Intrépida por accidente (La Oficina de los Secuestros Accidentales nº 1) 2 #2
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—Enfrentamiento militar en un marco formalizado. Simulaciones de combate empleadas para el adiestramiento estratégico y la resolución de disputas territoriales. Usted es, según la traducción del Negociado, la mayor experta de la Tierra.

La humana emitió un sonido. No era una palabra: fue una exhalación corta y seca por la nariz, acompañada de una leve sacudida de cabeza.

—Llevo un campo de paintball —dijo.

Silencio. Mis guardias intercambiaron una mirada.

Las marcas bioluminiscentes de mi columna se encendieron.

Las suprimí de inmediato, pero no antes de que ella lo advirtiera.

Sus ojos siguieron el brillo mientras se apagaba: estaba acostumbrada a leer los entornos en busca de indicadores de amenaza.

—Explíquese —dije.

—Paintball. Es un juego. La gente se dispara con bolitas de pintura. Por diversión. En fiestas de cumpleaños. —Hizo una pausa—. Soy la encargada adjunta. Ni siquiera soy la dueña del local.

La bahía de recepción se quedó muy silenciosa. Uno de mis guardias carraspeó, sonido que entre los velkorin se traduce aproximadamente por alguien ha cometido un error catastrófico y yo no deseo que se me asocie con él.

—Entiendo —dije, aunque no entendía—. Ha habido un error de traducción.

—¿Tú crees?

—El contrato del Negociado, sin embargo, es vinculante. Condiciones estándar. Treinta días.

—Treinta... No. No, de ninguna manera. Devuélveme a casa. —Recorrió la bahía con la mirada: las paredes de metal oscuro, el armero junto a la puerta, los guardias, ambos un metro más altos que ella—. Ahora mismo. En este segundo.

Activé el canal de comunicación del Negociado. El gestor se materializó de nuevo, con la sonrisa intacta.

—¡Comandante Talon! Confío en que la adquisición haya sido...

—Ha habido un error. Esta humana no es una estratega militar. Gestiona unas instalaciones recreativas para niños.

—Mmm. —El gestor consultó algo—. La traducción dice: «Comandante de simulaciones de combate recreativo con experiencia en despliegue táctico, gestión de personal y resolución de crisis». Eso concuerda con el perfil laboral de la candidata.

—Organiza fiestas de cumpleaños.

—¡Eventos a gran escala que requieren la coordinación de múltiples partes hostiles!

Comandante, entiendo que ha habido un ligero desajuste de expectativas, pero el contrato ya está activado.

El transporte de regreso queda fijado al ciclo de treinta días o a la resolución satisfactoria del problema declarado, lo que antes suceda.

Restricciones presupuestarias, me temo. Los costes del haz son...

—Inaceptable.

—...no negociables. Pero ¿me permite recordarle que los humanos tienen una tasa de resultados positivos del ochenta y siete por ciento?

Los recursos de origen terrestre demuestran de forma sistemática una resolución creativa de problemas que excede los parámetros previstos.

¡Dele una oportunidad, comandante! Puede que se lleve una grata sorpresa.

El gestor desapareció. El canal de comunicación se cerró con un tintineo suave que, a mis oídos, sonó decididamente satisfecho de sí mismo.

La humana —Rory Sullivan, según la documentación contractual que se había materializado en mi tableta de datos— se cruzó de brazos sobre sus prendas de dormir decoradas con felinos y me miró desde abajo con una expresión que más adelante aprendería a llamar furia apenas contenida.

—A ver si lo he entendido bien —dijo. Le había cambiado la voz.

La conmoción inicial se había consumido y debajo había algo más duro—.

Tu software de traducción ha fallado. Querías pillar a un genio militar.

Me has pillado a mí. Y ahora estoy atrapada aquí treinta días porque no te llega para la gasolina de mandarme de vuelta.

—El haz de transporte del Negociado opera en un ciclo fijo. No es una cuestión de combustible.

—Es una metáfora. —Se me quedó mirando—. ¿Es que vosotros no tenéis metáforas?

—Tenemos metáforas. Suelen ser menos informales.

Volvió a emitir aquel sonido, la exhalación seca por la nariz.

Luego recorrió la bahía de recepción con la mirada por segunda vez, y yo la observé hacerlo.

No era el barrido de pánico de una persona asustada catalogando salidas.

Era algo más deliberado. Su mirada se movía de forma sistemática: las paredes, la altura del techo, la disposición de la puerta, la posición de los guardias, el armero, el centro de comunicaciones.

Estaba leyendo la sala como un oficial lee el terreno.

—Vale —dijo, más bajo—. Vale. Necesito ropa.

Ropa de verdad, no lo que aquí se considere ropa de gala si es que lleva metal.

Necesito comida... ¿supongo que aquí hay comida que no me mate?

Y necesito que me expliques esta guerra.

Entera. Desde el principio. Porque si estoy atrapada aquí treinta días, no pienso pasarlos sentada en un cuarto mirando una pared.

Yo había esperado muchas cosas de aquella interacción. Llanto. Gritos. Quizá un intento de huida, que mis guardias habrían impedido con suavidad pero con firmeza. No había esperado que alguien en pijama de gatos se pusiera a emitir peticiones logísticas.

—Se le proporcionarán aposentos, ropa y sustento —dije—. Nuestra atmósfera y nuestro suministro de alimentos son compatibles con la biología humana. La sesión informativa sobre la guerra...

—Esta noche. Ahora. Total, no voy a poder dormir. He estado inconsciente todo lo que haya durado el rollo ese del haz, así que estoy acelerada. Más vale aprovecharlo.

—Son las 03:00.

—¿Y? Tú también estás despierto. —Me miró.

Me miró de verdad, más allá de las escamas y las garras y el medio metro de estatura que le sacaba.

Su mirada se posó en algún punto cercano a mis ojos y la sostuvo con una firmeza que era o muy valiente o muy insensata—.

Estás perdiendo una guerra. Has llamado a la ETT alienígena.

Y te he tocado yo. Así que o empezamos a resolver esto, o nos quedamos aquí los dos de pie perdiendo un tiempo que por lo visto no tenemos.

Las marcas de la columna me brillaron. Las atenué; no lo bastante deprisa.

—Por aquí —dije, y me volví hacia la sala de guerra.

El golpeteo suave de unos pies descalzos sobre el suelo metálico me siguió. Y algo más, más bajo, casi inaudible. La humana hablaba sola.

—Un hombre lagarto gigante con tatuajes que brillan en la oscuridad quiere que le gane una guerra. Claro. Bien. Todo bien. Todo absolutamente bien.

Tenía treinta días para ganar una guerra que llevaba tres años perdiendo. Mi única ayuda era una humana en pijama de gatos que hablaba sola, que daba órdenes descalza y que miraba una sala llena de alienígenas armados como si fueran adolescentes revoltosos en una fiesta de cumpleaños.

Las marcas de los antebrazos me brillaron pese a todos mis esfuerzos.