitó abrirlo para saber lo que era.
Diez años cerrando acuerdos le habían enseñado a reconocer una despedida a varios metros de distancia, y todas empezaban igual, con alguien muy tranquilo, muy educado y decidido delante de su mesa.
Exactamente como ella.
Aun así, lo abrió. Sacó la carta, la desdobló y leyó la primera línea.
«Por la presente, le comunico mi decisión de…».
No leyó más. No le hizo falta.
Rompió la carta por la mitad, juntó los pedazos y volvió a partirlos en dos. Luego los tiró a la papelera que había bajo el escritorio, sin molestarse en mirar si acertaba.
—No la acepto —dijo, con los ojos clavados en ella.
Para entender cómo la asistente más eficiente de Manhattan había llegado al punto de presentar su dimisión, y por qué su jefe no pensaba ponérselo nada fácil, tenemos que volver un poco atrás.
A la noche anterior.
Más concretamente, a las doce y un minuto.