ICE QUEEN DE MADRID (Amores de proximidad forzada nº 1) CAPÍTULO 19. LA REPUTACIÓN DE UNA MUJER #2
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CAPÍTULO 19. LA REPUTACIÓN DE UNA MUJER #2

El último mensaje seguía allí, sin respuesta.

“No tienes que responder. Solo quería que lo supieras por mí, aunque llegue tarde.”

Claudia lo leyó como si no lo hubiera escrito ella. Como si perteneciera a una mujer que estaba aprendiendo, muy despacio, a no convertir cada emoción en una orden de ejecución.

No escribió nada más.

Por una vez, dejar espacio no fue huir. Fue quedarse sin ocuparlo todo.

Malasaña tenía la delicadeza de no pedir permiso para ser ruidosa.

Vega caminó hasta el café de Lucía con gafas de sol, aunque la tarde estaba nublada.

Una decisión estética lamentable y emocionalmente necesaria.

Había pasado el día sin ir a la agencia, leyendo demasiado, respondiendo poco, evitando los hilos donde personas que no sabían nada opinaban con la seguridad de quien jamás había tenido que sostener una consecuencia real.

El café estaba medio lleno. Mesas pequeñas, plantas que sobrevivían contra todo pronóstico, una camarera con camiseta negra, dos estudiantes discutiendo sobre un corto, alguien escribiendo en un portátil con cara de estar fundando una revolución o preparando una factura.

Lucía la esperaba en la mesa del fondo, con dos tazas y un croissant partido por la mitad.

—Te he pedido algo comestible —dijo—. Tu aura grita “he desayunado ansiedad”.

Vega se sentó.

—Mi aura debería aprender a cerrar la boca.

—Lo intento con la mía desde 2012. Sin éxito.

Durante unos minutos no hablaron de Claudia.

Hablaron de la música demasiado alta, de una exposición a la que Lucía quería ir, de Paula, que había mandado un audio de cuarenta segundos lleno de velocidad y lealtad.

Vega agradeció esa normalidad como se agradece una manta que no pretende curar la fiebre.

Después Lucía dejó la taza.

—Vale. Ahora sí. ¿Cómo estás?

Vega miró el croissant.

—Quiero volver.

Lucía no hizo ningún gesto de triunfo, ni de sorpresa, ni de preocupación exagerada. Solo esperó.

—Quiero verla —continuó Vega—. Quiero hablar con ella. Quiero que me explique cosas. Quiero explicarle yo otras a un volumen probablemente innecesario. Quiero besarla. Quiero no querer besarla. Quiero que nada de esto me importe tanto.

—Ambicioso.

—Mucho.

—¿Y qué vas a hacer?

Vega soltó una risa pequeña.

—Nada.

—Eso no suele ser tu especialidad.

—Por eso estoy agotada.

Lucía la miró con más suavidad.

—Ahí.

—¿Ahí qué?

—Por fin suenas cansada de ser mártir.

La frase no fue cruel. Eso la hizo entrar mejor y doler más.

Vega se quedó quieta.

—No soy mártir.

—No de profesión. De afición intensiva, quizá.

—Lucía.

—Vega. Te quiero muchísimo. Eres brillante, generosa y capaz de entrar en una sala llena de gente con dinero a decir la frase incómoda que todos han cobrado por no decir. Pero también tienes una tendencia muy mona a convertirte en escudo humano y luego enfadarte porque alguien nota las heridas.

Vega abrió la boca. La cerró.

—Eso es injusto.

—Un poco. También es útil.

Vega cogió un trozo de croissant y lo deshizo entre los dedos sin comérselo.

—Claudia rompió el contrato.

—Sí.

—No me usó.

—No.

—Asumió el coste.

—También.

—Y aun así…

—Y aun así te hizo daño.

La sencillez con que Lucía lo dijo le desordenó algo por dentro.

—No quiero premiar un gesto heroico —dijo Vega—. No quiero correr hacia ella porque haya hecho lo correcto una vez. Eso sería convertir la reparación en una escena romántica. Y no lo es. Puede ser el principio de algo, pero no el pago completo.

—Bien.

—Pero tampoco quiero castigarla para demostrar que tengo dignidad.

—Mejor todavía.

Vega apoyó los codos sobre la mesa y se tapó la cara con las manos.

—Me cae fatal ser adulta.

—Sí. Es carísimo y no incluye postre.

Vega rio contra sus propias palmas. La risa salió cansada, húmeda en los bordes. Cuando bajó las manos, Lucía le tendió una servilleta sin comentario. Una amistad bien ejercida era eso: saber cuándo no convertir una lágrima en acontecimiento.

—La echo de menos —admitió Vega.

—Claro.

—Y me da rabia echarla de menos.

—También claro.

—Porque una parte de mí sigue pensando en el pasaje. En cómo dijo que intentaba salvarme. En cómo sonó a amor y a jaula al mismo tiempo.

Lucía asintió.

—Las jaulas con buena intención siguen teniendo barrotes. A veces pulidos, pero barrotes.

—Y otra parte piensa en el comunicado. En que no puso mi nombre. En que por una vez hizo algo sin colocarme delante.

—Eso importa.

—Mucho.

—Entonces observa.

Vega levantó la vista.

—¿Qué?

—Observa. No como castigo. Como método. Mira si lo de Claudia es estructura o arrebato. Si cambia el organigrama o solo el discurso. Si te ofrece una posición limpia o una emoción intensa con alfombra roja. Si cuando te desea, también respeta el espacio que le pides.

Vega se quedó escuchando la frase.

Una posición limpia.

No una disculpa preciosa. No una noche en una azotea. No un beso con Madrid brillando de fondo como si la ciudad trabajara de cómplice. Una posición limpia. Profesional, emocional, real.

—Quiero elegirla —dijo en voz baja—. Pero no quiero borrarme para hacerlo.

—Pues no te borres.

—Dicho así parece fácil.

—No. Dicho así parece una orden mía, que siempre mejora las cosas.

Vega sonrió.

El móvil vibró sobre la mesa. Un mensaje de Paula.

“Solo informo: Claudia ha dicho delante de todos que tu nombre no es una contraseña para ordenar esta crisis. Ha sonado muy jefa de serie cara. En buen sentido.”

Vega leyó el mensaje. Luego lo dejó ver a Lucía.

—Mira —dijo Lucía—. Observación número uno.

Vega no respondió. Sintió un calor lento, peligroso, en el pecho. No perdón. No todavía. Pero sí reconocimiento. Claudia estaba moviendo piezas donde importaba: en público, en la agencia, ante el equipo, sin pedir aplauso ni respuesta.

Eso no bastaba.

Pero contaba.

Vega guardó el móvil en el bolsillo antes de hacer algo impulsivo, como contestar con un corazón, un reproche o una tesis doctoral sobre responsabilidad afectiva.

—No voy a volver hoy —dijo.

—Bien.

—Ni mañana.

—También bien.

—Voy a mirar qué hace. No qué dice.

Lucía levantó su taza.

—Eso suena alarmantemente sensato.

—Estoy preocupada por mí.

—Yo también, pero de forma optimista.

Vega tomó por fin un trozo de croissant y se lo comió. Estaba frío. No importaba.

Fuera, Malasaña empezaba a encenderse con esa luz de tarde que volvía soportables incluso las fachadas cansadas. Vega miró la calle, la gente pasando, los bares preparándose para otra noche, la ciudad fabricando historias sin esperar a que nadie hubiera terminado de entender la anterior.

Quería a Claudia.

La frase apareció sin permiso, pero no la destruyó. Ya no necesitaba negarla para protegerse. Bastaba con no obedecerla a ciegas.

Quería a Claudia, sí.

Y por primera vez, quizá, quererla no significaba correr hacia ella.

Significaba esperar de pie.