Intrépida por accidente (La Oficina de los Secuestros Accidentales nº 1) 2
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VREX

Debí haber rechazado la oferta del Negociado. Debí haberles dicho que contratar a un «experto» humano sobre la base de su defectuoso algoritmo de traducción era una estrategia de necios.

Debí haber hecho muchísimas cosas.

En lugar de eso, acepté. La desesperación, según he aprendido, nos vuelve cobardes a todos.

La sala de guerra estaba en silencio por primera vez en setenta y dos horas.

Mis oficiales se habían retirado a sus aposentos tras la última sesión informativa: el último inventario de fracasos, para ser más exacto.

Tres posiciones perdidas en el corredor oriental del valle.

Líneas de suministro tensionadas. La moral descendiendo en incrementos medibles que mi segunda al mando, Zenir, había dejado de molestarse en cuantificar.

Tres años. Llevaba tres años librando esta guerra, y el mapa de mi pantalla táctica tenía casi exactamente el mismo aspecto que el primer día.

No. Eso no era del todo exacto. El primer día conservábamos más terreno.

Apreté las garras contra el borde de la mesa de proyección hasta que el metal protestó.

El resplandor de mis antebrazos —las marcas bioluminiscentes que todo guerrero velkorin aprende a controlar antes de los doce años— destelló en ámbar.

Frustración. Lo atenué con esfuerzo. Un comandante que proyecta sus emociones a través de las escamas es un comandante que ya ha perdido.

El valle se extendía por la pantalla en líneas de luz.

El valle de Kren. Llamado así por los depósitos minerales que recorrían su lecho rocoso: lo bastante valiosos como para pelear por ellos, lo bastante profundos como para pelear por ellos durante siglos.

Siete guerras territoriales en los últimos trescientos años, todas libradas bajo los antiguos códigos ceremoniales que regían las disputas de mi pueblo.

Combate formalizado. Reglas de enfrentamiento tan bizantinas que su interpretación exigía especialistas.

Observadores neutrales del Alto Consejo para verificar el cumplimiento.

Días de batalla programados, armas autorizadas, zonas de combate designadas.

Civilizado. Honorable. Y yo estaba perdiendo.

Las palabras de Therak de la última sesión del Consejo me rasparon la memoria como garras sobre piedra.

Quizá, comandante, el problema no sea la fuerza del enemigo, sino la insuficiencia de nuestro propio mando.

Los demás consejeros se habían removido en sus asientos.

Sin darle la razón. Todavía no. Pero escuchando.

Therak llevaba tres años escuchando. Aguardando el momento en que mi fracaso fuera lo bastante innegable como para actuar.

—Comandante Talon.

La voz se materializó desde el centro de comunicaciones del rincón, acompañada de una proyección holográfica que se resolvió en una figura de especie indeterminada, edad indeterminada y una jovialidad agresiva. El gestor del Negociado.

—¡Qué oportuno! Acabo de procesar una coincidencia de recursos para su requisición activa.

—Presenté esa requisición hace cuatro meses.

—¡Sí, y le pido disculpas por la demora! Tramitación presupuestaria, ya me entiende. Pero la buena noticia es que hemos identificado a una candidata verdaderamente excepcional. De origen terrestre. Una especie muy creativa. Unos pensadores laterales maravillosos.

—Un humano.

—¡Una humana! En concreto... —El gestor consultó algo fuera de pantalla—. Una Líder Suprema de Combate Recreativo, especializada en despliegue táctico, gestión de recursos y —oh, esto es excelente— negociación de crisis en condiciones hostiles. Precisamente lo que usted solicitó.

Yo había solicitado una estratega militar. Alguien con experiencia de combate en múltiples campañas. Alguien capaz de mirar mi guerra y ver lo que yo no alcanzaba a ver.

—¿Cuáles son sus credenciales?

—¡Extensas! Seis años al mando de fuerzas en escenarios de combate. Con experiencia en gestión de personal, logística de material y... esto sí que es verdaderamente notable: neutralización de elementos hostiles mediante metodología no letal.

Expuesto en esos términos, sonaba adecuado. Más que adecuado. Sonaba exactamente a lo que yo necesitaba.

—¿Las condiciones del contrato?

—¡Las estándar! Treinta días, inmersión completa, transporte de regreso al culminar con éxito o al vencer el contrato, lo que antes suceda.

Pago en moneda local. Y le hago notar que los recursos de origen terrestre cuentan con una valoración de satisfacción excelente.

El ochenta y siete por ciento de los clientes planetarios declara resultados positivos.

Ochenta y siete por ciento. Llevaba tres años perdiendo esta guerra por métodos ortodoxos: tácticas ceñidas al honor, sacadas de manuales que mis instructores habían usado una generación atrás, aplicadas contra un enemigo que había estudiado los mismos textos.

Quizá hubiera llegado el momento de intentar algo poco ortodoxo.

—¿Y el trece por ciento restante?

La sonrisa del gestor no vaciló.

—Preferimos centrarnos en las métricas positivas, comandante. ¿Procedo con la adquisición?

Debí haber hecho más preguntas. Debí haber solicitado un historial de servicio detallado, una entrevista personal, la verificación de la traducción.

Pero el desafío de Therak estaba fijado para la siguiente sesión del Consejo, y si me presentaba sin una estrategia —sin siquiera la promesa de una—, su moción para relevarme del mando saldría adelante.

Tres años de guerra. Las tierras de mis padres, aún en manos enemigas. Y ahora Therak, sobrevolando en círculos como un carroñero.

—Proceda —dije.

—¡Excelente! La adquisición se procesará dentro de la hora, protocolo de materialización estándar.

Le rogamos que se asegure de que la zona de recepción esté libre de obstáculos y —oh, esto es nuevo— de cualquier objeto que pueda resultar alarmante para una especie no familiarizada con el transporte interestelar.

Por lo visto hubo quejas por la artillería de bienvenida de la última extracción.

El presupuesto no cubre otra reclamación por respuesta traumática.

La materialización se produjo a las 03:00, hora que, según me habían informado, resultaba subóptima para la extracción humana, si bien inevitable por «limitaciones de calendario y diferenciales de husos horarios interplanetarios».

No comprendí del todo qué significaba aquello. En aquel momento tampoco me importaba.

El haz de transporte se activó en el centro de la bahía de recepción.

Mis dos guardias permanecían en posición de firmes, con las armas enfundadas pero accesibles, tal como yo había ordenado.

El aire rieló con el brillo ámbar característico de la tecnología de transporte del Negociado, obsoleta desde hacía varias generaciones.

El patrón lumínico era irregular de un modo que sugería un mantenimiento largamente aplazado.

Se formó una silueta. Pequeña. Mucho más pequeña de lo que yo había previsto.

La luz se disipó y una hembra humana quedó de pie en mi bahía de recepción, parpadeando. Se tambaleó ligeramente —efecto secundario habitual del transporte del Negociado en sujetos primerizos— y se sostuvo adelantando un pie descalzo sobre el suelo pulido.

Medía —y esto lo procesé con una evaluación táctica desapegada— aproximadamente un metro sesenta y tres.

Pelo castaño revuelto, sujeto en parte por una goma que se había desplazado durante el transporte.

Ojos castaños, muy abiertos, adaptándose deprisa a la dura iluminación cenital de una bahía de recepción militar.

Pies descalzos. Una pequeña cicatriz en la mano izquierda, blanca contra la piel. Y una ropa que parecía ser...

Ladeé la cabeza.

Sus prendas de dormir eran holgadas, de un tejido suave de color pálido, cubiertas por un patrón repetido de pequeñas criaturas terrestres de cuatro patas, orejas puntiagudas y cola larga.

Felinos, si mis informes de xenobiología eran exactos.

Tenía en la mejilla la marca de la superficie sobre la que hubiera estado durmiendo, y las manos flojamente curvadas a los costados de un modo que sugería que aún no había registrado del todo su situación.

Entonces la registró.

Se le enderezó la columna. Desplazó el peso —de forma sutil y centrada, el ajuste que hace alguien que se prepara para una situación desconocida—.

No era instrucción de combate. Era otra cosa.

Un hábito de estar preparada nacido de años de gestionar entornos en los que las cosas se torcían sin previo aviso.

Yo aún no sabía nada de eso sobre ella. Lo aprendería después. En aquel primer instante, todo lo que vi fue a una humana muy pequeña con una ropa absurda que estaba de pie en medio de mi guerra y me miraba como si yo fuera un problema que pensaba resolver.

—¿Eso que lleva en las prendas de dormir son felinos?

La humana me miró desde abajo. Se le abrió la boca. Su mirada recorrió mi cara —despacio, como si su cerebro fuera catalogando cada rasgo—, bajó a lo largo de mi cuerpo, atravesó las crestas escamosas de mis hombros hasta las garras del extremo de mis dedos, y volvió a subir.

—Eres un hombre lagarto gigante —dijo.

—Soy el comandante Vrex Talon, del Mando Estratégico de la Cuarta División de la Fuerza de Defensa Territorial Velkorin. —Me erguí, lo que situó la coronilla de ella aproximadamente a la altura del centro de mi pecho—. Y usted es la Líder Suprema de Combate Recreativo de la Tierra.

Esta vez la pausa fue más corta. La expresión de la humana recorrió varias configuraciones que no supe categorizar de inmediato —conmoción, desconcierto, un breve destello de irritación— antes de asentarse en algo plano y evaluador.

—Combate recreativo —repitió.

—Ese es su título, según lo facilitado por el Negociado de Adquisición de Recursos Intergalácticos.

—El Negociado de... —Cerró los ojos casi un minuto y volvió a abrirlos—. Vale. ¿Qué crees exactamente que significa «combate recreativo»?