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RORY
Los aposentos que me dio eran más o menos del tamaño de mi piso entero de la Tierra, solo que en vez de muebles de Ikea y pósteres motivacionales, allí todo estaba hecho de una aleación metálica oscura que zumbaba débilmente si apoyabas la palma de la mano contra ella.
La cama era lo bastante ancha para tres versiones de mí y firme de un modo que sugería que las preferencias velkorin para dormir tiraban hacia la «losa de granito».
La iluminación era ámbar cálido, empotrada en las propias paredes, y se ajustaba cuando yo me movía: más brillante cerca de mis manos, más tenue en la periferia, como si la habitación me estuviera mirando.
Estaba haciendo un esfuerzo enorme por no pensar en eso.
También estaba haciendo un esfuerzo enorme por no pensar en el hecho de que me encontraba en un planeta alienígena, con ropa prestada que me quedaba sorprendentemente bien pese a estar diseñada para una especie de estructura ósea radicalmente distinta, mirando una pantalla táctica que mostraba una guerra de tres años que un comandante reptiliano de dos metros diez —que se lo tomaba todo al pie de la letra y brillaba cuando se estresaba— me había pedido que le ayudara a ganar.
En vez de eso, estaba pensando en la guerra. Porque aquello, al menos, era un problema que podía descomponer en piezas.
Vrex se había pasado dos horas poniéndome al día. Yo había pedido papel —no tenían papel, pero tenían un estilete y una tableta plana que registraba los trazos, que para el caso valía igual—. Había llenado seis páginas de notas mientras él hablaba de la guerra ceremonial.
Dos facciones velkorin se disputaban la propiedad del valle de Kren.
La disputa venía de generaciones atrás. En lugar de la guerra total, que por lo visto los velkorin habían probado varios siglos antes con resultados lo bastante devastadores como para cambiar su civilización entera, habían desarrollado un sistema de combate formalizado.
Reglas. Calendarios. Observadores neutrales.
Categorías concretas de armamento. Zonas de combate designadas dentro del territorio en disputa.
Todo documentado, todo atestiguado, todo sujeto a un complicadísimo código de honor.
El objetivo era sencillo: controlar el valle lo suficiente como para obligar a la facción contraria —dirigida por el general Krenix— a ceder.
El territorio controlado se medía por la conservación de posiciones estratégicas durante los periodos de enfrentamiento programados.
Imagina una captura la bandera, solo que las banderas estaban talladas en las laderas de las montañas y los jugadores eran guerreros de dos metros diez con garras.
—O sea, que es paintball de competición —había dicho yo, a los cuarenta minutos de sesión.
Vrex se me había quedado mirando. Sus oficiales —dos, plantados en los bordes de la sala como gárgolas— habían emitido unos sonidos que yo estaba aprendiendo a interpretar como distintos sabores de desaprobación.
—Es una tradición sagrada que abarca cuatro siglos de...
—Ya, ya. Tradición sagrada. Pero la mecánica.
Tienes campos de juego definidos. Enfrentamientos con tiempo limitado.
Restricciones concretas de armamento. Un sistema de puntuación basado en el control territorial.
Vas rotando por distintas zonas según un calendario.
No puedes usar ciertas tácticas porque el código de honor las prohíbe.
—Di unos golpecitos con el estilete contra la tableta—.
Eso es paintball de torneo con unos cuantos pasos de más.
El silencio había sido magnífico. Dos oficiales, un comandante de dos metros diez y una pantalla táctica holográfica, todos mirando a una mujer con ropa prestada que acababa de comparar su tradición ancestral sagrada con una actividad de fin de semana para adolescentes de las afueras.
—La analogía no es... —Vrex se había interrumpido, y yo lo vi procesarlo.
Procesarlo de verdad, no el rechazo defensivo que me habían dedicado sus oficiales.
Sus ojos ámbar se habían movido hacia la pantalla táctica, luego hacia sus notas, luego de vuelta hacia mí—.
La analogía no carece por completo de mérito.
—Comandante... —empezó uno de los oficiales.
—La comparación de la humana es imprecisa, pero estructuralmente sólida. El marco de enfrentamiento comparte similitudes funcionales con el combate simulado de competición. Eso no disminuye su significado. —Me había mirado—. Se limita a identificar su mecánica.
Ese fue el momento en que empecé a fijarme en Vrex como algo más que un muro andante de escamas.
Porque yo sabía qué pinta tenía alguien lo bastante inteligente como para escuchar una idea nueva sin que se le metiera el ego por medio, y llevaba seis años viendo a la gente suspender ese examen.
Kyle lo suspendía cada vez que yo proponía un cambio de horario.
Mis padres lo suspendían cada vez que yo intentaba explicar por qué Battlezone no era un trabajo sin futuro.
Vrex —comandante alienígena, especie guerrera, en una guerra que lo era todo para él— oyó a una humana comparar su tradición sagrada con el paintball y se lo pensó en vez de descartarlo.
Eso requería más fuerza que cualquier cosa que pudieran hacer sus músculos.
Se había pasado la hora y veinte minutos restantes de la sesión respondiendo a fondo a mis preguntas con una paciencia inesperada.
Yo preguntaba por los tipos de terreno. Él me enseñaba escaneos topográficos tridimensionales.
Yo preguntaba por las restricciones de armas.
Él sacaba un catálogo de armamento autorizado con especificaciones técnicas que yo no acababa de descifrar del todo, aunque sí entendía las categorías.
Yo preguntaba por el mecanismo de aplicación del código de honor: qué pasaba cuando alguien se saltaba las reglas.
—La violación del código de honor conlleva la pérdida inmediata del territorio en disputa y posibles sanciones del Cuerpo de Observadores —había dicho—. El código se ha violado siete veces en cuatro siglos. Tres de esas violaciones acabaron con carreras.
—O sea, que las reglas importan.
—Las reglas son el fundamento de la alternativa de nuestra civilización a la guerra total. No son meras reglas. Son la razón por la que mi pueblo no se aniquila a sí mismo.
Eso me calló durante unos treinta segundos, tiempo suficiente para que me enseñara los informes históricos de bajas de la era anterior al código.
Las cifras eran demoledoras. Una generación entera de guerreros velkorin, aniquilada en una disputa territorial que el sistema de guerra ceremonial habría resuelto en cinco años de combate formalizado en lugar de cincuenta años de genocidio.
—Vale —había dicho yo, mirando las cifras de bajas—. Retiro la comparación con el paintball. Esto es paintball si la alternativa fuera una guerra nuclear.
—No sé qué significa «nuclear».
—Reza para no saberlo nunca.
También había mencionado, casi de pasada, que los velkorin tenían disposiciones para integrar a forasteros que hubieran servido a la civilización.
El Artículo Séptimo del Protocolo de Servicios Extraordinarios: la ciudadanía concedida por contribuciones que hubieran alterado materialmente el desenlace de una campaña militar.
Se había invocado cuatro veces en la historia velkorin, todas ellas para miembros de especies aliadas. Nunca para un humano.
Lo había apuntado. Archivado bajo «probablemente irrelevante pero interesante».
Ahora, sola en mis aposentos a lo que Vrex me había dicho que era casi el amanecer —sus días eran de veintiséis horas, cosa que a mi cuerpo le iba a encantar—, extendí mis notas por la cama demasiado grande y me puse a hacer lo que se me daba mejor.
Hice una lista.
PROBLEMAS QUE YA VEO
Son reactivos, no proactivos. Todos los enfrentamientos siguen el mismo patrón. Krenix empuja, Vrex responde. Nadie marca el ritmo.
Usan las mismas tácticas que usaban sus abuelos. Literalmente. Vrex me enseñó registros históricos y las formaciones eran idénticas.
El código de honor tiene resquicios. No violaciones: resquicios. Cosas que no están prohibidas porque a nadie se le ocurrió prohibirlas. Krenix está explotando algunos. Vrex no explota ninguno, porque le parece deshonroso hasta buscarlos.
Su planificación es pésima. Las rotaciones de batalla son predecibles. Podría planear los tres próximos movimientos de Krenix ahora mismo basándome en el patrón.
La moral. Tres años de lucha sin avances. Los soldados cumplen el trámite. He visto lo mismo en el campo cuando un equipo lleva perdiendo todo el día: dejan de intentar ganar y empiezan a intentar no hacer el ridículo.
Me eché hacia atrás contra el cabecero y me quedé mirando el techo. Era de metal oscuro como todo lo demás, con líneas tenues de luz ámbar trazando patrones que yo no sabía leer.
Esto era una locura. Yo gestionaba fiestas de cumpleaños.
Programaba rotaciones de paintball. Evitaba que unos adolescentes se mataran entre ellos por a quién le tocaba el turno en la cantina.
No era una estratega militar. No pintaba nada en un planeta alienígena, leyendo sobre una guerra de siglos y pensando esto puedo arreglarlo.
Salvo que los problemas que había identificado en dos horas de sesión informativa eran exactamente los mismos que yo arreglaba todos y cada uno de los sábados.
Equipos que jugaban a no perder en vez de jugar a ganar.
Rotaciones predecibles que le permitían al otro bando montar emboscadas.
Reglas que se podían usar con creatividad si te las leías de verdad.
Y la moral —Dios, la moral—: había dado la vuelta a más equipos perdedores de los que podía contar con una charla motivadora de quince minutos en el descanso y una interpretación creativa del reglamento.
Cogí otra vez el estilete y empecé una página nueva.
LO QUE HARÍA YO SI ESTO FUERA BATTLEZONE
Dejar de reaccionar. Marcar el calendario. Que sean ELLOS los que respondan a NOSOTROS.
Estudiar el código de honor como si fuera el manual del empleado: encontrar cada hueco, cada ambigüedad, cada momento de «bueno, técnicamente».
Romper los patrones de formación. Usar la aleatorización. Si Krenix puede predecir tus tres próximos movimientos, esos enfrentamientos ya los has perdido.
Formación cruzada para los equipos. Los especialistas son estupendos hasta que se vuelven predecibles.
Arreglar primero la moral. Nada más funciona si los soldados ya han tirado la toalla por dentro.
La lista tenía sentido. Tenía tanto sentido que se me revolvió el estómago despacio, porque o tenía razón, y una encargada de un campo de paintball acababa de diagnosticar una guerra de tres años en una sola noche, o me equivocaba, e iba a hacer el ridículo delante de una civilización alienígena entera.
Las dos opciones me aterraban por motivos completamente distintos.
Solté el estilete, me abracé las rodillas y apoyé la frente contra ellas.
La ropa prestada olía a algo limpio y mineral; no desagradable, solo ajeno.
Todo era ajeno. La gravedad era una fracción más ligera que la de la Tierra, lo justo para que cada paso resultara ligeramente equivocado.
El aire tenía un sabor metálico que se me quedaba al fondo de la garganta.
Allí el silencio era distinto. Sin tráfico, sin vecinos, sin el zumbido de la nevera.
Solo el pulso débil del propio edificio, una vibración baja que se notaba a través del somier.
Tenía veintinueve años, estaba sentada en una cama alienígena con ropa alienígena prestada en un planeta alienígena, y lo más aterrador de toda aquella situación era que, por primera vez en años, quería intentarlo.
No solo presentarme y gestionar. No solo evitar que las cosas se vinieran abajo. Intentarlo de verdad. Exponerme, arriesgarme a equivocarme, arriesgarme a fracasar de forma espectacular delante de gente que ya me tomaba por un chiste.
La última vez que había querido algo así, estaba de pie en el borde del Gran Cañón con un temporizador y la convicción de que el mundo era lo bastante grande para mí.
—Vale —le dije a la habitación vacía—. Vale. Vamos allá.
Encontré a Vrex en la sala de guerra. Mi cuerpo insistía en que era demasiado temprano, pero su reloj sostenía que era media mañana.
Estaba exactamente donde yo lo había dejado tres horas antes, lo cual significaba o que no había dormido, o es que aquel hombre tenía con su pantalla táctica una relación permanente que rozaba lo romántico.
—Quiero observar la próxima batalla —dije.
Sus ojos ámbar pasaron de la pantalla a mí. Yo llevaba la ropa que me habían dado: tejido oscuro ajustado y botas resistentes, con una chaqueta que tenía más bolsillos de los que podía contar. Todo me quedaba como si me lo hubieran hecho a medida, cosa que resultaba sospechosa.
Pero tenía problemas mayores.
—El próximo enfrentamiento es dentro de tres días.
—Bien. Eso me da tiempo para leerme tu código de honor.
Detrás de Vrex, el oficial al que yo había bautizado en silencio como Gárgola Uno hizo un ruido como de grava en una batidora.
Gárgola Dos —que más adelante sabría que era Zenir, su segunda al mando— se limitó a mirarme con una expresión que, traducida entre especies, decía claramente ¿y qué crees exactamente que vas a conseguir?
—El código de honor son novecientas páginas de derecho militar formalizado —dijo Vrex.
—Estupendo. Leo rápido. —Levanté la tableta—. Y tengo preguntas. Por ejemplo, la sección doce, subsección cuatro. Le he echado un vistazo al índice de camino aquí: ¿existe de verdad una cláusula sobre «enfoques tácticos no convencionales», o es un problema de traducción?
Las escamas de Vrex destellaron. Solo un segundo, bronce dorado a lo largo de la mandíbula. No era frustración. Estaba aprendiendo su paleta. Sorpresa.
—Existe tal cláusula. Rara vez se invoca.
—¿Por qué?
—Porque se considera... —Hizo una pausa, escogiendo las palabras con cuidado—. Impropio de un caballero.
Sonreí. No fue una sonrisa agradable. Fue mi sonrisa de «ahí viene la madre de Brandon y yo tengo un plan», que no me había fallado jamás.
—Comandante Vrex. Voy a contarte algo sobre mí que creo que va a ser muy relevante para tu guerra. —Dejé la tableta sobre su mesa de proyección, justo al lado de tres años de fracaso cartografiado—. Nunca en mi vida he sido un caballero.
Vrex me miró. Yo lo miré. Sus oficiales fruncían el ceño detrás de él: uno escéptico, la otra ya molesta, ninguno interesado en nada que pudiera decir una encargada humana de un campo de paintball.
Pero Vrex siguió mirando. No más allá de mí. No a través de mí. A mí. Como si estuviera recalculando algo que había dado por fijo.
—Observaré la batalla —dije—. Y luego te diré lo que veo.
Sus ojos ámbar sostuvieron los míos un largo instante.
—Conforme —dijo.
Sus oficiales se removieron detrás de él. Pero Vrex siguió mirándome, como si intentara resolver un problema con el que no esperaba encontrarse.
Ya. Éramos dos.