ICE QUEEN DE MADRID (Amores de proximidad forzada nº 1) CAPÍTULO 20. SIN CLÁUSULA
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CAPÍTULO 20. SIN CLÁUSULA

Nueva división

La nueva línea de estrategia cultural nació un martes, a las nueve y cuarenta y tres de la mañana, sin champán, sin nota de prensa y sin ninguna frase que pudiera imprimirse en una tote bag.

Claudia lo agradeció.

Había aprendido a desconfiar de las fundaciones demasiado bonitas.

Las cosas importantes, cuando eran de verdad, solían llegar con presupuesto insuficiente, carpetas mal ordenadas y una reunión en la que alguien preguntaba quién iba a hacerse cargo de las horas no facturables. La épica era barata. La estructura no.

La sala de cristal seguía siendo la misma de siempre: mesa larga, agua sin abrir, pantallas en reposo, Madrid al otro lado como una ciudad convencida de que todos sus secretos merecían balcón.

Pero algo había cambiado. No en la decoración.

En el reparto del poder. Nerea estaba sentada frente a Claudia, no a su lado, con tres documentos impresos, una tableta y esa expresión suya de quien venía dispuesta a salvar una idea destruyéndole primero los adornos.

—No podemos llamarla “división ética” —dijo Nerea—. Me niego. Suena a consultora que cobra por descubrir la empatía en PowerPoint.

Claudia pasó una página.

—Estrategia cultural y reparación.

—Mejor. Serio, seco y con menos probabilidades de salir en una taza.

—Tendrá autonomía operativa.

—Eso ya lo has dicho.

—Y presupuestaria.

—También.

—Y no dependerá de mí.

Nerea levantó la mirada.

Ahí estaba. La frase que no era administrativa, aunque figurara en el acta. Claudia la había ensayado una sola vez, la noche anterior, frente al espejo del baño, y se había sentido ridícula. No por la frase. Por necesitar ensayar una renuncia correcta como si fuera una declaración de guerra.

Nerea dejó el bolígrafo.

—Repítelo.

—No dependerá de mí.

—No me lo digas como si estuvieras devolviendo un vestido que te queda bien.

Claudia respiró despacio.

—Si Vega acepta liderarla, su supervisión directa será tuya. Teresa tendrá control de cumplimiento. Yo no aprobaré sus evaluaciones, ni sus honorarios, ni su agenda de proyecto. Participaré solo cuando el comité lo solicite y con acta previa.

—Eso suena carísimo en burocracia.

—Sí.

—Y limpio.

—También.

Nerea la observó con una mezcla de afecto y crueldad práctica.

—¿Lo haces para que vuelva?

La pregunta no fue dura. Precisamente por eso dolió mejor.

Claudia miró el documento. El nombre de Vega no aparecía en portada.

A propósito. La propuesta no era un anzuelo romántico.

No podía serlo. Si Vega aceptaba, debía hacerlo porque el puesto era real, defendible y suyo.

Si no aceptaba, la división seguiría existiendo.

Esa era la única forma de que no fuera una forma elegante de pedir perdón con organigrama.

—Lo hago porque debería haber existido antes —dijo—. Y porque si ella vuelve, no puede volver al mismo sitio.

—Esa es una respuesta muy buena.

—No me felicites.

—No pensaba. Todavía puedes fastidiarla de mil maneras distintas. Es emocionante.

Claudia casi sonrió.

Enviaron la propuesta a las once y doce.

Asunto: “Dirección de Estrategia Cultural y Reparación”.

Sin signos de exclamación, gracias a Dios.

El correo era sobrio: descripción del área, competencias, autonomía, estructura de dependencia, condiciones económicas, límites de conflicto de interés, procedimiento de recusación interna y calendario posible.

Al final, una frase breve de Nerea, no de Claudia: “La propuesta no presupone aceptación inmediata ni disponibilidad emocional. Si quieres revisarla con asesoramiento externo, la agencia cubrirá esos costes.”

Claudia leyó esa línea tres veces.

—Eso lo has añadido tú.

—Sí.

—Es buena.

—Lo sé. Soy insoportable por motivos sólidos.

Vega respondió a las cuatro y veintisiete.

“Recibido. Lo revisaré. Gracias por ponerlo por escrito.”

No había más. Ni un adjetivo. Ni un gesto. Ni una puerta abierta que Claudia pudiera convertir en esperanza sin abusar de la gramática.

Aun así, la respuesta le aflojó algo en el pecho.

No porque Vega volviera.

Porque no había desaparecido.

Pasaron cinco días antes de que se vieran.

Cinco días en los que Claudia no escribió mensajes innecesarios.

Cinco días en los que revisó balances, perdió otro cliente, ganó una reunión inesperada con una productora independiente y soportó que Paula dijera, en voz baja pero perfectamente audible, que “la agencia estaba en su era de señora divorciada que descubre límites sanos”.

Nerea se rio. Teresa fingió no entenderlo.

Claudia lo oyó todo y decidió no pedir explicaciones.

Algunas formas de respeto al equipo consistían en no perseguir todos los comentarios brillantes hasta matarlos.

Vega pidió una reunión formal.

Formal.

La palabra tuvo el mal gusto de gustarle y dolerle al mismo tiempo.

Llegó a la agencia un lunes por la tarde, con una camisa blanca, vaqueros oscuros, abrigo camel y el pelo suelto.

No parecía una mujer derrotada. Tampoco una mujer dispuesta a hacer fácil nada a nadie.

Claudia, desde el otro lado de la sala, sintió un golpe seco de deseo, seguido de una especie de gratitud incómoda.

Ahí estaba Vega: entera, seria, luminosa sin esfuerzo, y no para ella.

No para ella todavía.

La reunión la dirigió Nerea. Correcto. Necesario. Brutalmente incómodo.

—La propuesta es buena —dijo Vega.

Claudia no se movió.

—Pero quiero cambios —añadió.

Nerea sonrió con una satisfacción casi maternal.

—Por fin alguien entretenido en esta sala.

Vega abrió una carpeta. Traía anotaciones. Muchas. Claudia sintió, contra todo pronóstico, una alegría limpia: no estaba allí como herida que regresa, sino como profesional que negocia.

—El área no puede limitarse a crisis de representación. Tiene que entrar antes: diagnóstico de riesgo cultural, trazabilidad de testimonios, consentimiento documentado, remuneración de asesorías y mecanismos de salida si un cliente intenta convertir reparación en imagen.

Teresa, sentada al fondo, murmuró:

—Me cae bien cuando viene armada.

—La oigo —dijo Vega.

—Era la idea.

La reunión duró dos horas. Claudia habló poco.

Hizo preguntas técnicas, no defensivas. No intentó suavizar las exigencias de Vega.

No corrigió el tono. No tomó el control cuando Nerea dejó que el silencio trabajara.

En un momento, Vega la miró al otro lado de la mesa, quizá esperando la antigua Claudia: la que habría reformulado, ordenado, reducido el riesgo a una fase dos.

Claudia sostuvo la mirada y no hizo nada.

No hacer nada, descubrió, podía requerir una disciplina absurda.

Al final, Vega cerró la carpeta.

—Aceptaré si esos cambios entran en el documento.

Nerea asintió.

—Entrarán.

—¿Y si mi dependencia directa es contigo?

—Lo será.

Vega miró entonces a Claudia. No con dureza. Tampoco con ternura. Con una atención adulta, peor y mejor que ambas cosas.

—Y si queda claro que Claudia no tiene voto sobre mi continuidad.

Claudia sintió el golpe, lo aceptó y respondió sin teatralidad.

—Quedará claro.

Vega esperó. Quizá por costumbre. Quizá para comprobar si detrás venía una herida, una defensa, una pequeña frase de orgullo.

No vino nada.

Solo la verdad.