Intrépida por accidente (La Oficina de los Secuestros Accidentales nº 1) 5 #2
35%

5 #2

Me estudió. Bajo la luz azul, con la pantalla táctica reflejada en sus ojos ámbar, parecía menos un comandante y más un hombre que llevaba demasiado tiempo cargando con algo demasiado pesado y que empezaba a considerar la posibilidad de que alguien más estuviera dispuesto a ayudarle a sostenerlo.

—Debería comer —dijo—. Se ha saltado la comida de la mañana.

—Estoy bien.

—No ha comido en... —Consultó el dispositivo de la muñeca—. Catorce horas estándar.

—¿Y tú cómo sabes eso?

—El intendente registra todas las solicitudes de raciones. Usted no ha hecho ninguna.

Que estuviera controlando mis hábitos alimenticios debería haberme parecido raro. No me lo pareció. ¿Cuándo fue la última vez que alguien en Battlezone se dio cuenta de si yo había comido?

—La acompañaré al comedor —dijo—. Hay aspectos del código de honor que quizá le resulte útil comentar.

No fue sutil. Estaba aprendiendo que la sutileza no formaba parte del instrumental velkorin. Quería hablar conmigo. Se estaba fabricando una excusa.

Caminamos. Los corredores estaban construidos a proporciones velkorin, lo que significaba que yo me sentía como una niña en un edificio de oficinas muy elegante.

Vrex acortó la zancada para ajustarla a la mía sin que nadie se lo pidiera; o cortesía cultural, o prueba de que había calculado la longitud de mi paso.

Sinceramente, podía ser cualquiera de las dos.

—¿Te puedo preguntar una cosa?

—Puede preguntar lo que quiera.

—¿Por qué siete estrategas? Antes que yo. Contrataste a siete estrategas militares profesionales y no funcionó ninguno. ¿Qué salió mal?

Lo consideró durante más tiempo del que la pregunta requería.

—Todos estaban formados en la doctrina militar velkorin tradicional. Abordaron el problema con el mismo marco que yo tenía, el mismo marco que el código de honor fue construido para acomodar. Personal distinto. Metodología idéntica.

—Así que seguiste contratando a la misma persona con distinto envoltorio.

—Una valoración exacta.

—Y entonces me contrataste a mí.

—La contrató el Negociado. Yo contraté a una «Líder Suprema de Combate Recreativo». La distinción es pertinente.

—¿Ah, sí? Porque desde donde yo estoy, conseguiste exactamente lo que necesitabas: alguien que no había leído nunca un manual de tácticas velkorin y que, por lo tanto, no podía quedar atrapada en él.

Se detuvo y se volvió para mirarme. El corredor estaba en silencio.

La luz ámbar prendía en sus escamas, y ahí estaba otra vez.

Aquella expresión que le había notado en la sala de guerra.

No sorpresa. No evaluación. Algo más personal.

La mirada de un hombre que está recalculando a alguien a quien había descartado.

—Es usted buena en esto —dijo en voz baja.

Las palabras me pillaron desprevenida. No fue el ego, que es donde suelen rebotar los cumplidos. Fue más hondo. En un sitio que yo había cerrado hacía años porque dolía demasiado seguir esperando que alguien se diera cuenta.

—Sí —dije—. Lo soy de verdad.

Me sostuvo la mirada un instante más. Las líneas bioluminiscentes de sus antebrazos pulsaron una vez, en ámbar cálido. Era el color que estaba empezando a asociar con los momentos en los que se le escapaba el control.

Después reanudó la marcha, y pasamos el resto del corredor hablando de resquicios del código de honor, ignorando la conexión callada y sin nombre que crecía en el espacio entre los dos.

Los tres días siguientes fueron un borrón de sesiones de entrenamiento, revisiones del código de honor y el descubrimiento de que el café velkorin —si es que se le podía llamar café— era básicamente combustible de reactor filtrado a través de roca volcánica.

Me lo bebí igual, porque dormir era un lujo que no podía permitirme y la alternativa era estamparme de cara contra una pantalla táctica holográfica.

Dirigí los ejercicios como dirigía los torneos de paintball. Con cero tolerancia al «es que siempre lo hemos hecho así».

La primera sesión fue un desastre. Me planté en el campo de entrenamiento —una explanada de tierra apisonada rodeada de obstáculos modulares— e intenté enseñarle a treinta guerreros velkorin el concepto de «ajuste fluido de formación».

—Vale —dije, señalando al equipo de tres guerreros que estaba usando como unidad de demostración—. Avanzan en línea. Aproximación estándar. Contacto enemigo por el flanco derecho. ¿Qué hacen?

—Girar a la derecha para entrar en combate —dijo el jefe de equipo. Doctrina estándar.

—No. Son predecibles. Krenix sabe que van a girar a la derecha porque su manual dice que hay que girar a la derecha.

En vez de eso... —Agarré al jefe de equipo del brazo y lo recoloqué físicamente, lo que me exigió estirarme hasta su codo—.

Se repliegan. Retroceden a cubierto. Dejan que el enemigo se comprometa donde estaban ustedes y vuelven a entrar desde una posición que no esperaba.

—Eso es... retirarse.

—Es reposicionarse. Hay una diferencia.

—Parece idéntico a retirarse.

—¿Funciona?

Silencio.

—En el paintball, los equipos que ganan no son los que aguantan el terreno a toda costa. Son los que controlan dónde se produce el combate. Si combaten en sus términos, están ganando. Si combaten en los términos del enemigo, están perdiendo, aunque no se hayan movido.

El jefe de equipo —un guerrero llamado Korvis que llevaba en esta guerra desde su primer año y cuyas escamas plateadas hablaban de décadas de servicio anteriores— miró a sus dos compañeros de escuadra. Ellos le devolvieron la mirada.

—Enséñenoslo otra vez —dijo Korvis.

Se lo enseñé otra vez. Y otra. Y una cuarta, con grupos progresivamente más grandes.

Al final de la primera hora tenía a dos docenas de guerreros haciendo ejercicios de reposicionamiento en el campo de entrenamiento.

Y los sonidos que emitían cuando ejecutaban una maniobra correctamente eran —estaba casi segura— el equivalente velkorin de un vítor.

El segundo día introduje el concepto del «informe del descanso».

—En un enfrentamiento de cuatro horas —dije, subida a una caja de suministros porque necesitaba la altura—, tienen una oportunidad de pausa.

El código de honor permite un intermedio de treinta minutos a las dos horas.

Lo han estado usando para agua y evaluación médica.

A partir de ahora también lo usarán para reevaluación táctica.

Durante la pausa, los jefes de escuadra informan de lo que hayan observado.

Yo recopilo. Yo ajusto. Ustedes salen otra vez con un plan nuevo.

—Modificar los planes a mitad de enfrentamiento es...

—Legal. Artículo catorce, subsección nueve. «Los combatientes podrán alterar su planteamiento táctico durante los periodos de intermedio autorizados». Su código de honor dice que pueden cambiar el plan en el descanso. Simplemente no lo hacen nunca porque a nadie se le ocurrió.

—La humana lee con más atención que nuestros propios juristas —observó Zenir desde la banda, donde había estado pendiente de todas las sesiones.

—La humana lo lee todo de la misma manera —dije—. Como si fuera el manual del empleado y en algún punto de la letra pequeña estuviera el resquicio que me permite irme antes los viernes.

Eso arrancó una risa de verdad a la escuadra de Korvis.

Risa auténtica, de guerreros que dos días antes me habían mirado con el entusiasmo de una inspección de Hacienda.

Me los estaba ganando de la misma forma en que me había ganado a todos los grupos que me habían subestimado alguna vez: siendo tan implacablemente buena en mi trabajo que descartarme costaba más esfuerzo que escucharme.

Vrex asistía a todas las sesiones.

No desde lejos. Estaba en el campo de entrenamiento, haciendo los ejercicios junto a sus soldados.

Era un luchador extraordinario. Potencia controlada y una técnica de hoja que hacía que el combate pareciera coreografía.

Lo vi demostrar una secuencia de paradas para un grupo de soldados jóvenes, con el cuerpo moviéndose con una gracia que solo da la repetición de décadas.

Mi cerebro hizo la cosa extremadamente poco útil de fijarse en cómo le prendía la luz en las escamas y en cómo las marcas bioluminiscentes de sus antebrazos pulsaban con cada golpe.

Me pilló mirando. Sus marcas parpadearon en bronce.

Aparté la vista yo primero.

Al tercer día, un guerrero veterano llamado Gorthal —el oficial que me había desafiado en la plataforma de observación— se me acercó después de una sesión de ejercicios. Se plantó delante de mí —pesaba holgadamente el doble que yo y me sacaba cuarenta y cinco centímetros— y habló formalmente.

—La técnica de reposicionamiento. ¿Se aplicaría también a las formaciones defensivas?

Me estaba pidiendo mi opinión. El oficial que me había dicho que no tenía ningún derecho a darles lecciones de honor me estaba pidiendo asesoramiento táctico.

—Sí —dije—. A las formaciones defensivas todavía más. Su postura defensiva actual es un muro. Yo quiero convertirla en una red.

Lo procesó y asintió una vez.

—Enséñemelo.

Para cuando terminó la jornada de entrenamiento, Gorthal estaba haciendo pasar a su propia escuadra por los ejercicios, con aquella voz áspera cruzando el campo de entrenamiento.