Chapter 36
Azotea sobre Gran Vía
La fiesta discreta de la agencia no fue una fiesta. Fue, en términos realistas, una reunión con vino, demasiadas tortillas encargadas a última hora y un equipo fingiendo que no necesitaba celebrar haber sobrevivido.
La azotea pertenecía a un cliente menor que aún no había huido, lo cual Nerea calificó de “romanticismo financiero”.
Desde allí, la Gran Vía se extendía con su descaro de siempre: luces, marquesinas, tráfico, turistas, taxis, carteles enormes prometiendo emociones perfectamente producidas.
Madrid brillaba como si no hubiera roto nada nunca.
Como si debajo de cada ventana iluminada no hubiera alguien intentando recomponer un relato.
Vega llegó tarde.
Claudia la vio aparecer junto a la puerta de acceso, hablando con Paula, que agitaba las manos como si estuviera narrando una persecución con helicópteros. Vega se rio. Claudia sintió la risa antes que el sonido. Era absurdo. Era verdad.
No fue hacia ella enseguida. Había aprendido algo. Poco, quizá, pero algo. Dejó que Vega saludara, que hablara con Nerea, que Teresa le ofreciera una copa con la solemnidad de quien entrega un documento notarial. Dejó que existiera en el espacio sin convertirla en centro de su atención visible.
Cuando Vega se acercó, la noche ya había bajado del todo.
—Bonita vista —dijo.
Claudia miró la Gran Vía.
—Excesiva.
—Eso también puede ser bonito.
—Me cuesta admitirlo.
—Estás en proceso.
Claudia volvió la cara hacia ella. Vega tenía la copa entre las manos, pero no bebía.
El viento le movía un mechón junto a la mejilla.
Claudia recordó, con una punzada exacta, otra noche, otra Gran Vía, la lluvia, el primer beso nacido de cansancio y peligro.
Entonces el deseo había sido una fuga. Ahora no podía permitirse serlo.
—He querido escribirte muchas veces —dijo Claudia.
Vega no respondió enseguida.
—Lo sé.
—Y no lo hice porque no quería convertir mi paciencia en una estrategia.
—Eso suena a algo que apuntaste en una libreta.
—Solo mentalmente.
—Progreso moderado.
Claudia aceptó la ironía como quien acepta agua después de un incendio.
—Vega, no voy a pedirte que olvides lo que hice.
—Bien.
—Ni voy a explicarte otra vez que tenía miedo.
—Mejor.
—Lo tenía. Pero eso no me autorizaba a decidir por ti.
Vega bajó la vista a la copa. La ciudad les prestó un ruido amable: motores, voces, una sirena lejana, música de algún local con demasiada confianza en sus altavoces.
—Te escucho —dijo ella.
Claudia sintió que aquellas dos palabras eran más de lo que merecía.
—Quise controlar incluso la forma de proteger —continuó—. Quise asegurarme de que no te pasara nada y, al hacerlo, te dejé fuera de la decisión más importante. Sé que eso no se arregla con un contrato roto. Ni con una división nueva. Ni con una frase mejor escrita.
—No.
—Pero quería que supieras algo sin que tengas que responder. Estoy enamorada de ti.
Vega no se movió.
Claudia tampoco.
La frase quedó entre ambas sin música, sin lluvia, sin dramatismo útil. A Claudia le temblaron un poco las manos. No las escondió.
—No te lo digo para que vuelvas —añadió—. Ni para que aceptes nada. Ni para que decidas esta noche. Te lo digo porque antes intenté ordenar el silencio, y eso también fue una forma de mentir.
Vega respiró despacio.
—Me habría gustado que sonara menos perfecto.
Claudia parpadeó.
—Lo siento.
—No, no lo sientas. Es un defecto tuyo. A estas alturas sería raro que declararas amor como si hubieras perdido las llaves.
Algo parecido a una risa le rozó a Claudia la garganta.
—Puedo intentarlo peor.
—No tientes a la suerte.
Vega miró la ciudad. Luego la miró a ella.
—Yo también estoy enamorada de ti.
El mundo no se detuvo. Fue una indecencia. Siguieron los coches, la música, las conversaciones detrás, Paula riéndose demasiado fuerte de algo. Claudia agradeció que no se detuviera. Si el mundo hubiera hecho silencio, quizá ella habría querido llenarlo.
—Pero no voy a volver a una historia donde tenga que vigilar si soy persona, símbolo, riesgo o excepción —dijo Vega.
—Lo sé.
—No, Claudia. Necesito decirlo.
—Dilo.
Vega dejó la copa sobre una mesa alta.
—No quiero ser tu secreto. No quiero ser una nota privada dentro de una vida pública impecable. No quiero que tu miedo decida por mí. No quiero que mi orgullo me obligue a arder para demostrar que soy valiente. Y no quiero que la agencia sea el lugar donde nos escondemos con nombres profesionales.
Claudia asintió.
—De acuerdo.
Vega entornó los ojos.
—No aceptes tan rápido. Me irrita.
—Estoy intentando no negociar tus límites.
La frase cayó bien. Mejor de lo que Claudia había calculado, precisamente porque no la había calculado.
Vega la miró con algo que por fin se parecía a una sonrisa.
—Eso sí ha sonado nuevo.
—Lo es.
Durante un momento, estuvieron allí, una junto a la otra, sin tocarse.
La Gran Vía brillaba debajo, insolente, hermosa, llena de fachadas que habían visto más mentiras de las que nadie podría archivar.
Claudia sintió el deseo otra vez. No había desaparecido.
No se había vuelto educado. Solo había aprendido a esperar permiso.
Vega dio un paso mínimo. Sus dedos rozaron los de Claudia sobre la barandilla.
No fue un beso.
Fue más peligroso: una promesa sin espectáculo.